El mural de Tzan­tzi­ca­titlan- Luis Her­nán­dez Navarro

EL MURAL DE TZANTZICATITLÁN LA OBRA DE BOLÍVAR ECHEVERRÍA, como seña­la Adol­fo Gilly, “qui­so aden­trar su pen­sa­mien­to, y lo hizo como pocos, en des­me­nu­zar con men­su­ra­da cal­ma inte­lec­tual la vio­len­cia atroz de nues­tra época” 

El 5 de junio de 2010 falle­ció el pen­sa­dor ecua­to­riano Bolí­var Eche­ve­rría. Poco antes, el 28 de febre­ro, había muer­to Car­los Mon­te­ma­yor. Unos meses des­pués, el 18 de junio, se fue José Sara­ma­go. Ape­nas un día más tar­de, el 19 de junio, dejó de exis­tir Car­los Mon­si­váis. Pasa­do casi un año, el 8 de julio de 2011, par­tió Adol­fo Sán­chez Vázquez.

Más allá de las dife­ren­cias en obra y tra­yec­to­ria per­so­nal de cada uno de ellos, y del dolor que su ausen­cia pro­vo­có entre sus seres cer­ca­nos, su muer­te repre­sen­tó un duro gol­pe para la izquier­da inte­lec­tual de Méxi­co. Des­de sus trin­che­ras, los cin­co fue­ron figu­ras cla­ve de la vida cul­tu­ral del país, crí­ti­cos infa­ti­ga­bles del poder, par­te sus­tan­ti­va de su con­cien­cia crí­ti­ca y refe­ren­cias éti­cas indis­cu­ti­bles. En medio de una pro­fun­da cri­sis polí­ti­co-moral, su ausen­cia no ha deja­do de sen­tir­se todos los días. Los libros y artícu­los, los ensa­yos o las nove­las de ellos, pero tam­bién sus opi­nio­nes en entre­vis­tas y con­fe­ren­cias eran una herra­mien­ta excep­cio­nal para com­pren­der la con­flic­ti­va y des­es­pe­ran­za­do­ra situa­ción actual.

Pro­ba­ble­men­te, el menos cono­ci­do de los cin­co en el amplio públi­co, por su poca expo­si­ción a los medios masi­vos de comu­ni­ca­ción, era Bolí­var Eche­ve­rría. Ubi­ca­do en el mun­do de la izquier­da inte­lec­tual, de la aca­de­mia, de la crí­ti­ca de arte y de la filo­so­fía, no fue una per­so­na­li­dad a la que la tele­vi­sión, la radio o la pren­sa dia­ria pres­ta­ran una aten­ción regu­lar. La com­ple­ji­dad, con­den­sa­ción y rigor de su escri­tu­ra lo ale­ja­ron de las cáma­ras y los micró­fo­nos, y la hete­ro­do­xia y el filo de su pen­sa­mien­to pro­vo­ca­ron que los gran­des medios de comu­ni­ca­ción elec­tró­ni­cos mejor no lo buscaran.

A pesar de ello, a raíz de su par­ti­da se han mul­ti­pli­ca­do los home­na­jes, con­fe­ren­cias, colo­quios y publi­ca­cio­nes en su honor con un vigor, una exten­sión y una cali­dad ana­lí­ti­ca que pudie­ra pare­cer inusual para quien supo­ne que no hay vida más allá del duo­po­lio televisivo.

Sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te, más allá de los nume­ro­sos y con­mo­ve­do­res hono­res aca­dé­mi­cos que ha reci­bi­do, se pro­du­jo tam­bién una espe­cie de reco­no­ci­mien­to popu­lar. Sin ir más lejos, hace un par de años, en la Feria del Libro Zóca­lo de la ciu­dad de Méxi­co, una gran man­ta con su ros­tro daba cuen­ta de su lugar como uno de los hom­bres impres­cin­di­bles que luchan toda la vida, de los que habla­ba Ber­tolt Brecht.

A los home­na­jes se suma­ron, ade­más de una gran can­ti­dad de inte­lec­tua­les que nacie­ron o tra­ba­jan en nues­tro país, muchos más pro­ve­nien­tes de otras lati­tu­des, como Michael Löwy, Imma­nuel Wallers­tein y Robin Black­burn. El pen­sa­mien­to de Bolí­var dis­fru­ta­ba de un enor­me pres­ti­gio en otras lati­tu­des, como que­dó de mani­fies­to cuan­do se le entre­gó la segun­da edi­ción el Pre­mio Liber­ta­dor al Pen­sa­mien­to Crí­ti­co 2006 a su libro Vuel­ta de siglo, dos años antes de que la Uni­ver­si­dad Nacio­nal Autó­no­ma de Méxi­co (UNAM) lo nom­bra­ra pro­fe­sor emérito.

Las expre­sio­nes de due­lo y de recu­pe­ra­ción de la obra de Bolí­var Eche­ve­rría tras­pa­sa­ron las fron­te­ras nacio­na­les. Así suce­dió en su natal Ecua­dor, don­de se sem­bró un roble en su honor en la sede de Facul­tad Lati­no­ame­ri­ca­na de Cien­cias Socia­les, y el Minis­te­rio de Coor­di­na­ción de la Polí­ti­ca edi­tó una selec­ción de sus ensa­yos, en el que se le cali­fi­ca como “ecua­to­riano de dimen­sión con­ti­nen­tal que ha enri­que­ci­do el pen­sa­mien­to de nues­tra Amé­ri­ca con una de las refle­xio­nes más lúci­das”. Así pasó en Boli­via, en don­de la Vice­pre­si­den­cia de este país publi­có una volu­mi­no­sa com­pi­la­ción de escri­tos y entre­vis­tas suyas en un libro de más de 800 pági­nas, en el que se le pre­sen­ta como “com­pa­ñe­ro de todos nosotros”.

Más sig­ni­fi­ca­ti­vo aún, es que este flo­re­ci­mien­to de refle­xio­nes y deba­tes, acom­pa­ña­dos de expre­sio­nes públi­cas por el dolor de su ausen­cia, sur­gie­ron en un momen­to en el que el cam­po cul­tu­ral de la izquier­da esta­ba pro­fun­da­men­te con­mo­vi­do por la pér­di­da casi simul­tá­nea de tan­tos per­so­na­jes aso­cia­dos a su causa.

Tal pro­li­fe­ra­ción de acti­vi­da­des aca­dé­mi­cas, emo­ti­vos recuer­dos per­so­na­les, artícu­los de fon­do y escri­tos teó­ri­cos sobre su obra son mues­tra de la pro­fun­da hue­lla que Bolí­var dejó entre sus alum­nos, del res­pe­to que goza­ba entre sus cole­gas, de su cali­dad huma­na y, por supues­to, de la enor­me per­ti­nen­cia y pro­fun­di­dad de su obra teó­ri­ca, así como de la for­ma en la que echó raí­ces entre acto­res cla­ve de pro­ce­sos de trans­for­ma­ción social en dis­tin­tas lati­tu­des. Como seña­la la Vice­pre­si­den­cia boli­via­na: “Bolí­var Eche­ve­rría es un deba­te inevi­ta­ble (…) para apro­xi­mar­nos como suje­tos acti­vos a pen­sar y asu­mir nues­tra reali­dad poten­cian­do el con­jun­to de nues­tras acciones”.

El libro Bolí­var Eche­ve­rría: crí­ti­ca e inter­pre­ta­ción, com­pi­la­do por Dia­na Fuen­tes, Isaac Gar­cía Vene­gas y Car­los Oli­va Men­do­za, publi­ca­do por la UNAM y la edi­ta­rial Ita­ca, es, simul­tá­nea­men­te, mag­ní­fi­co pro­duc­to y mues­tra fiel de este auge de reco­no­ci­mien­tos, refle­xio­nes y publi­ca­cio­nes a la memo­ria del pen­sa­dor crí­ti­co. En él se com­pi­la­ron la mayo­ría de las ponen­cias pre­sen­ta­das en el home­na­je efec­tua­do los días 29, 30 de sep­tiem­bre y pri­me­ro de octu­bre de 2010 en la Facul­tad de Filo­so­fía y Letras de la Uni­ver­si­dad Nacio­nal Autó­no­ma de México.

Tzan­tzi­ca­lan­dia

Pare­ce un epi­so­dio extraí­do de una nove­la de Rober­to Bola­ño, pero no lo es. A veces, lo sabe­mos, la reali­dad imi­ta al arte. Como dice Andrés Barre­da, a fina­les de la déca­da de los 50 del siglo pasa­do, el joven Bolí­var, y sus com­pa­ñe­ros Fer­nan­do Tina­je­ro, Luis Corral y Uli­ses Estre­lla impul­sa­ron en su natal Qui­to un movi­mien­to cul­tu­ral al que bau­ti­za­ron como los tzan­tzi­cos. Toma­ron el nom­bre de los indí­ge­nas Shuar del Alto Ama­zo­nas, quie­nes con­ver­tían las cabe­zas de sus enemi­gos en tzan­tzas, es decir, las redu­cían. “El nom­bre –escri­bió Uli­ses Estre­lla– era una pro­vo­ca­ción, un ges­to ira­cun­do para lla­mar la aten­ción sobre la nece­si­dad de cam­biar el ambien­te está­ti­co, escle­ro­ti­za­do, sumi­so y depen­dien­te que se vivía cul­tu­ral y polí­ti­ca­men­te en Ecuador”.

Los 36 ensa­yos y remem­bran­zas incor­po­ra­dos a Bolí­var Eche­ve­rría: crí­ti­ca e inter­pre­ta­ción dan cuen­ta tan­to del lar­go camino reco­rri­do por el autor de Valor de uso y uto­pía des­de sus pri­me­ras crea­cio­nes inte­lec­tua­les has­ta sus refle­xio­nes fina­les sobre la blan­qui­tud. Las cola­bo­ra­cio­nes son como una enor­me pin­tu­ra mural ela­bo­ra­da a muchas manos (a muchas voces, habría que decir) simi­lar a las que los gran­des artis­tas plás­ti­cos mexi­ca­nos crea­ron para hon­rar y divul­gar pasa­jes de la his­to­ria patria o momen­tos este­la­res de la humanidad.

En él, las bro­chas de anti­guos alum­nos, ami­gos, cole­gas, estu­dio­sos de su tra­yec­to­ria, edi­to­res, poe­tas, crí­ti­cos de arte e inves­ti­ga­do­res plas­man al Bolí­var Eche­ve­rría que con­si­de­ran hay que recu­pe­rar y reco­no­cer. Unos pre­sen­tan una visión pano­rá­mi­ca de su obra, otros se con­cen­tran en pasa­jes espe­cí­fi­cos de ella.

Un mural así podría bau­ti­zar­se como Tzan­tzi­ca­lan­dia si se quie­re poner el acen­to en el peso en la moder­ni­dad ame­ri­ca­na o Tzan­tzi­ca­titlán si se quie­re des­ta­car sus nutrien­tes indí­ge­nas. Un nom­bre que remi­te a su pro­vo­ca­dor pro­yec­to juve­nil y que remar­ca el carác­ter ori­gi­nal, polé­mi­co e inci­si­vo de una obra que cri­ti­có la moder­ni­dad capi­ta­lis­ta con demo­le­do­ra pre­ci­sión. Una obra que, como seña­la Adol­fo Gilly, “qui­so aden­trar su pen­sa­mien­to, y lo hizo como pocos, en des­me­nu­zar con men­su­ra­da cal­ma inte­lec­tual la vio­len­cia atroz de nues­tra época”.

El enor­me fres­co colec­ti­vo cubre el tra­yec­to de lo que Manuel Lava­nie­gos des­cri­be como “el gran arco o puen­te, que tie­ne una de sus ori­llas en la revi­sión auto­crí­ti­ca per­ma­nen­te de los fun­da­men­tos epis­té­mi­cos, his­tó­ri­cos y onto­ló­gi­cos del mar­xis­mo mis­mo (…) y en la otra encuen­tra el ahon­da­mien­to, tam­bién en cons­tan­te aler­ta, en los ele­men­tos de la reno­va­da com­pren­sión antro­po­ló­gi­ca y filo­só­fi­ca de la huma­na con­di­cio, que diría Han­nah Arendt, situa­da en la modernidad”.

Cada uno de los tra­ba­jos pre­sen­tes en el libro es una ven­ta­na para aso­mar­se y con­tem­plar los pai­sa­jes que Bolí­var pin­tó y que ilu­mi­na­ron aspec­tos cen­tra­les de la moder­ni­dad capi­ta­lis­ta. La gran mayo­ría de ellos siguen la hue­llas de los auto­res en los que el cate­drá­ti­co abre­vó y con los que deba­tió: Hei­deg­ger, Marx, Rosa Luxem­bur­go, Ben­ja­mim, Adorno, Horkhei­mer, Sar­tre, Batai­lle, Weber, Brau­del y tan­tos otros.

Una bue­na can­ti­dad de los ensa­yos pro­por­cio­na pis­tas bio­grá­fi­cas que dan cuen­ta de cómo la tra­yec­to­ria vital del filó­so­fo ali­men­tó su refle­xión crí­ti­ca. Casi todos los retra­tos tra­za­dos, hacen refe­ren­cia al trián­gu­lo geo­grá­fi­co y viven­cial que mar­có su obra: su natal Qui­to, cuna de una gene­ra­ción lle­na de inquie­tu­des exis­ten­cia­les; el Ber­lín, espa­cio con­den­sa­do de la gue­rra fría y labo­ra­to­rio pri­vi­le­gia­do del pen­sa­mien­to crí­ti­co, y el Méxi­co que le pro­por­cio­nó las cla­ves para una vida de refle­xión, estu­dio y pro­duc­ción teórica.

Varios de los retra­tos dibu­ja­dos en el libro son con­mo­ve­do­res. Óscar Mar­tia­re­na lo des­cri­be con un cier­to pare­ci­do con Ricar­do Flo­res Magón y con Wal­ter Benjamin.

Adol­fo Gilly lo dibu­ja como “un andino, tan­to en su modo sua­ve de ser fir­me como en esa pecu­liar capa­ci­dad de abs­trac­ción que dan las mon­ta­ñas áspe­ras y altas, los valles rien­tes y la anti­gua civi­li­za­ción cuyos idio­mas sigue bañan­do con sus soni­dos y sig­ni­fi­ca­dos la vida coti­dia­na de los Andes y cuyos modos de estar dan siem­pre cau­ce a sus sentimientos”.

Fede­ri­co Álva­rez lo pin­ta como un deve­la­dor de espa­cios que sin él segui­rían escon­di­dos. Pen­sa­mos muchas cosas que sin él no pen­sa­ría­mos. “Recor­dar­le –nos cuen­ta– es una feli­ci­dad. Ya de lejos sonreía”.

Su alumno Igna­cio Díaz de la Ser­na lo rati­fi­ca. “Bolí­var es una de las cua­tro per­so­nas con quie­nes más he reí­do en mi vida”, ase­gu­ra. Para mí –narra– Bolí­var, los con­gre­sos de filo­so­fía y morir a car­ca­ja­das cons­ti­tuían una suer­te de tri­ni­dad. Y recuer­da que, recién lle­ga­do de Ale­ma­nia, ves­tía raro, con un aspec­to dis­tin­to al del res­to de los profesores.

Según Pedro Joel Reyes, hus­mea­ba con el olfa­to de un sabue­so en el enor­me uni­ver­so crea­do por el bing bang de su eru­di­ción y de sus inquie­tu­des. Sos­pe­cha­ba de muchas cosas de muchas mane­ras. Vivió con rela­ti­va tole­ran­cia el sen­ti­do mís­ti­co que sus alum­nos le endil­ga­ron a su per­so­na des­de siem­pre. Para ellos, sus cla­ses eran como sesio­nes mís­ti­cas. Fue –ase­gu­ra– un hom­bre feliz en el sen­ti­do aris­to­té­li­co del tér­mino, pues el hom­bre feliz es el que actúa según sus virtudes.

José María Pérez Gay, com­pa­ñe­ro en la tra­ve­sía ber­li­ne­sa en la déca­da de los 60, que había toma­do a Bolí­var como per­so­na­je de su nove­la Tu nom­bre es el silen­cio, con­fie­sa: “a pesar de nues­tras dife­ren­cias polí­ti­cas, siem­pre sobre­vi­vió nues­tra amis­tad, por­que Boli­var care­cía de toda retó­ri­ca de amistad”.

Már­ga­ra Millán reco­no­ce en su obra la capa­ci­dad para ani­mar las ten­sio­nes ocul­tas de la vida vivi­da, la capa­ci­dad de hacer sen­tir en la medi­da que teo­ri­za, la for­ma en la que lo leí­do se trans­mu­ta en sen­sa­ción a flor de piel.

Algu­nos cola­bo­ra­do­res ensa­yan un diá­lo­go no por fic­ti­cio menos real, entre Bolí­var y otros pen­sa­do­res. Rafael Rojas, por ejem­plo, apues­ta por encon­trar un terri­to­rio común de refle­xión sobre el barro­co entre el crí­ti­co lite­ra­rio y poe­ta cubano Seve­ro Sar­duy, quien salió de la isla en 1960 para ya no regre­sar, y el autor de El dis­cur­so crí­ti­co de Marx, que vivió apa­sio­na­da­men­te la Revo­lu­ción Cuba­na y las luchas del Che. Según él, “el mar­xis­ta crí­ti­co lati­no­ame­ri­cano y el exila­do cubano con­ver­gen en el pun­to en que la revo­lu­ción, para no ser enten­di­da de mane­ra tota­li­ta­ria, debe ser asu­mi­da como una prác­ti­ca cul­tu­ral barro­ca y no como un hecho romántico”.

En esta mis­ma direc­ción, Igna­cio M. Sán­chez Pra­do colo­ca a Bolí­var Eche­ve­rría fren­te a uno de los filó­so­fos fran­ce­ses con­tem­po­rá­neos más fecun­dos, rei­vin­di­ca­do por el cam­po cul­tu­ral alter­mun­dis­ta, Jacc­ques Ran­cié­re. Para Sán­chez Pra­do, el autor de Moder­ni­dad y capi­ta­lis­mo per­mi­te res­ca­tar la idea de la “dis­tri­bu­ción de lo sen­si­ble” de los parro­quia­lis­mos del Ran­cié­re, mien­tras que el pen­sa­dor fran­cés per­mi­te arti­cu­lar a Eche­ve­rría en una cons­te­la­ción de ideas que exce­de la égi­da (pos)colonial que sue­le estar al cen­tro de las refle­xio­nes continentales.

Otros, en cam­bio, se resis­ten a enta­blar estos deba­tes ima­gi­na­rios. En con­tra de la ten­den­cia pre­sen­te en cier­tos ámbi­tos de her­ma­nar la obra de Adol­fo Sán­chez Váz­quez y Bolí­var Eche­ve­rría, Gabriel Var­gas Lozano cons­ta­ta y lamen­ta, que entre el autor de Las ilu­sio­nes de la moder­ni­dad y el exi­lia­do comu­nis­ta espa­ñol escri­tor de Las ideas esté­ti­cas de Marx no se haya dado un deba­te acla­ra­dor de sus dife­ren­cias y/​o seme­jan­zas. Ambos filó­so­fos –nos dice– siguie­ron rutas dis­tin­tas al inter­pre­tar el pen­sa­mien­to de Marx. Para el naci­do en Espa­ña, se tra­ta de una “filo­so­fía de la prá­xis”, para el que se for­mó en Ber­lín, es un “dis­cur­so crítico”.

Un poe­ma

Ber­tolt Brecht escri­bió en 1938 el poe­ma titu­la­do A los hom­bres futu­ros, tam­bién tra­du­ci­do como A los que toda­vía no han naci­do, en el que lla­ma a las gene­ra­cio­nes que vie­nen a ser indul­gen­tes y les expli­ca su adhe­sión al comu­nis­mo y las con­tra­dic­cio­nes que vivie­ron quie­nes, como él, se empe­ña­ron en cons­truir­lo. En su par­te final, hay unos ver­sos que dicen: “Des­gra­cia­da­men­te, nosotros,/que que­ría­mos pre­pa­rar el camino para la amabilidad/​no pudi­mos ser amables./Pero voso­tros, cuan­do lle­guen los tiempos/​en que una per­so­na sea para otra una ayuda,/pensad en nosotros/​con indulgencia”.

El poe­ma de Brecht no pue­de ser más actual en estos tiem­pos. Lo era cuan­do fue escri­to hace 74 años, lo siguió sien­do a raíz de la caí­da del Muro de Ber­lín, en 1989, y cobró nue­va actua­li­dad des­pués de la quie­bra de Lehamn Brothers, en sep­tiem­bre de 2008. ¿Qué que­da de eso que se ha nom­bra­do comu­nis­mo en nues­tros días? ¿Cómo juz­gar los esfuer­zos de quie­nes se empe­ña­ron en hacer­lo una reali­dad? ¿Hay que pen­sar en ellos –en noso­tros tam­bién– con indulgencia?

Bolí­var Eche­ve­rría, un esplén­di­do tra­duc­tor y un gran cono­ce­dor de la obra de Brecht, a quien cita­ba con fre­cuen­cia y uti­li­zó como para sus epí­gra­fes, no rehu­yó el desa­fío de juz­gar la empre­sa. Des­pués de todo, el autor de La moder­ni­dad de lo barro­co con­ci­bió al mar­xis­mo –como lo recuer­da Car­los Anto­nio Agui­rre Rojas– en “el momen­to teó­ri­co de la revo­lu­ción comu­nis­ta en ascen­so”. Y, como lo seña­la Dia­na Fuen­tes, Bolí­var escri­bió sus pri­me­ros tra­ba­jos des­de un com­pro­mi­so mani­fies­to, mili­tan­te, con la trans­for­ma­ción social des­de una pers­pec­ti­va teó­ri­ca comunista.

Bolí­var –nos cuen­ta su com­pa­ñe­ro y ami­go de muchos años Jor­ge Jua­nes– “es ante todo un hom­bre de su tiem­po que vive inten­sa­men­te la Revo­lu­ción Cuba­na, la ges­ta del Che, la defen­sa heroi­ca de los viet­na­mi­tas ante la inva­sión esta­du­ni­den­se, el cues­tio­na­mien­to al ´socia­lis­mo real´, la libe­ra­ción de las muje­res y los movi­mien­tos con­tes­ta­ta­rios en general”.

Varios de los tra­ba­jos con­te­ni­dos en Bolí­var Eche­ve­rría: crí­ti­ca e inter­pre­ta­ción dan cuen­ta de la for­ma en la que el filó­so­fo enfren­tó las anti­no­mias de las que da cuen­ta Brecht en su poe­ma. Rodri­go Mar­tí­nez Baracs mues­tra como, cin­co años antes de la caí­da del Muro de Ber­lín, Bolí­var hizo un diag­nós­ti­co cla­ro del pen­sa­mien­to crí­ti­co, de la izquier­da de la izquier­da, del pro­yec­to revo­lu­cio­na­rio y comu­nis­ta, pero, al mis­mo tiem­po, pro­por­cio­na las razo­nes por las que el pen­sa­mien­to crí­ti­co de Marx sigue sien­do cen­tral para enten­der y supe­rar las con­tra­dic­cio­nes des­truc­ti­vas que están sur­gien­do en el planeta.

Su obra, en pala­bras de Manuel Lava­nie­gos, rea­li­za una revi­sión auto­crí­ti­ca del mar­xis­mo y mar­ca una cla­ra dis­tan­cia con los “tre­men­dos horro­res geno­ci­das y sus sinies­tras con­se­cuen­cias, des­ata­dos a lo lar­go del siglo XX y lo que va del XXI, por los regí­me­nes comu­nis­tas o ´socia­lis­tas real­men­te exis­ten­tes´, así como sus carac­te­rís­ti­cos usos dog­má­ti­cos, reifi­ca­dos y adul­te­ra­dos del dis­cur­so marxista”.

En el dis­cur­so de recep­ción del Pre­mio Liber­ta­dor al pen­sa­mien­to crí­ti­co 2006, Bolí­var dejó muy cla­ras las líneas de con­ti­nui­dad con su com­pro­mi­so en la eman­ci­pa­ción social, des­ta­ca­das a lo lar­go del libro publi­ca­do en su memo­ria. Allí reco­no­ció que Amé­ri­ca Lati­na entró a un perio­do muy espe­cial de su his­to­ria, en el que el dise­ño ori­gi­nal del Esta­do ha comen­za­do a ser sus­ti­tui­do por otro, en el que se pre­ten­de dar­le a ese Esta­do y las ins­ti­tu­cio­nes repu­bli­ca­nas un sen­ti­do dife­ren­te y con­tra­rio a ese dise­ño original.

El filó­so­fo des­ta­có en Cara­cas que el movi­mien­to social y polí­ti­co que está lle­gan­do a pro­ta­go­ni­zar la his­to­ria lati­no­ame­ri­ca­na, es uno que se levan­ta con­tra la des­truc­ción y la bar­ba­rie; un movi­mien­to de recons­truc­ción de la vida civi­li­za­da y de la vida polí­ti­ca repu­bli­ca­na; de inno­va­ción radi­cal sobre linea­mien­tos ten­den­cial­men­te socia­lis­tas; un movi­mien­to que per­si­gue la rein­ven­ción de la democracia.

Como lo hacen notar varios artícu­los de Bolí­var Eche­ve­rría: crí­ti­ca e inter­pre­ta­ción, el filó­so­fo seña­la como es el blan­co últi­mo del dis­cur­so crí­ti­co al modo de pro­duc­ción capi­ta­lis­ta y de vida. Para él, el dis­cur­so crí­ti­co no es otra cosa que la expre­sión de la volun­tad de cam­bio de los humi­lla­dos y explo­ta­dos. Son ellos quie­nes han for­ma­do los actua­les movi­mien­tos por la eman­ci­pa­ción, a la que sólo se podrá lle­gar median­te una revo­lu­ción social que se radi­ca­li­ce ella tam­bién, enten­dién­do­se a sí mis­ma como una trans­for­ma­ción de alcan­ce civilizatorio.

No se tra­ta pues –para dar res­pues­ta a la peti­ción del poe­ma de Brecht– de ser indul­gen­tes sino pro­fun­da­men­te auto­crí­ti­cos. “Es nece­sa­rio –con­clu­ye Bolí­var– avan­zar hacia la gene­ra­li­za­ción de una for­ma de bien­es­tar toda­vía iné­di­ta, que está por inven­tar­se y que ten­drá que hacer­lo sobre la mar­cha mis­ma del pro­ce­so de emancipación”.

En este ejer­ci­cio de inven­ción la obra del filó­so­fo ecua­to­riano-mexi­cano tie­ne mucho que decir, como lo demues­tra, sin ir más lejos, su enor­me eco en los actua­les deba­tes sobre el buen vivir o el vivir bien. Bolí­var Eche­ve­rría: crí­ti­ca e inter­pre­ta­ción, ese mural de Tzan­tzi­ca­titlán, es una excep­cio­nal car­to­gra­fía y bitá­co­ra de la tra­yec­to­ria de un inte­lec­tual excep­cio­nal. Para todos aque­llos que aspi­ran hoy a for­ta­le­cer el pen­sa­mien­to crí­ti­co, su lec­tu­ra no sólo es reco­men­da­ble sino necesaria.

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