Tor­tu­ra, silen­cio y odio- Amaury E. del Valle

Más de 35 años per­ma­ne­cie­ron des­apa­re­ci­dos los res­tos de dos jóve­nes diplo­má­ti­cos cuba­nos secues­tra­dos y ase­si­na­dos en Argen­ti­na. Uno de ellos, Cres­cen­cio Nico­me­des Gala­ñe­na Her­nán­dez, al fin des­can­sa en la tie­rra que lo vio nacer

Qui­zá fue­ron las suce­si­vas des­car­gas de la pica­na eléc­tri­ca. A lo mejor no sopor­ta­ron los lar­gos minu­tos col­ga­dos por los pies, con la cabe­za sumer­gi­da en un tan­que de agua fría. Inclu­so, pue­de que uno de los gol­pes se des­via­ra a una par­te «equi­vo­ca­da» del cuer­po y lo hayan mata­do «sin que­rer». O que un dis­pa­ro deses­pe­ra­do haya aca­ba­do con sus empe­ci­na­dos silen­cios.

La ver­dad, aún hoy, sigue sin saber­se. Flo­ta toda­vía muda en el des­tar­ta­la­do taller que toda­vía pue­de encon­trar­se en la calle Venan­cio Flo­res 3519 – 21, esqui­na con Emi­lio Lamar­ca, en Flo­res­ta, Bue­nos Aires, Argen­ti­na.

Ape­nas algún papel ente­rra­do en la pared por un tor­tu­ra­do, o las pocas con­fe­sio­nes de los que logra­ron sobre­vi­vir, han hecho posi­ble saber qué pasó exac­ta­men­te en Auto­mo­to­res Orlet­ti, una de las cár­ce­les clan­des­ti­nas de la tene­bro­sa Ope­ra­ción Cón­dor en Argen­ti­na.

Toda­vía has­ta este momen­to, 35 años des­pués, siguen apa­re­cien­do ras­tros de los ase­si­nos, esos que usa­ron tan­ques de 55 galo­nes, cal viva y cemen­to para ocul­tar los cuer­pos de los muer­tos, antes de tirar­los a un canal o algún río cer­cano a la ciu­dad.

Pero lo que de ver­dad pasó allí qui­zá nun­ca se sepa total­men­te, inclu­so cuan­do ya varios de los repre­so­res han sido juz­ga­dos y otros espe­ran por el jui­cio.

Dos cuba­nos podrían haber­lo con­ta­do, por­que estu­vie­ron allí dete­ni­dos, como con­fir­ma­ron varios tes­ti­gos. Las tor­tu­ras que sufrie­ron, los gol­pes, las des­car­gas eléc­tri­cas, las muer­tes que vie­ron, todo ha que­da­do mudo en sus recuer­dos… por­que ellos tam­bién fue­ron ase­si­na­dos.

En la madru­ga­da del 9 de agos­to de 1976 la orden de ¡Ábre­te sésa­mo! dio entra­da a Auto­mo­to­res Orlet­ti a varios Ford Fal­cón y una fur­go­ne­ta don­de venían, ya muy gol­pea­dos, los diplo­má­ti­cos Cres­cen­cio Nico­me­des Gala­ñe­na Her­nán­dez, de 26 años, y Jesús Cejas Arias, de ape­nas 22.

Unas horas antes, al salir de la sede diplo­má­ti­ca cuba­na en Argen­ti­na, a la cual habían lle­ga­do el 18 de agos­to de 1975 con la tarea de pro­te­ger al Emba­ja­dor, en el cru­ce de la calle Arri­be­ños y La Pam­pa, en el barrio de Barran­cas de Bel­grano, los inter­cep­tó un gru­po de tarea de la SIDE —Ser­vi­cio de Inte­li­gen­cia del Esta­do — , com­pues­to por más de 40 hom­bres.

Un tes­ti­go rela­ta­ría años des­pués que la resis­ten­cia de los dos fue tan fuer­te, que varios miem­bros del cor­dón de segu­ri­dad tuvie­ron que sumar­se a los que a gol­pes y pata­das al fin logra­ron cap­tu­rar­los vivos, pues esa era la orden que tenían.

Así fue­ron subi­dos a los autos, que par­tie­ron hacia Auto­mo­to­res Orlet­ti. Más de 35 años des­pués, el 11 de junio de este año, unos niños que juga­ban en un pre­dio fren­te al aeró­dro­mo de San Fer­nan­do, en las afue­ras de Bue­nos Aires, encon­tra­ron tres tan­ques oxi­da­dos, con cal y cemen­to, que con­te­nían res­tos huma­nos.

Entre estos esta­ban los de Cres­cen­cio Nico­me­des Gala­ñe­na Her­nán­dez. A Jesús Cejas Arias toda­vía lo bus­can.
Inmu­ni­dad vio­la­da

El Negro, como todo el mun­do le decía a Cres­cen­cio, fue siem­pre un mucha­cho tran­qui­lo, acos­tum­bra­do al tra­ba­jo, pero tam­bién un poco mima­do por ser el más peque­ño de los ocho hijos de Ricar­do Gala­ñe­na y Vic­to­ria Her­nán­dez. Dicen quie­nes lo cono­cie­ron que gus­ta­ba mucho cami­nar por las lomas de La Gari­ta, cer­ca­nas a Yagua­jay, don­de nació y se crió.

Muy joven se incor­po­ró al Ser­vi­cio Mili­tar como guar­da­fron­te­ras en Cai­ba­rién, de allí segui­ría sus estu­dios en La Haba­na, y por sus cono­ci­mien­tos, res­pon­sa­bi­li­dad y serie­dad, en 1975 era des­ti­na­do a la Emba­ja­da de Cuba en Argen­ti­na, un país que recién estre­na­ba un gol­pe mili­tar.

Has­ta la tar­de del 9 de agos­to de 1976, cuan­do fue cap­tu­ra­do, nadie hubie­ra podi­do pre­de­cir que él o su joven acom­pa­ñan­te pasa­rían tris­te­men­te a la his­to­ria como los pri­me­ros y úni­cos diplo­má­ti­cos cuba­nos secues­tra­dos, tor­tu­ra­dos y ase­si­na­dos en tie­rra aje­na.

Sin embar­go, quie­nes lo cono­cie­ron sí sabían muy bien su esta­tu­ra moral, y por ello no cre­ye­ron en aque­lla nota publi­ca­da ocho días des­pués del secues­tro en el dia­rio La Opi­nión, en la que se afir­ma­ba que la agen­cia de pren­sa AP había reci­bi­do un sobre con las cre­den­cia­les de los cuba­nos y una comu­ni­ca­ción que con­fir­ma­ba su deser­ción del ser­vi­cio exte­rior.

Trein­ta años des­pués se sabe que en reali­dad la men­ti­ra tra­ta­ba de tapar el escán­da­lo, y sobre todo aca­llar el ver­da­de­ro final de quie­nes supie­ron morir entre tor­tu­ras de todo tipo, sin trai­cio­nar los idea­les en los que creían.
Cón­dor ase­sino

Auto­mo­to­res Orlet­ti, ubi­ca­do en un barrio de cla­se media, en una edi­fi­ca­ción de ape­nas dos plan­tas, y que tenía al fon­do una escue­la, sir­vió duran­te más de un año como cen­tro de inte­rro­ga­to­rio y tor­tu­ra de argen­ti­nos, chi­le­nos y uru­gua­yos, como par­te de la Ope­ra­ción Cón­dor, pla­nea­da y eje­cu­ta­da por la CIA, en los tiem­pos en los que la coman­da­ba Geor­ge Bush padre.

Por ese tene­bro­so lugar se cal­cu­la que pasa­ron más de 120 per­so­nas, de las cua­les 65 fue­ron des­apa­re­ci­das. Allí estu­vie­ron reclui­dos tam­bién los dos cuba­nos, como lo con­fir­mó un sobre­vi­vien­te argen­tino, lla­ma­do José Luis Ber­taz­zo, quien los cono­ció por medio de dos jóve­nes chi­le­nos igual­men­te reclui­dos en aquel infierno.

Tam­bién el exper­to cubano José Luis Mén­dez Mén­dez, inves­ti­ga­dor y autor de los libros Bajo las alas del Cón­dor y La ope­ra­ción Cón­dor con­tra Cuba, y a su vez repre­sen­tan­te legal de las fami­lias de los dos diplo­má­ti­cos, ase­gu­ra que el 19 de julio de 2004 el repre­sor chi­leno Manuel Con­tre­ras Sepúl­ve­da se lo con­fió en una con­ver­sa­ción sos­te­ni­da en San­tia­go de Chi­le, en la que le comen­tó, inclu­so, que los jóve­nes habían sido inte­rro­ga­dos por el terro­ris­ta Gui­ller­mo Novo Sam­pol.

Este per­so­na­je, jun­to a Michael Town­ley, cono­ci­do agen­te CIA, han con­fe­sa­do públi­ca­men­te que via­ja­ron has­ta Argen­ti­na en agos­to de 1976 para hacer­se car­go del inte­rro­ga­to­rio de Cres­cen­cio y Jesús, a pesar de lo cual nun­ca han sido moles­ta­dos en sus resi­den­cias en Mia­mi, Esta­dos Uni­dos.

De hecho, Novo Sam­pol fue uno de los «indul­ta­dos» por la ex pre­si­den­ta pana­me­ña Mire­ya Mos­co­so, lue­go de que fue­ra apre­sa­do en ese país jun­to a Luis Posa­da Carri­les, cuan­do inten­ta­ban volar un tea­tro lleno de estu­dian­tes uni­ver­si­ta­rios que espe­ra­ban al Coman­dan­te en Jefe Fidel Cas­tro.

Solo Argen­ti­na ha inten­ta­do repa­rar el daño hecho por los ase­si­nos, como lo demues­tra el hecho de que duran­te el año 2011 el Tri­bu­nal Oral Fede­ral No. 1 con­de­nó a pri­sión per­pe­tua por deli­tos de lesa huma­ni­dad a Eduar­do Caba­ni­llas, Hono­rio Mar­tí­nez Ruiz, Eduar­do Alfre­do Ruf­fo y Raúl Gugliel­mi­net­ti, por los crí­me­nes come­ti­dos en el cen­tro de exter­mi­nio Auto­mo­res Orlet­ti, que fue base del Plan Cón­dor en Argen­ti­na.

Sin embar­go, nun­ca la jus­ti­cia nor­te­ame­ri­ca­na ha moles­ta­do por esa cau­sa a Michael Town­ley y Gui­ller­mo Novo Sam­pol, quie­nes han reco­no­ci­do públi­ca­men­te su par­ti­ci­pa­ción en el hecho, este últi­mo como envia­do de la orga­ni­za­ción terro­ris­ta CORU, auto­ra ade­más de varios aten­ta­dos con­tra sedes diplo­má­ti­cas y misio­nes comer­cia­les cu banas. En ese mis­mo perío­do se ins­cri­be la vola­du­ra en pleno vue­lo de una aero­na­ve con 73 per­so­nas a bor­do fren­te a las cos­tas de Bar­ba­dos, que tuvo por auto­res inte­lec­tua­les a Orlan­do Bosch y a Luis Posa­da Carri­les.
Nun­ca fue­ron deser­to­res

Muchos fue­ron los rumo­res des­ata­dos por los repre­so­res sobre el des­tino de Cres­cen­cio y Jesús, des­de la men­ti­ra que nadie cre­yó de que eran deser­to­res, has­ta que los cadá­ve­res habían sido arro­ja­dos en los cimien­tos de un edi­fi­cio en cons­truc­ción en Bue­nos Aires, o tira­dos a un río, o ente­rra­dos en algu­na losa com­pac­ta de cemen­to.

Lo cier­to es que, a pesar de las pes­qui­sas que duran­te años se enca­mi­na­ron, fue el encuen­tro for­tui­to de los tres tone­les oxi­da­dos el que con­fir­mó la ver­dad sobre la suer­te de al menos uno de los dos diplo­má­ti­cos cuba­nos, y ade­más de María Rosa Cle­men­ti de Can­ce­re, argen­ti­na, igual­men­te emplea­da de la Emba­ja­da cuba­na, y el tam­bién argen­tino Ricar­do Manuel Gon­zá­lez, todos ellos secues­tra­dos y des­apa­re­ci­dos en agos­to de 1976.

Ya en ese mis­mo año habían sido loca­li­za­dos en la zona de San Fer­nan­do sie­te reci­pien­tes simi­la­res, en uno de los cua­les esta­ban los res­tos de Mar­ce­lo Gel­man, el hijo del poe­ta Juan Gel­man.

Pro­ba­ble­men­te allí o en otro lugar cer­cano apa­rez­can tam­bién los del otro joven cubano, Jesús Cejas Arias, que con­ti­núan bus­cán­do­se, y ter­mi­ne así de des­co­rrer­se por com­ple­to el velo de silen­cio y odio que rodeó la muer­te de estos dos diplo­má­ti­cos cuba­nos.

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