Helios Sarthou, el eterno rebel­de- Car­los Azna­res

Mejor dicho, ha caí­do en com­ba­te, no por­que en sus manos por­ta­ra una pis­to­la o un fusil como cual­quie­ra de los lucha­do­res que supo admi­rar y defen­der cuan­do muchos calla­ron, sino por­que «el vie­jo» Sarthou eli­gió otro cam­po tan meri­to­rio y nece­sa­rio como aquel para desa­rro­llar su pasión mili­tan­te. Se puso des­de siem­pre del lado de los más humil­des, de los tra­ba­ja­do­res, los peo­nes rura­les, los exclui­dos que mal­vi­ven en los can­te­gri­les (villas mise­rias) orien­ta­les. Con ellos y ellas cami­nó duran­te gran par­te de sus 86 años de vida, dedi­cán­do­le sus sabe­res como abo­ga­do, defen­dién­do­los en cau­sas que pare­cían impo­si­bles de ganar, fren­te a patro­na­les explo­ta­do­ras y sabe­do­ras de una cruel­dad impu­ne que devol­vían en jac­tan­cia. Son innu­me­ra­bles los casos, en que a la luz de rei­vin­di­car a sus defen­di­dos, le tocó pelar en infe­rio­ri­dad de con­di­cio­nes, sin arre­drar­se ni dejar­se coop­tar por pro­me­te­do­ras pre­ben­das o aprie­tes infa­mes.

Son miles los tes­ti­mo­nios de su enfren­ta­mien­to a los pode­ro­sos, rei­vin­di­can­do la liber­tad sin­di­cal, o dan­do bata­lla des­de su trin­che­ra como Sena­dor, en defen­sa de los ocu­pan­tes de tie­rras, o impul­san­do una ley con­tra el aco­so sexual, para favo­re­cer a las tra­ba­ja­do­ras. Ni qué hablar de su denun­cia en el país y en el exte­rior a la dic­ta­du­ra mili­tar y sus cóm­pli­ces civi­les. O la impe­ra­ti­va exi­gen­cia de que se haga jus­ti­cia con los des­apa­re­ci­dos, los ase­si­na­dos, los per­se­gui­dos, y se envíe a cár­ce­les comu­nes a sus ver­du­gos. En todas esas patria­das, Sarthou bri­lló con luz pro­pia.

Como sol­da­do de la polí­ti­ca que era, Sarthou ilu­mi­nó con su pre­sen­cia aque­llos años peleo­nes del Fren­te Amplio, don­de par­ti­ci­pó como fun­da­dor en 1971, mucho antes que sus com­pa­ñe­ros de bata­lla aban­do­na­ran la lucha anti­im­pe­ria­lis­ta y capi­ta­lis­ta, y ente­rra­ran en un pozo de trai­cio­nes y corrup­te­las las ban­de­ras heroi­cas del socia­lis­mo. Por eso y no por otra cosa, «el vie­jo» que había sido digno y con­se­cuen­te sena­dor por ese par­ti­do, deci­dió aban­do­nar­lo en el 2008, aver­gon­za­do por el rum­bo social­de­mó­cra­ta y entre­guis­ta que ale­gre­men­te asu­mie­ron muchos de sus diri­gen­tes.

Sin embar­go, des­de ese momen­to Sarthou impri­mió aún más fuer­za a su cons­tan­cia para enfren­tar a los enemi­gos, reite­ran­do su apues­ta por los de aba­jo en una lucha de cla­ses que siem­pre sobre­vo­ló la vida polí­ti­ca uru­gua­ya. Des­de la Corrien­te de Izquier­da pri­me­ro (par­ti­do que supo moto­ri­zar con otros rebel­des de su estir­pe) y más cer­ca en el tiem­po, den­tro de las filas de la Asam­blea Popu­lar (que lo can­di­da­teó otra vez para sena­dor), embis­tió una y otra vez con­tra los moli­nos de vien­to que le fue ponien­do el des­tino en su reco­rri­do impe­tuo­so.

Quie­nes tuvi­mos la suer­te de cono­cer­lo en los últi­mos años, sabe­mos muy bien los pun­tos que cal­za­ba este Sarthou del que hoy habla­mos. Polí­ti­co de raza, sin pelos en la len­gua para denun­ciar los chan­chu­llos de los de arri­ba. Inter­na­cio­na­lis­ta con­ven­ci­do, defen­sor de la Revo­lu­ción Cuba­na y de Vene­zue­la Boli­va­ria­na en cada estra­do al que se lo invi­ta­ba a decir sus ver­da­des. Per­se­gui­dor impla­ca­ble, des­de su tri­bu­na como abo­ga­do o des­de su espa­cio radial, de la dere­cha oli­gár­qui­ca de «blan­cos» y «colo­ra­dos», pero tam­bién de quie­nes sal­ta­ron el char­co des­de la izquier­da y se con­vir­tie­ron en pie­zas edul­co­ra­das del Sis­te­ma. O en «nue­va dere­cha», como afir­ma el his­to­ria­dor Gon­za­lo Abe­lla.

Por eso, al evo­car a este que­ri­do «viejo«que hoy ha deci­di­do tomar­se un des­can­so, lo hace­mos con rabia, no sólo por­que se haya ido sino por­que no pudo ver coro­na­do en vida algo por lo que tan­to luchó: el ver ins­ta­la­do entre los humil­des un con­cep­to de patria dis­tin­ta, his­tó­ri­ca­men­te liga­da a las ideas del Arti­guis­mo y que en el pre­sen­te tie­ne que ver con esa asig­na­tu­ra pen­dien­te que es el socia­lis­mo. Una rei­vin­di­ca­ción que Sarthou no cejó de impul­sar jamás, inclu­so en estos malos momen­tos, don­de el pseu­do pro­gre­sis­mo de los Muji­ca, los Asto­ri o los Hui­do­bro, por citar sólo a algu­nos, hayan deci­di­do blas­fe­mar con­tra su pro­pio pasa­do en su ambi­ción de gober­nar.

Com­pa­ñe­ro Sarthou, ilus­tre y vene­ra­do mili­tan­te de las cau­sas jus­tas, aho­ra que te vas a encon­trar con otros cora­ju­dos revo­lu­cio­na­rios tan dig­nos e inclau­di­ca­bles, como el «Bebe» Raúl Sen­dic, el inol­vi­da­ble Mario Bene­det­ti, tu her­mano de tan­tas barri­ca­das Hugo Cores, o esos cien­tos de lucha­do­res tupa­ma­ros, socia­lis­tas, anar­quis­tas y comu­nis­tas, que enfren­ta­ron a la dic­ta­du­ra ponien­do el cuer­po y la san­gre, no nos cabe nin­gu­na duda que vas a seguir sub­vir­tien­do el pre­sen­te y apos­tan­do a un futu­ro mucho más jus­to y soli­da­rio para los que aquí aba­jo nos que­da­mos un poco huér­fa­nos por tu ausen­cia.

Car­los Azná­rez. Direc­tor de «Resu­men Lati­no­ame­ri­cano»

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