Peque­ños maton­ci­llos- Borro­ka Garaia

Cada vez que oigo repe­tir como un loro al minis­tro de inte­rior espa­ñol el ague­rri­do “no esta­mos en tre­gua”, no se si es por­que es un fan obse­si­vo del gru­po Barri­ca­da de la Txan­trea o por­que alguien le debe dar cada vez que lo dice un azu­ca­ri­llo cual ani­mal amaes­tra­do aun­que no sepa ni lo que está diciendo.

Y es que me ima­gino la reu­nión don­de se deci­dió que esa fra­se fue­ra la esco­gi­da para que sea repe­ti­da por el minis­tro autó­ma­ta, que sería de las mis­mas reunio­nes en las que se deci­día tam­bién que medi­das tomar para evi­tar la caí­da libre en votos del espa­ño­lis­mo y el ascen­so del pue­blo aber­tza­le de izquier­da en Eus­kal Herria. Los figu­ras no tuvie­ron otra idea que cam­biar el cen­so elec­to­ral. El fas­cis­mo en reali­dad es muy sim­ple y direc­to, esa es una de sus “vir­tu­des”.

Han traí­do a cola­ción ade­más, a la hora de pre­sen­tar la idea tra­pi­che­ra de la mani­pu­la­ción del cen­so que ya en su día “se atre­vie­ron” a rea­li­zar accio­nes de cor­te pare­ci­do como las ile­ga­li­za­cio­nes que enor­gu­lle­ce­rían al enano de voz aflau­ta­da, y que pese a que son cons­cien­tes de que son medi­das fas­cis­tas “difi­ci­les de enten­der” y con difi­cul­ta­des “téc­ni­cas” han demos­tra­do su efi­ca­cia. Es posi­ble que nadie de su entorno cer­cano se atre­va a expli­car­les que si bien han cau­sa­do mucho daño, al final Paco aca­ba lle­gan­do con las reba­jas y que si han lle­ga­do a la con­vic­ción de la nece­si­dad de radi­cal­men­te mani­pu­lar el cen­so, entre otras cosas es gra­cias a que cuan­do inten­ta­ban poner un par­che pin­cha­ron el balón. Y por ese agu­je­ri­to por don­de se esca­pa el aire se esca­pa tam­bién la legi­mi­ti­dad espa­ño­lis­ta que se tra­du­ce, entre una gran varie­dad de con­se­cuen­cias, en esa pér­di­da de cien­tos de miles de votos que ha teni­do el PPSOE en Eus­kal Herria y la menos que nula capa­ci­dad de legi­ti­mar ante el pue­blo gobier­nos naci­dos de esas ilegalizaciones.

En el cole, de peque­ños, siem­pre solía exis­tir la figu­ra del abu­són que la empren­dia con­tra otros alum­nos. Gene­ral­men­te algo mayor en edad, cuan­do a esa cor­ta edad un sim­ple año era un mun­do. El temor bási­ca­men­te esta­ba basa­do en la ame­na­za y la pala­bre­ría que crea­ba como una espe­cie de halo de inven­ci­bi­li­dad alre­de­dor. Y era pre­ci­sa­men­te el temor, lo que hacía hacer­se cre­cer a esa “fie­re­ci­lla” temida.

Cada vez que alguien rehuía el enfren­ta­mien­to, esa fie­re­ci­lla se ali­men­ta­ba de ese mie­do, com­pla­cien­te y segu­ro iba suman­do nue­vas pre­sas. Eso le hacía auto-con­ven­cer­se de lo pode­ro­so que supues­ta­men­te era aun­que en reali­dad fue­ra el mie­do a él mis­mo y a los demás el eje que movía sus accio­nes inconscientemente.

Lo que no saben esos peque­ños maton­ci­llos es que siem­pre habrá alguien, antes o des­pués, que en vez de seguir el jue­go se les va a enfren­tar y que su úni­ca res­pues­ta será poner cara de sor­pre­sa y recu­lar. Como así hacían esas peque­ñas fie­re­ci­llas cuan­do se encon­tra­ban con alquien que ines­pe­ra­da­men­te daba un paso al frente.

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