[Video] Las voces de Bene­det­ti, a cin­co años de su adiós- Bea­triz Zalce

Mario Benedetti

Mario Bene­det­ti

Cul­ti­vó todos los géne­ros lite­ra­rios y los perio­dís­ti­cos. Vivió más de 80 años y escri­bió más de 80 libros que se tra­du­je­ron a más de 20 idio­mas. El mon­te­vi­deano por anto­no­ma­sia, Mario Bene­det­ti, cul­ti­vó los sen­ti­mien­tos y por eso está sem­bra­do en nues­tros cora­zo­nes: nos ense­ñó que cami­nan­do codo a codo somos mucho más que dos.

Nació en Paso de Toros, Uru­guay, el 14 de sep­tiem­bre de 1920 y, des­de su ama­do Mon­te­vi­deo, par­tió hacia la eter­ni­dad el 17 de mayo del 2009, hace cin­co años.

De su infan­cia no le gus­ta­ba hablar, sus padres no se lle­va­ban bien, un abis­mo cul­tu­ral los sepa­ra­ba y dis­cu­tían mucho fren­te a los hijos. Mario estu­dia en el Cole­gio Ale­mán de Mon­te­vi­deo, pero cuan­do en 1933 se hace obli­ga­to­rio el salu­do nazi, lo cam­bian de escue­la. Muy pron­to opta por la vía auto­di­dac­ta. Es un apa­sio­na­do lec­tor, cree en el esfuer­zo y prác­ti­ca la dis­ci­pli­na. Le gus­tan los depor­tes, en espe­cial el fut­bol y el ping pong. El suyo es un país tran­qui­lo: “ver­de y con tran­vía”, has­ta que en ese mis­mo 1933 un gol­pe de Esta­do depo­ne a Bal­ta­zar Brun, cuyo sui­ci­dio impre­sio­na a Mario: se aver­güen­za por la fal­ta de reac­ción de la colectividad.

Des­de la ado­les­cen­cia pade­ce asma y se reve­la alér­gi­co a la nuez, la peni­ci­li­na y, sobre todo, a las dic­ta­du­ras. Entra a tra­ba­jar en una empre­sa de refac­cio­nes auto­mo­tri­ces; tie­ne sed de abso­lu­to, de tras­cen­den­cia espiritual.

Un domin­go, sen­ta­do en la Pla­za San Mar­tín, con un libro del poe­ta Bal­do­me­ro Fer­nán­dez Moreno, des­cu­bre su voca­ción lite­ra­ria. Ten­drán una influen­cia deci­si­va en él Anto­nio Macha­do, José Mar­tí y César Valle­jo. Lee con frui­ción a Mau­pas­sant, a Ché­jov, a Geor­ges Duha­mel quien lo des­lum­bra por su len­gua­je tan acce­si­ble. Pasa por Proust, por Faulk­ner. Sabe que su des­tino es ser escri­tor y se pone a escri­bir, pri­me­ro en una revis­ta de Logo­so­fía y, casi al mis­mo tiem­po, car­tas a Luz López Ale­gría, quien se con­ver­ti­rá en su espo­sa, su amor, su cóm­pli­ce y todo.

Al poco Bene­det­ti ya tie­ne tres empleos: el de Will L. Smith, la refac­cio­na­ria para autos; otro como taquí­gra­fo y tra­duc­tor en una agen­cia de impor­ta­cio­nes y expor­ta­cio­nes y, otro más, como taquí­gra­fo de la Fede­ra­ción de Balon­ces­to del Inte­rior. En sus ratos libres ven­de libros de puer­ta en puer­ta y apren­de idio­mas lo que lo lle­va a tra­du­cir a Kaf­ka, a Sha­kes­pea­re y a Musil. Es uno de los pri­me­ros tra­duc­to­res en Amé­ri­ca Latina.

Aun así, encuen­tra e inven­ta, tiem­po para escri­bir y en 1945 publi­ca su pri­mer libro de poe­mas, La vís­pe­ra inde­le­ble, cuya por­ta­da es un dibu­jo de Luz. Mario lle­gó a rene­gar de ese poe­ma­rio, a decir que era tan malo que ni crí­ti­cas adver­sas reci­bió. El éxi­to empe­zó con su octa­vo libro, Poe­mas de la ofi­ci­na. La pri­me­ra edi­ción se ago­tó a los 15 días. En ese enton­ces los emplea­dos públi­cos eran el eje de la vida nacio­nal pero no exis­tían para la lite­ra­tu­ra que se ocu­pa­ba de cor­zas y gace­las. Bene­det­ti gus­ta­ba de decir que: “El Uru­guay es la úni­ca ofi­ci­na del mun­do que ha alcan­za­do la cate­go­ría de república”.

“El poe­ta ofi­ci­nis­ta”, como le decían, acu­de a los cafés para escri­bir lo suyo. Des­pués, en casa, lo revi­sa y meca­no­gra­fía en su Oli­vet­ti. Le tie­ne abso­lu­to res­pe­to al lec­tor, por eso no se per­mi­te la más míni­ma errata.

A Bene­det­ti se le ubi­ca en la lite­ra­ria Gene­ra­ción del 45, cuyo prin­ci­pal ante­ce­den­te es la revis­ta Mar­cha, naci­da en 1939 y fini­qui­ta­da por la dic­ta­du­ra en 1974. Diri­gi­da por Car­los Qui­jano, era inde­pen­dien­te de toda filia­ción par­ti­da­ria, tenía voca­ción inter­na­cio­na­lis­ta pero con una mira­da muy lati­no­ame­ri­ca­na. Bene­det­ti lle­gó a diri­gir la sec­ción cultural.

En Réquiem por Car­los Qui­jano Bene­det­ti escri­bió: “Todo el país espe­ra­ba ansio­sa­men­te el vier­nes, por­que Mar­cha era algo así como el ter­mó­me­tro social, el diag­nós­ti­co comu­ni­ta­rio, y siem­pre lo había sido. A pesar de la gas­ta­da tipo­gra­fía, de la pobre cali­dad del papel, de la esca­sez de avi­sa­do­res, de su inco­rre­gi­ble talan­te polé­mi­co, el sema­na­rio era una tri­bu­na insos­la­ya­ble y su reper­cu­sión exce­día en mucho el ámbi­to nacio­nal. Para varias pro­mo­cio­nes de perio­dis­tas fue una escue­la insustituible.

“[…] ¿Quién de noso­tros podrá olvi­dar esos jue­ves fol­kló­ri­cos, en que con­cu­rría­mos a los vetus­tos, des­tar­ta­la­dos talle­res de la impren­ta Trein­ta y Tres a corre­gir nues­tras gale­ras y a armar y com­pa­gi­nar las sec­cio­nes a nues­tro car­go, a veces en medio de duras polé­mi­cas inter­nas, siem­pre ade­re­za­das por el humor y la confraternidad?”.

Y como des­de siem­pre Bene­det­ti estu­vo de par­te del mun­do, de mejo­rar al mun­do para el “pró­xi­mo pró­ji­mo”, ya des­de la déca­da de los cin­cuen­ta par­ti­ci­pa en el Movi­mien­to Demo­crá­ti­co de Resis­ten­cia al Tra­ta­do Mili­tar con Esta­dos Uni­dos. En ese enton­ces Bene­det­ti escri­bió: “El tra­ta­do impo­ne un des­vío de la polí­ti­ca tra­di­cio­nal del país de con­te­ner la inje­ren­cia de un poder mili­tan­te cre­cien­te, que fatal­men­te inci­di­rá en el poder civil”.

El año 1959 es deci­si­vo en la vida de Bene­det­ti. Es el año del triun­fo de la Revo­lu­ción Cuba­na y de su pri­mer via­je a Esta­dos Uni­dos, que lo rati­fi­ca como anti­im­pe­ria­lis­ta. A la famo­sa pre­gun­ta para obte­ner el visa­do grin­go sobre si tenía inten­cio­nes de matar al pre­si­den­te, el escri­tor res­pon­dió (pre­mo­ni­to­ria­men­te) que los nor­te­ame­ri­ca­nos se bas­ta­ban solos para eso. Pero 1959 es tam­bién el año de la publi­ca­ción de Mon­te­vi­dea­nos y de la escri­tu­ra de La tre­gua. Que­da cla­ro que su capa­ci­dad de comu­ni­ca­ción es siem­pre a tra­vés del sen­ti­mien­to y de la emo­ción. Poco des­pués, con la apa­ri­ción de El cum­plea­ños de Juan Ángel, Mario Bene­det­ti dirá “La polí­ti­ca es una for­ma del amor”, confesará:

“Qui­zá mi úni­ca noción de patria/​sea esta urgen­cia de decir Noso­tros” y escri­bi­rá: “No te salves/​no te lle­nes de calma/​no reser­ves del mundo/​sólo un rin­cón tranquilo/​no dejes caer los párpados/​pesa­dos como juicios/​no te que­des sin labios/​no te duer­mas sin sueño/​no te pien­ses sin sangre/​no te juz­gues sin tiempo…”.

El 30 de julio de 1971 escri­bió en el artícu­lo Cuan­do los padres entie­rran a sus hijos: “Hoy en día, la máxi­ma prue­ba de amor filial (y no es moco de pavo) que estos jóve­nes están dis­pues­tos a dar a sus mayo­res es nada menos que ense­ñar­les a no men­tir­se, a no enga­ñar­se. […] la gran ben­di­ción que estos mucha­chos tra­je­ron a sus padres fue, para­dó­ji­ca­men­te, una pro­fun­da sen­sa­ción de males­tar, una nece­si­dad de inte­rro­gar­se a solas, que es aca­so el modo más pri­mi­ti­vo de inte­rro­gar­se fren­te a la sociedad”.

Ven­drán los tiem­pos de las ame­na­zas, de tor­tu­ras, muer­te y des­truc­ción. “Es un tiem­po de gue­rra, es un tiem­po sin sol”, can­ta­rá Daniel Vigliet­ti, el can­tau­tor más impor­tan­te del Uru­guay. Mario aler­ta a tra­vés del sema­na­rio Mar­cha del empeo­ra­mien­to del país, de las atro­ci­da­des y de la corrup­ción, del peli­gro de acos­tum­brar­se a ello, de ser enga­ñan­do por la pro­pa­gan­da, de la mili­ta­ri­za­ción de la vida coti­dia­na. Todo aque­llo que vivió su “pai­si­to” y que aho­ra los mexi­ca­nos pade­ce­mos. Para enton­ces Bene­det­ti se ha vuel­to un inte­lec­tual incó­mo­do. Publi­ca Letras de emer­gen­cia, don­de apa­re­ce el poe­ma Des­in­for­mé­mo­nos que nos da nom­bre y guía nues­tros pasos. No quie­re exi­lar­se y un día lo tie­ne que hacer, tie­ne que salir para Bue­nos Aires. Escri­bi­rá que le han con­fis­ca­do la pala­bra y le qui­ta­ron has­ta el hori­zon­te. Está muy recien­te el pino­che­ta­zo en Chi­le, la situa­ción en Argen­ti­na no es hala­güe­ña. A sus 53 años se encuen­tra sin tra­ba­jo, sin dine­ro, con el pasa­por­te a pun­to de cadu­car y tenien­do que empe­zar de cero.

Una anéc­do­ta lo retra­ta de cuer­po ente­ro. Hom­bre cabal. Trans­pa­ren­te. Hecho de una sola pie­za. Las fuer­zas de segu­ri­dad mon­te­vi­dea­nas toma­ron pre­so a un mili­tan­te del Movi­mien­to 26 de Mar­zo. Lo acu­san de ser Tupa­ma­ro. Le encuen­tran el telé­fono de Bene­det­ti. Anun­cian que no sal­drá de los cuar­te­les has­ta que el escri­tor se pre­sen­te. Y Mario vuel­ve a Mon­te­vi­deo y se pre­sen­ta ante los mili­ta­res, a pesar de que todo indi­ca que es una tram­pa. Es inte­rro­ga­do lar­ga­men­te. Se vuel­ve de inme­dia­to a Bue­nos Aires. No logra evi­tar­le la cár­cel a Home­ro Rodrí­guez pero escri­be “Hom­bre pre­so que mira a su hijo”.

Com­ba­te la nos­tal­gia, la frus­tra­ción de la úni­ca mane­ra que sabe hacer: tra­ba­jan­do mucho y vol­can­do su afec­to en sus pró­xi­mos pró­ji­mos, pro­cu­ra crear víncu­los con el país que lo reci­be y que el exi­lio sea algo vital y no enfer­mi­zo. Pri­me­ro Argen­ti­na, des­pués Perú, lue­go Cuba y final­men­te Espa­ña. Doce años dura­rá su exilio.

Pero es en Méxi­co duran­te las jor­na­das soli­da­rias con el pue­blo uru­gua­yo en 1978 cuan­do, en la sala Nezahual­có­yotl, el poe­ta y Daniel Vigliet­ti con su gui­ta­ra se jun­tan: uno se sien­ta en una mece­do­ra y el otro en una silla, cada quien tie­ne una luz de lec­tu­ra, un micró­fono y un vaso de agua. Uno ha leí­do al otro, el otro ha escu­cha­do al pri­me­ro. Ambos com­par­ten la espe­ran­za en un mun­do menos injus­to, menos cruel en las dife­ren­cias. A la decla­ra­ción de amor que es el poe­ma Bien­ve­ni­da: “Sé que voy a que­rer­te sin preguntas/​Sé que vas a que­rer­me sin res­pues­tas” le sigue la can­ción Ana­cla­ra: “Con un grafo/​ella escri­be en las pare­des ‘resistir’/ bufan­da roji­ne­gra por la espalda/​minifalda/​Anaclara/​Borra infancia/​apren­dien­do en bellas artes a crecer/​con pechos de rosa­les sin espinas/​aguamarina/​Ana­cla­ra…”. Se cono­cían des­de antes, des­de 1967, en La Haba­na. Mario había escri­to en 1972 un libro sobre Vigliet­ti. Le gus­ta­ba eso de la “Can­ción de Pro­pues­ta”. Enten­día la Nue­va Can­ción como un moderno poe­ma popu­lar. La voz de la gui­ta­rra y de la poe­sía se vuel­can una sola aun­que sus reci­ta­les lle­ven por nom­bre “A dos voces”.

Con el espec­tácu­lo “A dos voces”, Mario Bene­det­ti y Daniel Vigliet­ti ini­cia­ron sus res­pec­ti­vos desexi­lios el 2 de mayo de 1985. Al res­pec­to dijo la poe­ta Idea Vila­ri­ño: “Dos voces esen­cia­les habla­can­tan­do las crue­les urgen­cias, las fie­ras cir­cuns­tan­cias, las módi­cas espe­ran­zas, el des­tino de los hom­bres todos, pero más aún del hom­bre americano”.

El regre­so a su tie­rra no es una pala­bra, no es un sen­ti­mien­to ni un via­je. Es sobre­to­do “expec­ta­ti­va”. “Sé que no soy el mis­mo y soy el mismo/​y cuan­do al fin se abra la muralla/​la pri­me­ra nos­tal­gia entra­rá lentamente/​con cui­da­do infi­ni­to y con un bas­tón blan­co”. Se suce­den los reen­cuen­tros (que no son siem­pre miel sobre hojue­las) y las ausencias.

A decir de Sil­vio Rodrí­guez, los poe­mas de Bene­det­ti están en todas par­tes: “lo mis­mo en las con­ver­sa­cio­nes que en los muros, en pos­ta­les de amis­tad, en lemas de correo en Inter­net, en libros que la gen­te de dedi­ca usan­do sus pala­bras, su ban­de­ra huma­na, su poesía”.

El alza­mien­to en Chia­pas, Méxi­co, del Ejér­ci­to Zapa­tis­ta de Libe­ra­ción Nacio­nal el 1° de enero de 1994 le resul­ta una gran ale­gría, le refren­da la espe­ran­za y lo apa­pa­cha pues le dicen que el Sub­co­man­dan­te Insur­gen­te Mar­cos tomó su nom­bre de gue­rra de uno de los per­so­na­jes de El cum­plea­ños de Juan Ángel.

Méxi­co siem­pre fue un lugar de encuen­tros: con Juan Rul­fo, con Efraín Huer­ta, con Jai­me Sabi­nes en el terreno poé­ti­co. Venía por lo menos una vez al año, a pesar de que le daban mie­do las mul­ti­tu­des y la altu­ra que albo­ro­ta­ba las cri­sis de asma. Ahí esta­ba Mario Bene­det­ti pun­tual en su cita en la Feria del Libro del Pala­cio de Mine­ría. A veces se que­dó tres, cua­tro horas des­pués de la lec­tu­ra de sus poe­mas para fir­mar libros, para dedi­car­los escue­ta­men­te pues los sen­ti­mien­tos ya esta­ban ver­ti­dos en las letras impresas.

Bene­det­ti lle­gó a sus ochen­ta años, según dice él, empe­zan­do a olvi­dar las ausen­cias, los vacíos, algu­nas dudas y los nom­bres de cier­tas calles, como dije­ra Macha­do: ali­ge­ran­do el equi­pa­je. Una pena, qui­zás la mayor de todas, mayor que los exi­lios, mayor que la muer­te de los ami­gos, es la que le cau­sa en el 2006 la muer­te de Luz, su com­pa­ñe­ra de toda la vida, la cóm­pli­ce que le ense­ñó a usar el cora­zón y a quien le dedi­có siem­pre sus libros. A par­tir de ese momen­to y pese a pre­mios, reco­no­ci­mien­tos y has­ta Doc­to­ra­dos Hono­ris Cau­sa, la reali­dad se vol­vió un males­tar que ter­mi­nó el 17 de mayo de hace cin­co años.

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