Irak, las pági­nas borra­das de la historia

La inva­sión, este mes, de una par­te de Irak por un ejér­ci­to pri­va­do, el lla­ma­do Emi­ra­to Islá­mi­co en Irak y el Levan­te (EIIL), no es otra cosa que la ter­ce­ra gue­rra que Washing­ton des­ata con­tra Irak. O más bien la con­ti­nua­ción de una gue­rra ini­cia­da en 1990 y que no ha ter­mi­na­do aún, a pesar de que las tro­pas de Esta­dos Uni­dos se reti­ra­ron de Irak el 15 de diciem­bre de 2011. Man­lio Dinuc­ci nos recuer­da el obje­ti­vo a lar­go pla­zo de la inva­sión estadounidense.

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Hace 24 años que Washing­ton está «paci­fi­can­do» Irak.

Como en la cono­ci­da nove­la 1984, de Geor­ge Orwell, el Big Brother polí­ti­co-mediá­ti­co rees­cri­be la his­to­ria cons­tan­te­men­te borran­do pági­nas como las de las dos gue­rras con­tra Irak, fun­da­men­ta­les para la com­pren­sión de los acon­te­ci­mien­tos actua­les. Es por lo tan­to impor­tan­te recor­dar los aspec­tos esen­cia­les de ambas agresiones.

La pri­me­ra gue­rra post-gue­rra fría

El Irak de Sadam Husein, que al inva­dir Kuwait el 2 de agos­to de 1990 pro­por­cio­nó a Esta­dos Uni­dos la jus­ti­fi­ca­ción nece­sa­ria para poner en prác­ti­ca su estra­te­gia pos­te­rior a la gue­rra fría, es el mis­mo Irak que Esta­dos Uni­dos había esta­do apo­yan­do jus­to antes de la inva­sión. A par­tir de 1980, Esta­dos Uni­dos lo apo­yó en la gue­rra con­tra el Irán del aya­to­la Kho­meiny, con­si­de­ra­do en aquel enton­ces como el «enemi­go núme­ro 1». En aque­lla épo­ca, el Pen­tá­gono inclu­so pro­por­cio­nó al man­do ira­quí las fotos del dis­po­si­ti­vo mili­tar ira­ní cap­ta­das por los saté­li­tes esta­dou­ni­den­ses. Obe­de­cien­do ins­truc­cio­nes de Washing­ton, Kuwait con­ce­dió gran­des prés­ta­mos a Bagdad.
Pero en 1988, con el fin de aque­lla gue­rra, Washing­ton teme que Irak lle­gue a asu­mir un papel pre­do­mi­nan­te en la región gra­cias a la ayu­da sovié­ti­ca. Eso deter­mi­na un cam­bio en la acti­tud de Kuwait, que exi­ge enton­ces el pago inme­dia­to de la deu­da e inten­si­fi­ca la extrac­ción de petró­leo en el yaci­mien­to de Rumai­la, que se extien­de entre Kuwait e Irak. El emi­ra­to per­ju­di­ca así la eco­no­mía de Irak, que está salien­do de 8 años de gue­rra con una deu­da exter­na supe­rior a los 70 000 millo­nes de dóla­res. Sadam Husein pien­sa enton­ces que pue­de resol­ver el pro­ble­ma «reane­xan­do» el emi­ra­to kuwai­tí que, en fun­ción de las fron­te­ras tra­za­das en 1922 por el pro­cón­sul bri­tá­ni­co sir Percy Cox, cor­ta el acce­so de Irak a las aguas del Golfo.
Per­fec­ta­men­te al tan­to del plan de Sadam Husein, Esta­dos Uni­dos hace creer al gober­nan­te ira­quí que no tie­ne inten­cio­nes de inter­ve­nir en el asun­to. El 25 de julio de 1990, en momen­tos en los saté­li­tes mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses mues­tran que la inva­sión es inmi­nen­te, la emba­ja­do­ra de Esta­dos Uni­dos en Bag­dad, April Glas­bie, ase­gu­ra a Sadam Husein que Esta­dos Uni­dos no tie­ne opi­nión algu­na sobre la dispu­ta con Kuwait y que Washing­ton desea man­te­ner las mejo­res rela­cio­nes con Irak. Una sema­na des­pués, Sadam Husein orde­na la inva­sión, come­tien­do así un colo­sal error de cálcu­lo polí­ti­co. Esta­dos Uni­dos desig­na al ex alia­do como enemi­go núme­ro 1, for­ma una coa­li­ción inter­na­cio­nal, envía al Gol­fo una fuer­za de 750 000 hom­bres (el 70% son esta­dou­ni­den­ses) bajo las órde­nes del gene­ral [esta­dou­ni­den­se] Nor­man Sch­warz­kopf. La ope­ra­ción «Tor­men­ta del Desier­to» se ini­cia el 17 de enero de 1991.
En 43 días, en lo que fue pre­sen­ta­do como «la más inten­sa cam­pa­ña de bom­bar­deos de la his­to­ria», la avia­ción de Esta­dos Uni­dos y de sus alia­dos (entre ellos Fran­cia e Ita­lia) uti­li­za 2 800 avio­nes en la rea­li­za­ción de 110 000 misio­nes aéreas y lan­zan sobre Irak 250 000 bom­bas, entre ellas las bom­bas de raci­mo que a su vez con­tie­nen en total 10 millo­nes de sub­mu­ni­cio­nes o bom­bas más peque­ñas. El 23 de febre­ro las tro­pas de la coa­li­ción, con más de 500 000 hom­bres, empren­den la ofen­si­va terres­tre que, al cabo de 300 horas de car­ni­ce­ría, se ter­mi­na el 28 de febre­ro con un «cese del fue­go tem­po­ral» pro­cla­ma­do por el pre­si­den­te Geor­ge Bush (padre).
Nadie cono­ce con exac­ti­tud la can­ti­dad de ira­quíes muer­tos en esa gue­rra. Según un esti­ma­do, serían unos 300 000, entre mili­ta­res y civi­les, segu­ra­men­te muchos más. Miles fue­ron sepul­ta­dos vivos en las trin­che­ras por los tan­ques, con­ver­ti­dos en buldóceres.

El embar­go y la ocupación

En esa pri­me­ra gue­rra, Washing­ton deci­de no ocu­par Irak para no alar­mar a Mos­cú, en ple­na fase crí­ti­ca de la diso­lu­ción de la URSS, y evi­tar favo­re­cer al Irán de Kho­meiny. Washing­ton pre­fie­re avan­zar paso a paso, pri­me­ra­men­te gol­pean­do a Irak y ais­lán­do­lo des­pués con el embargo.
A lo lar­go de los siguien­tes 10 años, el embar­go pro­vo­ca la muer­te de alre­de­dor de medio millón de niños ira­quíes y de una can­ti­dad simi­lar de adul­tos, víc­ti­mas de la des­nu­tri­ción, de la esca­sez de agua pota­ble, de los efec­tos del ura­nio empo­bre­ci­do y por fal­ta de medi­ci­nas. La estra­te­gia del embar­go, ini­cia­da por Bush padre (pre­si­den­te de 1989 a 1993), se man­tie­ne bajo la admi­nis­tra­ción del demó­cra­ta Clin­ton (de 1993 a 2001).
Pero algu­nos fac­to­res cam­bian duran­te los años 1990. La ocu­pa­ción de Irak, que ocu­pa una posi­ción geo­es­tra­té­gi­ca cla­ve en el Medio Orien­te, pare­ce haber­se con­ver­ti­do en un obje­ti­vo rea­li­za­ble. El Pro­ject for the New Ame­ri­can Cen­tury, gru­po de pre­sión crea­do para «pro­mo­ver el lide­raz­go glo­bal ame­ri­cano», pide en enero de 1998 al pre­si­den­te Clin­ton «empren­der una acción mili­tar para sacar a Sadam Husein del poder». Más tar­de, en sep­tiem­bre de 2000 y en otro docu­men­to, ese mis­mo gru­po pre­ci­sa que «la exi­gen­cia de man­te­ner en el Gol­fo una fuer­za mili­tar ame­ri­ca­na con­sis­ten­te va más allá de la cues­tión del régi­men de Sadam Husein» ya que el Gol­fo es «una región de impor­tan­cia vital» don­de Esta­dos Uni­dos debe desem­pe­ñar «un papel per­ma­nen­te».
La nue­va estra­te­gia, cuyo eje­cu­tor será Geor­ge W. Bush (hijo del pre­si­den­te autor de la pri­me­ra gue­rra), está por lo tan­to deci­di­da antes de que el suce­sor de Bill Clin­ton lle­gue a ins­ta­lar­se en la Casa Blan­ca, en enero de 2001.
Esa estra­te­gia reci­be un impul­so deci­si­vo con los aten­ta­dos terro­ris­tas regis­tra­dos en Nue­va York y Washing­ton el 11 de sep­tiem­bre de 2001 (orques­ta­dos –como lo demues­tran toda una serie de prue­bas– des­de adentro).
En febre­ro de 2003, el secre­ta­rio de Esta­do Colin Powell pre­sen­ta al Con­se­jo de Segu­ri­dad de la ONU las «prue­bas» –pro­por­cio­na­das por la CIA y que pos­te­rior­men­te resul­ta­ron ser fal­sas, cosa que reco­no­ció el pro­pio Powell en per­so­na– de que el régi­men de Sadam Husein posee armas de des­truc­ción masi­va y de que res­pal­da a al-Qae­da. Como el Con­se­jo de Segu­ri­dad se nie­ga a auto­ri­zar la gue­rra, Esta­dos Uni­dos pasa por enci­ma de ese órgano de la ONU.
La gue­rra comien­za el 19 de mar­zo. El 1º de mayo, a bor­do del por­ta­vio­nes USS Lin­coln, el pre­si­den­te Geor­ge W. Bush anun­cia «la libe­ra­ción de Irak» sub­ra­yan­do que de esa mane­ra Esta­dos Uni­dos «ha eli­mi­na­do un alia­do de al-Qae­da».

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