“Qué sig­ni­fi­ca ser radi­cal en el siglo XXI”: Entre­vis­ta a Ange­la Davis

45 años des­pués de que sus pri­me­ros bolos aca­dé­mi­cos atra­je­sen la ira del gober­na­dor [de Cali­for­nia] Ronald Reagan, Ange­la Y. Davis vuel­ve al cam­pus este semes­tre como pro­fe­so­ra del depar­ta­men­to de estu­dios de géne­ro de la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia en Los Ánge­les. Su dis­cur­so del jue­ves pasa­do en el Roy­ce Hall sobre femi­nis­mo y supre­sión de las cár­ce­les resu­me par­te de su tra­ba­jo, pero no todo, una lar­ga carre­ra aca­dé­mi­ca con su acti­vis­mo radi­cal en para­le­lo. El pre­si­den­te Nixon la lla­mó “peli­gro­sa terro­ris­ta” cuan­do fue acu­sa­da de ase­si­na­to y cons­pi­ra­ción tras un tiro­teo mor­tal en un juz­ga­do en 1970. Fue absuel­ta y, des­de enton­ces, esta mujer naci­da en el cam­po de minas de la segre­ga­ción racial de Bir­mingham, en el esta­do de Ala­ba­ma, ha escri­to, ense­ña­do y dado cla­se por todo el mun­do. Su emble­má­ti­co pelo “afro” se ha trans­for­ma­do des­de su silue­ta de 1970; su inten­si­dad, no. La entre­vis­ta la reali­zó Patt Morri­son, cono­ci­da comen­ta­ris­ta de Los Ange­les Times.

El Con­gre­so está tra­ba­jan­do en la refor­ma de de las penas de cár­cel. Muchos esta­dos han prohi­bi­do la pena capi­tal. ¿No resul­ta esto alentador?

Me he vin­cu­la­do al movi­mien­to de supre­sión de las pri­sio­nes; eso no sig­ni­fi­ca que me nie­gue a res­pal­dar refor­mas. Hay una cam­pa­ña muy impor­tan­te con­tra las cel­das de ais­la­mien­to, una refor­ma que es abso­lu­ta­men­te nece­sa­ria. La dife­ren­cia resi­de en si las refor­mas con­tri­bu­yen a hacer la vida más habi­ta­ble para la gen­te que está en la cár­cel o si apun­ta­lan el com­ple­jo peni­ten­cia­rio-indus­trial. De modo que no es una situa­ción de blan­co o negro.

¿Qué sería un sis­te­ma penal jus­to para usted?

Es com­pli­ca­do. La mayo­ría de quie­nes esta­mos en el movi­mien­to abo­li­cio­nis­ta del siglo XXI nos fija­mos en la crí­ti­ca que hizo W.E.B. Du Bois res­pec­to a la supre­sión de la escla­vi­tud: que no se tra­ta­ba sim­ple­men­te de arro­jar las cade­nas. La ver­da­de­ra meta con­sis­tía en vol­ver a crear una socie­dad demo­crá­ti­ca que per­mi­tie­ra la incor­po­ra­ción de los anti­guos escla­vos. La supre­sión de las cár­ce­les ten­dría que ver con la cons­truc­ción de una nue­va demo­cra­cia: dere­chos subs­tan­cia­les, a la sub­sis­ten­cia eco­nó­mi­ca, a la salud; un énfa­sis mayor en la edu­ca­ción que en el encar­ce­la­mien­to; crear nue­vas ins­ti­tu­cio­nes que ten­de­rían a hacer obso­le­tas las cárceles.

¿Cree que lle­ga­rá un día en que las cár­ce­les ya no sean necesarias?

Es posi­ble, pero aun­que no suce­da esto, pode­mos pasar a un tipo muy dife­ren­te de jus­ti­cia que no requie­ra un impul­so retri­bu­ti­vo cuan­do alguien hace algo terrible.

¿Ha vis­to la tra­gi­co­me­dia Oran­ge Is the New Black [serie tele­vi­si­va], de tema carcelario?

No sólo he vis­to la serie sino que he leí­do las memo­rias [de Piper Ker­man], que es un aná­li­sis mucho más pro­fun­do que el que se ve en la serie, pero como per­so­na que ha ana­li­za­do el papel de las cár­ce­les de muje­res en la cul­tu­ra visual, sobre todo en el cine, creo que [la serie] no está mal. Hay tan­tos aspec­tos que con fre­cuen­cia no apa­re­cen en las repre­sen­ta­cio­nes de la gen­te en estas cir­cuns­tan­cias opre­si­vas. Por ejem­plo, en Doce años de escla­vi­tud, uno de las cosas que eché de menos era cier­to sen­ti­do de ale­gría, cier­to sen­ti­do de pla­cer, cier­to sen­ti­do de humanidad.

Este semes­tre vuel­ve usted a la UCLA [Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia en Los Ánge­les], el cam­pus del que el gober­na­dor Ronald Reagan hizo que le expulsaran.

Era una ofer­ta que no podía recha­zar. Los estu­dian­tes son muy dife­ren­tes de los estu­dian­tes de 1969, 1970. Son mucho más sofis­ti­ca­dos en el sen­ti­do de que tie­nen pre­gun­tas más complicadas.

Cuan­do con­si­de­ra hoy el femi­nis­mo, ¿cree que las muje­res han retro­ce­di­do, sal­vo, si aca­so, cuan­do se tra­ta de la sala de juntas?

Se pue­de hablar de mul­ti­ples femi­nis­mos; no se tra­ta de un fenó­meno uni­ta­rio. Hay quie­nes asu­men que el femi­nis­mo sig­ni­fi­ca ascen­der den­tro de la jerar­quía en pues­tos de poder, y eso está bien, pero no es lo que mejor sabe hacer el femi­nis­mo. Si las muje­res que están en la base se mue­ven hacia arri­ba, el con­jun­to de la estruc­tu­ra se mue­ve hacia arriba.

La cla­se de femi­nis­mo con el que me iden­ti­fi­co es un méto­do de inves­ti­ga­ción, pero tam­bién de activismo.

Sto­kely Car­mi­chael solía bro­mear dicien­do que la posi­ción de las muje­res en el Stu­dent Non­vio­lent Coor­di­na­ting Com­mit­tee del movi­mien­to de dere­chos civi­les era “boca aba­jo”. ¿Son las muje­res par­ti­ci­pan­tes ple­nas de la polí­ti­ca de hoy?

Tal vez no del todo, pero hemos hecho muchos pro­gre­sos. Res­pec­to a cómo pen­sa­mos sobre los movi­mien­tos del pasa­do, ani­mo a la gen­te a mirar más allá de las heroi­cas figu­ras mas­cu­li­nas. Si bien Mar­tin Luther King es alguien a quien reve­ren­cio, no me gus­ta dejar que lo que repre­sen­ta borre las apor­ta­cio­nes de la gen­te corrien­te. El boi­cot de los auto­bu­ses de Mont­go­mery en 1955 tuvo éxi­to por­que hubo muje­res negras, tra­ba­ja­do­ras domés­ti­cas, que se nega­ron a tomar el auto­bús. ¿Dón­de esta­ría­mos hoy si no hubie­ran actua­do así?

¿Apo­ya usted el libre con­trol de la nata­li­dad y el abor­to, que se denun­cia entre cier­tos sec­to­res como genocidio?

A veces en lo que podrían pare­cer afir­ma­cio­nes estra­fa­la­rias, des­cu­bri­mos que pue­de haber un grano de ver­dad. Aun­que nun­ca sos­ten­dría que el con­trol de la nata­li­dad o el dere­cho al abor­to cons­ti­tu­yen geno­ci­dio, he de tomar en con­si­de­ra­ción de qué modo se ha impues­to la este­ri­li­za­ción a la gen­te pobre, sobre todo a la gen­te de color, y que alguien como Mar­ga­ret San­ger [pre­cur­so­ra de la pla­ni­fi­ca­ción fami­liar en los años 20] sos­te­nía que [el con­trol de nata­li­dad] era un pri­vi­le­gio para las muje­res aco­mo­da­das, pero un deber en el caso de las muje­res más pobres.

¿Qué pien­sa del pri­mer pre­si­den­te negro del país?

Hay momen­tos de enor­mes posi­bi­li­da­des, y su elec­ción fue uno de esos momen­tos. En todo el mun­do la gen­te tenía la impre­sión de que nos movía­mos hacia un mun­do nue­vo. Por bre­ve que fue­ra esa sen­sa­ción de eufo­ria, se tra­ta de algo que no olvi­da­re­mos. Eso nos per­mi­te com­pren­der qué posi­bi­li­da­des podría reser­var­nos el futu­ro. [Pero] mucha gen­te ha ten­día a depo­si­tar tan­tas aspi­ra­cio­nes en indi­vi­duos sin­gu­la­res que no han con­se­gui­do — no hemos con­se­gui­do — rea­li­zar esa labor de sacar­le más par­ti­do a ese momen­to. La gen­te fue a las urnas y dijo “Ya hemos hecho nues­tro par­te” y le dejó el res­to a Obama.

¿Es la demo­cra­cia un buen cha­sis sobre el que eri­gir un sis­te­ma politico?

Creo pro­fun­da­men­te en las posi­bi­li­da­des de la demo­cra­cia, pero la demo­cra­cia nece­si­ta eman­ci­par­se del capi­ta­lis­mo. Mien­tras viva­mos en una demo­cra­cia capi­ta­lis­ta, se nos segui­rá esca­pan­do un futu­ro de igual­dad racial, de igual­dad de géne­ro, de igual­dad económica.

En 1980 y 1984 se pre­sen­tó como can­di­da­ta del Par­ti­do Comu­nis­ta a la vice­pre­si­den­cia; ¿sig­ni­fi­ca­ba eso que tenía fe en el pro­ce­so democrático? 

Se tra­ta­ba de suge­rir que hay alter­na­ti­vas. Nadie creía que fue­ra posi­ble ganar, pero en los años 80 se pro­du­jo el ascen­so de la glo­ba­li­za­ción del capi­tal, del com­ple­jo peni­ten­cia­rio-indus­trial, y era impor­tan­te pro­por­cio­nar algu­nos aná­li­sis poli­ti­cos alternativos.

¿Qué pien­sa aho­ra del comunismo?

Toda­vía man­ten­go un víncu­lo, [pero] ya no soy mili­tan­te. Aban­do­né el par­ti­do por­que tenía la impre­sión de que no esta­ba abier­to al tipo de demo­cra­ti­za­ción que nos hacía fal­ta. Creo que el capi­ta­lis­mo sigue sien­do el géne­ro de futu­ro más peli­gro­so que poda­mos imaginar.

¿Por qué falló el comu­nis­mo en lo que falló?

Eso exi­gi­ría una lar­ga con­ver­sa­ción. Pue­de que haya habi­do demo­cra­cia eco­nó­mi­ca, que es lo que nos fal­ta en Occi­den­te, pero sin demo­cra­cia polí­ti­ca y social, lo cier­to es que no fun­cio­na. No creo que ten­ga­mos que tirar el bebé con el agua del niño, sería impor­tant ver qué es lo que ver­da­de­ra­men­te fun­cio­na­ba y lo que no.

¿Como que no hubie­ra liber­tad de expresión?

Sí.

En 2016 se cum­pli­rá el 50 ani­ver­sa­rio del par­ti­do de las Pan­te­ras Negras; fue usted miem­bro del mis­mo duran­te algún tiempo.

El movi­mien­to de dere­chos civi­les ten­día a cen­trar­se en la inte­gra­ción, pero había quie­nes decían: “No que­re­mos asi­mi­lar­nos en un bar­co que se hun­de, de modo que cam­bie­mos total­men­te el bar­co”. El sur­gi­mien­to del Par­ti­do de las Pan­te­ras Negras mar­có un momen­to de rup­tu­ra y toda­vía esta­mos en ese momento.

El par­ti­do tenía dos tipos dis­tin­tos de acti­vis­mo: el acti­vis­mo de base que con­tri­bu­yó a crear ins­ti­tu­cio­nes que toda­vía hoy fun­cio­nan, por ejem­plo, el Depar­ta­men­to de Agri­cul­tu­ra dis­po­ne aho­ra de pro­gra­mas de desa­yu­nos gra­tui­tos. Por otro lado, está la posi­ción de defen­se pro­pia y de con­trol de la policía.

Si se le echa un vis­ta­zo al pro­gra­ma de 10 pun­tos del par­ti­do, cada uno de sus pun­tos resul­ta tan­to o más per­ti­nen­te 50 años más tar­de. El pun­to déci­mo inclu­ye el con­trol comu­ni­ta­rio de la tec­no­lo­gía. Eso fue muy pro­fé­ti­co. Se tra­ta de usar la tec­no­lo­gía en vez de que per­mi­tir que nos use a nosotros.

Algu­na gen­te toda­vía debe ver en usted a la joven que apo­ya­ba la vio­len­cia con­tra la poli­cía, la vio­len­cia de los movi­mien­tos políticos.

Es impor­tan­te com­pren­der las dife­ren­cias entre esa épo­ca y ésta. Nues­tra rela­ción con las armas era muy dife­ren­te y se cen­tra­ba en bue­na medi­da en la defen­sa pro­pia. Hoy en día, cuan­do hay del orden de 300 millo­nes de armas en el país y hemos expe­ri­men­ta­do estos horren­dos tiro­teos, no pode­mos adop­tar la mis­ma pos­tu­ra. Estoy com­ple­ta­men­te a favor del con­trol de armas, de eli­mi­nar las armas no sólo de los civi­les sino tam­bién de la policía.

Se uti­li­za­ron pis­to­las de su pro­pie­dad en el secues­tro y el tiro­teo del Marin County Civic Cen­ter en 1970. Fue absuel­ta de todas las acu­sa­cio­nes. He leí­do que había com­pra­dor las pis­to­las para su pro­pia defensa.

Sí, y comen­té la cir­cuns­tan­cia de que mi padre tenía armas cuan­do yo era peque­ña; nues­tras fami­lias tenían que pro­te­ger­se del Ku Klux Klan. [Hoy en día] tene­mos leyes con­tra el odio, hacia las que ten­go una acti­tud ambi­va­len­te, por­que a veces aca­ban usán­do­se con­tra la gen­te que era ini­cial­men­te víc­ti­ma. La legis­la­ción con­tra lin­cha­mien­tos se diri­ge más hacia los niños negros y las lla­ma­das pan­di­llas. A veces las herra­mien­tas con­tra el racis­mo se ponen al ser­vi­cio de una espe­cie de racis­mo estructural.

El docu­men­tal Free Ange­la and All Poli­ti­cal Pri­so­ners des­ta­ca mucho su rela­ción con Geor­ge Jack­son, el acti­vis­ta de las cár­ce­les muer­to en la pri­sión de Sole­dad. ¿Dema­sia­do?

Yo habría pues­to el énfa­sis en otra par­te. Si hablas con la direc­to­ra, Sho­la Lynch, com­pro­ba­rás que esta­ba tra­ba­jan­do den­tro de géne­ros con­ven­cio­na­les; ve la pelí­cu­la como un dra­ma polí­ti­co, un thri­ller cri­mi­nal y una his­to­ria de amor. Aun así, la inves­ti­ga­ción que lle­vó a cabo fue real­men­te asom­bro­sa. Entre­vis­tó a uno de los agen­tes del FBI que me detu­vie­ron y gra­cias a esa entre­vis­ta des­cu­brí cómo me atra­pa­ron. Me impre­sio­na cómo ha afec­ta­do la pelí­cu­la a la gen­te joven. Pue­de ayu­dar a con­ver­sa­cio­nes entre gene­ra­cio­nes de las que apren­da yo algo y apren­da algo la gen­te más joven.

¿Qué pasó con la for­ma de escri­bir radi­cal, per­so­nal, de enfren­ta­mien­to de la déca­da de los 60 y 70?

Es una pre­gun­ta intere­san­te. En muchas cosas depen­día­mos de noso­tros mis­mos. Esos expe­ri­men­tos son impor­tan­tes, por­que sin mover­nos a terre­nos de los que uno no sabe nada, nun­ca habrá nin­gún cambio.

Supon­go que hay gen­te que le dice: “Si no le gus­ta Nor­te­amé­ri­ca, ¿por qué se queda?”

He vivi­do en otros paí­ses, pero este es mi hogar, y me sien­to com­pro­me­ti­da con la trans­for­ma­ción de este país. Así lo he sen­ti­do des­de que era niña. Mi madre era una acti­vis­ta que creía en las posi­bi­li­da­des de trans­for­mar el mun­do. Y eso es algo a lo que toda­vía no he renunciado.

Ange­la Davis (1944), legen­da­ria acti­vis­ta afro­ame­ri­ca­na de los años 60 vin­cu­la­da al movi­mien­to de dere­chos civi­les, los Pan­te­ras Negras y el Par­ti­do Comu­nis­ta nor­te­ame­ri­cano, por el que fue can­di­da­ta a la vice­pre­si­den­cia en los años 80, fue dis­cí­pu­la de Her­bert Mar­cu­se en la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia, San Die­go. Pro­fe­so­ra jubi­la­da de la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia, San­ta Cruz, ense­ña actual­men­te en la de Syra­cu­se, en el esta­do de Nue­va York. Su tra­ba­jo teó­ri­co se ha cen­tra­do, entre otros temas, en el aná­li­sis de lo que deno­mi­na el “com­ple­jo peni­ten­cia­rio indus­trial” en los Esta­dos Unidos.

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