Las FARC pre­sen­tan un exten­so docu­men­to sobre el “Pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te abier­to para la tran­si­ción hacia la Nue­va Colombia”

Proceso constituyente abierto para la transición hacia la Nueva Colombia

La Haba­na, Cuba, sede de los diá­lo­gos de paz, mayo 27 de 2014

Linea­mien­tos generales

Pre­sen­ta­ción

El Acuer­do Final para la ter­mi­na­ción de la con­fron­ta­ción arma­da, con el que esta­mos com­pro­me­ti­dos y aspi­ra­mos mate­ria­li­zar si las cla­ses domi­nan­tes lo posi­bi­li­tan y no per­sis­ten en su estra­te­gia gue­rre­ris­ta, lo com­pren­de­mos en tér­mi­nos de los míni­mos reque­ri­dos para abrir­le nue­vas posi­bi­li­da­des al ejer­ci­cio de la polí­ti­ca en nues­tro país y para avan­zar hacia su demo­cra­ti­za­ción real polí­ti­ca, eco­nó­mi­ca, social y cul­tu­ral. El Acuer­do Final, de con­cre­tar­se, lo com­pren­de­mos como nues­tro apor­te al pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te abier­to que se vie­ne des­atan­do con inten­si­da­des aún des­igua­les y dis­per­sas, a lo lar­go y ancho del terri­to­rio nacio­nal, en medio de la movi­li­za­ción y la lucha social y popular.

Tene­mos el con­ven­ci­mien­to de que lo logra­do en la Mesa de diá­lo­gos se ins­cri­be den­tro de aspi­ra­cio­nes his­tó­ri­cas apla­za­das de los domi­na­dos y exclui­dos por las cla­ses que han usu­fruc­tua­do el poder a lo lar­go de nues­tra vida repu­bli­ca­na. Con ello esta­mos colo­can­do nues­tro grano de are­na para las trans­for­ma­cio­nes estruc­tu­ra­les nece­sa­rias que per­mi­tan supe­rar la no resuel­ta cues­tión rural y agra­ria que man­tie­ne en la pobre­za y la mise­ria a millo­nes de tra­ba­ja­do­res rura­les, cam­pe­si­nos, indí­ge­nas y afro­des­cen­dien­tes, en fun­ción de una nue­va orga­ni­za­ción del poder que dé cuen­ta de las deman­das por la más amplia par­ti­ci­pa­ción en la vida social de los has­ta aho­ra exclui­dos, y así avan­zar en la supera­ción de la situa­ción socio­eco­nó­mi­ca de pre­ca­rie­dad extre­ma de dece­nas de miles de com­pa­trio­tas empu­ja­dos al cir­cui­to eco­nó­mi­co de la empre­sa trans­na­cio­nal cri­mi­nal del nar­co­trá­fi­co. Aspi­ra­mos, igual­men­te, a apor­tar en el reco­no­ci­mien­to y la mate­ria­li­za­ción de los dere­chos de las víc­ti­mas de la gue­rra que nos impu­sie­ron las cla­ses domi­nan­tes. A nues­tro jui­cio, uno de los mayo­res apor­tes de un even­tual Acuer­do Final resul­ta de las nue­vas posi­bi­li­da­des que él abre para sen­tar los cimien­tos de la cons­truc­ción de la paz con jus­ti­cia social. Nues­tra gene­ra­ción actual y las gene­ra­cio­nes futu­ras mere­cen una opor­tu­ni­dad dis­tin­ta a la pro­lon­ga­ción inde­fi­ni­da de la guerra.

No obs­tan­te, debe­mos afir­mar una vez más que los obje­ti­vos que hemos bus­ca­do y por los que nos hemos levan­ta­do en armas con­tra el orden de domi­na­ción y explo­ta­ción exis­ten­te no se ago­tan allí. Nues­tras aspi­ra­cio­nes his­tó­ri­cas son mayo­res; bus­can pre­ci­sa­men­te la supera­ción del orden capi­ta­lis­ta, tal y como lo ense­ñan las his­tó­ri­cas luchas de nues­tro pue­blo y las que vivi­mos en el pre­sen­te de Nues­tra América.

Com­pren­de­mos a ple­ni­tud la poten­cia trans­for­ma­do­ra del actual momen­to his­tó­ri­co. Somos cons­cien­tes que se vie­nen ges­tan­do con­di­cio­nes que nos ponen fren­te a dos cami­nos: O se asis­te a recom­po­si­ción del régi­men impe­ran­te como res­pues­ta a la cri­sis en madu­ra­ción en todos los nive­les, que con­so­li­da­ría el actual poder de cla­se y pro­fun­di­za­ría aún más sus polí­ti­cas neo­li­be­ra­les, o se tran­si­ta la ruta de un pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te capaz de pro­du­cir la fuer­za social del cam­bio real­men­te trans­for­ma­dor. Ese es el reto que hoy enfrentamos.

Hace­mos par­te del movi­mien­to gene­ral por una gran trans­for­ma­ción hacia la demo­cra­cia real en nues­tro país. El hori­zon­te de la Asam­blea Nacio­nal Cons­ti­tu­yen­te que hemos pro­pues­to es una esta­ción nece­sa­ria en nues­tro camino. Para noso­tros es la posi­bi­li­dad de refren­dar los acuer­dos logra­dos, de encon­trar­le sali­da a las sal­ve­da­des que hemos deja­do sen­ta­das, y sobre todo de con­cer­tar un nue­vo mar­co jurí­di­co-polí­ti­co para la orga­ni­za­ción del poder social, del Esta­do y de la eco­no­mía, sobre pre­su­pues­tos que com­pro­me­tan al con­jun­to de la socie­dad colom­bia­na, en todas sus expre­sio­nes polí­ti­cas, eco­nó­mi­cas, socia­les y cul­tu­ra­les; Es decir, un tra­ta­do de paz, en el sen­ti­do estric­to del término.

Nues­tra visión de país no está limi­ta­da a una nue­va Cons­ti­tu­ción. Ésta, no obs­tan­te, es una nece­si­dad his­tó­ri­ca. Por ello lla­ma­mos a un pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te abier­to, que no cul­mi­na en el esce­na­rio de la Asam­blea, sino que encuen­tra en ella un lugar para poten­ciar nues­tras aspi­ra­cio­nes y lle­var­las a un nue­vo nivel, en un con­tex­to que esta­rá carac­te­ri­za­do por la con­ti­nui­dad del con­flic­to y del anta­go­nis­mo social.

Los Linea­mien­tos gene­ra­les de un Pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te abier­to para la tran­si­ción hacia la Nue­va Colom­bia repre­sen­tan nues­tra visión de país; dan cuen­ta de la mane­ra como que­re­mos asu­mir, pro­gra­má­ti­ca­men­te, la poten­cia trans­for­ma­do­ra del actual momen­to his­tó­ri­co de la mano de nues­tro pue­blo. Los Linea­mien­tos gene­ra­les que aquí pre­sen­ta­mos los hemos con­ce­bi­do con fun­da­men­to en el aná­li­sis y la recep­ción de múl­ti­ples pro­pues­tas y pla­ta­for­mas ela­bo­ra­das des­de el cam­po popu­lar y por la inte­lec­tua­li­dad crí­ti­ca del país y, des­de lue­go, apo­yán­do­nos en nues­tras pro­pias for­mu­la­cio­nes y mira­das sobre los cam­bios que se requie­ren para la tran­si­ción hacia una Nue­va Colom­bia. Ellos con­tie­nen en lo esen­cial nues­tra apro­xi­ma­ción pro­gra­má­ti­ca para supe­rar las inmen­sas des­igual­da­des, demo­cra­ti­zar en pro­fun­di­dad la vida social, trans­for­mar sus­tan­cial­men­te el Esta­do, res­ta­ble­cer la sobe­ra­nía, inser­tar­nos en los pro­ce­sos de cam­bio en Nues­tra Amé­ri­ca, y garan­ti­zar el bien­es­tar y el buen vivir de nues­tro pue­blo. Si logra­mos hacer­los reali­dad, esta­re­mos cami­nan­do la sen­da hacia una socie­dad alter­na­ti­va al capi­ta­lis­mo exis­ten­te, hacia la Nue­va Colombia.

Los Linea­mien­tos gene­ra­les que pro­po­ne­mos son los siguientes:

1. Demo­cra­ti­za­ción real y par­ti­ci­pa­ción en la vida social.

2. Rees­truc­tu­ra­ción demo­crá­ti­ca del Estado.

3. Des­mi­li­ta­ri­za­ción de la vida social.

4. Des­mon­te de los pode­res mafio­sos y de las estruc­tu­ras narcoparamilitares.

5. Jus­ti­cia para la paz y la mate­ria­li­za­ción de los dere­chos de las víc­ti­mas del conflicto.

6. Des­pri­va­ti­za­ción y des­mer­can­ti­li­za­ción de las rela­cio­nes económico-sociales.

7. Recu­pe­ra­ción de la rique­za natu­ral y reapro­pia­ción social de los bie­nes comunes.

8. Reor­ga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca de los terri­to­rios urba­nos y rurales.

9. Nue­vo mode­lo eco­nó­mi­co e ins­tru­men­tos de la direc­ción de la eco­no­mía para el bien­es­tar y el buen vivir.

10. Res­ta­ble­ci­mien­to de la sobe­ra­nía e inte­gra­ción en Nues­tra América.

1. Demo­cra­ti­za­ción real y par­ti­ci­pa­ción en la vida social

La tran­si­ción polí­ti­ca hacia la Nue­va Colom­bia exi­ge la supera­ción de las falen­cias y la ausen­cia de demo­cra­cia real en todos los ámbi­tos de la vida social. Una lar­ga cade­na de limi­ta­cio­nes a la demo­cra­cia hacen par­te de nues­tra his­to­ria repu­bli­ca­na: éli­tes inca­pa­ces de asu­mir refor­mas polí­ti­cas y socia­les nece­sa­rias, veto al pro­ta­go­nis­mo ciu­da­dano en las defi­ni­cio­nes eco­nó­mi­cas estra­té­gi­cas, un sis­te­ma cons­ti­tu­cio­nal más afín a las reglas de los mono­po­lios que a la defen­sa de lo común, gene­ra­cio­nes com­ple­tas bajo esta­dos de excep­ción, exa­cer­ba­do cen­tra­lis­mo que silen­cia las voces regio­na­les, geno­ci­dio de la opo­si­ción polí­ti­ca, per­se­cu­ción y estig­ma­ti­za­ción sis­te­má­ti­ca del movi­mien­to social y de la pro­tes­ta popu­lar, entre muchas otras.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe con­tri­buir, más allá de los indis­cu­ti­bles apor­tes de un even­tual Acuer­do Final, a ampliar y pro­fun­di­zar la demo­cra­cia, como una con­di­ción inelu­di­ble para sen­tar las bases sóli­das de la paz con jus­ti­cia social, a reco­no­cer que los défi­cit de demo­cra­cia agra­van el con­flic­to social y que la deli­be­ra­ción demo­crá­ti­ca cons­ti­tu­ye el esce­na­rio más pro­pi­cio para abor­dar los con­flic­tos huma­nos. El momen­to his­tó­ri­co deman­da afir­mar una idea de demo­cra­cia dife­ren­te. El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe­rá apor­tar en la cons­truc­ción de la demo­cra­cia real, direc­ta, auto­ges­tio­na­ria y popular.

Algu­nos de los com­po­nen­tes de esa idea de demo­cra­cia real, des­de nues­tra pers­pec­ti­va, remi­ten a las siguien­tes trans­for­ma­cio­nes. En pri­mer lugar, asu­mir el pre­do­mi­nio de pro­ce­sos de demo­cra­cia direc­ta e inde­le­ga­ble, apo­ya­da en una for­ma­ción polí­ti­ca para la cua­li­fi­ca­ción de la par­ti­ci­pa­ción en la toma de deci­sio­nes. La demo­cra­cia direc­ta no pue­de ser una excep­ción, sino un modo de vida coti­diano y per­ma­nen­te en los prin­ci­pa­les ámbi­tos de la vida social. Una demo­cra­cia direc­ta a nivel barrial, local, comu­nal, regio­nal y nacio­nal. En segun­do lugar, poten­ciar los meca­nis­mos direc­tos de par­ti­ci­pa­ción comu­ni­ta­ria y ciu­da­da­na, inclu­yen­do el pre­su­pues­to par­ti­ci­pa­ti­vo, la revo­ca­to­ria del man­da­to y for­mas de repre­sen­ta­ción o dele­ga­ción. Una par­ti­ci­pa­ción real y efec­ti­va en la toma de deci­sio­nes y no mera­men­te con­sul­ti­va, evi­tan­do los meca­nis­mos semi­di­rec­tos de par­ti­ci­pa­ción, en bene­fi­cio de los ple­na­men­te direc­tos. En ter­cer lugar, avan­zar en la cons­truc­ción de una ver­da­de­ra demo­cra­cia social, que cimen­te bases reales de igual­dad mate­rial, en rela­ción con la rique­za social, la pro­pie­dad, la tie­rra y los ingre­sos. No es posi­ble con­so­li­dar una demo­cra­cia jus­ta en una socie­dad con tan­tas des­igual­da­des mate­ria­les. En cuar­to lugar, sus­traer los bie­nes comu­nes y los dere­chos (segu­ri­dad social, salud, edu­ca­ción, cul­tu­ra, inter­cul­tu­ra­li­dad, segu­ri­dad ali­men­ta­ria, agua, ambien­te, cien­cia, inves­ti­ga­ción) de las reglas del mer­ca­do y de la ganan­cia exclu­si­va­men­te pri­va­da, para garan­ti­zar el bien­es­tar y el buen vivir de comu­ni­da­des y pobla­cio­nes. Una lucha deci­di­da con­tra la corrup­ción, a tra­vés de vee­du­rías ciu­da­da­nas, con­trol social y asam­bleas popu­la­res, para la vigi­lan­cia de los recur­sos públi­cos. En quin­to lugar, con­fi­gu­rar una nue­va ins­ti­tu­cio­na­li­dad que logre tra­mi­tar demo­crá­ti­ca­men­te los con­flic­tos eco­nó­mi­cos, socia­les, cul­tu­ra­les y eco­ló­gi­cos, fomen­tan­do las auto­no­mías terri­to­ria­les, regio­na­les, depar­ta­men­ta­les, muni­ci­pa­les, cam­pe­si­nas, indí­ge­nas, afro­des­cen­dien­tes y rai­za­les, pro­pi­cian­do for­mas demo­crá­ti­cas de pla­nea­ción y ges­tión de lo públi­co, con par­ti­ci­pa­ción popu­lar en todas las eta­pas de los pla­nes de orde­na­mien­to terri­to­rial, pla­nes de desa­rro­llo y los pre­su­pues­tos muni­ci­pa­les, depar­ta­men­ta­les y nacio­na­les. En sex­to lugar, reco­no­cer y esti­mu­lar for­mas autó­no­mas de auto­go­bierno y auto­ges­tión ema­na­das de comu­ni­da­des urba­nas y rura­les, en espe­cial de comu­ni­da­des cam­pe­si­nas, indí­ge­nas, afro­des­cen­dien­tes y rai­za­les. No habrá demo­cra­cia real y par­ti­ci­pa­ción ver­da­de­ra en la vida social si no se gene­ran las con­di­cio­nes para que las muje­res sean par­te acti­va y deli­be­ran­te de estos pro­ce­sos, a fin de supe­rar el régi­men patriar­cal de domi­na­ción, sub­yu­ga­ción y exclu­sión. Las tareas de la demo­cra­ti­za­ción real debe­rán incluir los medios de comunicación.

2. Rees­truc­tu­ra­ción demo­crá­ti­ca del Estado

El Esta­do, su ins­ti­tu­cio­na­li­dad y sus polí­ti­cas han sido orga­ni­za­dos y dise­ña­dos a lo lar­go de la vida repu­bli­ca­na para aten­der y repro­du­cir los intere­ses de las cla­ses domi­nan­tes y per­pe­tuar el orden capi­ta­lis­ta que impe­ra en el país. Como resul­ta­do de ello, vivi­mos en un país carac­te­ri­za­do por la exclu­sión polí­ti­ca y social y la escan­da­lo­sa con­cen­tra­ción de la rique­za que pro­du­ce la población.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te para la tran­si­ción hacia la Nue­va Colom­bia debe­rá pro­du­cir la fuer­za social capaz de recu­pe­rar y rees­truc­tu­rar el Esta­do para garan­ti­zar una orga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca y par­ti­ci­pa­ti­va real del ejer­ci­cio del poder, for­ta­le­cer la ins­ti­tu­cio­na­li­dad y posi­bi­li­tar una efec­ti­va orien­ta­ción de sus polí­ti­cas con el fin de pro­pi­ciar las con­di­cio­nes de la paz con jus­ti­cia social, garan­ti­zar el bien­es­tar y el buen vivir de la pobla­ción, y supe­rar las pro­fun­das des­igual­da­des, la pobre­za y la mise­ria. Todo esto, acom­pa­ña­do de la corres­pon­dien­te dis­po­si­ción de recur­sos de pre­su­pues­to. Para ello se hace nece­sa­ria una rees­truc­tu­ra­ción demo­crá­ti­ca del Esta­do que debe­rá com­pren­der la rede­fi­ni­ción de los pode­res públi­cos y de sus facul­ta­des, así como del equi­li­brio entre ellos, limi­tan­do el exce­si­vo carác­ter pre­si­den­cia­lis­ta; el reco­no­ci­mien­to y estí­mu­lo a la par­ti­ci­pa­ción social y popu­lar en sus diver­sas moda­li­da­des, inclui­da su orga­ni­za­ción en la for­ma del Poder Popu­lar de las comu­ni­da­des urba­nas y rura­les, cam­pe­si­nas, indí­ge­nas y afro­des­cen­dien­tes; el for­ta­le­ci­mien­to del pro­ce­so de des­cen­tra­li­za­ción hacia la mayor demo­cra­cia local; el redi­se­ño del orden jurí­di­co-eco­nó­mi­co y la reapro­pia­ción social de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca; la recon­ver­sión de las Fuer­zas Mili­ta­res hacia una fuer­za para la cons­truc­ción de la paz, la recon­ci­lia­ción y la pro­tec­ción de la sobe­ra­nía nacio­nal. Y de mane­ra espe­cial, la refor­ma de la rama judi­cial que libe­re a la jus­ti­cia de su escan­da­lo­sa poli­ti­za­ción, le devuel­va su inde­pen­den­cia como rama del poder y la con­vier­ta en pre­su­pues­to indis­pen­sa­ble para la paz.

La rees­truc­tu­ra­ción del Esta­do debe­rá acom­pa­ñar­se de una refor­ma polí­ti­ca y elec­to­ral que regu­le la con­tien­da polí­ti­ca en equi­dad e igual­dad de con­di­cio­nes, erra­di­que las estruc­tu­ras y prác­ti­cas clien­te­lis­tas, corrup­tas, cri­mi­na­les y mafio­sas en el ejer­ci­cio de la polí­ti­ca, sien­te las bases para recu­pe­rar la cre­di­bi­li­dad y trans­pa­ren­cia del sis­te­ma polí­ti­co y del sis­te­ma elec­to­ral. Se debe­rá refor­mar el poder elec­to­ral y garan­ti­zar la par­ti­ci­pa­ción de las fuer­zas polí­ti­cas y los movi­mien­tos polí­ti­cos y socia­les opo­si­to­res. Se ten­drán que refor­mar los actua­les meca­nis­mos de par­ti­ci­pa­ción polí­ti­ca, supri­mien­do sus regla­men­ta­cio­nes res­tric­ti­vas y for­ta­le­cien­do los alcan­ces de las ini­cia­ti­vas socia­les y popu­la­res en esta mate­ria, inclui­das las ini­cia­ti­vas de carác­ter legis­la­ti­vo. Se esta­ble­ce­rá la elec­ción popu­lar de los rec­to­res de los orga­nis­mos de con­trol; igual­men­te de la Fis­ca­lía Gene­ral y de la Defen­so­ría del Pue­blo, con base en pro­pues­tas pro­gra­má­ti­cas. Se supri­mi­rá el Minis­te­rio Público.

3. Des­mi­li­ta­ri­za­ción de la vida social

Tras un Acuer­do Final entre el Esta­do y la insur­gen­cia, no exis­te jus­ti­fi­ca­ción polí­ti­ca, éti­ca o eco­nó­mi­ca algu­na para per­sis­tir en la polí­ti­ca de segu­ri­dad y con­trol social que ha pri­vi­le­gia­do la exten­sión de la lógi­ca mili­tar a los diver­sos ámbi­tos de la vida social. La vida de nues­tras comu­ni­da­des diver­sas, para que pue­da des­ple­gar­se autó­no­ma­men­te, bajo pau­tas de con­vi­ven­cia que es pre­ci­so recu­pe­rar y actua­li­zar, así como la pro­pia con­flic­ti­vi­dad y la pro­tes­ta social, no pue­den con­ti­nuar sien­do some­ti­das a un tra­ta­mien­to mili­tar. La polí­ti­ca de defen­sa debe des­li­gar­se de los dic­tá­me­nes de los Depar­ta­men­tos de Esta­do y de Defen­sa, del Coman­do Sur, de la CIA y de las cen­tra­les de inte­li­gen­cia bri­tá­ni­ca e israe­lí, y sus­traer­se de los enfo­ques geo­po­lí­ti­cos impe­ria­lis­tas de la “domi­na­ción de espec­tro com­ple­to” sobre Nues­tra América.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe fun­da­men­tar­se, en con­se­cuen­cia, en la des­mi­li­ta­ri­za­ción sis­te­má­ti­ca de la vida social, de la segu­ri­dad ciu­da­da­na, de la eco­no­mía y de las finan­zas del Esta­do, de la cul­tu­ra y de la edu­ca­ción, y de los medios de la edu­ca­ción. Ello con­lle­va la rede­fi­ni­ción de los con­cep­tos de segu­ri­dad y defen­sa, así como de la polí­ti­ca esta­tal en este cam­po; la supera­ción defi­ni­ti­va de la doc­tri­na mili­tar de la “segu­ri­dad nacio­nal” y de “gue­rra con­tra­in­sur­gen­te”; el redi­se­ño estruc­tu­ral de las Fuer­zas Mili­ta­res y de Poli­cía, inclui­da la eli­mi­na­ción de las fun­cio­nes mili­ta­res de la Poli­cía y su suje­ción, en la orga­ni­za­ción ins­ti­tu­cio­nal del Esta­do, al poder civil; la trans­for­ma­ción de ins­ti­tu­cio­nes cívi­co-mili­ta­res en ins­ti­tu­cio­nes civi­les, espe­cial­men­te en el cam­po de la edu­ca­ción; y una polí­ti­ca de reduc­ción con­ti­nua del gas­to mili­tar que hoy cuan­tio­sa­men­te se des­ti­na a la gue­rra, has­ta lle­var­lo al pro­me­dio del gas­to a nivel inter­na­cio­nal, en bene­fi­cio de otros sec­to­res cla­ves liga­dos con las nece­si­da­des esen­cia­les de la pobla­ción. Por otra par­te, la polí­ti­ca de defen­sa nacio­nal debe aten­der los prin­ci­pios de sobe­ra­nía y auto­de­ter­mi­na­ción e incluir­se deci­di­da­men­te en los inten­tos de for­mu­la­ción de una polí­ti­ca regio­nal que res­pon­da a los intere­ses nacio­na­les y nuestroamericanos.

4. Des­mon­te de los pode­res mafio­sos y de las estruc­tu­ras narcoparamilitares

Para con­so­li­dar la tran­si­ción polí­ti­ca se hace impe­rio­so empren­der accio­nes deci­di­das orien­ta­das a garan­ti­zar el des­mon­te de los pode­res mafio­sos y de las estruc­tu­ras nar­co­pa­ra­mi­li­ta­res que se han incrus­ta­do en el Esta­do y la socie­dad colom­bia­na a lo lar­go de las últi­mas déca­das, y se han con­ver­ti­do en un fac­tor deter­mi­nan­te de la orga­ni­za­ción capi­ta­lis­ta. Dichos pode­res repre­sen­tan una ame­na­za para hacer reali­dad las aspi­ra­cio­nes de demo­cra­ti­za­ción polí­ti­ca, eco­nó­mi­ca, social y cul­tu­ral del país.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe con­tri­buir a la iden­ti­fi­ca­ción de las estruc­tu­ras de poder nar­co­pa­ra­mi­li­tar, cri­mi­nal y mafio­so en todos los ámbi­tos y nive­les, a denun­ciar­las y enfren­tar­las, y a for­mu­lar los linea­mien­tos de una polí­ti­ca de Esta­do que per­mi­ta la supera­ción de esos pode­res en sus diver­sas for­mas. Se hace nece­sa­ria la depu­ra­ción del Esta­do en sus dife­ren­tes nive­les nacio­nal, depar­ta­men­tal y muni­ci­pal, en sus ramas eje­cu­ti­va, legis­la­ti­va y judi­cial; en los órga­nos de con­trol, así como en la orga­ni­za­ción elec­to­ral, inclui­dos el Con­se­jo Nacio­nal Elec­to­ral y la Regis­tra­du­ría Nacio­nal. La depu­ra­ción de la orga­ni­za­ción elec­to­ral cons­ti­tu­ye una con­di­ción nece­sa­ria para avan­zar hacia la eli­mi­na­ción del poder polí­ti­co mafio­so y nar­co­pa­ra­mi­li­tar, basa­do en bue­na medi­da en la cap­tu­ra del sis­te­ma polí­ti­co y de repre­sen­ta­ción. El des­mon­te efec­ti­vo de este poder com­pren­de tam­bién la depu­ra­ción del Nota­ria­do y Regis­tro, deve­ni­do en múl­ti­ples casos en ins­tru­men­to del des­po­jo de tie­rras y bie­nes raí­ces. En aten­ción a las demos­tra­das arti­cu­la­cio­nes y coor­di­na­cio­nes de la mafia y el nar­co­pa­ra­mi­li­ta­ris­mo con las fuer­zas mili­ta­res y de poli­cía, y los ser­vi­cios de inte­li­gen­cia del Esta­do, se debe­rá pro­ce­der a la depu­ra­ción de estas fuer­zas y servicios.

Como resul­ta­do de estas accio­nes, se debe­rá recu­pe­rar el Esta­do y su ins­ti­tu­cio­na­li­dad para poner­los al ser­vi­cio del bien­es­tar y el buen vivir de la pobla­ción. No habrá posi­bi­li­da­des para la demo­cra­ti­za­ción real si no se quie­bran las imbri­ca­cio­nes de sec­to­res de las cla­ses domi­nan­tes con la mafia y el nar­co­pa­ra­mi­li­ta­ris­mo. El quie­bre apor­ta­rá a la supera­ción de la corrup­ción y a la recu­pe­ra­ción del gas­to públi­co para la aten­ción de los pro­ble­mas sociales.

5. Jus­ti­cia para la paz y la mate­ria­li­za­ción de los dere­chos de las víc­ti­mas del conflicto

La acti­vi­dad y la orga­ni­za­ción de la jus­ti­cia, tan­to en la que con­ser­va el Esta­do, como en las for­mas ya pri­va­ti­za­das en el orden interno o inter­na­cio­nal, poseen un lugar espe­cial en la tran­si­ción que debe­mos empren­der. Es evi­den­te que se asis­te a una cri­sis del sis­te­ma de jus­ti­cia, de su con­cep­ción y de su pro­pia admi­nis­tra­ción; que el sis­te­ma está con­ce­bi­do para pro­te­ger prio­ri­ta­ria­men­te la pro­pie­dad de los gran­des capi­ta­les; para per­se­guir y cas­ti­gar a los pobres, al tiem­po que es bené­vo­lo y com­pla­cien­te con los pode­ro­sos. A ello se agre­ga la pér­di­da de inde­pen­den­cia, la mar­ca­da influen­cia de otros pode­res del Esta­do, la suje­ción en algu­nos casos a pode­res mafio­sos, los vicios de corrup­ción y de clien­te­lis­mo, jun­to con pro­ble­mas de orga­ni­za­ción y de ges­tión. Es menes­ter que el pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te apor­te a una con­cep­tua­li­za­ción de la jus­ti­cia que, sobre pre­su­pues­tos de demo­cra­ti­za­ción, con­duz­ca a una regu­la­ción efec­ti­va de la con­flic­ti­vi­dad social, posi­bi­li­te res­ta­ble­cer la con­fian­za y la legi­ti­mi­dad en ella, y per­mi­ta sen­tar en ese cam­po las bases para la cons­truc­ción de la paz. La recu­pe­ra­ción de la jus­ti­cia deman­da dise­ños que res­ta­blez­can su inde­pen­den­cia, garan­ti­cen la no inje­ren­cia de los demás pode­res del Esta­do; superen las prác­ti­cas clien­te­la­res y corrup­tas. La con­for­ma­ción de la alta magis­tra­tu­ra debe aten­der cri­te­rios de méri­to, trans­pa­ren­cia y com­pro­mi­so con la comu­ni­dad, y garan­ti­zar par­ti­ci­pa­ción y con­trol ciu­da­dano. La recu­pe­ra­ción de la jus­ti­cia no es sim­ple­men­te una labor de reor­ga­ni­za­ción téc­ni­ca, que resuel­va los pro­ble­mas de orga­ni­za­ción y de ges­tión, sino que la haga fun­cio­nar en bene­fi­cio de pro­ce­sos alter­na­ti­vos, a par­tir de la expe­rien­cia y de las prác­ti­cas mis­mas de comu­ni­da­des y movimientos.

La cons­truc­ción de una jus­ti­cia para la paz exi­ge el reco­no­ci­mien­to y la mate­ria­li­za­ción efec­ti­va de los dere­chos de las víc­ti­mas del con­flic­to. El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe con­tri­buir a la cons­truc­ción de una rela­ción entre las aspi­ra­cio­nes de paz de la socie­dad colom­bia­na y la pro­vi­sión de jus­ti­cia a las víc­ti­mas que per­mi­ta supe­rar en for­ma defi­ni­ti­va las cau­sas que han pro­du­ci­do y hecho per­sis­ten­te el con­flic­to arma­do, así como repa­rar inte­gral­men­te a quie­nes han sido sus víc­ti­mas. Se tra­ta de supe­rar las cau­sas que pro­du­cen la vio­len­cia del sis­te­ma, de empren­der las accio­nes corres­pon­dien­tes para garan­ti­zar ver­dad, jus­ti­cia, repa­ra­ción y garan­tías de no repe­ti­ción. Sin des­co­no­cer la impor­tan­cia de la indi­vi­dua­li­za­ción, se debe reco­no­cer que los hom­bres y muje­res, ase­si­na­dos, des­apa­re­ci­dos, tor­tu­ra­dos, muti­la­dos en esta lar­ga gue­rra, lo fue­ron esen­cial­men­te en razón de sus con­vic­cio­nes polí­ti­cas, gene­ral­men­te com­pro­me­ti­das con pro­yec­tos de izquier­da y alter­na­ti­vos de socie­dad. Otro tan­to se pue­de afir­mar de comu­ni­da­des y orga­ni­za­cio­nes socia­les y popu­la­res, cuyos teji­dos y estruc­tu­ras soli­da­rias y de coope­ra­ción fue­ron des­trui­dos. La vic­ti­mi­za­ción devino en estra­te­gia de gue­rra y ha esta­do orien­ta­da a pro­du­cir cam­bios del orden eco­nó­mi­co, polí­ti­co y socio­cul­tu­ral, espe­cial­men­te a la liqui­da­ción y el exter­mi­nio de las resis­ten­cias, de la opo­si­ción polí­ti­ca y de las visio­nes alter­na­ti­vas de socie­dad, como en el caso de la Unión Patrió­ti­ca, de A Luchar y de otras orga­ni­za­cio­nes polí­ti­cas de izquierda.

El pro­ce­so de vic­ti­mi­za­ción masi­va hace par­te de nues­tra his­to­ria y memo­ria colec­ti­va. La tran­si­ción hacia la demo­cra­ti­za­ción real tie­ne que con­ver­tir a las víc­ti­mas en suje­tos polí­ti­cos de su pro­pio des­tino. Colom­bia esta­rá con­de­na­da a otros cien años de sole­dad si las voces de las víc­ti­mas son nue­va­men­te silen­cia­das por el ase­si­na­to, la exclu­sión, la indi­fe­ren­cia o polí­ti­cas ins­ti­tu­cio­na­les inade­cua­das. Nece­si­ta­mos cons­truir colec­ti­va­men­te esas polí­ti­cas que per­mi­tan flo­re­cer las memo­rias de todas las víc­ti­mas. Mani­fes­ta­mos nues­tra dis­po­si­ción de con­tri­buir de for­ma deci­di­da en toda acción para posi­bi­li­tar y reco­brar una memo­ria des­de las víc­ti­mas. Reco­no­ce­mos que sin esa memo­ria colec­ti­va no podrá exis­tir ver­dad, jus­ti­cia, repa­ra­ción y no repe­ti­ción. Los colom­bia­nos y las colom­bia­nas aspi­ra­mos a ente­rrar para siem­pre esa pes­te del olvi­do y del mie­do que acom­pa­ña nues­tra his­to­ria común. Lla­ma­mos a apo­yar accio­nes indi­vi­dua­les y colec­ti­vas que posi­bi­li­ten la memo­ria de todas las víc­ti­mas, a cul­ti­var a nivel local, regio­nal y nacio­nal, ini­cia­ti­vas tales como inves­ti­ga­cio­nes, tri­bu­na­les, comi­sio­nes, semi­na­rios, encuen­tros, expre­sio­nes cul­tu­ra­les, tes­ti­mo­nios, publi­ca­cio­nes, etc., que pro­mue­van la memo­ria de las víc­ti­mas; insis­ti­mos en la impor­tan­cia de esta­ble­cer des­de ya una “Comi­sión del escla­re­ci­mien­to de los orí­ge­nes y el desa­rro­llo del con­flic­to”, que apor­te a la cons­truc­ción de la ver­dad en el pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te, y reite­ra­mos nues­tro com­pro­mi­so con la con­for­ma­ción de una “Comi­sión de la ver­dad”; exhor­ta­mos a la defi­ni­ción colec­ti­va y amplia­men­te par­ti­ci­pa­ti­va, con acom­pa­ña­mien­to inter­na­cio­nal, de una polí­ti­ca esta­tal orien­ta­da a supe­rar la vio­len­cia del sis­te­ma y a for­mu­lar reco­men­da­cio­nes en vía de la no repe­ti­ción de la vic­ti­mi­za­ción masi­va o de la re-vic­ti­mi­za­ción. La supera­ción de la doc­tri­na de la segu­ri­dad nacio­nal y el des­mon­te real del para­mi­li­ta­ris­mo en cual­quie­ra de sus expre­sio­nes o deno­mi­na­cio­nes, cons­ti­tu­yen con­di­cio­nes nece­sa­rias e ineludibles.

6. Des­pri­va­ti­za­ción y des­mer­can­ti­li­za­ción de las rela­cio­nes económico-sociales

A lo lar­go de las últi­mas déca­das se ha impul­sa­do un pro­ce­so de neo­li­be­ra­li­za­ción en el país acor­de con las trans­for­ma­cio­nes glo­ba­les del capi­ta­lis­mo, muy liga­das a la rede­fi­ni­ción de la misión del Esta­do a fin de entro­ni­zar bases fir­mes para el pre­do­mi­nio de la lla­ma­da eco­no­mía de mer­ca­do y favo­re­cer la trans­na­cio­na­li­za­ción de la eco­no­mía. Este pro­ce­so ha pro­pi­cia­do la mer­can­ti­li­za­ción del sis­te­ma de segu­ri­dad social, la intro­duc­ción de la mis­ma lógi­ca en el sis­te­ma edu­ca­ti­vo, la pri­va­ti­za­ción de los ser­vi­cios públi­cos y de la vivien­da social y, en gene­ral, una ten­den­cia a la pri­va­ti­za­ción de todos los cam­pos de la vida social y de los bie­nes comu­nes natu­ra­les, que se ha acom­pa­ña­do del des­man­te­la­mien­to de la redu­ci­da polí­ti­ca social del Esta­do, sus­ti­tu­yén­do­la por el sis­te­ma de sub­si­dios a la pobla­ción exclui­da, como meca­nis­mo de inte­gra­ción y coop­ta­ción y de mani­pu­la­ción elec­to­ral. La mer­can­ti­li­za­ción se ha acen­tua­do debi­do a la pro­li­fe­ra­ción de tra­ta­dos de libre comer­cio. La exten­sión de las lógi­cas mer­can­ti­les y pri­va­ti­za­do­ras, ade­más de con­so­li­dar el domi­nio del capi­tal en toda la vida social, espe­cial­men­te del capi­tal finan­cie­ro, ha pro­du­ci­do una ver­da­de­ra trans­for­ma­ción socio­cul­tu­ral de exal­ta­ción de los valo­res capi­ta­lis­tas: com­pe­ten­cia, pro­duc­ti­vis­mo, indi­vi­dua­lis­mo, des­hu­ma­ni­za­ción, en detri­men­to de la soli­da­ri­dad, la fra­ter­ni­dad y la coope­ra­ción, ame­na­zan­do ade­más el con­jun­to de dere­chos reco­no­ci­dos for­mal­men­te en el orde­na­mien­to vigente.

Para la trans­for­ma­ción de las rela­cio­nes eco­nó­mi­co-socia­les que se ha de impul­sar a tra­vés del pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te es car­di­nal pro­mo­ver la des­pri­va­ti­za­ción y des­mer­can­ti­li­za­ción de nume­ro­sas áreas de la vida social que han sido apro­pia­das por la lógi­ca capi­ta­lis­ta, ya sea por agen­tes pri­va­dos o por los pro­pios agen­tes públi­cos del Esta­do, y des­po­jar­las del some­ti­mien­to al capi­tal finan­cie­ro, para en lugar de ello, gene­rar un pro­ce­so de reapro­pia­ción social en áreas esen­cia­les de las con­di­cio­nes de exis­ten­cia como la salud, la edu­ca­ción, la segu­ri­dad social, la vivien­da, la cul­tu­ra y la garan­tía de for­mas de ingre­so que dig­ni­fi­quen el tra­ba­jo en todas sus for­mas. Al tiem­po que se recu­pe­re y poten­cie la capa­ci­dad del Esta­do para el cum­pli­mien­to de sus fun­cio­nes y res­pon­sa­bi­li­da­des en estos cam­pos, se deben pro­veer las con­di­cio­nes para una par­ti­ci­pa­ción direc­ta, acti­va y auto­ges­tio­na­ria de comu­ni­da­des orga­ni­za­das, urba­nas y rura­les. La trans­for­ma­ción de las rela­cio­nes eco­nó­mi­co-socia­les se fun­da­men­ta en la gene­ra­ción de las con­di­cio­nes para la mate­ria­li­za­ción efec­ti­va de los dere­chos de la pobla­ción, lo cual inclu­ye la con­for­ma­ción de ins­ti­tu­cio­nes, así como la des­ti­na­ción de los recur­sos de pre­su­pues­to nece­sa­rios para ello. La fina­li­za­ción de la con­fron­ta­ción arma­da debe per­mi­tir un redi­rec­cio­na­mien­to de los recur­sos que hoy se des­ti­nan a la gue­rra para aten­der las nece­si­da­des más sen­ti­das de la población.

Aspi­ra­mos a redu­cir drás­ti­ca­men­te el patrón de des­igual­dad eco­nó­mi­ca y social, a eli­mi­nar el ham­bre y la pobre­za, a dig­ni­fi­car la vida y el tra­ba­jo de los humil­des, a garan­ti­zar su bien­es­tar y buen vivir. De mane­ra espe­cial se debe­rá con­si­de­rar la situa­ción de las muje­res, con el pro­pó­si­to de supe­rar la des­igual­dad y dis­cri­mi­na­ción en los dife­ren­tes ámbi­tos de la vida social. Fren­te a la caren­cia de un hori­zon­te de futu­ro huma­nis­ta y huma­ni­za­do, el pro­ce­so de des­mer­can­ti­li­za­ción debe­rá aten­der de mane­ra espe­cial a las muje­res y a los hom­bres jóve­nes, con tra­ba­jo digno, edu­ca­ción en todos los nive­les, cul­tu­ra, depor­te y recrea­ción. Las des­mer­can­ti­li­za­ción debe­rá favo­re­cer igual­men­te a los cam­pe­si­nos, los indí­ge­nas, afro­des­cen­dien­tes y rai­za­les, así como a la comu­ni­dad LGTBI.

El paso de des­mer­can­ti­li­za­ción de la vida social no es una fina­li­dad en sí mis­ma, ni mucho menos alcan­zar­lo es un pun­to satis­fac­to­rio de lle­ga­da, sino que es uno más en la direc­ción de una socie­dad alter­na­ti­va al capitalismo.

7. Recu­pe­ra­ción de la rique­za natu­ral y reapro­pia­ción social de los bie­nes comunes

El mode­lo eco­nó­mi­co impe­ran­te ha con­ver­ti­do la explo­ta­ción de la rique­za natu­ral, de nues­tros recur­sos ener­gé­ti­cos y mine­ros, de nues­tra agua, de nues­tra bio­di­ver­si­dad, en una de sus prin­ci­pa­les fuen­tes de acu­mu­la­ción. Dicha explo­ta­ción, ade­más de depre­da­do­ra en tér­mi­nos socio­am­bien­ta­les, se ha cons­ti­tui­do en un fac­tor fun­da­men­tal de la gene­ra­ción de vio­len­cia estruc­tu­ral, del des­po­jo de tie­rras y terri­to­rios, del des­pla­za­mien­to for­za­do, de la muer­te y la per­se­cu­ción. La explo­ta­ción de nues­tra rique­za natu­ral está con­ce­bi­da para for­ta­le­cer la depen­den­cia, favo­re­cer pode­ro­sas cor­po­ra­cio­nes trans­na­cio­na­les y gru­pos eco­nó­mi­cos loca­les, y esti­mu­lar la espe­cu­la­ción finan­cie­ra en los mer­ca­dos mun­dia­les de valo­res. Todo ello, como resul­ta­do de dise­ños que garan­ti­zan la expro­pia­ción pri­va­da capi­ta­lis­ta de las ren­tas gene­ra­das, las cua­les ade­más de empo­bre­cer­nos en tér­mi­nos eco­nó­mi­cos y socio­am­bien­ta­les, han con­ver­ti­do al país en un expor­ta­dor neto de capitales.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe con­du­cir a una reapro­pia­ción social de nues­tra rique­za natu­ral, a una rede­fi­ni­ción sus­tan­cial de las eco­no­mías de extrac­ción, que con­tem­ple la supera­ción de la rela­ción des­truc­ti­va y depre­da­do­ra con la natu­ra­le­za y garan­ti­ce que las ren­tas deri­va­das de su usu­fruc­to se des­ti­nen para con­tri­buir al bien­es­tar y al buen vivir de la pobla­ción, lo cual debe­rá tra­du­cir­se en la for­mu­la­ción de nue­vas mar­cos regu­la­to­rios, dise­ña­dos social­men­te con la par­ti­ci­pa­ción de las comu­ni­da­des direc­ta­men­te afec­ta­das. La reapro­pia­ción social de nues­tra rique­za es fun­da­men­tal para sen­tar las bases de una paz esta­ble y dura­de­ra, con jus­ti­cia social.

Los cam­bios del capi­ta­lis­mo en la épo­ca actual han pro­vo­ca­do la cri­sis de la dis­tin­ción entre lo públi­co y lo pri­va­do, pues han deve­la­do que lo públi­co no ha sido ni pue­de ser una expre­sión del inte­rés gene­ral, sino que siem­pre se ha cons­ti­tui­do en cela­da para repro­du­cir el régi­men polí­ti­co domi­nan­te, edi­fi­ca­do sobre esa apa­ren­te misión inte­gra­do­ra y bene­fac­to­ra de toda la socie­dad. La ver­da­de­ra misión del Esta­do al ser­vi­cio del sis­te­ma capi­ta­lis­ta, des­di­bu­ja la sepa­ra­ción entre el Esta­do y el mer­ca­do, y per­mi­te apre­ciar que la apro­pia­ción par­ti­cu­lar, la pri­va­ti­za­ción, pue­de ser agen­cia­da tan­to por los agen­tes par­ti­cu­la­res, como por las ins­ti­tu­cio­nes y apa­ra­tos estatales.

Esa cri­sis nos con­du­ce nece­sa­ria­men­te a recu­pe­rar lo que nos es común, no sólo en el sen­ti­do de los bie­nes y recur­sos de la natu­ra­le­za, que el cam­bio cien­tí­fi­co-téc­ni­co ha mul­ti­pli­ca­do y redi­men­sio­na­do, sino de lo que como colec­ti­vo humano, como comu­ni­dad, cons­trui­mos acu­mu­la­ti­va­men­te, como la mis­ma cien­cia y tec­no­lo­gía, los sabe­res tra­di­cio­na­les, y las for­mas de coope­ra­ción autó­no­ma en muchos órde­nes, sobre todo las sopor­ta­das sobre terri­to­rios, dis­cu­tien­do así el mono­po­lio clá­si­co del Esta­do sobre esas dimen­sio­nes enten­di­das exclu­si­va­men­te como geográficas.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe con­du­cir, en ese sen­ti­do, a que nues­tra espe­cie dife­ren­cia­da se libe­re real­men­te de la apro­pia­ción par­ti­cu­lar, pri­va­da, así sea la dis­fra­za­da de inte­rés gene­ral por las prác­ti­cas esta­ta­les, y cons­truir y poten­ciar en lugar de ello, la dimen­sión de lo común, apro­pia­do socialmente.

8. Reor­ga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca y socio­am­bien­tal de la tie­rra y los terri­to­rios rura­les y urbanos

Duran­te las últi­mas déca­das se ha asis­ti­do a un bru­tal orde­na­mien­to del terri­to­rio. El ejer­ci­cio de la vio­len­cia sis­té­mi­ca y estruc­tu­ral con base en la acción con­jun­ta de las fuer­zas mili­ta­res y de poli­cía y de los ejér­ci­tos del nar­co­pa­ra­mi­li­ta­ris­mo, acom­pa­ña­da de la orien­ta­ción del mode­lo eco­nó­mi­co a la explo­ta­ción trans­na­cio­nal de la rique­za natu­ral, a la expro­pia­ción de los bie­nes comu­nes y la pro­duc­ción de agro­com­bus­ti­bles, ha pro­vo­ca­do un pro­ce­so de des­po­jo masi­vo y con­ti­nua­do de terri­to­rios de comu­ni­da­des cam­pe­si­nas, indí­ge­nas y afro­des­cen­dien­tes, obli­ga­das al con­fi­na­mien­to o al des­pla­za­mien­to for­za­do, des­tru­yen­do sus for­mas de vida, su cul­tu­ra y sus eco­no­mías. La rela­ción entre vio­len­cia capi­ta­lis­ta, acu­mu­la­ción de rique­za en pocas manos y orga­ni­za­ción terri­to­rial se ha pues­to cru­da­men­te en evi­den­cia. Tal situa­ción se ha agre­ga­do a la his­tó­ri­ca con­cen­tra­ción de la pro­pie­dad lati­fun­dis­ta impro­duc­ti­va sobre la tie­rra. Una de las prin­ci­pa­les expre­sio­nes del con­flic­to social se encuen­tra hoy en el anta­go­nis­mo entre los expro­pia­do­res de tie­rras y terri­to­rios, por una par­te, y comu­ni­da­des que se resis­ten al des­po­jo y rei­vin­di­can sus dere­chos sobre la tie­rra y la pro­duc­ción autó­no­ma del terri­to­rio, por la otra.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te tie­ne den­tro de sus tareas inapla­za­bles la reor­ga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca y socio­am­bien­tal de la tie­rra y los terri­to­rios rura­les, así como del agua y de los usos de la tie­rra. Tal tarea repre­sen­ta una con­di­ción inob­je­ta­ble para la cons­truc­ción de la paz ver­da­de­ra. La reor­ga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca del terri­to­rio debe­rá pro­pi­ciar rela­cio­na­mien­tos sos­te­ni­bles con la natu­ra­le­za y equi­ta­ti­vos con la ciu­dad, prio­ri­zan­do la pro­tec­ción de eco­sis­te­mas frá­gi­les y el acce­so y dis­fru­te del agua por par­te de la pobla­ción; reco­no­cer y res­pe­tar las diver­sas tra­yec­to­rias étni­cas y cul­tu­ra­les de vida y de orga­ni­za­ción del terri­to­rio; esti­mu­lar usos agrí­co­las de la tie­rra, en espe­cial para la pro­duc­ción de ali­men­tos; esta­ble­cer lími­tes y estric­tas regu­la­cio­nes socio­am­bien­ta­les, o prohi­bi­cio­nes, según el caso, a las eco­no­mías de extrac­ción mine­ro-ener­gé­ti­ca y de agro­com­bus­ti­bles; regu­la­cio­nes espe­cí­fi­cas de acom­pa­ña­mien­to a la peque­ña y media­na mine­ría y la mine­ría arte­sa­nal para con­tri­buir a su sos­te­ni­bi­li­dad socio­am­bien­tal o a su recon­ver­sión; y pro­mo­ver pla­nes alter­na­ti­vos fren­te a la pro­ble­má­ti­ca de los cul­ti­vos de uso ilícito.

Por otra par­te, en la rea­li­za­ción de una refor­ma rural y agra­ria inte­gral, socio­am­bien­tal, demo­crá­ti­ca y par­ti­ci­pa­ti­va se con­den­san las aspi­ra­cio­nes de los humil­des y explo­ta­dos del cam­po. Dicha refor­ma, debe­rá con­tem­plar, entre otros, en pri­mer lugar, el acce­so a la tie­rra para los des­po­seí­dos, la demo­cra­ti­za­ción de la pro­pie­dad, la supera­ción defi­ni­ti­va del lati­fun­dio, y la res­ti­tu­ción de las tie­rras a los expro­pia­dos; debe­rá con­tri­buir a supe­rar el ham­bre, la des­igual­dad y la pobre­za, a dig­ni­fi­car el tra­ba­jo y el tra­ba­jo asa­la­ria­do del cam­po, a garan­ti­zar la sobe­ra­nía ali­men­ta­ria; debe­rá pro­veer las con­di­cio­nes de infra­es­truc­tu­ra físi­ca y social, los recur­sos de cré­di­to, el apo­yo cien­tí­fi­co y tec­no­ló­gi­co para la pro­duc­ción cam­pe­si­na, en espe­cial, para la pro­duc­ción de ali­men­tos. En segun­do lugar, debe­rá fun­da­men­tar­se en el reco­no­ci­mien­to de los terri­to­rios cam­pe­si­nos, en espe­cial de las Zonas de Reser­va Cam­pe­si­na, lo cual com­pren­de el reco­no­ci­mien­to polí­ti­co del cam­pe­si­na­do y de sus dere­chos, la auto­no­mía de las comu­ni­da­des cam­pe­si­nas para gober­nar­se, así como el com­pro­mi­so del Esta­do de garan­ti­zar las con­di­cio­nes nece­sa­rias para ello. En ter­cer lugar, debe­rá fun­da­men­tar­se en el reco­no­ci­mien­to de la tie­rra y el terri­to­rio de las comu­ni­da­des indí­ge­nas, afro­des­cen­dien­tes, rai­za­les y palen­que­ras, de los terri­to­rios inter­ét­ni­cos e inter­cul­tu­ra­les; así como de los dere­chos de estas comu­ni­da­des, inclui­da su auto­no­mía. En cuar­to lugar, debe­rá con­tem­plar la denun­cia de los Tra­ta­dos de Libre Comer­cio, la prohi­bi­ción de la extran­je­ri­za­ción de la tie­rra, regu­la­cio­nes con­tra el aca­pa­ra­mien­to y la espe­cu­la­ción finan­cie­ra, la pro­tec­ción de la pro­pie­dad inte­lec­tual de las comu­ni­da­des rura­les y de las semi­llas nati­vas, y la prohi­bi­ción del uso de transgénicos.

Por otra par­te, el mode­lo eco­nó­mi­co neo­li­be­ral ha impues­to un orde­na­mien­to urbano para res­pon­der a la inser­ción de la eco­no­mía en los cir­cui­tos trans­na­cio­na­les del capi­tal y en fun­ción de los intere­ses del capi­tal finan­cie­ro, en espe­cial de la espe­cu­la­ción con los pre­cios de la tie­rra y del nego­cio inmo­bi­lia­rio. Como resul­ta­do, se ha asis­ti­do a una apro­pia­ción capi­ta­lis­ta de las ciu­da­des, que orga­ni­za el con­jun­to de la vida social y el tra­ba­jo acor­de con los pro­pó­si­tos de obten­ción de ganan­cia y altas ren­ta­bi­li­da­des, al tiem­po que pro­du­ce segre­ga­ción y dis­cri­mi­na­ción, acen­túa las des­igual­da­des eco­nó­mi­cas y socia­les, y esti­mu­la el endeu­da­mien­to de los hogares.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe­rá pro­pi­ciar un pro­ce­so de trans­for­ma­ción demo­crá­ti­ca del espa­cio urbano, orien­ta­da a garan­ti­zar el buen vivir de la pobla­ción y la mate­ria­li­za­ción de la jus­ti­cia social urba­na. Garan­ti­zar el buen vivir de la pobla­ción impli­ca pro­veer la infra­es­truc­tu­ra y las dota­cio­nes corres­pon­dien­tes para hacer efec­ti­vos, en tér­mi­nos reales y mate­ria­les, dere­chos de la pobla­ción tales como la par­ti­ci­pa­ción polí­ti­ca y social, el tra­ba­jo, la edu­ca­ción, la salud, la vivien­da, la segu­ri­dad social, la cul­tu­ra, la recrea­ción, el depor­te, el agua, el medio ambien­te sano, el acce­so y dis­fru­te de los ser­vi­cios públi­cos, las vías, el trans­por­te públi­co, la segu­ri­dad ciu­da­da­na, entre otros. La jus­ti­cia social urba­na con­lle­va el reco­no­ci­mien­to de com­pen­sa­cio­nes espe­cia­les para supe­rar las pro­fun­das des­igual­da­des den­tro de las ciu­da­des, así como el ham­bre, la pobre­za y la mise­ria, a tra­vés de polí­ti­cas redis­tri­bu­ti­vas del ingre­so y del espa­cio urbano. La apro­pia­ción, ges­tión, sim­bo­li­za­ción, comu­ni­ca­ción, pro­duc­ción y repro­duc­ción del espa­cio urbano se fun­da­men­ta­rá en la más amplia par­ti­ci­pa­ción polí­ti­ca y social, y esta­rá orien­ta­da a su redis­tri­bu­ción equi­ta­ti­va y a la supera­ción de las des­igual­da­des espa­cia­les, en par­ti­cu­lar a garan­ti­zar el pleno dere­cho a la ciu­dad, así como a la erra­di­ca­ción de la mar­gi­na­li­dad y la segre­ga­ción urbanas.

Como par­te de la reor­ga­ni­za­ción demo­crá­ti­ca del terri­to­rio urbano, se pro­fun­di­za­rá el pro­ce­so de des­cen­tra­li­za­ción polí­ti­ca y admi­nis­tra­ti­va median­te el estí­mu­lo a la mayor auto­no­mía y demo­cra­cia en las loca­li­da­des y los barrios. Se debe­rá pro­mo­ver la auto­ges­tión y el con­trol de las comu­ni­da­des en asun­tos que afec­ten de mane­ra direc­ta el buen vivir y sus con­di­cio­nes de vida, en espe­cial en lo rela­cio­na­do con los ser­vi­cios públi­cos, la segu­ri­dad ciu­da­da­na, con dota­cio­nes de infra­es­truc­tu­ra vial y de trans­por­te públi­co, de edu­ca­ción y salud, de espa­cios de recrea­ción y cul­tu­ra. La pro­fun­di­za­ción de la des­cen­tra­li­za­ción inclu­ye garan­ti­zar pro­ce­sos ver­da­de­ra­men­te demo­crá­ti­cos y par­ti­ci­pa­ti­vos de orde­na­mien­to urbano, de pla­nea­ción y de ela­bo­ra­ción y eje­cu­ción pre­su­pues­tal en todos los nive­les. Asi­mis­mo, dise­ñar pro­ce­sos de con­tra­ta­ción públi­ca que pri­vi­le­gien la rea­li­za­ción de pro­gra­mas y pro­yec­tos de inver­sión por las pro­pias comu­ni­da­des urba­nas orga­ni­za­das, o que con­tri­bu­yan al for­ta­le­ci­mien­to de for­mas o prác­ti­cas socia­les de pro­duc­ción, dis­tri­bu­ción y con­su­mo de bie­nes y ser­vi­cios basa­das en el tra­ba­jo aso­cia­do, la pro­pie­dad colec­ti­va y el repar­to igua­li­ta­rio de exce­den­tes, y que sean gene­ra­do­ras de empleo e ingre­sos dignos.

9. Nue­vo mode­lo eco­nó­mi­co e ins­tru­men­tos de la direc­ción de la eco­no­mía para el bien­es­tar y el buen vivir

El mode­lo eco­nó­mi­co neo­li­be­ral que se impu­so en el país a lo lar­go de las últi­mas déca­das debe ser supe­ra­do en for­ma defi­ni­ti­va. Los dise­ños de la eco­no­mía y de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca no pue­den con­ti­nuar al ser­vi­cio de un puña­do de gru­pos eco­nó­mi­cos y con­glo­me­ra­dos finan­cie­ros y de cor­po­ra­cio­nes tras­na­cio­na­les que acre­cien­tan en for­ma escan­da­lo­sa su rique­za. El mode­lo impe­ran­te ha gene­ra­do la des­in­dus­tria­li­za­ción y la des­truc­ción de la pro­duc­ción agrí­co­la; ha pro­pi­cia­do la explo­ta­ción inten­si­va y depre­da­do­ra en tér­mi­nos socio­am­bien­ta­les de los recur­sos ener­gé­ti­cos y mine­ros, así como la pro­duc­ción de agro­com­bus­ti­bles en detri­men­to de la pro­duc­ción de ali­men­tos; ha con­du­ci­do a una galo­pan­te finan­cia­ri­za­ción, al cre­cien­te endeu­da­mien­to del Esta­do y de los tra­ba­ja­do­res; ha pro­fun­di­za­do la inser­ción empo­bre­ce­do­ra y depen­dien­te en la eco­no­mía mun­dial; ha des­man­te­la­do la capa­ci­dad eco­nó­mi­ca del Esta­do y des­fa­vo­re­ci­do for­mas de pro­duc­ción de las comu­ni­da­des urba­nas y rura­les, pro­du­cien­do la pre­ca­ri­za­ción gene­ra­li­za­da del tra­ba­jo y el ingre­so, en detri­men­to de las con­di­cio­nes de vida de la población.

La tran­si­ción hacia la Nue­va Colom­bia exi­ge una rede­fi­ni­ción sus­tan­cial del mode­lo eco­nó­mi­co neo­li­be­ral. El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te debe tener como uno de sus pro­pó­si­tos la defi­ni­ción de los linea­mien­tos de una nue­va eco­no­mía, den­tro de los cua­les se encuen­tra el res­ta­ble­ci­mien­to de la capa­ci­dad pro­duc­ti­va nacio­nal; la recu­pe­ra­ción de la capa­ci­dad eco­nó­mi­ca del Esta­do; el reco­no­ci­mien­to del carác­ter plu­ral de la eco­no­mía que supo­ne la coexis­ten­cia de diver­sas for­mas de pro­pie­dad y de pro­duc­ción; el apo­yo y estí­mu­lo espe­cial a for­mas de pro­duc­ción aso­cia­ti­vas y comu­ni­ta­rias, urba­nas y rura­les; su nece­sa­ria des­fi­nan­cia­ri­za­ción; un nue­vo tipo de inser­ción sobe­ra­na en la eco­no­mía mun­dial que esta­blez­ca lími­tes a la apro­pia­ción del valor gene­ra­do por nues­tra socie­dad y reco­noz­ca la per­ti­nen­cia de las for­mas inno­va­do­ras de inte­gra­ción lati­no­ame­ri­ca­na, soli­da­ria y coope­ra­ti­va, que nos iden­ti­fi­ca­rían más allá de las exclu­sio­nes y com­pe­ten­cias crea­das por los arti­fi­cios nacio­na­les que borran nues­tra iden­ti­dad comu­ni­ta­ria; y una dis­po­si­ción de la infra­es­truc­tu­ra de trans­por­te y comu­ni­ca­cio­nes en con­so­nan­cia con estos pro­pó­si­tos. La nue­va eco­no­mía debe con­du­cir al des­plie­gue y la con­so­li­da­ción de diver­sas for­mas de eco­no­mía popu­lar, que debe­rán ser enca­de­na­das y arti­cu­la­das en for­ma crea­ti­va para aten­der prio­ri­ta­ria­men­te las nece­si­da­des del mer­ca­do interno. Y todo lo ante­rior debe redun­dar en el bien­es­tar y el buen vivir de la pobla­ción, sobre pre­su­pues­tos de sos­te­ni­bi­li­dad socioambiental.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te inclu­ye refor­mas nor­ma­ti­vas, en las que no pue­de estar ausen­te la inter­ven­ción sobre los apa­ra­tos esta­ta­les para rede­fi­nir su actual fun­cio­na­li­dad. Las ins­ti­tu­cio­nes eco­nó­mi­cas de la tran­si­ción, ade­más de con­tri­buir a garan­ti­zar la mate­ria­li­za­ción de los dere­chos, debe­rán posi­bi­li­tar y faci­li­tar las refor­mas reque­ri­das para la cons­truc­ción de la paz. El pro­pó­si­to de una macro­eco­no­mía sana no debe limi­tar­se a polí­ti­cas de con­trol infla­cio­na­rio y de fija­ción de techos cons­ti­tu­cio­na­les al gas­to públi­co a tra­vés de la lla­ma­da sos­te­ni­bi­li­dad fis­cal. El régi­men de ban­ca cen­tral debe­rá con­ju­gar el pro­pó­si­to de la pre­ser­va­ción del poder adqui­si­ti­vo de la mone­da con el cre­ci­mien­to eco­nó­mi­co y el empleo, en con­di­cio­nes que per­mi­tan supe­rar su actual pre­ca­rie­dad. La sos­te­ni­bi­li­dad fis­cal no resul­ta de las res­tric­cio­nes a la finan­cia­ción de los dere­chos, o de limi­tar los impac­tos fis­ca­les a las accio­nes cons­ti­tu­cio­na­les o de res­trin­gir el con­trol de cons­ti­tu­cio­na­li­dad en mate­ria eco­nó­mi­ca. Ella pro­vie­ne de la for­mu­la­ción de un nue­vo régi­men de tri­bu­ta­ción que ope­re según el cri­te­rio “quie­nes más ren­tas y patri­mo­nio tie­nen, más impues­tos deben pagar”; que prohí­ba las exen­cio­nes a los gran­des capi­ta­les, en espe­cial a las trans­na­cio­na­les; que cas­ti­gue las ren­tas y la espe­cu­la­ción finan­cie­ra e inmo­bi­lia­ria urba­na, así como la gran pro­pie­dad lati­fun­dis­ta sobre la tie­rra, al tiem­po que pro­duz­ca ali­vios sobre los impues­tos a las ren­tas del tra­ba­jo y los impac­tos de la tri­bu­ta­ción indi­rec­ta. La deu­da públi­ca debe­rá ser some­ti­da a un pro­ce­so de audi­to­ría exter­na espe­cia­li­za­da; con miras a mini­mi­zar su impac­to fis­cal; se pri­vi­le­gia­rán ope­ra­cio­nes de finan­cia­mien­to del Ban­co de la Repú­bli­ca sobre la bús­que­da de recur­sos en el mer­ca­do de capi­ta­les. Se debe­rá recu­pe­rar la sen­da de la des­cen­tra­li­za­ción, con­tem­plar la pro­fun­di­za­ción del pro­ce­so median­te la trans­fe­ren­cia cre­cien­te de recur­sos del Gobierno cen­tral a los entes terri­to­ria­les y a los terri­to­rios cam­pe­si­nos, indí­ge­nas y afro­des­cen­dien­tes, esta­ble­cien­do reglas cla­ras de asig­na­ción y pri­vi­le­gian­do la des­ti­na­ción para la finan­cia­ción de la ofer­ta esta­tal en mate­ria social. El régi­men de las rega­lías esta­ble­ce­rá mayo­res por­cen­ta­jes a favor de la Nación, en pro­por­ción no infe­rior al 80 por cien­to de los recur­sos natu­ra­les extraí­dos; se redi­se­ña­rán su com­po­si­ción y fun­cio­nes. Sin per­jui­cio del aho­rro para situa­cio­nes de cri­sis, par­te sig­ni­fi­ca­ti­va del actual Fon­do de Aho­rro y Esta­bi­li­za­ción debe­rá con­tri­buir a finan­ciar el for­ta­le­ci­mien­to de la base pro­duc­ti­va y téc­ni­co-mate­rial del país; se for­ta­le­ce­rá la asig­na­ción de recur­sos para las regio­nes recep­to­ras de rega­lías y se defi­ni­rán pau­tas pre­ci­sas para supe­rar las des­igual­da­des regio­na­les. Se garan­ti­za­rá la par­ti­ci­pa­ción social, con carác­ter vin­cu­lan­te, en los pla­nes de desa­rro­llo y los pre­su­pues­tos públi­cos, en el nivel nacio­nal, depar­ta­men­tal y muni­ci­pal. Dichos pla­nes y pre­su­pues­tos debe­rán defi­nir­se en fun­ción de la con­cre­ción, a tra­vés de medi­das de polí­ti­ca eco­nó­mi­ca, de las refor­mas reque­ri­das para la cons­truc­ción de la paz con jus­ti­cia social.

10. Res­ta­ble­ci­mien­to de la sobe­ra­nía e inte­gra­ción de Nues­tra América

La tran­si­ción polí­ti­ca hacia la demo­cra­ti­za­ción real exi­ge supe­rar la suje­ción impues­ta por las cla­ses domi­nan­tes a intere­ses eco­nó­mi­cos, polí­ti­cos y cul­tu­ra­les forá­neos y dejar atrás alian­zas con poten­cias extran­je­ras, con­ce­bi­das para sos­te­ner y afian­zar la domi­na­ción. El inter­ven­cio­nis­mo extran­je­ro ha sido uno de los fac­to­res gene­ra­do­res de la vio­len­cia, de la impo­si­ción de un régi­men de demo­cra­cia res­trin­gi­da, del saqueo de la rique­za nacio­nal, del empo­bre­ci­mien­to de la pobla­ción colom­bia­na y del some­ti­mien­to a los pro­pó­si­tos geo­po­lí­ti­cos de los Esta­dos Uni­dos en la Región. Ello ha con­du­ci­do a una inser­ción depen­dien­te, no sobe­ra­na, en las rela­cio­nes inter­na­cio­na­les y globales.

El pro­ce­so cons­ti­tu­yen­te que lla­ma­mos a impul­sar debe tener den­tro de sus pro­pó­si­tos el res­ta­ble­ci­mien­to de la sobe­ra­nía y el apo­yo a la inte­gra­ción de Nues­tra Amé­ri­ca; el recha­zo a cual­quier for­ma de colo­nia­lis­mo, depen­den­cia y explo­ta­ción impe­ria­lis­ta; la con­ti­nui­dad del lega­do polí­ti­co las gue­rras inde­pen­den­tis­tas que doble­ga­ron al colo­nia­lis­mo espa­ñol, fran­cés e inglés.

Con­ce­bi­mos la sobe­ra­nía como el res­pe­to inalie­na­ble de los pue­blos a su auto­de­ter­mi­na­ción y la no inter­ven­ción de nin­gu­na poten­cia extran­je­ra en las deci­sio­nes autó­no­mas de los pue­blos y las nacio­nes. Valo­ra­mos las luchas de las masas opri­mi­das por su eman­ci­pa­ción, la coope­ra­ción inter­na­cio­nal fren­te a la pro­ble­má­ti­ca ambien­tal, la defen­sa de la paz mun­dial y las ini­cia­ti­vas pla­ne­ta­rias de inte­gra­ción regio­nal. Defen­de­mos un diá­lo­go crea­ti­vo entre los pue­blos del mun­do que vaya más allá de los gobier­nos, para enfren­tar las luchas glo­ba­les con­tra el ham­bre, la des­igual­dad y la pobre­za, la dis­cri­mi­na­ción y la violencia.

Con­si­de­ra­mos que el sue­ño de Bolí­var, Miran­da, Poli­car­pa, Sucre, Nari­ño, Mar­tí, todas y todos nues­tros pró­ce­res, de una Amé­ri­ca Nues­tra uni­da en su diver­si­dad, no ha sido rea­li­za­do. Por eso exhor­ta­mos a tra­ba­jar por nues­tra defi­ni­ti­va inde­pen­den­cia des­ta­can­do aspec­tos cen­tra­les de la inte­gra­ción de Nues­tra América.

Se debe pro­mo­ver un nue­vo orden mun­dial mul­ti­po­lar, guia­do por los prin­ci­pios de la coope­ra­ción, la auto­de­ter­mi­na­ción y la fra­ter­ni­dad entre los pue­blos, para recha­zar todo for­ma de colo­nia­lis­mo, suje­ción y depen­den­cia. Con­si­de­ra­mos inelu­di­ble, para con­quis­tar este obje­ti­vo, una ver­da­de­ra refor­ma demo­crá­ti­ca de toda la estruc­tu­ra de la Orga­ni­za­ción de Nacio­nes Uni­das y del con­jun­to de las ins­ti­tu­cio­nes inter­na­cio­na­les y glo­ba­les. Esti­ma­mos nece­sa­rio el apo­yo a espa­cios de acuer­do, inte­gra­ción y reso­lu­ción de con­flic­tos entre todos los paí­ses y pue­blos de Nues­tra Amé­ri­ca, que fomen­ten la sobe­ra­nía, la auto­de­ter­mi­na­ción y la paz. Des­ta­ca­mos el papel que tie­nen en la épo­ca actual ins­ti­tu­cio­nes como UNASUR, CELAC y ALBA, como expre­sión de la liber­tad y uni­dad de Nues­tra Amé­ri­ca. Con­vo­ca­mos a los pue­blos y paí­ses de la región para cons­truir estra­te­gias hacia la sobe­ra­nía finan­cie­ra y mone­ta­ria, la sobe­ra­nía ali­men­ta­ria y la sobe­ra­nía cul­tu­ral de nues­tro con­ti­nen­te; tra­ba­jan­do en vía de la coope­ra­ción y la com­ple­men­ta­rie­dad de nues­tros paí­ses y no de la des­truc­ti­va com­pe­ten­cia neo­li­be­ral. Nos pare­ce impres­cin­di­ble pro­pi­ciar la des­mi­li­ta­ri­za­ción de la Región, acor­dar el reti­ro de todas las bases mili­ta­res extran­je­ras, decla­ran­do Nues­tra Amé­ri­ca un terri­to­rio de paz, libre de cual­quier ame­na­za nuclear y faro de la paz pla­ne­ta­ria. Con­si­de­ra­mos nece­sa­rio con­so­li­dar ins­ti­tu­cio­nes entre los gobier­nos y los pue­blos de Nues­tra Amé­ri­ca, para la defen­sa de la diver­si­dad eco­ló­gi­ca de nues­tro hábi­tat, en espe­cial, los neva­dos, los pára­mos, la fau­na, los bos­ques y la Amazonía.

Nos pare­ce inapla­za­ble el estí­mu­lo a la par­ti­ci­pa­ción social y popu­lar para la reafir­ma­ción de la sobe­ra­nía nacio­nal y el impul­so a los pro­ce­sos de inte­gra­ción de Nues­tra Amé­ri­ca; el con­trol social y popu­lar y vee­du­ría ciu­da­da­na fren­te a los tra­ta­dos y acuer­dos sus­cri­tos por el Esta­do colom­biano; el reco­no­ci­mien­to de la ini­cia­ti­va social y popu­lar para la denun­cia de tra­ta­dos y con­ve­nios sus­cri­tos por el Esta­do colom­biano; la impo­si­ción de medi­das tran­si­to­rias de pro­tec­ción fren­te a tra­ta­dos y con­ve­nios que vul­ne­ren los dere­chos de la pobla­ción, inclui­da su denun­cia o rene­go­cia­ción, en espe­cial de los Tra­ta­dos de Libre Comer­cio y los Acuer­dos de Pro­tec­ción Recí­pro­ca de las Inver­sio­nes; la solu­ción de con­tro­ver­sias en la juris­dic­ción nacio­nal; la audi­to­ría a la deu­da exter­na y su renegociación.

Dele­ga­ción de Paz de las FARC-EP

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