¿Y si la infla­ción no lle­ga…?- Mikel Ari­za­le­ta

¿Y por qué el futu­ro debe ajus­tar­se a mi inver­sión?

Esta maña­na se me acer­ca Harald Mar­tens­tein con perió­di­cos y revis­tas bajo el bra­zo, con libros y notas en su ban­do­le­ra, está furio­so, eno­ja­do, har­to, des­en­ga­ña­do, con­fu­so, des­ilu­sio­na­do…, y revol­vien­do en su taza de café con leche me mira en silen­cio, fija­men­te y me espe­ta:

Qui­sie­ra defen­der una tesis radi­cal, más allá de Thi­lo Sarra­zin y pres­cin­dien­do no sólo en par­te sino total­men­te del con­sen­so demo­crá­ti­co. En con­tra de los exper­tos y crea­do­res de opi­nión creo que nadie sabe lo que el futu­ro nos depa­ra. El futu­ro: un gran des­co­no­ci­do, qui­zá bello qui­zá horri­ble. Ésta es mi opi­nión. ¡Exper­tos, estoy har­to de voso­tros!

Leí una vez en un perió­di­co que exper­tos en clli­ma pre­di­je­ron hace 20 años una subi­da del nivel de los mares en el mun­do de unos 2 metros para el año 2100; poco des­pués reba­ja­ron sus pre­dic­cio­nes a 1´50, más tar­de a 60 cm. Fue cuan­do lle­ga­do a este pun­to cerré el perió­di­co y dejé de lado el artícu­lo, per­dí el inte­rés por la pre­dic­ción de la subi­da de las aguas. Temo que un buen día nos sor­pren­dan los mares del mun­do.

Tam­po­co los gurús de la eco­no­mía acier­tan casi nun­ca en sus pre­dic­cio­nes. De vez en cuan­do uno o dos gurús pro­nos­ti­can cer­te­ra­men­te un derrum­ba­mien­to, pero más tar­de vuel­ven a fallar en su pro­nós­ti­co. Tam­bién las vie­jas pito­ni­sas, las lec­to­ras de manos y echa­do­ras de car­tas acier­tan algu­na vez. En tiem­pos del can­ci­ller Kohl exper­tos en polí­ti­ca, en vir­tud de su cono­ci­mien­to, anun­cia­ron y pro­nos­ti­ca­ron a lo lar­go de 10 años inin­te­rrum­pi­da­men­te el final cer­cano de la era Kohl has­ta que, natu­ral­men­te, un día lle­gó, pero tar­dó. ¡Vaya que si tar­dó!

La pre­dic­ción se basa en pro­rro­gar la ten­den­cia del pre­sen­te. Pero en cual­quier momen­to pue­den sur­gir nue­vas ten­den­cias, que natu­ral­men­te nadie cono­ce toda­vía, ¡qué se yo!, qui­zá una explo­sión solar ines­pe­ra­da, qui­zá un inven­to que se con­vier­te en boom, qui­zá un aten­ta­do que tras­tor­na la polí­ti­ca…

Duran­te meses ven­go leyen­do adver­ten­cias sobre la apro­xi­ma­ción de una infla­ción. De eco­no­mía poseo el cono­ci­mien­to de un lego, que posee una cuen­ta corrien­te, mis comen­ta­rios incom­pe­ten­tes sobre polí­ti­ca eco­nó­mi­ca son del siguien­te tenor: “No es bueno gas­tar más de lo que entra”. Que qui­zá es así. De todas for­mas me he vis­to afec­ta­do por sus pro­nós­ti­cos y he que­ri­do ase­gu­rar mi dine­ro del Arma­ged­don de la eco­no­mía mun­dial. Mi dine­ro que son unos pocos miles de euros en el ban­co a pla­zo fijo.

Con eso no pue­do com­prar bie­nes inmue­bles o inver­tir en cemen­to. Y si com­pro algu­na acción, por expe­rien­cia, aca­rreo a la rui­na a tal empre­sa. Estoy com­pran­do arte, algo real, efec­ti­vo, no vir­tual e irreal. Com­pro cua­dros a tro­che y moche y ya no sé dón­de colo­car­los, ten­go las pare­des lle­nas. Cua­dros por todas par­tes, cua­dros a pata­das. Abro el arma­rio y caen al sue­lo las aguas fuer­tes de un colom­biano; obras de artis­tas des­co­no­ci­dos, la mayo­ría sin mar­cos…

Cla­ro está, no pue­den ser muy caros. Me intere­sa el arte joven del Bál­ti­co. ¿Pero me gus­ta el arte? Había olvi­da­do, tam­bién com­pro alha­jas. Y éstas sí sé que no me gus­tan.

Nadie cono­ce el futu­ro pero, a pesar de todo, uno se quie­re pre­ve­nir. ¿Y si aho­ra no lle­ga la infla­ción? ¿Si los exper­tos se con­fun­den de nue­vo? ¿Y si sin dine­ro un día me encuen­tro sen­ta­do sobre 8 cajo­nes reple­tos de óleos del Bál­ti­co o sobre esta alha­ja gri­sá­cea? ¡Por favor, que lle­gue la infla­ción!

¿Y por qué el futu­ro debe que ajus­tar­se a mi inver­sión?

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