La pobre­za vis­ta a tra­vés de los ojos de niños que viven en ella- A. Larrañeta

La fami­lia de Emi­lio —padres en el paro des­de hace años con seis hijos (tres meno­res y tres mayo­res de edad, que ni estu­dian ni tra­ba­jan)— viven en un piso que no quie­ren ense­ñar. Lo encon­tra­ron de chi­ri­pa tras el últi­mo des­alo­jo a la carre­ra en junio. «Es peque­ño como un cuar­to tras­te­ro», pero ha evi­ta­do su hui­da a un escon­di­te de «piso de pata­da» (oku­pa) don­de los Ser­vi­cios Socia­les pier­den el ras­tro de los niños. «Es deses­pe­ran­te ver­te en la calle», con­fie­sa la madre de Emi­lio, «y que te pue­dan qui­tar a tus hijos. No es mie­do, es páni­co lo que se siente».

Emi­lio ha baja­do a este ban­co de la calle a expli­car qué sig­ni­fi­ca habi­tar en el inte­rior de la esta­dís­ti­ca de 2.267.000 niños en situa­ción de pobre­za en Espa­ña. Gran­du­llón y tierno, no se ve pobre, se ve «nor­mal», por­que «pobre es el que no tie­ne don­de alo­jar­se, ropa para cam­biar­se, ni comi­da. Hay gen­te peor»… y la con­go­ja le quie­bra la voz. Sus con­fe­sio­nes hoy son el fru­to del esfuer­zo de su madre por­que sus seis hijos —«sin enga­ñar­les, que no se pue­de»— no sien­tan que en sus vidas fal­ta lo bási­co. Han vivi­do en pisos sin agua y sin luz, don­de las pare­des «eran hume­da­des». Y no salen las cuen­tas con ocho bocas a ali­men­tar si por la puer­ta entran 512 euros de una ren­ta de inser­ción y la cal­de­ri­lla “en B” de las cha­pu­zas del padre de familia.

Res­pon­sa­bles de las ONG que escru­tan la pobre­za en Espa­ña ase­gu­ran que aquí «no se pasa ham­bre», pero María del Pino hay veces que no come para repar­tir las len­te­jas —«a lo pobre, solo con agua y sal»— que saca a la mesa por ter­cer día con­se­cu­ti­vo. Y si los niños pro­tes­tan ella dirá que se ha pasa­do en can­ti­dad. Más «rabia» le da no tener dine­ro para com­prar unas zapa­ti­llas de depor­te que impi­dan que a Emi­lio le apo­den el «mar­gi­na­do» en el colegio.

Cues­ta expli­car a los hijos que son pobres. Más que pedir ayu­da. Emi­lio es ado­les­cen­te, pero no incons­cien­te. Si pudie­ra ele­gir el rega­lo de su pró­xi­mo cum­plea­ños sería un perro, «que se liga mucho sacán­do­lo a pasear», o «una Play». Ate­rri­za en este ban­co de Valle­cas y aña­de: «Aun­que tal y como está la cosa, mejor com­prar comida».

La cri­sis está aca­ban­do con la familia

La madre de Emi­lio tie­ne una teo­ría: «Esta cri­sis está aca­ban­do con las fami­lias». Muchas a su alre­de­dor se rom­pen y «lle­gan a las manos». Fal­ta dine­ro, sobran estrés y vio­len­cia, insis­teponien­do esa mira­da de haber­lo vis­to de cer­ca. Afor­tu­na­da­men­te no es su caso, cuen­ta, y se lle­va la mano al pecho. «Noso­tros segui­mos jun­tos, nos apo­ya­mos, y eso es como tener un teso­ro», se despide.

En Espa­ña hay 760.000 hoga­res como el de Emi­lio, en los que todos los adul­tos de la casa están en el paro. En 2007 eran 324.000. A Gabriel Gon­zá­lez, coau­tor del últi­mo infor­me sobre pobre­za infan­til de Uni­cef, le escan­da­li­za que cada vez haya más pobres y que los que eran pobres toda­vía lo sean más.

Ismael no quie­re salir en la foto del perió­di­co. A sus 15 años no le gus­ta­ría que sus com­pa­ñe­ros del ins­ti­tu­to de una loca­li­dad al sur de Madrid supie­ran que el sofá de su casa está cojo (par­chea­do con un gato de coche) o que los mue­lles de su col­chón le dejan mar­cas en la espalda.

Su madre, Susi, para­da y sepa­ra­da, casi nin­gún mes jun­ta ínte­gros los 650 euros que los padres de sus tres hijos están obli­ga­dos a pasar­le para su manu­ten­ción. Hace unos meses el Ivi­ma casi le qui­ta el piso des­pués de acu­mu­lar 13.000 euros de impa­gos. Con la ayu­da de veci­nos y padres del cole reu­nió lo sufi­cien­te para fre­nar el desahu­cio y fir­mó una mora­to­ria para la deuda.

Ismael quie­re unas zapa­ti­llas nue­vas y no pasa el día en que le recuer­de que cam­bie el col­chón. «Son críos y piden cosas y cuan­do les digo que no pode­mos per­mi­tír­nos­lo se enfa­dan. Les digo que no hay tra­ba­jo, que sus padres no ayu­dan, que por no haber ya no hay ni becas y que si enton­ces un día nos come­mos el col­chón o las zapatillas».

Susi llo­ra a menu­do por su mala suer­te, sobre todo des­pués de otra entre­vis­ta de tra­ba­jo falli­da. Si sus hijos la des­cu­bren, les oye decir «ven­ga mami, que de esta sali­mos». Ellos son su motor y su ancla.

Jenny, en el cuar­to de Evelyn, con su male­ta para el desahucio.

El peor año, con diferencia

La ONG Save The Chil­dren tie­ne un cen­tro de día en Valle­cas (Madrid) don­de lle­va a cabo des­de 2005 el pro­gra­maCai­xa­Proin­fan­cia, de ayu­da a fami­lias con niños en pro­ce­so de aten­ción social que tie­nen nece­si­da­des no sufi­cien­te­men­te cubier­tas. Sil­via, la psi­có­lo­ga del cen­tro, reso­pla afir­ma­ti­va­men­te a la pre­gun­ta de si este es el peor momen­to de la cri­sis.

«Con tan­to paro y la reti­ra­da de las ayu­das públi­cas, becas de come­dor o libros, esta­mos vien­do cosas y situa­cio­nes impen­sa­bles». Según Sil­via, «al cen­tro vie­nen madres que abren la neve­ra y solo tie­nen una naran­ja podri­da; o madres que cogen cual­quier tra­ba­jo ‑a cual­quier hora, a cual­quier pre­cio- y se ven obli­ga­das a dejar a sus hijos solos. Es la pes­ca­di­lla que se muer­de la cola: si ellas no tra­ba­jan, sus hijos no comen».

Susi es una de las que tira de veci­nos para que le echen un ojo a sus hijos cuan­do le sale un tra­ba­ji­llo. No tie­ne para pagar una cui­da­do­ra. Y aho­ra que está en liti­gio la cus­to­dia de su peque­ño, tie­ne mie­do. «Son mis hijos, ¿sabes? Me los he pari­do yo y me los estoy crian­do. No ten­drán para jamón, pero cho­ri­zo no les fal­ta», reivindica.

Dur­mien­do jun­to a una maleta

Evelyn tie­ne 14 años y duer­me pega­da a un male­ta negra. Cada maña­na saca la ropa que se va a poner para ir al cole­gio. Entre los jer­séis aso­man fotos y recuer­dos. Evelyn guar­da todo lo que no quie­re dejar atrás en el desahu­cio inmi­nen­te que le qui­ta el sue­ño a la fami­lia Alo­mo­to, ecua­to­ria­nos en Espa­ña des­de 2000.

Mario y Jenny Alo­mo­to tenían que haber entre­ga­do al ban­co las lla­ves de esta casa de Entre­vías el 28 de sep­tiem­bre. La com­pra­ron en 2005 y la deja­ron de pagar en 2010, cuan­do los che­ques sin fon­dos y las nómi­nas impa­ga­das lle­va­ron a Mario a la rui­na. El matri­mo­nio y sus tres hijas —Evelyn de 14 años, Karen, de 13, y la peque­ña Pau­la, de 3— no tie­nen a dón­de ir. «Cada noche me acues­to con el mie­do en el cuer­po y me pre­gun­to si al día siguien­te será cuan­do ven­gan a echar­nos», dice el padre. Este con­duc­tor de hor­mi­go­ne­ra en paro hace lo posi­ble por­que sus hijas no noten los pro­ble­mas eco­nó­mi­cos que pade­cen, pero Evelyn sabe de sobra qué es un desahu­cio. «Es cuan­do no pue­des pagar tu casa y el ban­co te la qui­ta», expli­ca tími­da ante la aten­ta mira­da de su her­ma­na Karen, mien­tras Pau­la, de 3, jue­ga en el sue­lo con un jugue­te que reci­ta una leta­nía de números.

Evelyn y Karen afron­tan la mis­ma ame­na­za de expul­sión de for­ma dis­par. Karen ni pien­sa en empa­que­tar sus cosas por ade­lan­ta­do, más bien le hace gra­cia ver la male­ta de Evelyn. Eso sí, ya le ha dicho a su mejor ami­ga que igual un día deja de ir al cole­gio. Evelyn, de puer­tas para fue­ra, no habla del desahu­cio. «Pre­fie­ro no hacer­lo. Con mis ami­gas hablo de las asig­na­tu­ras y de otras cosas».

Secue­las en los niños

La psi­có­lo­ga de Save The Chil­dren, Sil­via, expli­ca que son muchas las secue­las que la pobre­za deja en los niños, tan­to físi­cas como psi­co­ló­gi­cas. «Están peor ali­men­ta­dos y tie­nen pro­ble­mas de salud, sufren fra­ca­so esco­lar y el estrés que viven en sus casas se plas­ma en su com­por­ta­mien­to, a veces inclu­so vio­len­to con­tra sus pro­ge­ni­to­res. Algu­nos niños, ade­más, expre­san que se sien­ten cul­pa­bles de la situa­ción que atraviesan».

Las fami­lias nume­ro­sas, los inmi­gran­tes y las fami­lias mono­pa­ren­ta­les pade­cen en mayor pro­por­ción la pobre­za, aun­que cada vez haya más en la excla­se media española.

Mari­bel es madre sol­te­ra e inmi­gran­te. Su hija Aria­na, de 12 años, está en la cama «pachu­cha», por una gri­pe aso­cia­da a la enfer­me­dad dege­ne­ra­ti­va que sufre, escle­ro­der­mia sis­té­mi­ca, de la que no le gus­ta hablar. Gra­cias a la cari­dad Mari­bel pue­de poner­le a Aria­na las cre­mas que nece­si­ta para que su piel no se des­gas­te y sus múscu­los no se atro­fien. Y pagar las medi­ci­nas. Todas las fami­lias coin­ci­den en que los ser­vi­cios socia­les están des­bor­da­dos, las tra­ba­ja­do­ras socia­les ‑a las que cono­cen por su nom­bre de pila y con­si­de­ran como de la fami­lia- no pue­den hacer más por ayu­dar­les, pues con los recor­tes «tie­nen las manos ata­das». Sí, las parro­quias y las ONG han supli­do al Estado.

A las caren­cias de Emi­lio, Ismael, Evelyn o Aria­na se aña­de otra pecu­lia­ri­dad de la pobre­za y es que esta se here­da y for­ma barre­ras que impi­den la igual­dad de opor­tu­ni­da­des, según los exper­tos. «Se pue­de pasar una tem­po­ra­da en la pobre­za, pero si se pro­lon­ga, se inte­rio­ri­za y se pasa de padres a hijos», expli­can. Rom­per esa cade­na es bien difí­cil. Si le pre­gun­ta­mos a Emi­lio, sen­ta­do en el ban­co de Valle­cas, en qué quie­re tra­ba­jar de mayor, res­pon­de: «¿Tra­ba­jar? Lo ten­dré muy crudo».

Mari­bel, abra­zan­do a su hija Ariana.

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