“Sigan resis­tien­do aun­que ya no escu­chen mi voz”

Kotty Menen­dez.
Con esas pala­bras el coro­nel Muam­mar Kha­da­fi, el pri­me­ro de sep­tiem­bre del pasa­do año nos ins­ta­ba a con­ti­nuar la lucha con­tra el impe­ria­lis­mo. Si, nos ins­ta­ba; pues aquel men­sa­je de resis­ten­cia, así como tam­bién su pós­tu­mo agra­de­ci­mien­to, esta­ba diri­gi­do a todos quie­nes al menos supi­mos acom­pa­ñar­lo con el cora­zón, y no solo para las gue­rre­ras y gue­rre­ros de monu­men­tal valen­tía, atrin­che­ra­dos en Sir­te, Bani Walid, Abu Salim y Sabha.Hoy se cum­ple un año de aquel san­grien­to jue­ves 20 de octu­bre en el que el Her­mano Líder y Guía vería por ulti­ma vez la luz del sol, allí en Sir­te, don­de el mise­ri­cor­dio­so a prio­ri, qui­so que sea su pri­mer des­te­llo de vida. Nada mas per­fec­to para el des­en­la­ce de la his­to­ria de un héroe, que dar su ulti­mo res­pi­ro en la mis­ma vecin­dad que dio el pri­me­ro; nada mas per­fec­to para el curri­cu­lum vitae de un revo­lu­cio­na­rio, que morir luchan­do aco­sa­do y ase­dia­do por mer­ce­na­rios; ago­ni­zan­do a los tro­pie­zos y tam­ba­leos; en el mis­mo lugar que mucho tiem­po atrás, papá y mamá Kha­da­fi ense­ña­ban a cami­nar a un peque­ño Muam­mar que se tam­ba­lea­ba y tro­pe­za­ba por pri­me­ra vez. Nada mas per­fec­to que cum­plir en su ciu­dad natal, la pro­me­sa hecha el 22 de febre­ro del 2011 cuan­do nos juró que iba a morir como már­tir.

De no car­gar esta his­to­ria con 60.000 civi­les sal­va­je­men­te ase­si­na­dos por las bom­bas de los paí­ses miem­bros de la terro­ris­ta Orga­ni­za­ción del Tra­ta­do del Atlan­ti­co Nor­te (OTAN), y los dis­pa­ros de sus mer­ce­na­rios a suel­do; esta­ría­mos hablan­do de un fan­tás­ti­co cuen­to sur­gi­do de la men­te de un autor cuya musa ins­pi­ra­do­ra radi­ca­se en el bata­llón de un ejer­ci­to de román­ti­cos; en el cual el líder y sus segui­do­res se enfren­tan a las mas oscu­ras y omni­pre­sen­tes fuer­zas del mal, para uno a uno ter­mi­nar vio­la­dos, tor­tu­ra­dos y ase­si­na­dos, ante la indig­na alter­na­ti­va de vivir cómo­da­men­te y has­ta vie­jos, pero con la pla­ca eter­na de ser cóm­pli­ces del opresor.

Aquí lo des­ga­rran­te y dolo­ro­so, son las 60.000 vidas huma­nas que se per­die­ron por los capri­chi­tos petro­le­ros de los seño­res civi­li­za­dos de Euro­pa y Nor­te­amé­ri­ca, y la deni­gran­te acti­tud de “la gen­te bien del mun­do” que hizo la vis­ta gor­da ante el apo­ca­líp­ti­co sufri­mien­to del ino­cen­te pue­blo libio. No el final que tuvie­ron Kha­da­fi y sus lea­les, pues­to que tal des­tino no hace mas que enal­te­cer y glo­ri­fi­car la deco­ro­sa ges­ta defen­si­va de ese gru­po de valientes.

20 de octu­bre no es fecha de luto ni de des­mo­ti­va­cio­nes para los mili­tan­tes anti-impe­ria­lis­tas y los segui­do­res de Kha­da­fi en el mun­do ente­ro; ni siquie­ra es un día para la refle­xión; es un día cla­ve ator­ni­lla­do en la memo­ria de los opo­si­to­res al impe­ria­lis­mo, que nada ni nadie podrá borrar; es un día para resur­gir y levan­tar la fren­te, y así; resis­tir, “aun­que ya no escu­che­mos su voz”.

Solo mue­ren los olvi­da­dos, y un Kha­da­fi hui­do, entre­gan­do Libia a los opre­so­res, por mas aire que aún expul­sa­ra su nariz, sería un Kha­da­fi muer­to. En cam­bio, un Kha­da­fi des­orien­ta­do a cau­sa de un bom­bar­deo fran­cés; vio­la­do, tor­tu­ra­do y ase­si­na­do por negar­se a ven­der a su pue­blo, es un ente inmor­tal que nadie pue­de dañar, pues vive en cada uno de noso­tros ya que siem­pre lo recordaremos.

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