La liber­tad se lla­ma revo­lu­ción- Lissy Rodri­guez Guerrero

Los hom­bres la recla­ma­ban. Tenían la cer­te­za de que lle­ga­ría, en algún momen­to, aun­que fue­ra solo con 12 hom­bres. El amor a la liber­tad, diría uno de ellos lla­ma­do Ernes­to, solo se igua­la al odio por quien te la qui­ta. En ella se refu­gia todo sen­ti­mien­to humano de expan­sión, de con­quis­ta, de dig­ni­dad, como si el aho­go por no tener­la fue­ra dema­sia­do asfixiante.

Enton­ces los hom­bres lucha­ron por con­quis­tar­la. Y la con­quis­ta­ron. Des­de los que deja­ron a un lado sus fami­lias, sus rique­zas y pre­fe­ren­cias per­so­na­les, has­ta quie­nes con­vir­tie­ron la lucha en su úni­ca y ver­da­de­ra satis­fac­ción, los hom­bres lle­ga­ron a la liber­tad por un camino lar­go y lleno de deja­cio­nes. Y un día se con­vir­tió en un hecho, y para legi­ti­mar­lo, una palo­ma se posó en el hom­bro de quien diri­gió la lucha por la libertad.

Los hom­bres salie­ron del fon­do de sus casas, de los hue­cos de sus patios don­de escu­cha­ban las trans­mi­sio­nes de radio, de la pobre­za, el ham­bre, y toma­ron un farol, para apren­der a ense­ñar. La som­bra de los árbo­les se con­vir­tió en aula impro­vi­sa­da y allí cono­cie­ron de las letras y los núme­ros, y de los libros. Apren­die­ron de la libertad.

Así fue cre­cien­do, poco a poco, el sím­bo­lo que ella trae­ría entre sus manos, para rega­lar­le a la gen­te. Se nom­bró Revo­lu­ción. Lle­gó a cada cubano, al que la reci­bió con los bra­zos abier­tos, al que la recha­zó y cri­ti­có, a quien no podía enten­der qué esta­ba pasan­do, pero se dejó llevar.

Por­que la Revo­lu­ción se metió en la gen­te, en sus casas, sus sue­ños. Con­vi­vió con cada hom­bre en sus difi­cul­ta­des. Se equi­vo­có tam­bién, y lo reco­no­ció. Ense­ñó a pensar.

Tuvo enemi­gos, cla­ro está. Los tuvo y los tie­ne: quie­nes sien­ten que ante sus nari­ces un pue­blo con­quis­tó su auto­no­mía, en un mun­do don­de la gen­te es cada vez más dependiente.

Hubo un momen­to que el odio vis­ce­ral entró a la Isla que había alcan­za­do la liber­tad, por aque­llo de no acep­tar los pre­cios del mer­ca­do que se le exi­gían, en nom­bre de la liber­tad. Y los hom­bres libres vol­vie­ron a defen­der­la. Fue en el mes de abril, cuen­tan, cuan­do en Pla­ya Girón se batie­ron a capa y espa­da, por mantenerla.

No se can­só la Revo­lu­ción, y siguió su empe­ño de defen­der­se, aun cuan­do la his­to­ria se repi­tió una y mil veces. Los due­ños de la explo­ta­ción, el caos, la des­igual­dad, le impu­sie­ron un blo­queo. A par­tir de ese momen­to fue más difí­cil com­prar, ven­der, nego­ciar, vivir… . Sin embar­go, los hom­bres que pelea­ron por la liber­tad, siguie­ron cre­yen­do en la impor­tan­cia de no perderla.

Ella comen­zó a meter­se en la san­gre de la gen­te, en el ADN, a ser la úni­ca y defi­ni­ti­va for­ma de vivir. Al pun­to de que en los momen­tos más difí­ci­les, en esos años lla­ma­dos Perio­do Espe­cial, sus hijos se con­vir­tie­ron en artí­fi­ces de los más insos­pe­cha­dos oficios.

El bol­si­llo de los habi­tan­tes del país se empe­zó a ali­ge­rar y pro­por­cio­nal­men­te las ini­cia­ti­vas de las muje­res y los hom­bres comen­za­ron a ser cada vez más diver­sas. Fue nece­sa­rio bus­car solu­cio­nes para ense­ñar y ali­men­tar, pero nin­gu­na sig­ni­fi­ca­ría renun­ciar a la libertad.

Aho­ra, a más de medio siglo de alcan­za­da, Liber­tad con­ti­núa sien­do el cali­fi­ca­ti­vo de una Revo­lu­ción reno­va­da e inde­pen­dien­te, con 11 millo­nes de hijos dis­pues­tos a luchar por sostenerla.

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