27 de sep­tiem­bre en la memo­ria- Die­go Pare­des, Boni Arron­do, Xabier Eraus­kin, Gotzon Gar­men­dia y Luis Fuentes

La rebe­lión mili­tar de 1936, pro­ta­go­ni­za­da por los mili­ta­res afri­ca­nis­tas espa­ño­les, se carac­te­ri­zó por su pér­fi­da cri­mi­na­li­dad con­tra la pobla­ción civil inde­fen­sa. En las pala­bras del «direc­tor» de la rebe­lión, el Gene­ral Mola, pode­mos encon­trar per­fec­ta­men­te defi­ni­da la estra­te­gia de estos ase­si­nos: «Una gue­rra de esta natu­ra­le­za ha de aca­bar con el domi­nio de uno de los dos ban­dos por el exter­mi­nio abso­lu­to y total del ven­ci­do». Una estra­te­gia que a la luz de la lega­li­dad inter­na­cio­nal, es cali­fi­ca­da como de cri­men de lesa huma­ni­dad y genocidio.

Sobre esta estra­te­gia y estos obje­ti­vos, se eri­gió el régi­men fran­quis­ta, la eli­mi­na­ción sis­te­má­ti­ca del opo­si­tor; la estra­te­gia del shock, bru­tal­men­te apli­ca­da por los mili­ta­res espa­ño­les, mucho antes de que lo fue­ra en las dic­ta­du­ras lati­no­ame­ri­ca­nas, tal como lo ana­li­za Nao­mi Klein.

El régi­men fran­quis­ta ini­ció su anda­du­ra ase­si­nan­do y el pro­pio dic­ta­dor deci­dió morir ase­si­nan­do, en aquel oto­ño de 1975: Jon Pare­des, Ángel Otae­gi, José Hum­ber­to Bae­na, José Luis Sán­chez Bra­vo y Ramón Gar­cía Sanz.

Tres tri­bu­na­les mili­ta­res, Bar­ce­lo­na, Bur­gos, Madrid, fue­ron los que con­ti­nua­ron los jui­cios, que duran­te déca­das fue­ron uti­li­za­dos como cober­tu­ra legal por el régi­men para per­pe­trar sus ase­si­na­tos; régi­men que qui­so per­pe­tuar­se desig­nan­do como su here­de­ro a la per­so­na de Juan Car­los de Bor­bón quien, el día 22 de julio de 1969, juró solem­ne­men­te fide­li­dad eter­na a la per­so­na del dic­ta­dor y su obra, «naci­da de la legi­ti­mi­dad del alza­mien­to nacio­nal del 18 de julio». Los fusi­la­mien­tos de sep­tiem­bre de 1975 tuvie­ron un ante­ce­den­te cer­cano, el ase­si­na­to, median­te el pro­ce­di­mien­to del garro­te vil, en mar­zo de 1974, del mili­tan­te anar­quis­ta Sal­va­dor Puig Antich. Juan Car­los de Bor­bón, tuvo la opor­tu­ni­dad de rehu­sar esta heren­cia en las dos oca­sio­nes en las que osten­tó la jefa­tu­ra del Esta­do en sus­ti­tu­ción del dic­ta­dor, reti­ra­do por cri­sis de salud en los años refe­ri­dos. No lo hizo así, el Bor­bón asu­mió la Jefa­tu­ra de Esta­do con el fin de dar con­ti­nui­dad polí­ti­ca e ideo­ló­gi­ca al cri­men ins­ti­tu­cio­na­li­za­do naci­do de la rebe­lión mili­tar de 1936. Este reno­va­do acto de fide­li­dad del futu­ro monar­ca fue corres­pon­di­do por el geno­ci­da y dic­ta­dor en su pro­pio tes­ta­men­to, pidien­do a sus cóm­pli­ces «que rodeéis al futu­ro Rey de Espa­ña, don Juan Car­los de Bor­bón, del mis­mo afec­to y leal­tad que a mí me habéis brin­da­do y le pres­téis, en todo momen­to, el mis­mo apo­yo y cola­bo­ra­ción que de voso­tros he tenido».

La apro­ba­ción de la Ley 461977 de Amnis­tía se pro­du­ce en un con­tex­to his­tó­ri­co en el que, duran­te toda la déca­da de los años 70, en la comu­ni­dad inter­na­cio­nal (ONU) se esta­ban pro­du­cien­do nume­ro­sas con­ven­cio­nes y tra­ta­dos sobre los dere­chos que asis­ten a las víc­ti­mas de vio­la­cio­nes gra­ves de dere­chos y la exi­gen­cia de res­pon­sa­bi­li­da­des a sus perpetradores.

Des­de la actual pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca, pode­mos eva­luar con mayor obje­ti­vi­dad el efec­to que todos estos fac­to­res pro­du­je­ron en la redac­ción y pro­mul­ga­ción de la Ley de Amnis­tía de 1977 como ins­tru­men­to polí­ti­co de impu­ni­dad y ley de «pun­to final» sobre los res­pon­sa­bles polí­ti­cos y mili­ta­res de los crí­me­nes come­ti­dos por la rebe­lión mili­tar de 1936, la dic­ta­du­ra fran­quis­ta y el terro­ris­mo de esta­do. Ley que, no lo olvi­de­mos, era apro­ba­da a ape­nas dos años de los ase­si­na­tos del 27 de sep­tiem­bre. La inten­cio­na­li­dad de los fran­quis­tas fue (y con­ti­núa sien­do) cla­ra y diá­fa­na. Pero cabe pre­gun­tar­se por las razo­nes por las que quie­nes des­de el año 1979 han osten­ta­do y ges­tio­na­do sufi­cien­te poder polí­ti­co en Eus­kal Herria para garan­ti­zar todos los dere­chos, indi­vi­dua­les y colec­ti­vos, de las víc­ti­mas de la rebe­lión mili­tar de 1936, el régi­men fran­quis­ta y el terro­ris­mo de Esta­do no lo han hecho.

Recor­dar el 27 de sep­tiem­bre es recor­dar y rei­vin­di­car la legi­ti­mi­dad de la lucha de todos los mili­tan­tes anti­fas­cis­tas; pero, tam­bién, es recor­dar y denun­ciar la impu­ni­dad de la que siguen gozan­do sus ver­du­gos; es, tam­bién, recor­dar y denun­ciar, tal como lo reco­ge­mos en nues­tra adhe­sión a la que­re­lla argen­ti­na con­tra los crí­me­nes del régi­men fran­quis­ta, a aque­llas per­so­nas y orga­ni­za­cio­nes que osten­tan res­pon­sa­bi­li­da­des polí­ti­cas e ins­ti­tu­cio­na­les y que, de mane­ra sis­te­má­ti­ca, siguen negan­do a los repre­sa­lia­dos los medios e ins­tru­men­tos nece­sa­rios para poder ejer­cer el dere­cho a cono­cer la ver­dad, la tute­la judi­cial efec­ti­va y el dere­cho a la repa­ra­ción, inclui­das las garan­tías de no repetición.

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