Marie­la Millan, mapu­che, com­pa­ñe­ra

Su femi­nei­dad con­vo­can­te ‑opues­ta de modo cate­gó­ri­co al para­dig­ma tinelliano‑, se des­plie­ga en talen­tos al decir, ges­tos y mira­das, risas o gra­ve­dad, filo­sos cues­tio­na­mien­tos o pro­pues­tas inno­va­do­ras para el desa­rro­llo del Turis­mo res­pon­sa­ble en Esquel [sur de Argen­ti­na] y, cla­ro está, a la hora de narrar sus orí­ge­nes que tra­zan la épi­ca de su pue­blo per­se­gui­do y en lucha, des­de hace cen­tu­rias, en recla­mo de los dere­chos vul­ne­ra­dos. Las tona­li­da­des de su voz van cam­bian­do según avan­za el rela­to que denun­cia la mix­tu­ra de injus­ti­cias, ensa­ña­mien­tos y estul­ti­cias de fun­cio­na­rio; o al rela­tar sus sue­ños don­de con­ci­be a la socie­dad en una cali­dad supe­rior de inter­ac­ción huma­na.

Marie­la Millan es una des­cen­dien­te de los hom­bres y muje­res que sobre­vi­vie­ron al geno­ci­dio coman­da­do por Julio Ase­sino Roca don­de los Mapu­che, entre otros, «no enca­ja­ban» en el nue­vo dise­ño de las cla­ses hege­mó­ni­cas. Del mis­mo modo que un siglo des­pués los mili­tan­tes polí­ti­cos y socia­les des­apa­re­ci­dos «no enca­ja­ban» en el capi­ta­lis­mo neo­li­be­ral, que fun­dó la dic­ta­du­ra cívi­co-mili­tar con el impe­rio. Igual que hoy «no enca­jan» los exclui­dos, quie­nes sucum­ben de ham­bre o balas, deam­bu­lan­do por las calles o en los mani­co­mios, estre­me­cien­do los basu­ra­les o tor­tu­ra­dos tras las rejas. O, qui­zá, de todo eso jun­to. Tam­po­co enca­jan muchos de los que bata­llan por tra­ba­jo.

Por caso, a pesar de que pue­de apre­ciar­se ‑sin esfuerzos‑, la ido­nei­dad de Millan para actuar en una polí­ti­ca de Turis­mo que abra al via­je­ro la cul­tu­ra ances­tral, viva en las comu­ni­da­des y en cada pal­mo de la ciu­dad de Esquel y sus barrios peri­fé­ri­cos, buró­cra­tas del muni­ci­pio no la acep­tan más en ese área en la que tra­ba­jó varios años. ¿Por qué? ¿Cuál es el fun­da­men­to? «Qué no le da el per­fil». Sí. Si no fue­ra indig­nan­te, sería para caer­se de risa.

-¿Algu­na vez te expli­ca­ron por qué no «das el per­fil»?

-Nun­ca en deta­lle, fue una de las pri­me­ras excu­sas y como tuve que denun­ciar­los y lle­gar a la Jus­ti­cia, aho­ra dicen que debían que hacer una rees­truc­tu­ra­ción. En situa­cio­nes muy pun­tua­les yo lo pre­gun­ta­ba y ellos me decían: «Bueno, no todo el mun­do da con el per­fil para via­jar a las expos». A los luga­res don­de se van a pro­mo­cio­nar los des­ti­nos.

-Con­ta­me qué pen­sas­te cuan­do no «dabas» el famo­so «per­fil»…

-Bueno, que la razón esen­cial era que siem­pre me rei­vin­di­qué mapu­che. Sigo sos­te­nién­do­lo y creo que este Esta­do nos debe muchí­si­mo a los pue­blos ori­gi­na­rios. A los mapu­che en el sur y a los her­ma­nos del nor­te y de toda la región de este país. Lamen­ta­ble­men­te los pue­blos segui­mos dis­cri­mi­na­dos. Esa es la ver­dad. En las ofi­ci­nas públi­cas cada vez que un her­mano lle­ga es raro que te atien­da algu­na lamien (mujer mapu­che). No nos con­si­de­ran para estas tareas.

-A sim­ple vis­ta es alta­men­te con­tra­dic­to­rio, por­que en Esquel y sus alre­de­do­res, el 60% de la pobla­ción es mapu­che, ¿ver­dad?

-Sí, y tam­bién es cier­to que cuan­do lle­van a los turis­tas a cono­cer una cul­tu­ra viva, los lle­van a ver a los gale­ses, en cam­bio, para ver a la cul­tu­ra mapu­che los lle­van a un museo. Hay gen­te que lle­ga y come ricas tor­tas gale­sas. No está mal, es jus­to que se hable de la cul­tu­ra gale­sa, pero que el Esta­do «se olvi­de» de la cul­tu­ra prin­ci­pal de estas tie­rras es un hecho agra­vian­te. Cuan­do plan­tea­ba esto, e inclu­so me ofre­cí a armar en con­jun­to una polí­ti­ca de Esta­do para las comu­ni­da­des, nun­ca les intere­só. Yo empe­cé con una ges­tión, lue­go seguí con otra, con la que tra­ba­jé muy bien. Y fue con la ter­ce­ra, en la que está Flo­ren­cia Aver­sa, secre­ta­ria de Turis­mo, con la que suce­dió toda esta injus­ti­cia. Muchas veces pien­so por qué las muje­res, en una socie­dad patriar­cal, tene­mos que res­pon­der a cier­tos pará­me­tros de belle­za. Tene­mos que ser «ade­cua­das» a la usan­za occi­den­tal. Y eso se agra­va más cuan­do per­te­ne­ce­mos a un pue­blo. Son muchas más pre­sio­nes al ser muje­res ori­gi­na­rias.

-¿Cómo sur­gió la ida del pro­yec­to de Turis­mo res­pon­sa­ble?

-Con él yo me ini­cié en la Secre­ta­ría de Turis­mo. Y es que veía que cuan­do los turis­tas pasa­ban por allí, nadie, pero te cuen­to que nadie, les sabía infor­mar sobre nues­tra cul­tu­ra viva. Los man­da­ban a hacer un reco­rri­do en «La Tro­chi­ta» para que ter­mi­nen en el Nahuel Pan, un museo. Como si fué­ra­mos una pie­za fósil. Pero yo me decía: noso­tros esta­mos vivos, tene­mos nues­tra cul­tu­ra, por qué un museo para mos­trar­nos. Fija­te que en los barrios peri­fé­ri­cos de Esquel la gran mayo­ría de la pobla­ción per­te­ne­ce los pue­blos ori­gi­na­rios. Son mapu­che o tehuel­ches. Son barrios que se han cons­trui­do a par­tir de des­alo­jos, de gen­te que se tie­ne que venir a la ciu­dad para tra­ba­jar o dar­le edu­ca­ción a sus chi­cos. Aban­do­na­dos, atra­ve­sa­dos por la mise­ria. A esta altu­ra, casi en 2013, hay comu­ni­da­des que reco­rren leguas y leguas a caba­llo por­que no tie­nen trans­por­te. Esta reali­dad nos movió a mi her­ma­na Moi­ra, a mí, entre otros, a hacer el pro­yec­to de Turis­mo, por­que tam­bién lo veía­mos como posi­bi­li­dad de desa­rro­llo eco­nó­mi­co y labo­ral, de inclu­sión y no de dis­cri­mi­na­ción tan bru­tal. Tan con­tras­tan­te con otras cul­tu­ras.

-¿Por ejem­plo?

-Mirá, acá hay una pobla­ción gale­sa ubi­ca­da en Esquel y en Tre­ve­lín. Allí es don­de lle­gan en su momen­to los gale­ses a ins­ta­lar­se, en el valle, lue­go de un pri­mer des­em­bar­co en Madryn. Se ins­ta­lan en Tre­ve­lín por­que el Esta­do argen­tino les cede una can­ti­dad impor­tan­te de hec­tá­reas para que las hagan pro­duc­ti­vas. A par­tir de esto una pien­sa ¿cómo es que la gen­te se pre­gun­ta por qué habla­mos de dis­cri­mi­na­ción? ¿Cómo no vamos a hacer­lo? Que alguien me expli­que por qué gene­ral­men­te los pobres pro­vie­nen de pue­blos ori­gi­na­rios en esta zona. Vos vas a los barrios peri­fé­ri­cos de Esquel y no hay «Williams», te encon­trás con «Mari­pan» o «Millan». Reite­ro, todo bien con los gale­ses, pero ¿y noso­tros?

¿En qué con­sis­tía el pro­yec­to de turis­mo?

-Se les infor­ma­ba a los via­je­ros, des­de la ofi­ci­na de Turis­mo, cómo lle­gar a algu­nas comu­ni­da­des para cono­cer e invo­lu­crar­se en la cos­mo­vi­sión mapu­che. Incluía un paseo por un bos­que en la loca­li­dad de Cor­co­va­do y tam­bién los hacía­mos en la zona de Mai­tén. En Cor­co­va­do, cuan­do lle­ga­ban los turis­tas no lo hacían masi­va­men­te como lo indu­cen cier­tas com­pa­ñías de turis­mo que, para recau­dar más bille­tes, man­dan las com­bis una a tras de la otra, con can­ti­da­des inmen­sas de gen­te sin impor­tar si dañan el sue­lo o si están hacien­do una espe­cie de inva­sión a la comu­ni­dad. Bueno, noso­tros impul­sa­mos gru­pos de no más de sie­te u ocho per­so­nas, más per­so­na­li­za­do. Se hacía un reco­rri­do en un bos­que don­de se les mos­tra­ba toda la diver­si­dad de espe­cies ani­ma­les, plan­tas autóc­to­nas, medi­ci­na­les, una de las tan­tas cosas que fui­mos per­dien­do, lamen­ta­ble­men­te. Se hacía una degus­ta­ción de comi­das típi­cas y había momen­tos para invo­lu­crar­se direc­ta y recí­pro­ca­men­te con los habi­tan­tes de la comu­ni­dad.

-¿Qué estoy nom­bran­do cuan­do digo: «cos­mo­vi­sión mapu­che»?

-Nues­tra cul­tu­ra gira en torno de una cos­mo­vi­sión. Noso­tros no tene­mos el pen­sa­mien­to de que al morir deja­mos a exis­tir, sino que somos ener­gía que se vuel­ve a reno­var. Por eso deci­mos que el río está vivo, que el árbol tie­ne vida, una pie­dra, una flor. Eso en la cul­tu­ra occi­den­tal no es fácil o no se logra enten­der. Sabe­mos que somos par­te de la natu­ra­le­za. Por eso las luchas ambien­ta­les sue­len nacer de los pue­blos ori­gi­na­rios. Por ejem­plo, el año nue­vo mapu­che es el año que vuel­ve, cuan­do la natu­ra­le­za empie­za su nue­vo ciclo, no es un año que murió, que pasó y se fue. Lue­go, el Ngui­lla­tun, que con­si­de­ro el ritual más impor­tan­te, dura cin­co días, se tra­ta del con­tac­to pleno con la natu­ra­le­za. Allí se hacen las roga­ti­vas a los nehue­les, a las fuer­zas de la natu­ra­le­za, a la ener­gía de nues­tros ante­pa­sa­dos. Nos conec­ta­mos con los nehue­les, la ener­gía de cada ser que estu­vo, si que­rés car­nal­men­te y lue­go de cum­plir su ciclo vuel­ve a la natu­ra­le­za repre­sen­ta­do en dis­tin­tas mani­fes­ta­cio­nes: los ani­ma­les, el río, la mon­ta­ña, y así se va reno­van­do. Nues­tros ante­pa­sa­dos jamás habrían alam­bra­do la tie­rra, por­que lejos de con­si­de­rar­la su pro­pie­dad, sos­te­nían que ellos per­te­ne­cían a la tie­rra, a la natu­ra­le­za, al uni­ver­so, no al revés.

-Vos venís de una fami­lia de lucha­do­ras muy reco­no­ci­das, como tu mamá y tu her­ma­na Moi­ra, ¿cómo es tu fami­lia?

-Y si, mi fami­lia no es la con­ven­cio­nal. El mode­lo impe­ria­lis­ta de mamá, papá e hiji­tos, no habla de mi fami­lia. Somos seis her­ma­nos, mi papá y mi mamá que falle­ció hace diez años. Mi mamá apor­tó mucho en cuan­to a recu­pe­ra­cio­nes de tie­rras. Ella nos dejó una fuer­za de lucha de mucho tiem­po. Tuvo una his­to­ria como la de muchas muje­res mapu­che que, ante la mise­ria de sus fami­lias, tie­nen que salir des­de muy tem­pra­na edad a la ciu­dad, don­de las deja­ban. Mi mamá tenía ocho años cuan­do salió por pri­me­ra vez a tra­ba­jar a una casa de fami­lia.

¿Y qué tie­rras recu­pe­ró ella?

-Pillan Mahui­za. Está a cien kiló­me­tros de Cor­co­va­do. Son 150 hec­tá­reas más o menos, en un movi­mien­to enca­be­za­do por mi mamá y Moi­ra. Par­te de ese terri­to­rio era una reser­va poli­cial. En esos tiem­pos ya se habla­ba del pro­yec­to de hacer cin­co repre­sas en el lugar. Había allí un cemen­te­rio don­de muchas fami­lias habían ente­rra­do a sus muer­tos, entre ellas muchas fami­lias mapu­che. Y nues­tra gen­te no podía ir a visi­tar a sus seres que­ri­dos. Hace tre­ce años ellas deci­den recu­pe­rar­lo por estas dos razo­nes. Moi­ra, a tra­vés de un sue­ño muy cla­ro que tuvo, empren­dió esa lucha con apo­yo muy fuer­te de mi mamá. Hoy esa zona está habi­ta­da por mapu­che, qui­zás no más de vein­te per­so­nas. Pero tene­mos fir­me y cla­ro que mien­tras este­mos ahí no se van a hacer las repre­sas.

¿Qué con­se­cuen­cias trae­rían las repre­sas?

–Impli­ca­ría la inun­da­ción de toda esa cuen­ca a una altu­ra de entre 50 y 70 metros. Un espa­cio de muchí­si­mos kiló­me­tros. Ima­gi­na­te que es un pro­yec­to bina­cio­nal entre Argen­ti­na y Chi­le, se lla­mó «La Ele­na». En esta zona, noso­tros tenía­mos anti­gua­men­te los rápi­dos más impor­tan­tes del mun­do. En los años 70, la dic­ta­du­ra mili­tar inau­gu­ra una repre­sa e inun­da tres lagos que que­dan sepul­ta­dos y, cada tan­tos años, se abre la repre­sa y uno pue­de dimen­sio­nar todo lo que se per­dió. Ha des­apa­re­ci­do el río, los rápi­dos y bue­na par­te de nues­tro eco­sis­te­ma bajo el agua. Cien­tos de her­ma­nos y her­ma­nas des­alo­ja­dos de su hábi­tat.

-¿En qué situa­ción está tu con­flic­to labo­ral?

-Hace diez años que yo tra­ba­jo para la Muni­ci­pa­li­dad. He pasa­do de Turis­mo a Cul­tu­ra, me qui­sie­ron depo­si­tar en Obras Públi­cas y no pudie­ron. Tuve que nom­brar abo­ga­dos de ATE y otro doc­tor que tra­ba­ja con pue­blos ori­gi­na­rios des­de hace muchos años. Lo que estoy denun­cian­do: es dis­cri­mi­na­ción, per­se­cu­ción y sexis­mo. En todo ese perío­do que pade­cí la per­se­cu­ción de la seño­ra Flo­ren­cia Aver­sa, a quién denun­cié públi­ca­men­te, fue por­que a mis com­pa­ñe­ros, por ejem­plo, jamás les piden un «per­fil», con un nom­bre ya está, ya pue­den via­jar a las expos y even­tos. Y ade­más, el tema del sexis­mo: a noso­tras nos piden no sola­men­te la pre­pa­ra­ción pro­fe­sio­nal for­mal sino que tam­bién tene­mos que cum­plir con el pará­me­tro de belle­za impues­to social­men­te. No es así con los hom­bres y enton­ces es menor la car­ga de pre­sión que tie­nen a nivel social, a la hora de tra­ba­jar o bus­car un tra­ba­jo. Las muje­res que veni­mos de pue­blos ori­gi­na­rios esta­mos estig­ma­ti­za­das. Pare­ce­ría que no pode­mos salir de esa repre­sen­ta­ción de que ser­vi­mos para la lim­pie­za sola­men­te, no impor­ta cuán­to sepas o tu for­ma­ción pro­fe­sio­nal, debés tener los atri­bu­tos de belle­za con­ven­cio­na­les. No pode­mos ser par­te visi­ble, a pesar de estar for­ma­das, pero a las muje­res que tie­nen atri­bu­tos occi­den­ta­les, ya con eso bas­ta.

-¿Qué pasó cuan­do enfren­tas­te estas cir­cuns­tan­cias?

-Cuan­do ellos ven a muje­res como noso­tras, que inter­pe­la­mos esas cues­tio­nes, les gene­ra­mos bron­ca. La lucha devino en una ins­tan­cia de con­ci­lia­ción que no tuvo acuer­do. Acá tene­mos a la Cáma­ra que des­de el pri­mer momen­to estu­vo a favor del Muni­ci­pio, que me pre­sio­na­ba des­de el prin­ci­pio de este con­flic­to. Esa Cáma­ra lla­mó a esta con­ci­lia­ción y no pros­pe­ró. El Muni­ci­pio nun­ca lle­vó una pro­pues­ta, ni Williams (el inten­den­te) ni su abo­ga­do apor­ta­ban nada nue­vo. Lo úni­co que decían es que ellos veían que yo esta­ba bien en Cul­tu­ra. Ellos no me quie­ren en Turis­mo, eso es lo más cla­ro aquí. Hoy, si se quie­re, se me garan­ti­za un lugar en Cul­tu­ra pero mi situa­ción labo­ral es la mis­ma que el año pasa­do. Estoy en Plan­ta Tran­si­to­ria sien­do que tra­ba­jo hace diez años en el Muni­ci­pio. Vos fija­te que en ese lap­so, fue­ron pasa­das a Plan­ta Per­ma­nen­te per­so­nas con mucha menos anti­güe­dad, que venían de otras pro­vin­cias y con sola­men­te tres años de resi­den­cia aquí, mien­tras que noso­tros, los ori­gi­na­rios, tene­mos que espe­rar. Debe­mos con­for­mar­nos con vivir mal. Está natu­ra­li­za­do que no lle­gues a fin de mes, que tu hija no ten­ga para comer, que te rele­guen en el tra­ba­jo. Bueno, no. No es natu­ral.

¿Está la posi­bi­li­dad de que vuel­vas a Turis­mo?

-Eso es lo que pre­ten­do, no solo por mis dere­chos como tra­ba­ja­do­ra, sino para que el pue­blo mapu­che ten­ga una pre­sen­cia visi­ble en un turis­mo res­pon­sa­ble. Quie­ro impul­sar pro­yec­tos para que ten­ga­mos una polí­ti­ca de Esta­do en cuan­to al turis­mo cul­tu­ral, por ejem­plo. Esto bene­fi­cia­ría tam­bién a los turis­tas por­que serán tra­ta­dos como seres huma­nos y no como máqui­nas de pro­veer dine­ro. Y tam­bién debe­ría infor­mar­se des­de el muni­ci­pio a las comu­ni­da­des sobre la lle­ga­da de los turis­tas, garan­ti­zán­do­les la pro­mo­ción por folle­tos y de todo lo que acos­tum­bra la Secre­ta­ría de Turis­mo a garan­ti­zar a las casas de té gale­sas, para que lue­go ten­ga­mos auto­no­mía para reci­bir a los via­je­ros, como las casa de té.

¿Qué pen­sás hacer en ade­lan­te?

-Lo pri­me­ro que ten­go cla­ro, es que nun­ca voy a bajar los bra­zos. Ten­go una hija mujer (Male, 14) y quie­ro que ella crez­ca vien­do a su madre con valo­res y no humi­lla­da en silen­cio. No pode­mos per­mi­tir como socie­dad que se siga ban­can­do a gen­te que nos dis­cri­mi­na de este modo. Hay que hacer visi­ble esto, por­que muje­res como Aver­sa nos mues­tran con su actua­ción que exis­ten muje­res sexis­tas, que son par­te de todo este sis­te­ma patriar­cal, ellas sos­tie­nen y repro­du­cen el mode­lo. Pero la lucha no es solo por mí, es por todas las muje­res y en par­ti­cu­lar por las que pro­ve­ni­mos de pue­blos ori­gi­na­rios, quie­nes vemos nues­tros dere­chos hechos pol­vo. No seré yo la que con­tri­bu­ya a man­te­ner u ocul­tar esta situa­ción. Quie­ren pelea, pues van a tener­la.

Con­tac­to con Marie­la Millan: [email protected]​gmail.​com
Agen­cia Walsh

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