Teo­ría eco­nó­mi­ca: las pre­gun­tas son la res­pues­ta- Ale­jan­dro Nadal

Mi gene­ra­ción de eco­no­mis­tas se for­mó en un perío­do en el que la eco­no­mía vul­gar alcan­zó los nive­les más bajos de vul­ga­ri­dad. Se impo­ne una acla­ra­ción. Estoy citan­do a la seño­ra Joan Robin­son, la maes­tra en Cam­brid­ge que afir­mó lo ante­rior en su “Car­ta abier­ta de una Key­ne­sia­na a un Mar­xis­ta”. Es un tex­to diri­gi­do a su cole­ga Ronald Meek en 1953, pero la fra­se se apli­ca a nues­tra expe­rien­cia en la aca­de­mia, ade­más de caer como ani­llo al dedo en los tiem­pos que corren.

A lo lar­go del siglo XX la teo­ría neo­clá­si­ca domi­nó la vida aca­dé­mi­ca y el mun­do de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca. Cuan­do se pre­sen­ta­ron posi­cio­nes crí­ti­cas, fue­ron recu­pe­ra­das y, como hoy se dice, ‘refun­cio­na­li­za­das’. Es lo que suce­dió con Key­nes. Cuan­do eso no fue posi­ble, por ejem­plo con los mar­xis­tas, la crí­ti­ca fue mar­gi­na­da y cas­ti­ga­da con el des­tie­rro. Lo impor­tan­te era man­te­ner sin con­trin­can­tes el espa­cio aca­dé­mi­co. Y cuan­do sur­gían con­tro­ver­sias en las que se demos­tra­ban los erro­res de la teo­ría neo­clá­si­ca en sus plan­tea­mien­tos medu­la­res, como en la con­tro­ver­sia sobre la teo­ría del capi­tal de los años 1953 – 1970, la orto­do­xia rápi­da­men­te los ente­rró y espe­ró a que los pro­ble­mas fue­ran devo­ra­dos por el olvi­do. La prác­ti­ca docen­te hizo lo que tenía que hacer, barrien­do deba­jo de la alfom­bra los pro­ble­mas. De esa for­ma la teo­ría neo­clá­si­ca pudo seguir triun­fan­do en un tor­neo ima­gi­na­rio, luchan­do con su som­bra y dan­do la apa­rien­cia de estar envuel­ta en una jus­ta en la que sobre­sa­le el mejor mode­lo teó­ri­co. Sólo así pudo levan­tar sus extra­ñas cate­dra­les con alta­res reple­tos de fal­sas dei­da­des. La vul­ga­ri­dad inva­dió sus tem­plos has­ta qui­tar­le todo ves­ti­gio de pen­sa­mien­to cien­tí­fi­co.

En el desa­rro­llo de una dis­ci­pli­na cien­tí­fi­ca con fre­cuen­cia la pre­gun­ta es más impor­tan­te que la res­pues­ta. Una de las gran­des pre­gun­tas que lan­zó Adam Smith es la siguien­te: ¿pue­de un con­jun­to de indi­vi­duos que actúan sepa­ra­da­men­te y sin coor­di­na­ción pro­du­cir resul­ta­dos bené­fi­cos para todo el gru­po? Esta pre­gun­ta se encuen­tra inter­ca­la­da en toda la obra del pen­sa­dor esco­cés, en espe­cial en su aná­li­sis sobre la natu­ra­le­za y movi­mien­to de los pre­cios. Smith tra­zó así un mode­lo de pro­ble­ma teó­ri­co, un para­dig­ma, que ani­mó un pro­gra­ma de inves­ti­ga­ción de más de dos­cien­tos años.

En el siglo XIX León Wal­ras reco­gió la esta­fe­ta e inten­tó res­pon­der la pre­gun­ta. No pudo ofre­cer una res­pues­ta, pero con su mode­lo de equi­li­brio gene­ral esta­ble­ció un pode­ro­so for­ma­to para seguir bus­cán­do­la. En el siglo XX, los tra­ba­jos de Hicks, Samuel­son, Arrow y Debreu desa­rro­lla­ron el plan de ata­que tra­za­do por Wal­ras recu­rrien­do a ins­tru­men­tos mate­má­ti­cos cada vez más sofis­ti­ca­dos.

En tra­ba­jos publi­ca­dos en los años 1959, 1960 y 1974 vinie­ron las malas noti­cias. Des­pués de tan­to esfuer­zo, la con­clu­sión es que en el caso gene­ral no se pue­de, repi­to, no se pue­de afir­mar que las accio­nes de una colec­ción de indi­vi­duos ais­la­dos desem­bo­can en resul­ta­dos bené­fi­cos para todos. Des­de enton­ces la teo­ría de equi­li­brio gene­ral reci­bió un tra­to extra­ño. Se le pre­sen­tó siem­pre como un triun­fo cien­tí­fi­co por el uso de ins­tru­men­tos mate­má­ti­cos, pero en los cur­sos uni­ver­si­ta­rios se le ense­ñó de mane­ra incom­ple­ta. Los estu­dian­tes de eco­no­mía sufrie­ron el cas­ti­go de una edu­ca­ción macha­co­na en lo que se refie­re al com­por­ta­mien­to de maxi­mi­za­ción de los agen­tes indi­vi­dua­les, pero al mis­mo tiem­po se les esca­mo­teó el tema cla­ve de la for­ma­ción de pre­cios de equi­li­brio. Es decir, se les hizo pen­sar (creer) que el aná­li­sis de los pro­ce­sos de maxi­mi­za­ción era el obje­to cen­tral del mode­lo de equi­li­brio gene­ral. Por eso las uni­ver­si­da­des pro­du­cen cada año legio­nes de egre­sa­dos que creen que la teo­ría de equi­li­brio gene­ral fue capaz de pro­du­cir los resul­ta­dos que algu­na vez pro­me­tió.

Si a los estu­dian­tes se les ense­ña­ra bien, a fon­do, la teo­ría de equi­li­brio gene­ral, podrían per­ca­tar­se que los úni­cos resul­ta­dos que ha ofre­ci­do son de índo­le nega­ti­va. Verían que en el tema de esta­bi­li­dad nun­ca se pudo demos­trar cómo las fuer­zas del mer­ca­do con­du­cen a vec­to­res de pre­cios de equi­li­brio gene­ral. Si se les ense­ña­ra el tema de exis­ten­cia del equi­li­brio, verían que la demos­tra­ción de exis­ten­cia es un ejer­ci­cio mate­má­ti­co des­pro­vis­to de sen­ti­do eco­nó­mi­co. En el lugar de estos temas deli­ca­dos, los cur­sos de micro­eco­no­mía neo­clá­si­ca se con­cen­tra­ron en la maxi­mi­za­ción indi­vi­dual y poco a poco le deja­ron más espa­cio a la teo­ría de jue­gos.

Cabe acla­rar que el tema de la maxi­mi­za­ción indi­vi­dual es un tema pre­li­mi­nar en el aná­li­sis de la teo­ría del equi­li­brio gene­ral. No cons­ti­tu­ye el obje­to cen­tral del aná­li­sis de la teo­ría de equi­li­brio gene­ral. Si se ana­li­za ese tema es por­que es un paso pre­pa­ra­to­rio en la cons­truc­ción del mode­lo: es uno de las pie­dras con las que se cons­tru­ye la cate­dral, pero no es la cate­dral mis­ma. Gas­tar tiem­po ense­ñan­do has­ta el har­taz­go como se tallan esas pie­dras indi­vi­dua­les evi­ta el bochorno de tener que mos­trar que la cate­dral no pue­de man­te­ner­se de pie.

De esta for­ma, en lugar de expo­ner­la a la crí­ti­ca, la teo­ría de equi­li­brio gene­ral fue guar­da­da en una capi­lla para sólo sacar­la a la luz en las pere­gri­na­cio­nes y días de obser­van­cia reli­gio­sa. Es la for­ma de ase­gu­rar que los millo­nes de fie­les sigan des­co­no­cien­do las sagra­das escri­tu­ras del neo­li­be­ra­lis­mo y man­ten­ga su fe en las vir­tu­des eter­nas del libre mer­ca­do.

La “teo­ría” macro­eco­nó­mi­ca neo­li­be­ral está basa­da en esa mis­ma creen­cia. Sus mode­los opta­ron por des­can­sar cada vez más en el supues­to de que de algu­na mane­ra el mer­ca­do efec­ti­va­men­te con­du­ce a posi­cio­nes de equi­li­brio. Poco impor­ta­ron los resul­ta­dos nega­ti­vos de la teo­ría micro­eco­nó­mi­ca. De ahí la idea de defi­nir los “fun­da­men­tos micro­eco­nó­mi­cos” de la macro­eco­no­mías, una idea falaz que par­te del supues­to de que la teo­ría del com­por­ta­mien­to indi­vi­dual pue­de ser extra­po­la­da para cons­truir un mode­lo macro­eco­nó­mi­co. Ese inten­to de bus­car los “micro-fun­da­men­tos de la macro” está empa­ren­ta­do con el pro­yec­to de cons­truir una teo­ría macro­eco­nó­mi­ca con la figu­ra del “agen­te repre­sen­ta­ti­vo”, una enti­dad fic­ti­cia que ela­bo­ra un plan de maxi­mi­za­ción inter­tem­po­ral para asig­nar recur­sos entre aho­rro y con­su­mo. Estos ejer­ci­cios han hecho caso omi­so de un hecho fun­da­men­tal: la agre­ga­ción del com­por­ta­mien­to espe­ci­fi­ca­do para los agen­tes indi­vi­dua­les no per­mi­te con­ser­var las pro­pie­da­des de las fun­cio­nes de ofer­ta y deman­da. Este resul­ta­do está cla­ra­men­te demos­tra­do por el teo­re­ma Son­nens­chein-Man­tel-Debreu de 1974 y, por lo tan­to, el agen­te repre­sen­ta­ti­vo es una cons­truc­ción absur­da o un supues­to abu­si­vo. Cier­ta­men­te no debe­ría ser uti­li­za­do para defi­nir direc­tri­ces de polí­ti­ca macro­eco­nó­mi­ca.

Pero como la igle­sia neo­clá­si­ca está basa­da en los mis­te­rios de la fe, la figu­ra del agen­te repre­sen­ta­ti­vo es una pie­za cla­ve en la últi­ma gene­ra­ción de mode­los de teo­ría macro­eco­nó­mi­ca neo­clá­si­ca. Los mode­los diná­mi­cos esto­cás­ti­cos de equi­li­brio gene­ral (DSGE por sus cono­ci­das siglas en inglés) modi­fi­can el pro­ble­ma de la opti­mi­za­ción inter­tem­po­ral al intro­du­cir el ries­go esto­cás­ti­co y las expec­ta­ti­vas racio­na­les sobre los efec­tos de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca. En estos mode­los se per­mi­te la pre­sen­cia de cho­ques exter­nos (tales como un aumen­to en los pre­cios de petró­leo o inno­va­cio­nes tec­no­ló­gi­cas) pero el supues­to cla­ve es que los agen­tes pue­den asig­nar correc­ta­men­te una dis­tri­bu­ción pro­ba­bi­lís­ti­ca a estos even­tos, eli­mi­nan­do así el pro­ble­ma de la incer­ti­dum­bre. El uso de la figu­ra del “agen­te repre­sen­ta­ti­vo” eli­mi­na la dis­tin­ción entre la posi­ción de equi­li­brio de todo el sis­te­ma y la del equi­li­brio de cada agen­te. Bási­ca­men­te, el pro­ble­ma macro­eco­nó­mi­co des­apa­re­ce. Aún así, los mode­los DSGE se con­vir­tie­ron en el ins­tru­men­to favo­ri­to de los ban­cos cen­tra­les en muchos paí­ses. La con­clu­sión de esta fami­lia de mode­los es que la esta­bi­li­dad de pre­cios es fun­da­men­tal para el buen fun­cio­na­mien­to de la eco­no­mía. La pre­gun­ta es enton­ces ¿cómo se pue­de alcan­zar y man­te­ner la esta­bi­li­dad de pre­cios? La res­pues­ta es que eso se logra a tra­vés de las metas de infla­ción (“infla­tion tar­ge­ting”) anun­cia­das y bus­ca­das de mane­ra con­sis­ten­te por las auto­ri­da­des mone­ta­rias.

Des­gra­cia­da­men­te, esa no es una bue­na pre­gun­ta. El esta­lli­do de la cri­sis en 2007 demues­tra que la esta­bi­li­dad de pre­cios no es sinó­ni­mo de esta­bi­li­dad macro­eco­nó­mi­ca. Así que ade­más de la cau­da de pro­ble­mas teó­ri­cos que arras­tran los mode­los DSGE, su uti­li­dad para enfren­tar los efec­tos de la cri­sis se acer­ca asin­tó­ti­ca­men­te a cero.

El cho­que de los mode­los neo­clá­si­cos con el pen­sa­mien­to de Key­nes no pue­de ser más vio­len­to. El aná­li­sis de Key­nes par­te del reco­no­ci­mien­to de la ines­ta­bi­li­dad intrín­se­ca de las eco­no­mías capi­ta­lis­tas. Su pro­gra­ma de inves­ti­ga­ción se orga­ni­za alre­de­dor de la nece­si­dad de alcan­zar el pleno empleo de los recur­sos en una eco­no­mía mone­ta­ria de pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, el alcan­ce de un balan­ce de pagos entre todos los paí­ses con ins­tru­men­tos com­pa­ti­bles con el pleno empleo y un sis­te­ma de tipos de cam­bio que per­mi­ta lo ante­rior. Pero los pode­res esta­ble­ci­dos, en la aca­de­mia y la polí­ti­ca, deci­die­ron que este pro­gra­ma de inves­ti­ga­ción era dema­sia­do peli­gro­so y le con­de­na­ron al exi­lio por sub­ver­si­vo.

Hoy, fren­te a una cri­sis que no pudie­ron pre­ver, se podría pen­sar que los segui­do­res de los prin­ci­pios neo­clá­si­cos habrían adqui­ri­do por fin una briz­na de humil­dad. Y en medio de un agra­va­mien­to de la cri­sis pre­ci­pi­ta­do por las rece­tas y dog­mas neo­clá­si­cos, se podría espe­rar al menos una lige­ra aper­tu­ra inte­lec­tual. Pero no es así. Tan­to en la aca­de­mia, como en los espa­cios de la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca la dog­má­ti­ca se ha endu­re­ci­do. Des­de lo más alto de la pirá­mi­de neo­clá­si­ca, hoy se exi­ge que el mun­do se trans­for­me para ade­cuar­se a los axio­mas de la teo­ría neo­clá­si­ca.

Lo ante­rior no es una metá­fo­ra. Real­men­te lo que bus­can las direc­tri­ces del Ban­co Cen­tral Euro­peo y del Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal, así como la retahí­la de rece­tas sobre las tene­bro­sas “refor­mas estruc­tu­ra­les”, es en efec­to, trans­for­mar el mun­do. El obje­ti­vo no es supe­rar la cri­sis y res­ta­ble­cer los nive­les de empleo que había antes del colap­so. Y la pre­gun­ta de sus ana­lis­tas es: ¿cómo se pue­de des­truir lo que que­da del esta­do de bien­es­tar y las ins­ti­tu­cio­nes que obs­ta­cu­li­zan la explo­ta­ción de las cla­ses tra­ba­ja­do­ras? En eso resi­de la vul­ga­ri­dad in extre­mis: cero cien­cia, cero sopor­te racio­nal para la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca.

Decía Marx que la eco­no­mía vul­gar se con­ten­ta con tra­du­cir las nocio­nes vul­ga­res al len­gua­je doc­tri­na­rio. Por eso los fal­sos eru­di­tos desem­pe­ñan el papel de vul­ga­ri­za­do­res de luga­res comu­nes y desem­pe­ñan un papel apo­lo­gé­ti­co. Para ellos está cerra­do el camino que lle­va al tra­ba­jo cien­tí­fi­co. No pue­den ver hoy que la pre­gun­ta his­tó­ri­ca es ¿cómo cons­truir la tran­si­ción al socia­lis­mo?

Ale­jan­dro Nadal es miem­bro del Con­se­jo Edi­to­rial de Sin­Per­mi­so.

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