Matan­za de Ato­cha. La His­to­ria y la Ver­dad no prescriben

«Si el eco de su voz se debi­li­ta, pere­ce­re­mos» Paul Éluard

Hacía poco más de un año que el peque­ño dic­ta­dor se había mar­cha­do con el dios que le nom­bró cau­di­llo. Los espa­ño­les cami­ná­ba­mos, aún inse­gu­ros, hacia las pri­me­ras elec­cio­nes legis­la­ti­vas a cele­brar en junio de 1977.

Fran­co murió, pero nos dejó a sus here­de­ros, que con­ti­nua­ron eje­cu­tan­do el terror fas­cis­ta. Los Gue­rri­lle­ros de Cris­to Rey eran uno de ellos. Pis­to­la en manoo­bli­ga­ban a quie­nes se les anto­ja­ba a can­tar el cara al sol y a poner el bra­zo en alto.

Luis Javier Bena­vi­des, Sera­fín Hol­ga­do, Javier Sau­qui­llo, Enri­que Val­del­vi­ra, Luis Ramos, Ale­jan­dro Ruiz, Dolo­res Gon­zá­lez y Miguel Ángel Sara­bia eran abo­ga­dos. Ángel Rodrí­guez Leal era el admi­nis­tra­ti­vo del bufe­te labo­ra­lis­ta del PCE, par­ti­do aún no lega­li­za­do, situa­do en el núme­ro 55 de la calle Ato­cha de Madrid.

El PCE pro­mo­vió a par­tir de 1966, una serie de des­pa­chos de abo­ga­dos labo­ra­lis­tas con la fina­li­dad de ase­so­rar y asis­tir jurí­di­ca­men­te a los tra­ba­ja­do­res que lo nece­si­ta­ran. Desem­pe­ña­ban una fun­ción impres­cin­di­ble de apo­yo legal a la acción rei­vin­di­ca­ti­va de los tra­ba­ja­do­res En prin­ci­pio actua­ron así, y ter­mi­na­ron dan­do asis­ten­cia al movi­mien­to ciu­da­dano que aca­ba­ba de nacer, por lo que los abo­ga­dos se con­vir­tie­ron ade­más, en abo­ga­dos de barrio que aten­dían de for­ma mayo­ri­ta­ria a aso­cia­cio­nes de vecinos.

El tra­ba­jo que rea­li­za­ban era colec­ti­vo. Todos los com­po­nen­tes del des­pa­cho, des­de los abo­ga­dos a los admi­nis­tra­ti­vos cobra­ban lo mis­mo y toma­ban las deci­sio­nes de for­ma con­jun­ta. Los úni­cos ingre­sos que per­ci­bían como fru­to de su tra­ba­jo era el por­cen­ta­je sobre el resul­ta­do eco­nó­mi­co del jui­cio, si este era favo­ra­ble al trabajador.

El 24 de enero de 1977, cuan­do fal­ta­ban quin­ce minu­tos para las once de la noche, aún se encon­tra­ban tra­ba­jan­do en una reu­nión de coor­di­na­ción de movi­mien­to veci­nal. De for­ma vio­len­ta irrum­pió en el des­pa­cho un gru­po de pis­to­le­ros fas­cis­tas com­po­nen­tes del “Coman­do Hugo Sosa” de la Alian­za Apos­tó­li­ca Anti­co­mu­nis­ta (Tri­ple A). Uno empu­ña­ba una Brow­ning 9 mm Para­be­llum, y el más joven una Star de 9 mm, mode­lo Super.

Pusie­ron con­tra la pared a los ocho abo­ga­dos y al auxi­liar y se des­en­ca­de­nó el terror de las balas a poco más de medio metro de dis­tan­cia. Fue­ron tan­tos los dis­pa­ros que al prin­ci­pio se cre­yó que uti­li­za­ban metra­lle­tas. José Fer­nán­dez Cerrá y Car­los Gar­cía Juliá apre­ta­ron el gati­llo, mien­tras Fer­nan­do Ler­do de Teja­da vigi­la­ba des­de la puer­ta. Con­ta­ron con la com­pli­ci­dad de Leo­ca­dio Jimé­nez Cara­va­ca que les faci­li­tó las armas, y Glo­ria Her­gue­das, novia de Fer­nán­dez Cerrá.

Luis Javier Bena­vi­des, Enri­que Val­del­vi­ra, y Ángel Rodrí­guez murie­ron en el acto. Fran­cis­co Javier Sau­qui­llo y Sera­fín Hol­ga­do ingre­sa­ron con vida en el hos­pi­tal, falle­cien­do al día siguiente.

Luis Ramos, Ale­jan­dro Ruiz, Dolo­res Gon­zá­lez y Miguel Ángel Sara­bia resul­ta­ron gra­ve­men­te heri­dos, pero logra­ron sobre­vi­vir. Dolo­res per­dió a su mari­do, Javier Sau­qui­llo, y al hijo que esperaba.

El obje­ti­vo ini­cial de los ase­si­nos era el diri­gen­te comu­nis­ta Joa­quín Nava­rro, sin­di­ca­lis­ta del sec­tor del Trans­por­te y prin­ci­pal pro­mo­tor de la huel­ga de trans­por­te que en aque­llos días para­li­za­ba Madrid enfren­tán­do­se a los intere­ses del sin­di­ca­to ver­ti­cal. Joa­quín Nava­rro había esta­do toda la tar­de en el des­pa­cho de Ato­cha orga­ni­zan­do la huel­ga del trans­por­te y se mar­chó hora y media antes de que lle­ga­ran los pistoleros.

La noti­cia de la matan­za con­mo­cio­nó a todo el país y la inse­gu­ri­dad sacu­dió a la cla­se polí­ti­ca. Algu­nos de sus miem­bros lle­ga­ron a aban­do­nar sus domicilios.

A pesar del temor de auto­ri­da­des y gru­pos polí­ti­cos, los abo­ga­dos fue­ron tuvie­ron un entie­rro mul­ti­tu­di­na­rio y sin inci­den­tes. Dece­nas de miles de per­so­nas salie­ron a la calle para pre­sen­ciar el paso de la comi­ti­va fúne­bre y pro­tes­tar por el bru­tal ase­si­na­to de aque­llos hom­bres que par­ti­ci­pa­ron en la lucha y la liber­tad en España.

Según la sen­ten­cia de febre­ro de 1980, la matan­za de Ato­cha fue orde­na­da por el secre­ta­rio pro­vin­cial de Madrid del Sin­di­ca­to ver­ti­cal de Trans­por­tes, Fran­cis­co Alba­da­le­jo Corre­de­ra, como escar­mien­to a los “rojos” ins­pi­ra­do­res de una huel­ga de trans­por­tes que per­ju­di­ca­ba al Sin­di­ca­to. Fue con­de­na­do a 73 años de pri­sión. Siem­pre exis­tió la sos­pe­cha de que la tra­ma de cri­mi­na­les no se dete­nía en ese eslabón.

Fer­nán­dez Cerrá fue con­de­na­do a 193 años de cár­cel. Cum­plió 15 años y con­si­guió la liber­tad con­di­cio­nal en 1992. Fer­nan­do Ler­do de Teja­da no lle­gó a ser juz­ga­do: antes de que comen­za­ra el jui­cio, apro­ve­chó un per­mi­so de fin de sema­na para des­apa­re­cer. Se cree que se fugó a Bra­sil. El cri­men pres­cri­bió en febre­ro de 1997.

Al igual que Cerrá, Gar­cía Juliá (sobrino de una secre­ta­ria de Blas Piñar) fue con­de­na­do a 193 años de cár­cel. Tras 14 años en pri­sión, con­si­guió la liber­tad con­di­cio­nal. Tuvo tiem­po de fugar­se a Boli­via antes de que se revo­ca­ra el per­mi­so que le con­ce­dió la Audien­cia Nacio­nal para via­jar a Para­guay por una ofer­ta de tra­ba­jo. Pró­fu­go de la Jus­ti­cia, aún le que­dan por cum­plir días de cárcel.

Cada 24 de enero, el núme­ro 55 de la calle Ato­cha se lle­na de flo­res en home­na­je a los cin­co abo­ga­dos y mili­tan­tes del PCE ase­si­na­dos, para que el cri­men no que­de en el olvi­do. Una pla­ca en la facha­da recuer­da a las víc­ti­mas de la matanza.

Cer­ca de 30 pue­blos de la Comu­ni­dad de Madrid, inclui­da la capi­tal, tie­nen un reco­no­ci­mien­to, a modo de un par­que, una calle, una pla­za, un monu­men­to, dedi­ca­do a estas víc­ti­mas del terrorismo.


Por ellos, y por otros muchos, es hora de recordar.

La his­to­ria y la Ver­dad no prescriben.

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