El «corra­li­to» ale­mán- Anto­nio Alva­rez-Solis

La ten­den­cia a una mayor irre­gu­la­ri­dad del régi­men plu­vio­mé­tri­co se obser­va no solo en la Penín­su­la Ibé­ri­ca, sino en toda la cuen­ca occi­den­tal medi­te­rrá­nea

He leí­do con la tris­te­za con­si­guien­te las decla­ra­cio­nes del pre­si­den­te del ban­co cen­tral de Ale­ma­nia. La frial­dad con que enfo­ca la exis­ten­cia de las socie­da­des euro­peas estre­me­ce. Habla de Espa­ña, de Por­tu­gal, de Gre­cia, Irlan­da o Ita­lia como si ana­li­za­se el ren­di­mien­to de unos tra­ba­ja­do­res en un cam­po de con­cen­tra­ción. No cal­cu­la ni la enfer­me­dad ni la muer­te cola­te­ral de los ciu­da­da­nos de esos paí­ses. El dine­ro que ingre­se Ale­ma­nia por la hui­da de capi­ta­les hacia el bún­ker ale­mán es su úni­ca preo­cu­pa­ción. Creo, inclu­so, que el caba­lle­ro del Bun­des­bank ha cal­cu­la­do ya la apor­ta­ción que el tra­ba­jo secun­da­rio y some­ti­do de los paí­ses men­cio­na­dos pue­de apor­tar al dis­po­si­ti­vo indus­trial ale­mán, del que habría­mos de adqui­rir, ade­más, las mer­can­cías ya ter­mi­na­das. Ante este pano­ra­ma pare­ce líci­to hablar del «corra­li­to» ale­mán. El euro no es más que mone­da ale­ma­na y des­de Ale­ma­nia se con­tro­la cre­cien­te­men­te lo que la peri­fe­ria euro­pea pue­de gas­tar en el sos­tén de su pro­pia vida, que se está redu­cien­do a un míni­mo dra­má­ti­co. Eso es, pre­ci­sa­men­te, lo que ha de enten­der­se por «corra­li­to».

Me pre­gun­to, a la vis­ta de lo resu­mi­do en el párra­fo ante­rior, si no debe­mos pen­sar ya en una opo­si­ción cerra­da a la Euro­pa ger­ma­ni­za­da. Qui­zá sea nece­sa­rio reco­brar la sobe­ra­nía, pero no sola­men­te fren­te a Ale­ma­nia sino fren­te a los pro­pios Esta­dos ques­ling que some­ten a sus pue­blos a la nue­va dic­ta­du­ra ale­ma­na.

Vivir supo­ne algo más que un cálcu­lo eco­nó­mi­co, sobre todo si ese cálcu­lo está hecho por men­tes con­for­ma­das por un impe­ria­lis­mo vio­len­ta­men­te resu­ci­ta­do. Resul­ta indis­cu­ti­ble, ade­más, que si hay que hacer sacri­fi­cios, se hagan a favor del pro­pio pue­blo. Es decir, fue­ra del «corra­li­to».

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