Leer antes de que­mar (Géno­va)- Alber­to Pradilla

Tras la tea­tral inter­ven­ción de Sora­ya Sáez de San­ta­ma­ría y su lacri­mó­geno «esto nos pue­de pasar a cual­quie­ra», no pue­do dejar de ima­gi­nar­me­la como Krusty el Paya­so cuan­do ter­mi­na una actua­ción. Se apa­gan los focos, se derrum­ba en una silla y encien­de un ciga­rro mien­tras que mur­mu­ra con asco «cuán­to tra­ba­jo me dan estos putos pobre­to­nes». Tam­bién la veo levan­tán­do­se los pan­ta­lo­nes has­ta los soba­cos, cho­can­do los cin­co a sus ase­so­res y sol­tan­do, con voz de Ste­ve Urkel un «esto le pue­de pasar a cual­quie­raaaaaa». ¿Dra­ma­ti­za­ción? ¿Una cari­ca­tu­ra gro­tes­ca? Ni de coña. La cas­ta polí­ti­ca espa­ño­la, PP y PSOE, actúan con tan­ta inde­cen­cia, con tan­tí­si­ma sober­bia, con tama­ña fal­ta de escrú­pu­los, que cual­quier esce­na­rio pue­de ser posi­ble. Nos roban, nos con­de­nan a la mise­ria y, para más inri, se ríen ante nues­tro ano­na­da­do e insen­si­bi­li­za­do ros­tro. No quie­ro ni saber qué es lo que hacen cuan­do ya no les vemos.

El caso Bár­ce­nas es el enési­mo escán­da­lo que evi­den­cia la baje­za y el cinis­mo de un régi­men que con una mano reco­ge sobres y con la otra recor­ta dere­chos. Con la dere­cha nos roba la car­te­ra y con la izquier­da se mete la pas­ta en el bol­si­llo. ¿Cuán­tos alqui­le­res entran en un sobre? ¿Cuán­tos sala­rios míni­mos? ¿Cuán­tas camas de hos­pi­tal pri­va­ti­za­do para un cole­go­ta? La irre­ve­ren­cia del que se sien­te impu­ne es vomitiva.

El «esto nos pue­de pasar a cual­quie­ra» y el «no nos cons­ta» sim­bo­li­za a la per­fec­ción dón­de nos situa­mos cada uno. «A cual­quie­ra» de los nues­tros, de la mayo­ría, le pue­den echar del tra­ba­jo o desahu­ciar de su casa. Algo que «no nos cons­ta» que le pue­da ocu­rrir a nin­guno de los inqui­li­nos de Géno­va. A lo sumo, lo que «le pue­de pasar a cual­quie­ra» de ellos es que los aga­rren con las manos en la masa con una cuen­ta en Sui­za, o repar­tien­do sobres con bille­tes arram­pla­dos en algún tur­bio nego­cio con ban­que­ros, cons­truc­to­res o inmo­bi­lia­rias. O que se com­prue­be cómo su empre­sa se hacía con la con­ce­sión del ser­vi­cio que él mis­mo pri­va­ti­zó. O que le engan­chen con lin­go­tes de oro bajo el col­chón, o con un piso adqui­ri­do a si mis­mo en vayaus­ted a saber qué tipo de ope­ra­ción. O indul­tan­do a un cole­go­ta. Joder, que la lis­ta es tan lar­ga que se me can­san los dedos.

Por eso me irri­ta tan­to el cinis­mo con el que Sora­ya Sáez de San­ta­ma­ría exhi­be el «le pue­de pasar a cual­quie­ra», en pri­me­ra per­so­na del plu­ral, mien­tras que hace como si los sobres de Bár­ce­nas no fue­sen ella. Es insul­tan­te que hable del paro, las mise­rias o de per­der la casa como si fue­se algo que cae del cie­lo, un hecho luc­tuo­so y sobre­ve­ni­do, una fata­li­dad sin cau­sa ni cone­xión con el mun­do. Y es igual de insul­tan­te que haga como que no cono­cía al tipo que tra­ba­ja­ba en su mis­mo edi­fi­cio. Es todo tan insul­tan­te que, como decía alguien en twit­ter, debe­ría­mos de sacar las antorchas.

Lle­ga­dos a este pun­to de cabreo, solo espe­ro que cuan­do vea Géno­va ardien­do has­ta los cimien­tos, alguien haya man­te­ni­do la cor­du­ra duran­te unos minu­tos y haya sal­va­do los docu­men­tos. Para que un día poda­mos exhi­bir­los como el monu­men­to a aque­lla épo­ca en la que nos tra­ta­ban como a gilipollas.

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