«La rabia que sen­ti­mos la trans­for­ma­re­mos en fuer­za». Jui­cio con­tra 10 jóve­nes [email protected]

Aitzol Arrie­ta, Iñi­go Altze­lai. Jose­rra Altze­lai y Marian Zaba­le­ta. Fami­lia­res y pro­ce­sa­dos en el suma­rio 1610. El tiem­po ayu­da a diluir los malos recuer­dos, aun­que aún les resul­ta difí­cil hablar sin emo­cio­nar­se. Cogen fuer­zas y logran rela­tar el momen­to de la deten­ción, las tor­tu­ras a manos de la Poli­cía espa­ño­la… y cómo todo ello ha con­di­cio­na­do sus vidas y las de sus fami­lias. Su deseo, que nin­gún otro joven de Eus­kal Herria ten­ga que pasar por ese infierno.

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En la actua­li­dad, en Eus­kal Herria hay 75 jóve­nes a la espe­ra de jui­cio des­pués de ser dete­ni­dos, en la mayo­ría de los casos, en reda­das con­tra la juven­tud inde­pen­den­tis­ta. Pre­ci­sa­men­te, la Audien­cia Nacio­nal espa­ño­la aco­ge­rá, entre el 18 y 28 de este mis­mo mes, la vis­ta oral con­tra diez jóve­nes que fue­ron arres­ta­dos en Her­na­ni en la madru­ga­da del 31 de mar­zo de 2009. Sie­te de ellos denun­cia­ron haber sufri­do tor­tu­ras.

Acu­sa­dos de per­te­ne­cer a Segi, los encau­sa­dos se enfren­tan a penas de cár­cel de entre sie­te y nue­ve años. Mien­tras tan­to, sus fami­lias, amis­ta­des y gran par­te del pue­blo de Her­na­ni se ha vol­ca­do con ellos. Mues­tras de apo­yo incon­di­cio­nal que acom­pa­ñan a la exi­gen­cia de que des­apa­rez­can para siem­pre los jui­cios polí­ti­cos.

Han pasa­do tres años y medio des­de las deten­cio­nes. ¿Cómo recuer­dan esos momen­tos y los días pos­te­rio­res?

Iñi­go Altze­lai: Con el paso del tiem­po, de una mane­ra cons­cien­te o incons­cien­te, no lo sé, la cabe­za ha ido olvi­dan­do cier­tas cosas, como algún momen­to con­cre­to de la inco­mu­ni­ca­ción… Inclu­so, a veces, al leer la denun­cia que inter­pu­se por las tor­tu­ras, yo mis­mo me sor­pren­do de lo que viví. Apar­tar cier­tos pen­sa­mien­tos es como una defen­sa de la men­te. No me gus­ta recor­dar­lo y me pon­go muy ner­vio­so cuan­do lo hago.

En el momen­to de la deten­ción en casa me dio un fuer­te mareo, veía borro­so y esta­ba total­men­te des­orien­ta­do. Recuer­do que fue­ron unos momen­tos muy dra­má­ti­cos: ame­na­zas hacia la fami­lia, gol­pes… Aún hoy vivo todo aque­llo de una mane­ra muy trau­má­ti­ca, y eso que que­dé en liber­tad bajo fian­za, por lo que no pasé por la cár­cel. Pero de repen­te te cam­bia la vida y te pre­gun­tas cómo debes enfren­tar­te a ella de nue­vo. Te tras­to­ca todo y te encuen­tras real­men­te des­ubi­ca­do. Aún hoy es como un fan­tas­ma, una car­ga que pla­nea cons­tan­te­men­te sobre muchos aspec­tos de la vida.

Tras los cin­co días de inco­mu­ni­ca­ción salí des­trui­do, tan­to físi­ca como sico­ló­gi­ca­men­te. Per­dí nue­ve kilos. Des­tru­ye­ron mi per­so­na, y recons­truir eso de nue­vo, si es que lo que he con­se­gui­do, me ha cos­ta­do mucho.

Aitzol Arrie­ta: Den­tro de la gra­ve­dad, en el momen­to de la deten­ción estu­ve bas­tan­te fuer­te, pero me fue­ron hun­dien­do poco a poco. En mi caso recuer­do un can­san­cio físi­co extre­mo y cla­ro, cuan­do el cuer­po no res­pon­día, comen­zó a fla­quear­me la men­te.

Tam­bién recuer­do la feli­ci­dad que sen­tí por­que Iñi­go salie­ra en liber­tad y, aun­que a mí me envia­ron a la cár­cel, el reen­cuen­tro con tres de los dete­ni­dos en la fur­go­ne­ta para ser tras­la­da­dos a pri­sión fue todo un ali­vio en mitad de aquel infierno. No para­mos de hablar en todo el tra­yec­to.

Por otro lado, el sen­ti­mien­to de cul­pa que la Poli­cía con­si­guió que sin­tie­ra nun­ca va a des­apa­re­cer. Cul­pa­bi­li­dad no solo por el dolor cau­sa­do a la fami­lia, tam­bién por haber dado algún nom­bre bajo tor­tu­ras… creo que eso no lo supe­ra­ré nun­ca.

Marian Zaba­le­ta: El sus­to de la deten­ción no se borra nun­ca, aun­que en el momen­to tuve la sen­sa­ción de que eso no era real, de que no nos esta­ba pasan­do a noso­tros.

¿Como padres y madres, qué sien­ten al escu­char estos tes­ti­mo­nios?

Jose­rra Altze­lai: Es muy duro. Real­men­te muy duro [llo­ra]. Es un shock tre­men­do. Y todo esto supo­ne revi­vir­lo de nue­vo. Aún resul­ta difí­cil asi­mi­lar que sea ver­dad lo que ocu­rrió. La vida te da gol­pes, pero gol­pes natu­ra­les, no tan enre­ve­sa­dos y con tan poco sen­ti­do. Hemos inten­ta­do bus­car una expli­ca­ción, una lógi­ca a todo esto, pero no la tie­ne. Por eso diría que nos sen­ti­mos víc­ti­mas, mario­ne­tas del Gobierno.

Han pasa­do más de tres años, pero cuan­do el abo­ga­do lla­ma para dar­te cual­quier infor­ma­ción todo vuel­ve como un tor­be­llino. Sien­to angus­tia. Duran­te la inco­mu­ni­ca­ción hicie­ron con nues­tros hijos lo que qui­sie­ron. Movi­mos cie­lo y tie­rra para saber dón­de esta­ban.

Pero tam­bién hubo cosas que me con­mo­vie­ron. Por ejem­plo, las amis­ta­des se ofre­cie­ron sin con­tem­pla­cio­nes para sufra­gar la fian­za de 10.000 euros que le impu­sie­ron a Iñi­go. Y ges­tos como esos nos ayu­da­ron a man­te­ner­nos en pie.

¿Cómo afron­tan el momen­to del jui­cio?

J.A.: Sabía­mos que este momen­to lle­ga­ría, antes o des­pués, aun­que tenía­mos un peque­ña espe­ran­za en que la actual situa­ción polí­ti­ca podía ayu­dar. Esta­mos otra vez ante una nue­va injus­ti­cia, un jui­cio que no solu­cio­na­rá nada y que des­gra­cia­rá la vida de nues­tros hijos. Noso­tros sí que nos sen­ti­mos cul­pa­bles por no poder hacer nada, por no poder dar una solu­ción a nues­tros hijos.

En cier­ta medi­da vamos a Madrid men­ta­li­za­dos de que qui­zás algu­nos vol­ve­rán con noso­tros mien­tras que otros se que­da­rán allí. No obs­tan­te, los jui­cios polí­ti­cos son tan arbi­tra­rios que no sabe­mos qué es lo que pue­de suce­der.

I.A.: Inten­ta­mos poner­nos en la tesi­tu­ra pero… ¡Uf! Yo ten­go en men­te mi tes­ti­mo­nio por las tor­tu­ras sufri­das y la denun­cia que haré por los arres­tos injus­tos. Me pre­gun­to cómo podré expre­sar bien todo eso. Habrá ner­vios por­que esta­re­mos en un lugar extra­ño… Tener a la fami­lia cer­ca nos alen­ta­rá. La Audien­cia Nacio­nal nos da res­pe­to, pero me sien­to con fuer­zas. La rabia que sen­ti­mos la trans­for­ma­re­mos en fuer­za.

A.A.: Ire­mos allí con nues­tros argu­men­tos, con ganas, por­que tene­mos prue­bas sufi­cien­tes para des­mon­tar sus acu­sa­cio­nes obte­ni­das en sesio­nes de tor­tu­ra. Pero, por otro lado, tene­mos la sen­sa­ción de que todo eso será en bal­de, y que se tra­ta de un trá­mi­te.

Cuan­do les detu­vie­ron tenían 19 y 20 años. ¿Cómo han con­di­cio­na­do sus vidas lo que ocu­rrió?

A.A.: A mí me par­tió los estu­dios de Inge­nie­ría Mecá­ni­ca y al entrar en pri­sión tuve que aban­do­nar­los por­que den­tro me comu­ni­ca­ron que solo podía estu­diar algu­na carre­ra de Letras. Me decan­té por Dere­cho, pero como fue­ron diez meses los que estu­ve pre­so reto­mé la Inge­nie­ría. De todas for­mas, per­dí aquel cur­so, las amis­ta­des… y tuve que empe­zar de nue­vo.

A nivel per­so­nal, aca­ba­ba de comen­zar una rela­ción y esto fue un duro gol­pe que tuvi­mos que afron­tar, y lo con­se­gui­mos, por­que hoy en día segui­mos jun­tos.

A.A.: Yo pude con­ti­nuar con mis estu­dios de Psi­co­lo­gía, pero más allá de eso tenía pla­nes para irme fue­ra, estu­diar otras cosas… Y esto nos pone limi­ta­cio­nes, como no poder via­jar con los ami­gos [no pue­den salir del Esta­do espa­ñol y tie­nen que pre­sen­tar­se una vez por sema­na en los juz­ga­dos, y cada quin­ce días ante la Ertzain­tza]. A nivel per­so­nal tam­bién me ha afec­ta­do y pue­de que me haya con­ver­ti­do en una per­so­na más des­con­fia­da con la gen­te nue­va. Esto me hizo madu­rar de gol­pe.

Las adver­si­da­des sue­len unir a las per­so­nas. ¿Ha sido así en el caso de sus fami­lias?

M.Z.: Indu­da­ble­men­te que ha uni­do a la fami­lia. Mira, mi hijo no es muy comu­ni­ca­ti­vo y en casa, al menos con­mi­go, nun­ca ha habla­do de las tor­tu­ras por mie­do a hacer­nos daño. Eso sí, des­de aque­llo, cada vez que me ve, por­que él ya no vive con noso­tros, me da un beso, y antes no me daba ni medio. Si me ve cua­tro veces en un mis­mo día, pues cua­tro besos que me da [ríe].

J.A.: A raíz de lo que vivi­mos nues­tras rela­cio­nes se tejen de otra mane­ra, en la fami­lia cerra­mos filas, todos a uno, y nos ha refor­za­do, somos más cóm­pli­ces. Son nues­tros hijos y siem­pre los apo­ya­re­mos. Ire­mos has­ta el final con ellos

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