Sil­vio Rodrí­guez: Lo huma­na­men­te úti­les que pode­mos ser

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Un día de verano cier­to per­so­na­je tocó a la puer­ta de Sil­vio Rodrí­guez:

“Mire, yo atien­do lo que es Pre­ven­ción en el barrio La Cor­ba­ta. Como usted sabe, tra­ba­ja­mos en luga­res sen­si­bles, don­de hay per­so­nas que han sido reclu­sas, y tra­ta­mos de ayu­dar­las a la rein­ser­ción en la socie­dad. Como son barrios con deter­mi­na­dos pro­ble­mas, con deter­mi­na­das caren­cias, tam­bién tra­ta­mos de que la gen­te se con­duz­ca bien, que no se des­víe, no se meta en pro­ble­mas… Yo ven­go a ver­lo por­que cuan­do usted fue a la pri­sión de Gua­ma­jal, yo tra­ba­ja­ba allí, enton­ces me di cuen­ta de que usted es una per­so­na que se preo­cu­pa por estas cosas”.

En efec­to, algo más de un año atrás, Sil­vio no había repa­ra­do en el enton­ces Pri­mer Tenien­te José Anto­nio Álva­rez, uno entre tan­tos ofi­cia­les de la cár­cel de Gua­ma­jal Hom­bres de Villa Cla­ra. Pero a la vuel­ta de un año o más de la gira por las pri­sio­nes, al tro­va­dor le pare­cie­ron espe­cial­men­te intere­san­tes sus preo­cu­pa­cio­nes y la mane­ra en que las enfo­ca­ba: “Yo dije ‘coño, aquí hay un mate­rial humano que hay que apro­ve­char, hay que ver qué hay detrás de esto’”.

Se hizo enton­ces el con­cier­to de La Cor­ba­ta. “Una vez vivi­da esa pri­me­ra acti­vi­dad, yo me di cuen­ta de que eso era lo que tenía que hacer. Esa expe­rien­cia lo enfren­ta a uno a una reali­dad que por lo menos yo no cono­cía. Yo no sabía que exis­tía esa com­ple­ji­dad den­tro de la socie­dad, que se habían for­ma­do nue­vos barrios, ni en las con­di­cio­nes en que vivían, que a veces son muy muy muy pre­ca­rias”.

El capi­tán Álva­rez, sin que­rer­lo o saber­lo, sugi­rió un camino. Sil­vio, recep­ti­vo, lo con­vir­tió en moti­vo de hacer. Aquel pri­mer con­cier­to fue el pre­ce­den­te de todo un pro­yec­to: una gira por alre­de­dor de trein­ta barrios de La Haba­na. Al cobrar esa mag­ni­tud, el suce­so moti­va nue­vas pre­gun­tas:


-¿Qué cri­te­rio sigue la selec­ción de los barrios de la gira?

Ana Lour­des Mar­tí­nez, coor­di­na­do­ra de la Gira por los barrios, se ha ido reu­nien­do con los Pode­res Popu­la­res y con el depar­ta­men­to de Pre­ven­ción, de la PNR. Según la expe­rien­cia de estos espe­cia­lis­tas, y tam­bién por peti­cio­nes y noti­cias que nos han lle­ga­do de veci­nos de diver­sos barrios, hemos ido arman­do nues­tra tra­yec­to­ria. El cri­te­rio que nos ha guia­do es pre­sen­tar­nos en los luga­res más nece­si­ta­dos, en los que haya más pro­ble­mas acu­mu­la­dos, en los sitios más crí­ti­cos por la razón que sea. Siguien­do esta brú­ju­la, ade­más de vie­jos barrios haba­ne­ros, hemos visi­ta­do luga­res que has­ta hace unos años ni siquie­ra exis­tían. Vecin­da­rios crea­dos por alber­gues que ini­cial­men­te iban a ser pro­vi­sio­na­les. En ellos ubi­ca­ron a fami­lias que por diver­sas cau­sas per­die­ron sus vivien­das. Algu­nos lle­ga­ron sien­do niños y des­pués se casa­ron, y más tar­de han vis­to cre­cer a sus pro­pios hijos. Es el caso de luga­res como “Sex­to con­gre­so”, que que­da más allá de la línea del ferro­ca­rril de Law­ton. O de Lugar­di­ta, que lle­va más de un año sin tan­que de agua. O de “Bello ama­ne­cer”, que tie­ne un nom­bre que hace pen­sar en lo que no es. Eso sí, en todos esos barrios hay niños con escue­las y con zapa­tos.

-¿Por qué una gira así en este momen­to par­ti­cu­lar­men­te?

Cuba está inmer­sa en un sen­si­ble pro­ce­so de cam­bios. Es una trans­for­ma­ción nece­sa­ria, pero uno de sus peli­gros es que algu­nos sec­to­res menos favo­re­ci­dos se empo­brez­can más. Estar jun­to a ellos es una de las prin­ci­pa­les razo­nes de la gira. Aun­que tam­bién es cier­to que des­de que empe­cé hice cosas así.

En 1969, me fui a las cos­tas occi­den­ta­les de Áfri­ca, de bar­co en bar­co de la Flo­ta Cuba­na de Pes­ca. Aque­lla gira en alta mar fue mi pri­mer expe­rien­cia sis­te­má­ti­ca. Una de las ins­pi­ra­cio­nes era que los pes­ca­do­res de la Colum­na Juve­nil del Mar tenían la meta de traer pes­ca­do y a veces pasa­ba un año y no toca­ban puer­to. Mi misión con­sis­tía en hacer con­tac­to con la mayor can­ti­dad de bar­cos y dar­les mis can­cio­nes. Estu­ve algo más de 4 meses nave­gan­do.

Ango­la, país que visi­té dos veces entre febre­ro de 1976 y enero de 1977, fue otra for­ma de estar don­de me creí nece­sa­rio.

A prin­ci­pios de 1989 hice aque­lla otra gira lla­ma­da “Por la Patria”, jun­to al gru­po Afro­cu­ba. La empe­za­mos un 28 de enero en la cima del pico Tur­quino, para 200 per­so­nas; la ter­mi­na­mos a fines de mar­zo, en la Pla­za de la Revo­lu­ción, para 200 mil. A fines de los 80 se tam­ba­lea­ba el cam­po socia­lis­ta y era obvio que de algu­na for­ma aque­llo nos iba a tocar. Esas inquie­tu­des ani­ma­ron aque­lla gira.

En 2008, cuan­do me des­pe­día de la Asam­blea Nacio­nal, vol­ví a pen­sar que debía dejar algo útil. Por eso hablé de sis­te­ma­ti­zar el tra­ba­jo cul­tu­ral en las pri­sio­nes. Sabía que esa labor se venía hacien­do des­de hacía tiem­po, espon­tá­nea­men­te. Pero siem­pre he creí­do que regla­men­tar­lo pue­de ser una bue­na con­tri­bu­ción a la reedu­ca­ción. Hablé sobre eso y sobre dar relie­ve al tra­ba­jo que hacían escri­to­res, artis­tas, depor­tis­tas y fami­lia­res de pre­sos. Enton­ces hici­mos aque­lla gira por las pri­sio­nes de todo el país, que tuvo cier­ta divul­ga­ción, inclu­so inter­na­cio­nal; un reco­rri­do que nos vin­cu­ló a más de 40 mil reclu­sos.

La gira por los barrios empe­zó por­que un ofi­cial de Pre­ven­ción, que había esta­do en la gira por las pri­sio­nes, me invi­tó al barrio que aten­día, lla­ma­do “La Cor­ba­ta”. Y cuan­do hice ese con­cier­to me di cuen­ta de que había encon­tra­do otro buen camino para andar.

La gira por los barrios fue con­ce­bi­da con cier­ta modes­tia, sin mucha para­fer­na­lia ni divul­ga­ción. No he que­ri­do hacer un gran show de las visi­tas a los hoga­res de la gen­te. Entre otras razo­nes por­que lo que hace­mos lo con­si­de­ro una fun­ción natu­ral, algo que debe ser coti­diano. Creo que el arte debe salir de los tea­tros y dar­se a los ciu­da­da­nos que no pue­den pagar­lo, o a los que no lo visi­tan por fal­ta de cos­tum­bre, o por mito­lo­gía de cla­se. Y es que el que nace en un barrio mar­gi­nal, o es mar­gi­na­do, pue­de lle­gar a creer que cier­tas for­mas de arte no son para él y su fami­lia. Ir a los barrios es hacer jus­ti­cia a las per­so­nas y tam­bién a las artes; inten­tar un gra­ni­to de are­na repa­ra­dor, rompe­dor de pre­jui­cios.

-¿En qué aspec­tos esta gira o la inten­ción que la ani­ma es simi­lar a otras como la rea­li­za­da por las pri­sio­nes?

En el sen­ti­do de que las artes y la músi­ca hacen bien a la gen­te, esté don­de esté. Por otra par­te el equi­po que me acom­pa­ña es prác­ti­ca­men­te el mis­mo. Nos ayu­da mucho el per­so­nal de Giras del minis­te­rio de Cul­tu­ra. Los téc­ni­cos y los músi­cos son mis com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo des­de hace muchos años. Somos una espe­cie de fami­lia.

-¿Qué bus­cas en los públi­cos de los barrios?

Bus­co ver a la gen­te, tocar­la, inter­cam­biar humo­res, escu­char­la expre­sar­se para saber la reali­dad del pue­blo, de mis orí­ge­nes, a lo que me debo. Tam­bién bus­co hacer lle­gar a esos luga­res expre­sio­nes que nues­tros medios y los medios del mun­do difun­den poco. Bus­co amar y ser ama­do.

-¿Qué encuen­tras?

Encuen­tro un rena­cer. Ya sé que alguien podrá decir que es momen­tá­neo. Pero, mien­tras dura, sabe­mos que no esta­mos solos, ni olvi­da­dos. Reci­bi­mos y damos. Lo sien­ten ellos y tam­bién noso­tros. Eso se nos que­da en la memo­ria, a todos. Per­so­nal­men­te me con­mue­ve cons­ta­tar que la gen­te de los barrios, a pesar del pre­do­mi­nio de lo que está de moda, can­tan mis can­cio­nes. Eso me impre­sio­na, sobre todo de niños y de jóve­nes. Es como un mila­gro.

-La aco­gi­da de los con­cier­tos ha sido sin duda inten­sa: ¿Qué sien­tes que dejas a tu paso en esos entor­nos?

Dejo lo que me corres­pon­de dejar. A mí, a cual­quier artis­ta: puen­tes, líneas que se entre­cru­zan, que nos vin­cu­lan y se encien­den a la vez, que nos mues­tran lo huma­na­men­te úti­les que pode­mos ser.

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