La his­to­ria de la tor­tu­ra, pues­ta en evi­den­cia- Mae­ve McClenaghan

A comien­zos de 2012, el vice­pri­mer minis­tro Nick Clegg afir­mó que el Gobierno con­de­na rotun­da­men­te la tor­tu­ra y los tra­ta­mien­tos inhu­ma­nos» y que «nun­ca lo hemos apo­ya­do ni hemos pedi­do a otros que la apli­quen en nom­bre nuestro».

Son pala­bras que han reso­na­do duran­te déca­das, de una mane­ra u otra. El Rei­no Uni­do ha fir­ma­do la Con­ven­ción Inter­na­cio­nal con­tra la Tor­tu­ra y nues­tros líde­res polí­ti­cos afir­man a gran­des voces el hecho de que no prac­ti­ca­mos la tor­tu­ra. El Rei­no Uni­do ha inclu­so entra­do en gue­rra basán­do­se en par­te en la pre­mi­sa del derro­ca­mien­to de regí­me­nes torturadores.

Pero estas pala­bras comien­zan a per­der su sen­ti­do cuan­do se yux­ta­po­nen a las imá­ge­nes de los pri­sio­ne­ros bri­tá­ni­cos en sus uni­for­mes de color naran­ja que se arro­di­llan al sol incle­men­te de Cuba en la bahía de Guan­tá­na­mo; a las his­to­rias de los sol­da­dos bri­tá­ni­cos que tor­tu­ran víc­ti­mas civi­les en las bases ocul­tas en Irak; o a la visión del ciu­da­dano bri­tá­ni­co Bin­yam Moham­med bajan­do del avión de vuel­ta en sue­lo bri­tá­ni­co des­pués de haber sido ence­rra­do y tor­tu­ra­do en Pakistán.

Aún así, el gobierno bri­tá­ni­co ha tra­ta­do de dis­tan­ciar­se de estas imá­ge­nes. Se nos dice que hay sol­da­dos indis­ci­pli­na­dos que se por­tan mal. El RU no tenía modo de saber qué les ocu­rre a sus ciu­da­da­nos cuan­do se encuen­tran ence­rra­dos en cár­ce­les lejos de nues­tras cos­tas. Y, por supues­to, nun­ca con­do­na­ría tal comportamiento.

Pero las grie­tas del sis­te­ma comien­zan a hacer­se visi­bles. Las pala­bras de Clegg se pro­nun­cia­ron ape­nas des­pués de una deci­sión de la Fis­ca­lía de que los agen­tes del MI5 y el MI6 no podrían ser acu­sa­dos de los malos tra­tos y la tor­tu­ra del resi­den­te bri­tá­ni­co Bin­yam Moha­med duran­te su perío­do en Pakis­tán. Tam­po­co podía deman­dár­se­les por la tor­tu­ra de otro dete­ni­do que habían rete­ni­do en la base aérea de Bagram (Afga­nis­tán).

Y de este modo el públi­co se que­da pre­gun­tán­do­se, ¿quién dice la ver­dad? ¿Pode­mos creer toda­vía en los des­men­ti­dos del gobierno?

La bús­que­da de res­pues­tas a estas pre­gun­tas ha dado for­ma a gran par­te de la vida pro­fe­sio­nal de Ian Cobain. Como perio­dis­ta de inves­ti­ga­ción, lle­va años siguien­do casos de supues­tas tor­tu­ras e inter­pre­ta­cio­nes. Aho­ra ha reu­ni­do esta incal­cu­la­ble expe­rien­cia en el libro titu­la­do Cruel Bri­tan­nia: A Secret His­tory of Tor­tu­re. El resul­ta­do es un com­pen­dio de ejem­plos que dan peso al argu­men­to de que no solo prac­ti­ca el RU la tor­tu­ra con­tra sus pro­pios ciu­da­da­nos, sino que inclu­so cuen­ta con una polí­ti­ca bien desa­rro­lla­da, aun­que infor­mal y no escri­ta, sobre el modo y el momen­to en el que se usan tales métodos.

¿Cómo hemos lle­ga­do has­ta aquí?

El títu­lo del libro de Cobain pro­me­te una his­to­ria y eso es lo que hace. La his­to­ria se remon­ta has­ta la Segun­da Gue­rra Mun­dial, cuan­do una de las calles más codi­cia­das en Ken­sing­ton Pala­ce Gar­dens se con­vir­tió en la direc­ción de una base de inter­na­mien­to bri­tá­ni­ca, don­de se retu­vo e inte­rro­gó a diver­sos pri­sio­ne­ros de gue­rra. Al mis­mo tiem­po que sus veci­nos de cla­se alta con­ti­nua­ban con las labo­res de su vida coti­dia­na, los resi­den­tes de lo que lle­gó a cono­cer­se como Lon­don Cage («la jau­la lon­di­nen­se») sufrie­ron pali­zas, debie­ron rea­li­zar tareas inhu­ma­nas, sufrie­ron pri­va­ción del sue­ño y se les for­zó a man­te­ner­se en pos­tu­ras de gran inco­mo­di­dad, todo ello como inten­to de extraer­les información.

Algu­nos años más tar­de, duran­te el gobierno colo­nial bri­tá­ni­co de Ken­ya, el ejér­ci­to bri­tá­ni­co vol­vió a uti­li­zar la tor­tu­ra para aplas­tar la revuel­ta por la inde­pen­den­cia de los Mau Mau. Ape­nas hace algu­nos meses, se les dijo a aque­llas víc­ti­mas de la tor­tu­ra, que aho­ra tie­nen 70 y 80 años, que podían deman­dar al gobierno bri­tá­ni­co por el tra­ta­mien­to que reci­bie­ron, que afir­man inclu­yó cas­tra­cio­nes, pali­zas bru­ta­les y detenciones.

Las reglas del juego

Pero este es un cam­po lleno de mati­ces, al igual que la línea entre las téc­ni­cas de inte­rro­ga­to­rio acep­ta­das, el tra­ta­mien­to cruel e inhu­mano y la tortura.

Cobain esbo­za con habi­li­dad la expe­ri­men­ta­ción y el desa­rro­llo de las téc­ni­cas de inte­rro­ga­to­rio o tor­tu­ra apli­ca­das a lo lar­go de los años, cen­trán­do­se en los tra­ta­mien­tos que se apli­ca­ron en Irlan­da del Nor­te duran­te la épo­ca de los pro­ble­mas. Las cin­co téc­ni­cas com­pro­ba­das que se usa­ron para «ablan­dar» a las per­so­nas que man­te­nían inter­na­das eran: man­te­ner­los de pie al lado de la pared, colo­ca­ción de capu­chas, some­ti­mien­to al rui­do, pri­va­ción de sue­ño y pri­va­ción de ali­men­tos y bebi­das. Los tes­ti­mo­nios de las per­so­nas some­ti­das a ellos no dejan duda algu­na sobre su devas­ta­dor impacto.

Un repa­so de los méto­dos en 1972 lle­vó al pri­mer minis­tro Edward Heath a anun­ciar que «las téc­ni­cas […] no vol­ve­rán a uti­li­zar­se en el futu­ro como auxi­lia­res en los interrogatorios».

Sin embar­go, el dis­cur­so polí­ti­co y la reali­dad vol­vie­ron a ser dife­ren­tes. Cobain expli­ca que, «aun­que se dijo que se habían prohi­bi­do las cin­co téc­ni­cas emplea­das por las fuer­zas de espio­na­je y el ejér­ci­to bri­tá­ni­co en Bally­kelly, otras téc­ni­cas que podrían per­sua­dir a hablar a un pri­sio­ne­ro no lo habían sido». Estas otras téc­ni­cas incluían los elec­tro­cho­ques para impul­sar la infor­ma­ción de los sos­pe­cho­sos. Ocho meses des­pués del anun­cio de Heath de que se prohi­bían las cin­co téc­ni­cas, más de vein­te hom­bres afir­ma­ron haber sido some­ti­dos a des­car­gas eléctricas.

Otros tra­ta­mien­tos uti­li­za­dos con los pri­sio­ne­ros inter­na­dos incluían «pali­zas, que­ma­du­ras, apre­ta­mien­to de los tes­tícu­los a mano, colo­ca­ción de ven­das en los ojos, inser­ción de ins­tru­men­tos por el ano, ron­das de dis­pa­ros con balas de fogueo y jue­go de la rule­ta rusa con ellos, ade­más del simu­la­cio­nes de aho­ga­mien­to en agua. El tes­ti­mo­nio que se extra­jo se uti­li­zó para dic­tar con­de­nas penales.

Exter­na­li­za­ción del problema

Más recien­te­men­te, el Rei­no Uni­do pare­ce haber pasa­do a una pau­ta de exter­na­li­za­ción de sus inte­rro­ga­to­rios: dejar a otros regí­me­nes los méto­dos de tor­tu­ra al mis­mo tiem­po que se reci­be cómo­da­men­te la infor­ma­ción extraí­da con tor­tu­ras evi­ta que la san­gre man­che las manos bri­tá­ni­cas. Tam­bién per­mi­te al gobierno negar que tie­ne cono­ci­mien­to de la apli­ca­ción de téc­ni­cas inapro­pia­das de interrogación.

Salahud­din Amin, por ejem­plo, era un hom­bre naci­do en Gran Bre­ta­ña sos­pe­cho­so de haber esta­do impli­ca­do en un plan para deto­nar una bom­ba de fer­ti­li­zan­tes en 2004. Amin vivía en Pakis­tán en ese momen­to y, de acuer­do con Cobain, fun­cio­na­rios de los gobier­nos bri­tá­ni­co y esta­dou­ni­den­se pidie­ron a la agen­cia de ser­vi­cios de inte­li­gen­cia paquis­ta­níes, Inter-Ser­vi­ces Inte­lli­gen­ce (ISI), famo­sa por la bru­ta­li­dad de sus méto­dos, que lo encontrara.

Des­pués de que detu­vie­ran y tor­tu­ra­ran a varios de sus socios, Amin acep­tó entre­gar­se. Le azo­ta­ron, col­ga­ron del techo por los bra­zos y ame­na­za­ron con un tala­dro eléc­tri­co, al tiem­po que no deja­ban de hacer­le pre­gun­tas. Más tar­de le visi­ta­ban dos miem­bros del MI5, que se hacían lla­mar Matt y Richard, quie­nes repe­tían las pre­gun­tas, en oca­sio­nes en la mis­ma sala en la que aca­ba­ba de ser torturado.

El MI5 no nie­ga estos hechos. Man­tie­ne que su res­pon­sa­ble actuó correc­ta­men­te y den­tro de la ley, por­que no podría espe­rar­se que supie­ran que Amin esta­ba sien­do tor­tu­ra­do. Los res­pon­sa­bles de ISI, por otra par­te, indi­ca­ron a la orga­ni­za­ción Human Rights Watch que el Rei­no Uni­do y Esta­dos Uni­dos «eran ple­na­men­te cons­cien­tes de que está­ba­mos uti­li­zan­do todos los medios posi­bles para extraer infor­ma­ción de él y nos agra­de­cían que lo hiciéramos».

Hay otros. En el caso de Alam Gha­foor, pare­ce ser que los ser­vi­cios secre­tos bri­tá­ni­cos no eran solo visi­tan­tes en la cár­cel, sino que posi­ble­men­te estu­vie­ran super­vi­san­do el proceso.

Gha­foor, de West Yorkshi­re, esta­ba en Dubai cuan­do las bom­bas 7/​7 des­hi­cie­ron Lon­dres. Se le arras­tró a un cen­tro de inte­rro­ga­to­rios don­de se le gol­peó, pri­vó del sue­ño y for­zó a adop­tar posi­cio­nes incó­mo­das. Las per­so­nas que lo detu­vie­ron le dije­ron que lo mata­rían y que darían sus res­tos de comer a los perros.

Más tar­de le deja­ron en liber­tad sin car­gos y se le per­mi­tió aban­do­nar el país. De vuel­ta en el Rei­no Uni­do, Gha­foor exi­gió que el Minis­te­rio de Asun­tos Exte­rio­res entre­ga­ra la corres­pon­den­cia entre Lon­dres y los diplo­má­ti­cos bri­tá­ni­cos en los Emi­ra­tos Ára­bes Uni­dos. Los docu­men­tos se entre­ga­ron con algu­nos nom­bres cam­bia­dos, aun­que que­da­ba cla­ro que los res­pon­sa­bles con­su­la­res bri­tá­ni­cos no nece­si­ta­ban pedir a las auto­ri­da­des de los Emi­ra­tos per­mi­so para visi­tar a Gha­foor. Gha­foor cree que el nom­bre cam­bia­do [sic en el ori­gi­nal] es alguien que tra­ba­ja en el MI6 y que este orga­nis­mo esta­ba al car­go de su encar­ce­la­mien­to en Dubai.

Vis­to bueno

El ele­men­to posi­ble­men­te más alar­man­te en el libro de Cobain es el hecho de que los prin­ci­pa­les minis­tros del gobierno no solo esta­ban al tan­to de los inte­rro­ga­to­rios de ciu­da­da­nos bri­tá­ni­cos en las pri­sio­nes extran­je­ras, sino que tam­bién habían dado su per­mi­so para ellos.

Las nor­mas para esto se esta­ble­cen en la polí­ti­ca secre­ta sobre inte­rro­ga­to­rios del MI5 y el MI6, que se escri­bió en 2004 y se actua­li­zó en 2006. El perió­di­co Guar­dian la hizo públi­ca en agos­to del 2011. El docu­men­to coin­ci­de en algu­nos aspec­tos con las decla­ra­cio­nes públi­cas de los políticos.

Afir­ma: «Las agen­cias no par­ti­ci­pan, piden, fomen­tan ni con­do­nan el uso de la tor­tu­ra ni de tra­ta­mien­tos inhu­ma­nos o degra­dan­tes. Las agen­cias no lle­va­rán a cabo nin­gu­na acción cuyo resul­ta­do se sabe que será la tor­tu­ra o un tra­ta­mien­to degradante».

Pero esto no impi­de que las agen­cias tra­ba­jen con gobier­nos que saben que usan la tor­tu­ra, espe­cial­men­te si se les ase­gu­ra que no se usa­rá. En oca­sio­nes estas decla­ra­cio­nes no se piden y los res­pon­sa­bles supe­rio­res pue­den «sope­sar el ries­go de mal­tra­to y el ries­go de que las accio­nes del res­pon­sa­ble pudie­ran juz­gar­se ile­ga­les en rela­ción con la nece­si­dad de la acción propuesta».

La cul­pa no afec­ta solo a los ser­vi­cios secre­tos sino que lle­ga más alto. El docu­men­to tam­bién dic­ta que los res­pon­sa­bles de inte­li­gen­cia nece­si­tan ase­gu­rar­se de que los minis­tros, quie­nes tie­nen la res­pon­sa­bi­li­dad final, den el vis­to bueno a su labor. La nor­ma indi­ca: «En casos espe­cial­men­te difí­ci­les, pue­de ser nece­sa­rio que la direc­ti­va supe­rior remi­ta el asun­to a ins­tan­cias supe­rio­res y, en algu­nos casos, pue­de ser nece­sa­rio con­sul­tar con los ministros».

Esto se hace para garan­ti­zar «que el ries­go de accio­nes ile­ga­les es visi­ble y se tie­ne en con­si­de­ra­ción de for­ma adecuada».

Según Cobain, a media­dos de 2007 este sis­te­ma de remi­sión fun­cio­na­ba con regu­la­ri­dad. Afir­ma que el MI6 con­sul­tó a David Mili­band, enton­ces minis­tro de Exte­rio­res, cuan­do qui­sie­ron rea­li­zar una ope­ra­ción en la que era posi­ble que se tor­tu­ra­ra a alguien. Cobain sugie­re que, si la soli­ci­tud lle­gó has­ta el minis­tro, la tor­tu­ra era, más que una vaga posi­bi­li­dad, probable.

Los minis­tros del Inte­rior Jac­qui Smith y des­pués Alan John­son ges­tio­na­ron peti­cio­nes simi­la­res del MI5. Cuan­do Cobain pre­gun­tó sobre sus fun­cio­nes en la auto­ri­za­ción de las ope­ra­cio­nes: «Mili­band y Smith pre­sen­ta­ron decla­ra­cio­nes que indi­ca­ban que nun­ca apo­ya­rían la tor­tu­ra, pero se nega­ron a res­pon­der pre­gun­tas sobre el tema. John­son se man­tu­vo en silencio».

Las mar­cas que te ha dejado

En ape­nas algo más de 300 pági­nas, Cobain reúne una mara­ña de casos que, en con­jun­to, pro­du­cen una ima­gen acu­sa­do­ra de la inter­ac­ción del Rei­no Uni­do con la tortura.

Entre tan­to, siguen lle­gan­do más his­to­rias. Hoy mis­mo el Tri­bu­nal Supe­rior escu­chó los argu­men­tos del gobierno que inten­ta levan­tar una mora­to­ria sobre la entre­ga de los dete­ni­dos afga­nis a pri­sio­nes en las que exis­ten prue­bas cla­ras de tortura.

El últi­mo capí­tu­lo de Cruel Bri­tan­nia tie­ne como pre­fa­cio un epí­gra­fe del ensa­yo de Geor­ge Orwell England Your England. La cita reza: «Los pud­dings y las esta­fe­tas rojas han entra­do en tu alma. Bue­nas o malas, son tuyas, les per­te­ne­ces y a este lado de la tum­ba nun­ca podrás ale­jar­te de las mar­cas que te ha dejado».

A medi­da que Cobain va sacan­do la ver­dad a la luz, no pode­mos por menos que sen­tir que las mar­cas de la tor­tu­ra que se inflin­ge a tan­tas per­so­nas for­ma par­te de todos noso­tros. Unas man­chas imbo­rra­bles sobre el pasa­do y el pre­sen­te británico.

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