Las fases his­tó­ri­cas de la opi­nión públi­ca- Geor­ge Azariah

En un inter­cam­bio que sos­tu­vo con aca­dé­mi­cos y voce­ros de movi­mien­tos socia­les, el pro­fe­sor Cham­pag­ne des­ta­có dis­tin­tas fases en la cons­truc­ción his­tó­ri­ca de la “opi­nión públi­ca”, en el caso francés.

Todo comen­zó con la opi­nión de Dios. El rey decía: “Ten­go a Dios con­mi­go” o “Dios está con noso­tros…”, para jus­ti­fi­car su accio­nar, y poder con­tar así con el apo­yo de la pobla­ción en sus gue­rras, y a la hora de exi­gir tributos.

Cuan­do le cor­tan la cabe­za al rey y triun­fa la Revo­lu­ción Fran­ce­sa, en 1789, se hace nece­sa­rio otro prin­ci­pio legi­ti­ma­dor de la acción polí­ti­ca. Dios es sus­ti­tui­do por la “opi­nión públi­ca”, que no es otra que la de los dipu­tados de la Asam­blea como repre­sen­tan­tes del Pueblo.

La insa­tis­fac­ción con este mode­lo res­tric­ti­vo de repre­sen­ta­ción de la pobla­ción con­du­ce, en el siglo XIX, a la apa­ri­ción de otro ele­men­to que se suma a la cons­truc­ción de la “opi­nión públi­ca”: la toma de las calles por las mani­fes­ta­cio­nes, a menu­do vio­len­tas y con muertos.

Mien­tras más cuan­tio­sa la mani­fes­ta­ción, más pre­ten­de ser ésta una expre­sión de la “opi­nión públi­ca”, lo que a la vez ali­men­ta los deba­tes polí­ti­cos con­ven­cio­na­les en la Asamblea.

Segui­da­men­te, los perio­dis­tas inter­vie­nen con fuer­za en la cons­ti­tu­ción de la “opi­nión públi­ca”, al con­ver­tir­se en el medio pre­di­lec­to para la visi­bi­li­za­ción de la esfe­ra polí­ti­ca, pero don­de pri­man las reglas pro­pias al cam­po periodístico.

Esto inci­de, por ejem­plo, en las mani­fes­ta­cio­nes, que pasan de ser revuel­tas espon­tá­neas, con fre­cuen­cia vio­len­tas, a con­ver­tir­se en una pues­ta en esce­na para los perio­dis­tas. Es nece­sa­rio mos­trar­le a los medios por qué se está pro­tes­tan­do, uti­li­zan­do pan­car­tas y otros dis­po­si­ti­vos. Un cúmu­lo de peque­ñas inven­cio­nes bus­ca atraer la aten­ción de los medios.

A su vez, los perio­dis­tas se intere­san en cubrir las mani­fes­ta­cio­nes más crea­ti­vas y diver­ti­das, don­de tie­nen la sen­sa­ción de asis­tir a un espectáculo.

Pri­vi­le­gian ade­más a aque­llas mani­fes­ta­cio­nes con las cua­les se iden­ti­fi­can, y que más se ase­me­jan a su cla­se social; mien­tras que a menu­do des­ca­li­fi­can, o hacen caso omi­so de mani­fes­ta­cio­nes más popu­la­res, por su carác­ter ‘abu­rri­do’, aún sien­do éstas más cuan­tio­sas. De esta for­ma, pue­den pro­du­cir­se peque­ñas mani­fes­ta­cio­nes que son una ver­da­de­ra pues­ta en esce­na para los perio­dis­tas, y que bus­can el máxi­mo impac­to tea­tral (tipo “Pussy Riot”), mien­tras que otras mani­fes­ta­cio­nes más gran­des, o de mayor alcan­ce social, pue­den pasar prác­ti­ca­men­te desapercibidas.

Pero el pano­ra­ma se com­pli­ca aún más. Una lógi­ca de sim­ple opo­si­ción bina­ria, pro­duc­to de la com­pe­ten­cia en el seno del cam­po perio­dís­ti­co, pue­de hacer que una cober­tu­ra favo­ra­ble de una mani­fes­ta­ción, even­to o per­so­na­je, encuen­tre rápi­da­men­te una ‘répli­ca’ en otros medios, cuyo pro­pó­si­to es des­ca­li­fi­car o demo­ler, más allá de una eva­lua­ción estu­dia­da de los hechos.

Bus­can­do cada vez más auto­no­mía res­pec­to al cam­po polí­ti­co, los perio­dis­tas comien­zan a sus­ten­tar sus posi­cio­nes en las encues­tas o en son­deos de opi­nión, como base ‘cien­tí­fi­ca’ de éstas.

Si bien los perio­dis­tas no cuen­tan con la legi­ti­mi­dad de una elec­ción, éstos se enfren­tan a la esfe­ra polí­ti­ca basán­do­se en la legi­ti­mi­dad de las encues­tas, que son pre­sen­ta­das como fie­les repre­sen­ta­cio­nes de la “opi­nión públi­ca”, al ser rea­li­za­das por exper­tos apa­ren­te­men­te inde­pen­dien­tes, y emplean­do méto­dos cien­tí­fi­cos de medi­ción de la opi­nión. Sin embar­go, dichas encues­tas o son­deos en reali­dad se pres­tan para múl­ti­ples mani­pu­la­cio­nes y dis­tor­sio­nes, depen­dien­do de las con­di­cio­nes en que se lle­van a cabo, una inter­pre­ta­ción poco rigu­ro­sa de los datos, etc.

Los polí­ti­cos a su vez se ven obli­ga­dos a acu­dir a las encues­tas para defen­der su posi­ción con base en la “opi­nión públi­ca”. En el caso de Fran­cia, éstas irrum­pen en el esce­na­rio polí­ti­co duran­te el gobierno del Gene­ral De Gau­lle, quien ini­cial­men­te las des­es­ti­ma. Sin embar­go, cuan­do un can­di­da­to opo­si­tor obtu­vo un resul­ta­do elec­to­ral impor­tan­te en su con­tra, con base en son­deos de opi­nión rea­li­za­dos por con­sul­to­res comu­ni­ca­cio­na­les, las encues­tas se con­vier­ten pro­gre­si­va­men­te en un ele­men­to cen­tral de la vida política.

El pro­ble­ma está en que las cam­pa­ñas elec­to­ra­les se basan cada vez más en lo que la gen­te quie­re escu­char, y en lo que el can­di­da­to debe decir para ganar; pero, una vez elec­to, éste no cuen­ta con un pro­yec­to para hacer lo que pro­me­tió, y con fre­cuen­cia hace lo con­tra­rio. Las encues­tas corren enton­ces el ries­go de con­ver­tir­se en sim­ples ins­tru­men­tos de demagogia.

Por otra par­te, una res­pues­ta de encues­ta pue­de tener razo­nes muy diver­sas. Detrás de un ‘Sí’, por ejem­plo, pue­den escon­der­se más de trein­ta razo­nes muy dis­tin­tas, a menu­do con­tra­dic­to­rias. Pero en polí­ti­ca “se cuen­tan las voces, y no se pesan”, muchas veces en fun­ción de jus­ti­fi­car deci­sio­nes ya toma­das. En cam­bio, en las cien­cias socia­les no se tra­ta de con­tar las voces, sino de pesar­las, según Champagne.

Final­men­te, el inter­net y las redes socia­les intro­du­cen una nue­va varia­ble en la cons­ti­tu­ción de la “opi­nión públi­ca”, for­zan­do a veces a los perio­dis­tas a tomar en cuen­ta hechos que nor­mal­men­te pasa­rían des­aper­ci­bi­dos, pero sos­la­yan­do hechos de carác­ter más coti­diano, menos lla­ma­ti­vos. Por otro lado, tam­bién supo­ne un ries­go poten­cial para el cam­po perio­dís­ti­co con­ven­cio­nal, ya que ofre­ce la posi­bi­li­dad de elu­dir­lo, per­mi­tien­do una comu­ni­ca­ción más direc­ta ‘de pue­blo a pue­blo’, aun­que con sus pro­pias tensiones.

Resul­ta menos fácil aho­ra, por ejem­plo, opa­car la reali­dad en Gaza, a pesar de las mani­pu­la­cio­nes de los medios domi­nan­tes a nivel mun­dial. Pero los gigan­tes no se dejan domar sin pata­lear. La his­to­ria continúa…

Ante estas reve­la­do­ras varia­cio­nes, podría­mos pre­gun­tar­nos ¿Exis­te en reali­dad la “opi­nión pública”?

Ten­dría­mos cier­ta razón en res­pon­der, jun­to con Pie­rre Bour­dieu, que “la opi­nión públi­ca no exis­te”; por lo menos en vis­ta del uso mani­pu­la­dor que se le ha dado, y que sim­ple­men­te la asi­mi­la a aquel Dios al que algu­na vez acu­dían los reyes en la anti­gua Euro­pa para jus­ti­fi­car sus acciones.

El libro de Patrick Cham­pag­ne Hacer la opi­nión: el nue­vo jue­go polí­ti­co desa­rro­lla con mayor deta­lle sus pers­pec­ti­vas y refle­xio­nes en torno a este impor­tan­te tema.

Su ponen­cia en el foro Demo­cra­cia y Opi­nión Públi­ca, el pasa­do 22 de noviem­bre en el Tea­tro Catia, apa­re­ce ínte­gra­men­te bajo el títu­lo ¿Aca­bar con los deba­tes acer­ca de “las encues­tas”?, en el pri­mer núme­ro de la revis­ta Topar­quía de la fun­da­ción GIS XXI, la cual fue bau­ti­za­da en esa oca­sión, abrien­do así un espa­cio para la refle­xión y la inves­ti­ga­ción en torno al nue­vo pro­yec­to de socie­dad y de cons­truc­ción colec­ti­va que vive hoy nues­tro país.

Geor­ge Azariah-Moreno

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