Assad en 2012 como Nas­ser en 1956- Gha­led Kan­dil

Inclu­so para quie­nes se nie­gan a reco­no­cer­lo, la cri­sis siria se ha con­ver­ti­do en una lucha entre Siria, como nación, Esta­do, pue­blo y ejér­ci­to, por un lado y por el otro, la alian­za impe­ria­lis­ta y colo­nial enca­be­za­da por Esta­dos Uni­dos.

Lo que está en jue­go, por lo tan­to, es la inde­pen­den­cia de Siria, su sobe­ra­nía, su inte­gri­dad terri­to­rial y la dig­ni­dad de su pue­blo que se está defen­dien­do ante pla­nes hege­mó­ni­cos que, en defi­ni­ti­va, favo­re­cen los intere­ses de Israel.

Es nor­mal, en ese con­tex­to, que la aplas­tan­te mayo­ría de la pobla­ción pre­fie­ra defen­der su inde­pen­den­cia y que opte por la resis­ten­cia como medio de pro­te­ger su Esta­do. Las opo­si­cio­nes del inte­rior y del exte­rior han recha­za­do el diá­lo­go y olvi­da­do las refor­mas, que han deja­do de for­mar par­te de sus esló­ga­nes y recla­mos.

Mien­tras que el Esta­do, cons­cien­te de sus res­pon­sa­bi­li­da­des en cuan­to a la pre­ser­va­ción de la inde­pen­den­cia y de la inte­gri­dad terri­to­rial del país, reafir­ma has­ta las últi­mas con­se­cuen­cias su adhe­sión al diá­lo­go y pro­po­ne un pro­gra­ma de refor­mas que inclu­ye un calen­da­rio.

La cau­sa siria es hoy la cau­sa de la liber­tad y de la inde­pen­den­cia de una nación ante una gue­rra impla­ca­ble diri­gi­da por Esta­dos Uni­dos des­de el terri­to­rio tur­co y finan­cia­da por las petro­mo­nar­quías del Gol­fo, que son exac­ta­men­te lo con­tra­rio de la demo­cra­cia. Y para ali­men­tar esa gue­rra, la alian­za colo­nial no vaci­la en movi­li­zar yiha­dis­tas (un eufe­mis­mo para evi­tar la pala­bra terro­ris­ta) de todo el mun­do, como con­fie­sa la pro­pia agen­cia Fran­ce Pres­se, a la que no se pue­de acu­sar pre­ci­sa­men­te de sim­pa­ti­zar con el poder sirio.

Cien­tos de esos ele­men­tos resul­ta­ron muer­tos duran­te la lim­pie­za de Damas­co, en el barrio de Mida­ne, don­de pudo com­pro­bar­se que la mayo­ría de estos yiha­dis­tas eran extran­je­ros. Los demás fue­ron traí­dos des­de las regio­nes rura­les alre­de­dor de Damas­co y de Homs. Ese mis­mo esque­ma se repro­du­ce hoy en Ale­po, la segun­da ciu­dad de Siria, en el nor­te de ese país.

La opi­nión públi­ca siria cono­ce muy bien esas reali­da­des. Según estu­dios dig­nos de cré­di­to, en el peor de los casos, la pobla­ción siria se divi­di­ría qui­zás en 3 blo­ques des­igua­les: cer­ca del 50% apo­ya al Esta­do y a su ejér­ci­to y sigue con­fian­do en la capa­ci­dad del pre­si­den­te Bachar al-Assad para con­cre­tar las refor­mas; un 35% es par­ti­da­rio de las refor­mas aun­que es muy crí­ti­co hacia el poder actual, sobre todo en lo refe­ren­te a la corrup­ción.

Esa par­te de la pobla­ción es tam­bién fran­ca­men­te con­tra­ria a toda inter­ven­ción extran­je­ra y defien­de la inde­pen­den­cia y la uni­dad del país. El res­to, un 15%, apo­ya a las dife­ren­tes fac­cio­nes de la opo­si­ción, entre ellas a la Her­man­dad Musul­ma­na, movi­mien­to que lle­gó al poder en Egip­to y en otros paí­ses y que ha expre­sa­do su volun­tad de «tra­ba­jar» con Esta­dos Uni­dos.

La ulti­ma decep­ción para los que aún creían en el nue­vo pre­si­den­te egip­cio, Moha­med Mor­si, se pro­du­jo cuan­do este últi­mo se negó a levan­tar el blo­queo impues­to a la fran­ja de Gaza, des­pués de reci­bir al pri­mer minis­tro expul­sa­do del Hamas (la rama pales­ti­na de la Her­man­dad Musul­ma­na), Ismail Hani­yeh. El pre­tex­to de Mor­si es que com­pro­mi­sos inter­na­cio­na­les en mate­ria de segu­ri­dad obli­gan al gobierno del Cai­ro a man­te­ner el blo­queo con­tra Gaza.

El Esta­do sirio goza por lo tan­to del res­pal­do de dos ter­cios de la pobla­ción. Es por eso, y úni­ca­men­te por eso, que el régi­men sirio sigue resis­tien­do aún des­pués de 17 meses de una ver­da­de­ra mun­dial des­ata­da en su con­tra.

Por todas esas razo­nes, no hay dudas de que unos miles de mili­cia­nos finan­cia­dos por el Gol­fo, entre­na­dos por Tur­quía y orga­ni­za­dos por la CIA no tie­nen la menor posi­bi­li­dad de éxi­to ante el ejér­ci­to nacio­nal sirio en la ciu­dad de Ale­po. Las ecua­cio­nes inter­nas y exter­nas favo­re­cen la vic­to­ria al Esta­do, que logra­rá aplas­tar a las hor­das yiha­dis­tes inter­na­cio­na­les y lim­piar los nidos de insur­gen­tes.

La bata­lla será dura, difí­cil, qui­zás lar­ga, dados los medios colo­sa­les des­ple­ga­dos por Esta­dos Uni­dos y sus ayu­dan­tes regio­na­les e inter­na­cio­na­les. Pero, ade­más de la soli­dez de su ejér­ci­to y sus ins­ti­tu­cio­nes, Siria tie­ne a su favor la fir­me­za de Mos­cú y de Pekín, que no acep­ta­rán legi­ti­mar nin­gu­na acción mili­tar extran­je­ra.

Lo más impor­tan­te es, sin embar­go, que Siria dis­po­ne en esa lucha de una supe­rio­ri­dad moral. La bata­lla que Bashar al-Assad está libran­do en 2012 se pare­ce en muchos aspec­tos a la que libró y ganó Gamal Abdel Nas­ser, en 1956, con­tra las poten­cias colo­nia­les ya deca­den­tes en aque­lla épo­ca: Fran­cia y Gran Bre­ta­ña.

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