Por­qué nos gus­tan los malos- Rafael Nar­bo­na

Esta­mos har­tos de los bue­nos sen­ti­mien­tos. Esta­mos har­tos de que el héroe (inevi­ta­ble­men­te un idio­ta mus­cu­la­do) sal­ve siem­pre a la chi­ca. Esta­mos can­sa­dos de que el cine pre­ten­da alec­cio­nar­nos, ense­ñán­do­nos a amar la fami­lia, la natu­ra­le­za, la escue­la y el tra­ba­jo. Nos gus­tan los malos, injus­ta­men­te mal­tra­ta­dos por Holly­wood y por los delez­na­bles cuen­tos infan­ti­les, que siem­pre desem­bo­can en un final mora­li­zan­te. ¿Por qué Darth Vader se des­vía del lado oscu­ro de la fuer­za en sus últi­mos ins­tan­tes de vida? ¿Por qué el Alien de Rid­ley Scott des­apa­re­ce en el silen­cio de los espa­cios infi­ni­tos, cuan­do ya había demos­tra­do que la mala leche es la pie­dra angu­lar de la selec­ción natu­ral? ¿Por qué el bobo de Sim­ba derro­ta a Scar, maes­tro en el arte de la intri­ga y lec­tor cla­ri­vi­den­te del inefa­ble Maquia­ve­lo? ¿Por qué Zurg no aca­ba con Buzz Ligth­year, un pre­sun­tuo­so que con­fun­de una ino­fen­si­va luz roja con un rayo láser y ase­gu­ra que pue­de volar has­ta el infi­ni­to y más allá?

Nos han enga­ña­do. Los malos son mucho mejo­res que los bue­nos y nos aho­rran esa sen­sa­ción de bana­li­dad que nos inva­de cuan­do la pala­bra fin está sella­da con boba­li­co­nas expre­sio­nes de feli­ci­dad. ¿Por qué lo nega­mos? Nos hubie­ra gus­ta­do que la pobre Kaa, mar­ti­ri­za­da por una impla­ca­ble sinu­si­tis, se comie­ra al bota­ra­te de Mogw­li, que se sepa­ra de sus ami­gos para seguir a una hem­bra de su espe­cie. El amor con­vier­te al ser humano en un necio sin reme­dio. Es mejor tener un cole­ga como Baloo que decir “I love you”, tres pala­bras que en reali­dad sig­ni­fi­can: “Estoy jodi­do”.

Nos gus­tan los malos por­que son más crea­ti­vos que los héroes. Tin­tín es con­ven­cio­nal y pre­vi­si­ble. Su cara de buen chi­co es tan abu­rri­da como un ser­món domi­ni­cal. ¿No es mucho más esti­mu­lan­te el capi­tán Had­dock, que des­de su pri­me­ra apa­ri­ción (El can­gre­jo de las pin­zas de oro) se reve­la como un borra­chín afi­cio­na­do a los impro­pe­rios y no tar­da en actuar como un impos­tor, asu­mien­do la pre­si­den­cia de la Liga de Mari­nos Anti­al­cohó­li­cos, pese a seguir bebien­do bote­llas y bote­llas de Loch Lomond, su whisky pre­fe­ri­do? Lamen­ta­mos pro­fun­da­men­te que Tin­tín haya ejer­ci­do una influen­cia dele­té­rea sobre el capi­tán Had­dock, incul­cán­do­le pru­den­cia, mode­ra­ción y un heroís­mo de car­tón pie­dra. Nos gus­ta el lado cana­lles­co del capi­tán Had­dock, dis­pues­to a ven­der su alma al dia­blo por un tra­go.

Nos gus­ta el bote­lla­zo que le pro­pi­na al memo de Tin­tín, mien­tras pilo­ta un avión. Nos gus­ta que le gol­pee por la espal­da, recor­dán­do­le que nun­ca se debe bajar la guar­dia. Lex Luthor, el archi­ene­mi­go de Super­man, com­pren­dió en segui­da que la moral del boy scout sólo es un pasa­por­te al fra­ca­so y que el mal exi­ge un com­pro­mi­so per­ma­nen­te con la astu­cia y el arri­bis­mo. Por eso logró ser Pre­si­den­te de los Esta­dos Uni­dos, el ver­da­de­ro trono de los super­vi­lla­nos. Lex Luthor es el cere­bro cri­mi­nal más gran­de de la his­to­ria. No nos intere­san las moder­nas ver­sio­nes tele­vi­si­vas, sino la inter­pre­ta­ción clá­si­ca de Gene Hack­man, don­de Luthor se balan­cea entre la come­dia y el psi­coth­ri­ller. Pers­pi­caz, ocu­rren­te y algo hor­te­ra, nos recuer­da al pér­fi­do Ras­ta­po­pou­los, un autén­ti­co genio del mal que tra­fi­ca con opio, obras de arte y seres huma­nos, sin des­pren­der­se de su monócu­lo ni de sus sem­pi­ter­nos puros haba­nos.

Nos gus­ta la Madras­tra de Blan­ca­nie­ves, con su nar­ci­sis­mo heri­do por un espe­jo imper­ti­nen­te. No gus­ta su “think tank”, un ver­da­de­ro labo­ra­to­rio de ideas, con sus póci­mas, cuer­vos, cala­ve­ras y redo­mas. Nos gus­ta su fero­ci­dad, dig­na de un apa­che, acos­tum­bran­do a cor­tar los pár­pa­dos de sus pri­sio­ne­ros y dejar que sus ojos se cha­mus­quen como un hue­vo fri­to sobre una sar­tén. Nos gus­ta su aspec­to terro­rí­fi­co, cuan­do se trans­for­ma en una bru­ja y reco­rre el bos­que con una man­za­na roja, recor­dan­do que la his­to­ria de la huma­ni­dad comen­zó cuan­do una mujer desa­fió a Dios. Sin ese ges­to libe­ra­dor, si no hubié­ra­mos comi­do la fru­ta del árbol prohi­bi­do para ser sabios y des­di­cha­dos, ape­nas nos dife­ren­cia­ría­mos del Homo ante­ces­sor, un pobre dia­blo que com­ple­ta­ba su die­ta con carro­ña de mamut y cani­ba­lis­mo oca­sio­nal. Rei­na y hechi­ce­ra, la Madras­tra está más cer­ca de Pro­me­teo que de Mar­ga­ret That­cher, una super­vi­lla­na que hace pali­de­cer de envi­dia a la mis­mí­si­ma Espe­ran­za Agui­rre. ¿Por qué varias gene­ra­cio­nes han sim­pa­ti­za­do con Blan­ca­nie­ves? Es una boba que acep­ta con­ver­tir­se en la escla­va domés­ti­ca de sie­te enanos ava­ri­cio­sos. Es una cur­si que sus­pi­ra por un prín­ci­pe azul. Frie­ga el sue­lo, barre la coci­na y lava los pla­tos, sin pro­tes­tar, risue­ña y feliz. ¿Alguien ima­gi­na a su Madras­tra actuan­do de for­ma seme­jan­te? ¿No es mejor ser mala? ¿No es mejor vivir sin otro temor que ser des­ban­ca­da del hit para­de de la infa­mia y la iniqui­dad? ¿Quién no ha soña­do con echar un pol­vo con esa MILF de tes­ta coro­na­da, sin implan­tes de sili­co­na y un voraz ape­ti­to sexual? Blan­ca­nie­ves es la novia que siem­pre dice no, espe­ran­do lle­gar vir­gen al altar. Sólo por eso mere­ce pasar la eter­ni­dad en una urna de cris­tal, soña­do con cha­lés ado­sa­dos, mono­vo­lú­me­nes fami­lia­res y horri­bles fies­tas de pri­me­ra comu­nión. ¡Puafff!

Nos gus­ta Crue­lla de Vil por­que tam­po­co habría con­sen­ti­do ser la cria­da de una cater­va de sol­te­ro­nes gru­ño­nes, sabion­dos o nar­co­lé­psi­cos. Nos gus­ta Crue­lla de Vil por­que fuma con una ele­gan­te boqui­lla de mar­fil y se ríe de los lími­tes de velo­ci­dad, infrin­gien­do todas las nor­mas del Códi­go de la Cir­cu­la­ción. Nos gus­ta Crue­lla de Vil por­que se sal­ta los semá­fo­ros rojos y abo­fe­tea a los poli­cías muni­ci­pa­les, imi­tan­do a la incom­pren­di­da Zsa Zsa Gabor. Crue­lla de Vil ha per­di­do todos sus pun­tos, pero ni siquie­ra se ha plan­tea­do dejar de con­du­cir. Si alguien afea su pro­ce­der, le arro­ja el humo a la cara y lan­za una car­ca­ja­da dia­bó­li­ca, que hie­la la san­gre del más tem­pla­do. Es cier­to que su manía por las pie­les es algo des­agra­da­ble, pero nin­gún anti­hé­roe es per­fec­to. Crue­lla de Vil es neu­ró­ti­ca, ines­ta­ble, volu­ble, capri­cho­sa, ego­cén­tri­ca, mal­edu­ca­da. Deci­di­da­men­te nos gus­ta. En una épo­ca que ha estig­ma­ti­za­do la nico­ti­na y la velo­ci­dad, su des­pre­cio por la ley y por las cam­pa­ñas sani­ta­rias con­tra el taba­co cons­ti­tu­ye un salu­da­ble ges­to de rebel­día. La salud no es impor­tan­te. Lo impor­tan­te es pasár­se­lo bien y eso sólo se con­si­gue fuman­do un ciga­rri­llo tras otro, mien­tras pisas a fon­do el ace­le­ra­dor, sin­tien­do que eres Juan Sal­va­dor Gavio­ta, pero sin su estú­pi­da filo­so­fía para ado­les­cen­tes retra­sa­dos.

No gus­tan las hie­nas del Rey León, afi­cio­na­das a la comi­da basu­ra y a los hap­pe­nings. Nos gus­tan Shen­zi y Ban­zai, arte­ras, cobar­des e his­té­ri­cas, pero sobre todo nos gus­ta la hie­na muda, que se com­por­ta como una autén­ti­ca chi­fla­da, revol­cán­do­se por el sue­lo e impro­vi­san­do con la des­fa­cha­tez de Man­zo­ni, el artis­ta que con­vir­tió sus heces en obra de arte. Nos gus­ta el Dr. No y la orga­ni­za­ción cri­mi­nal Spec­tre, pues los dos bus­can aca­bar con el inso­por­ta­ble James Bond. Bond fue tole­ra­ble mien­tras lo encar­nó Sean Con­nery, pero con Roger Moo­re y Pier­ce Bros­nan se con­vir­tió en un pijo insu­fri­ble, más preo­cu­pa­do de la raya de su pei­na­do que de cum­plir su obje­ti­vo: ser un bas­tar­do al ser­vi­cio del capi­ta­lis­mo. El capi­ta­lis­mo es abo­mi­na­ble, pero ser un bas­tar­do es hono­ra­ble y James Bond era un per­fec­to bas­tar­do en la épo­ca de Sean Con­nery.

Roo­ger Moo­re y Pier­ce Bros­nan sólo eran dos play­boys afi­cio­na­dos a las vela­das de Mar­be­lla, con la Pan­to­ja can­tan­do sevi­lla­nas y el inol­vi­da­ble Jesús Gil repar­tien­do mam­po­rros. Afor­tu­na­da­men­te, Daniel Craig le ha impri­mi­do al per­so­na­je un esti­lo maca­rra que le hace más tole­ra­ble. Bond ya no es un mani­quí de Marks & Spen­cer, sino un camo­rris­ta que apro­ve­cha cual­quier pre­tex­to para liar­se a guan­ta­zos. No nos gus­ta, pero dis­fru­ta­mos con sus bala­dro­na­das de chu­lo­pis­ci­nas. A fin de cuen­tas, Espa­ña es el pri­mer pro­duc­tor mun­dial de chu­lo­pis­ci­nas, según la pres­ti­gio­sa revis­ta cien­tí­fi­ca El Jue­ves, que se publi­ca el miér­co­les. Por eso mira­mos con sim­pa­tía a James Bond, una sín­te­sis de John Cobra y José María Aznar, pero algo más alto y con un sas­tre de alta cos­tu­ra, que le ha ensa­ña­do a com­pro­bar el esta­do de su bra­gue­ta, fin­gien­do que escru­ta su reloj Ome­ga Sea­mas­ter.

Nos gus­ta el capi­tán Gar­fio, que odia al cre­tino de Peter Pan, ena­mo­ra­do de la insul­sa Wendy e inca­paz de apre­ciar que Cam­pa­ni­lla le habría mata­do a pol­vos. Nos gus­ta Peter Pank, un capu­llo inte­gral, que sólo pien­sa en com­pla­cer sus pasio­nes ele­men­ta­les, libre de sen­ti­mien­tos de cul­pa o pudor. Su obs­ceno y explí­ci­to 69 con la prin­ce­sa india mien­tras sobre­vue­la Pun­ki­lan­dia es más her­mo­so que cual­quier Madon­na de Rafael San­zio.

Nos gus­tan los malos, sí, pero no nos gus­tan Ange­la Mer­kel, Mario Draghi, Chris­ti­ne Lagar­de o el feliz­men­te defe­nes­tra­do Sar­kozy. No son villa­nos, sino ánge­les exter­mi­na­do­res que han lan­za­do toda cla­se de cala­mi­da­des sobre los ciu­da­da­nos euro­peos y han apo­ya­do el terro­ris­mo de esta­do del socio nor­te­ame­ri­cano. Con la pri­ma de ries­go espa­ño­la en 550 pun­tos bási­cos y los bonos de deu­da públi­ca a diez años en un 7%, sólo cabe espe­rar un apo­ca­lip­sis con su habi­tual cor­te­jo de ham­bre, gue­rra y muer­te. Nos gus­ta­ría cerrar esta entra­da con una son­ri­sa, pero esta­mos aco­jo­na­dos y nos teme­mos lo peor. Ni siquie­ra pode­mos recu­rrir a Obi-Wan Keno­bi, que sucum­bió a los nue­vos Shit: el BCE, el FMI y el CE. Los nue­vos Shit se escon­den detrás de siglas para des­atar el páni­co y aca­llar a los pue­blos, que ago­ni­zan bajo su bota. No se me ocu­rre nada espe­ran­za­dor, pero sugie­ro que nos arme­mos con tira­chi­nas, ladri­llos, espa­das láser y cóc­te­les Molo­tov. Yo he saca­do del arma­rio mi Colt 45 y estoy ensa­yan­do ante el espe­jo. Los hom­bres de negro ya están aquí y cuan­do lle­guen a mi casa para exi­gir nue­vos tri­bu­tos, les apun­ta­ré a la cabe­za y les diré con la mira­da endu­re­ci­da: “¿Nun­ca os habéis cru­za­do con alguien al que no debe­ríais haber putea­do? Pues ese soy yo”. Siem­pre dije que indig­nar­se es de idio­tas. Es mucho mejor estar cabrea­do y ser malo.

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