El sio­nis­mo con­tra Venezuela

José Steins­le­ger

Des­de la pri­me­ra inde­pen­den­cia de Amé­ri­ca Lati­na (y por la inne­ga­ble gra­vi­ta­ción y alcan­ce con­ti­nen­tal de sus luchas antim­pe­ria­lis­tas), los pue­blos cono­cie­ron dis­tin­tos per­so­na­jes y per­so­na­li­da­des que, des­pués, la his­to­ria fue aco­mo­dan­do en su lugar verdadero.

En Méxi­co y Cuba, los casos del vas­co Fran­cis­co Javier Mina y el Che Gue­va­ra son emble­má­ti­cos. Y lo mis­mo vale para los miles de lucha­do­res inter­na­cio­na­lis­tas que en Boli­via, Chi­le, Nica­ra­gua, Gua­te­ma­la, El Sal­va­dor y Colom­bia apor­ta­ron sus luces y die­ron su san­gre por la libe­ra­ción nacio­nal y la revolución.

Sin embar­go, a la som­bra de ellos cir­cu­la­ron indi­vi­duos que, a más de «extran­je­ros», resul­ta­ban algo exó­ti­cos. El fran­cés Régis Debray, por ejem­plo, se con­vir­tió en teó­ri­co del «foco revo­lu­cio­na­rio» y ter­mi­nó pre­so en Boli­via lue­go que el Che lo expul­só de su peque­ño ejér­ci­to gue­rri­lle­ro por inep­to y charlatán.

La revo­lu­ción boli­va­ria­na tam­bién tuvo, en sus ini­cios, un per­so­na­je exó­ti­co que por­ta­ba una ensa­la­da de «ideas» más incohe­ren­tes y dis­pa­ra­ta­das que las de Debray: el «judeó­fo­bo» y ambi­dex­tro argen­tino Nor­ber­to Cere­so­le (total­men­te des­acre­di­ta­do en su país), quien pen­só que Hugo Chá­vez era una mez­cla o sín­te­sis de Pri­mo de Rive­ra, Juan D. Perón y Simón Bolívar.

En 1999, cuan­do Chá­vez ganó la pri­me­ra elec­ción pre­si­den­cial, Cere­so­le cayó en des­gra­cia. Pero la dere­cha vene­zo­la­na y el «dúo diná­mi­co» de los Var­gas Llo­sa echa­ron a rodar la boli­ta de que el argen­tino era «ideó­lo­go» de la revo­lu­ción boli­va­ria­na. Cosa que a Enri­que Krau­ze le vino de peri­llas para escri­bir El poder y el deli­rio (2008) y el capí­tu­lo sobre Chá­vez en el mamo­tre­to Reden­to­res (2011). Nada dis­tin­to, en fin, de la «matriz de opi­nión» sio­nis­ta publi­ca­da por un par de igno­ran­tes de la reali­dad polí­ti­ca y social vene­zo­la­na en una revis­ta mexi­ca­na («Anti­se­mi­tis­mo boli­va­riano», Nexos, agos­to, 2009).

El con­tex­to se pres­ta­ba para la difa­ma­ción anti­bo­li­va­ria­na. En julio de 2006, lue­go de la san­grien­ta inva­sión que siguió a los des­pia­da­dos bom­bar­deos de Israel sobre la pobla­ción civil de Líbano, Vene­zue­la rom­pió sus rela­cio­nes con Tel Aviv. Y, a pesar del cri­men de lesa huma­ni­dad, en 2007 se aus­cul­tó la posi­bi­li­dad de supe­rar las diferencias.

En agos­to de 2008, Chá­vez reci­bió a una dele­ga­ción del Con­gre­so Judío Mun­dial (AJC, por sus siglas en inglés), enca­be­za­da por Ronald S. Lau­der, el empre­sa­rio argen­tino Eduar­do Elsz­tain, Jack Ter­pins (pre­si­den­te, vice y titu­lar de la filial lati­no­ame­ri­ca­na), y David Bit­tan, de la Con­fe­de­ra­ción de Aso­cia­cio­nes Israe­li­tas de Venezuela.

La AJC plan­teó a Chá­vez su «pro­fun­da preo­cu­pa­ción» por algo que sólo exis­tía en la agen­da del sio­nis­mo: el «avan­ce del anti­se­mi­tis­mo en Vene­zue­la». En tan­to, los medios de «opo­si­ción» bra­ma­ban a coro: «¡Están per­si­guien­do a los hom­bres de nego­cios judíos!» O sea, el inten­to de las auto­ri­da­des de Hacien­da de ela­bo­rar un mar­co legal, y con libros de con­ta­bi­li­dad, en las tien­das de joye­ría y de com­pra de oro y pie­dras pre­cio­sas que se efec­tua­ban sin con­trol en el cono­ci­do edi­fi­cio Fran­cia, ubi­ca­do en el cen­tro de Caracas.

A fina­les de 2008, fren­te al fue­go aéreo y de arti­lle­ría lan­za­do con pro­yec­ti­les de ura­nio «empo­bre­ci­do» y a dis­cre­ción con­tra niños, muje­res y ancia­nos de Gaza, el gobierno vene­zo­lano rom­pió por segun­da vez sus rela­cio­nes diplo­má­ti­cas y comer­cia­les con Israel.

A par­tir de ahí, el sofis­ti­ca­do meca­nis­mo de difa­ma­ción mediá­ti­ca del sio­nis­mo (has­ba­rá) accio­nó sus engra­na­jes en todo el mun­do. CNN, Fox News, Uni­vi­sión, medios de la SIP, y has­ta Wiki­pe­dia (ver pági­na “His­tory of the jews in Vene­zue­la), empe­za­ron a citar «fuen­tes reser­va­das» o «fide­dig­nas cer­ca­nas», o “docu­men­tos reser­va­dos obte­ni­dos por…”, etcé­te­ra, dan­do cuen­ta de que ofi­cia­les de la fuer­za Quds (uni­dad de la Guar­dia Revo­lu­cio­na­ria de Irán) dic­ta­ban cla­ses en la Aca­de­mia Mili­tar de Vene­zue­la. Que en una «ciu­dad per­di­da» de Zulia, Hez­bo­lá entre­na­ba a gue­rri­lle­ros de Hamas, las FARC y ETA. Que la Yihad islá­mi­ca tra­ba­ja­ba en los «barrios peli­gro­sos» de Vene­zue­la. Que…, etcétera.

En diciem­bre de 2011, varios con­gre­sis­tas de la mafia cuba­na de Mia­mi pidie­ron a Hillary Clin­ton que se inves­ti­ga­ra a Livia Anto­nie­ta Acos­ta Norie­ga (cón­sul gene­ral de Vene­zue­la en Flo­ri­da), en rela­ción con un “supues­to ata­que ciber­né­ti­co que inclui­ría a agen­tes de Irán, Cuba, Vene­zue­la y… aca­dé­mi­cos mexi­ca­nos de la UNAM”.

En enero pasa­do, el «espe­cia­lis­ta» israe­lí Ely Kar­mon (ase­sor de la OTAN) ase­gu­ró que “Irán pre­pa­ra una base mili­tar en Vene­zue­la ante un con­flic­to con Esta­dos Uni­dos… No sabe­mos en qué fase se encuen­tra ni su ubi­ca­ción real, pero es una infor­ma­ción real” (sic, Info­bae Amé­ri­ca, 13/​01/​12).

Lo úni­co cier­to es que la cus­to­dia del can­di­da­to pre­si­den­cial Enri­que Capri­les Radonsky corre a car­go de agen­tes israe­líes de la empre­sa Marks­man Latin Ame­ri­ca, con sede en Pana­má, que a su vez cui­da a los pre­si­den­tes de Pana­má y Hon­du­ras, Ricar­do Mar­ti­ne­lli y Por­fi­rio Lobo.

Y tam­bién es cier­to que en Dahie, barrio del sur de Bei­rut (uno de los más cas­ti­ga­dos por el bom­bar­deo israe­lí), hay un res­tau­ran­te lla­ma­do Hugo Chá­vez, que pre­pa­ra la mejor comi­da rápi­da de Líbano.

La Jor­na­da

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