1969: Una hora con Roque Dal­ton- Mario Bene­det­ti

Roque Dal­ton ‑cuyo ani­ver­sa­rio 77 de naci­mien­to se cum­ple este 14 de mayo- fue entre­vis­ta­do el 14 de febre­ro de 1969 a pro­pó­si­to de la con­ce­sión del Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas de ese año

El jura­do de poe­sía del Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas (inte­gra­do por Efraín Huer­ta, de Méxi­co; José Agus­tín Goy­ti­so­lo, de Espa­ña; Anto­nio Cis­ne­ros, de Perú; René Depes­tre, de Hai­tí; y Rober­to Fer­nán­dez Reta­mar, de Cuba) tuvo que ele­gir entre 221 par­ti­ci­pan­tes. La deci­sión fue sin embar­go uná­ni­me y pre­mió, no solo a uno de los poe­tas más vita­les y remo­ve­do­res de Amé­ri­ca Lati­na, sino tam­bién a uno de los que mejor han sabi­do con­ju­gar el com­pro­mi­so polí­ti­co con el rigor artís­ti­co.

Roque Dal­ton (autor de «Taber­na y otros poe­mas») nació en San Sal­va­dor, El Sal­va­dor, el 14 de mayo de 1935. Estu­dió antro­po­lo­gía y dere­cho. Es miem­bro del Par­ti­do Comu­nis­ta sal­va­do­re­ño des­de los 22 años; fue diri­gen­te estu­dian­til y perio­dis­ta, y ha par­ti­ci­pa­do acti­va­men­te en la polí­ti­ca de su país.

En varias opor­tu­ni­da­des ha esta­do pre­so por su acti­vi­dad revo­lu­cio­na­ria, y en 1961 fue expul­sa­do de El Sal­va­dor por el gobierno mili­tar. Pos­te­rior­men­te ingre­só varias veces en for­ma clan­des­ti­na. En 1964 fue nue­va­men­te apre­sa­do, pero esta vez con­si­guió fugar­se. En los últi­mos años ha resi­di­do en Che­co­es­lo­va­quia y Cuba. Su obra poé­ti­ca y ensa­yís­ti­ca ha sido tra­du­ci­da a doce idio­mas. Ha publi­ca­do tres libros de poe­mas: «La ven­ta­na en el ros­tro», 1961; «El turno del ofen­di­do», 1963; «Los tes­ti­mo­nios», 1964.

¿Cómo carac­te­ri­za­rías la tra­yec­to­ria de tu poe­sía?

-Al igual que un gran núme­ro de poe­tas lati­no­ame­ri­ca­nos de mi edad, par­tí del mun­do neru­diano, o sea de un tipo de poe­sía que se dedi­ca­ba a can­tar, a hacer la loa, a cons­truir el himno, con res­pec­to a las cosas, el hom­bre, las socie­da­des. Era la poe­sía-can­to.

«Si en algu­na medi­da logré sal­var­me de esa acti­tud, fue debi­do a la insis­ten­cia en lo nacio­nal. El pro­ble­ma nacio­nal en El Sal­va­dor es tan com­ple­jo que me obli­gó a plan­tear­me los tér­mi­nos de su expre­sión poé­ti­ca con cier­to gra­do de com­ple­ji­dad, a par­tir por ejem­plo de su mito­lo­gía. Y lue­go, cier­ta visión del pro­ble­ma polí­ti­co, para la cual no era sufi­cien­te la expre­sión admi­ra­ti­va o con­de­na­to­ria, sino que pre­ci­sa­ba un aná­li­sis más pro­fun­do. Esto me obli­gó a ir car­gan­do mi poe­sía de anéc­do­tas, de per­so­na­jes cada vez más indi­vi­dua­li­za­dos.

«De ahí pro­vie­nen cier­tos aspec­tos narra­ti­vos de mi poe­sía, aun­que, lle­ga­do a deter­mi­na­da altu­ra, tam­po­co resul­ta­ron sufi­cien­tes y debie­ron ser sus­ti­tui­dos por una suer­te de racio­na­li­za­ción de los acon­te­ci­mien­tos. Vie­ne enton­ces mi poe­sía más ideo­ló­gi­ca, más car­ga­da de ideas».

En esta eta­pa pre­ci­sa, ¿usas tam­bién la poe­sía de per­so­na­jes?

-Sí, la sigo usan­do. Por ejem­plo, el libro pre­mia­do está car­ga­do de per­so­na­jes. A veces se da el caso de que los per­so­na­jes opi­nen en con­tra de lo que yo pien­so. Eso lo hago para esta­ble­cer una con­tra­dic­ción dia­léc­ti­ca, en el seno de la expre­sión poé­ti­ca. El lec­tor es quien pue­de resol­ver­la.

¿Y la zona sub­je­ti­va?

-Tam­bién exis­te, por supues­to. Inclu­so para enfren­tar la his­to­ria hay expre­sio­nes de ese tipo: sim­ple­men­te opi­nio­nes que sur­gen de una apre­cia­ción sub­je­ti­va de la reali­dad.

¿Cómo cali­fi­ca­rías «Taber­na y otros poe­mas» con res­pec­to a tu obra ante­rior? ¿Con­ti­nui­dad o rup­tu­ra?

-Yo diría que ambas cosas. Des­de el pun­to de vis­ta del desa­rro­llo de la expre­sión, es con­ti­nui­dad. Ahí están pre­sen­tes la poe­sía de per­so­na­jes, la índo­le narra­ti­va, la uti­li­za­ción de la anéc­do­ta, etc. Pero es tam­bién rup­tu­ra en la medi­da en que plan­tea, y acen­túa de una mane­ra nue­va, la expre­sión polí­ti­ca, lle­van­do así el con­flic­to a lo ideo­ló­gi­co, y rom­pien­do con una serie de estruc­tu­ras cadu­cas del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio en el que de algún modo estoy inmer­so.

Ten­go enten­di­do que el pri­mer títu­lo fue “Poe­mas pro­ble­mas”.

-Exac­ta­men­te. Ese títu­lo tenía para mí dos sig­ni­fi­ca­dos: por una par­te, yo esta­ba enton­ces influi­do por el movi­mien­to de poe­sía con­cre­ta y que­ría jugar un poco con la tipo­gra­fía (aho­ra la poe­sía con­cre­ta ha deja­do de inte­re­sar­me como jue­go tipo­grá­fi­co): fíja­te que la pala­bra “pro­ble­mas” solo tie­ne tres letras más que la pala­bra poe­mas. Apar­te de eso, refle­ja­ba, des­de el pun­to de vis­ta del con­te­ni­do, la esen­cia de lo que yo que­ría expre­sar en este libro, es decir: poe­mas que, al sumer­gir­se en la lucha ideo­ló­gi­ca, se con­ver­tían ellos mis­mos en pro­ble­mas.

¿Y por qué le cam­bias­te el títu­lo?

-La situa­ción plan­tea­da en el libro es ver­da­de­ra­men­te pro­ble­má­ti­ca: acen­tuar­la más aún des­de el títu­lo, hubie­ra sido repe­ti­ti­vo, tau­to­ló­gi­co.

Creo que el gran poe­ma del libro es el titu­la­do «Taber­na». Tam­bién fue el que más impre­sio­nó a los jura­dos, a pesar de su inusual exten­sión. ¿Cuál fue su géne­sis?

-«Taber­na» es vir­tual­men­te una cró­ni­ca de los esque­mas men­ta­les de un sec­tor impor­tan­te de la juven­tud che­ca, en los años 1966 y 1967. El méto­do de tra­ba­jo fue el siguien­te: hay en Pra­ga una taber­na muy famo­sa, una cer­ve­ce­ría que data del siglo XIII, lla­ma­da Ufle­ku, don­de se reúne la juven­tud che­ca a beber cer­ve­za y a con­ver­sar; tam­bién con­cu­rren muchos extran­je­ros resi­den­tes en Pra­ga. En varias opor­tu­ni­da­des, escu­ché allí tro­zos de con­ver­sa­cio­nes; eran de tal inte­rés (sobre todo si se con­si­de­ra el mar­co en que se daban: un país socia­lis­ta, a vein­te años de revo­lu­ción) que me impul­sa­ron a tomar apun­tes.

«De pron­to me di cuen­ta de que eso era un mate­rial socio­ló­gi­co y que yo esta­ba efec­tuan­do una suer­te de fur­ti­va encues­ta acer­ca de toda una ideo­lo­gía. Con­fie­so que empe­cé sin pro­pó­si­tos dema­sia­do defi­ni­dos, sim­ple­men­te orde­nan­do lo que reco­gía; lue­go pen­sé que el posi­ble méri­to era la pro­pia exis­ten­cia de ese mate­rial, y que el tra­to más ade­cua­do debía ser una rigu­ro­sa obje­ti­vi­dad.

«Me deci­dí enton­ces a cons­truir un poe­ma, debi­do a que las expre­sio­nes reco­gi­das tenían sufi­cien­te cali­dad lite­ra­ria; un poe­ma en el que fue­ra posi­ble intro­du­cir aque­llas expre­sio­nes, dejan­do que por sí mis­mas cons­tru­ye­ran sus posi­bi­li­da­des de con­flic­to. Las yux­ta­pu­se y les di algún tipo de mon­ta­je, pero sin inten­ción de jerar­qui­zar­las entre sí. Algo así como un poe­ma-obje­to; sin embar­go, la car­ga polí­ti­ca era tal, que dejó de ser un poe­ma-obje­to para con­ver­tir­se en algo emi­nen­te­men­te polí­ti­co».

Des­de un pun­to de vis­ta for­mal ¿qué dife­ren­cia hay entre el pro­ce­di­mien­to que uti­li­zas­te y el corrien­te­men­te usa­do por etnó­lo­gos o antro­pó­lo­gos? Pien­so en Oscar Lewis, o, para men­cio­nar un ejem­plo cubano, en Miguel Bar­net.

-En el caso de Bar­net, había un pro­pó­si­to ori­gi­nal. No hay que olvi­dar que Miguel tie­ne for­ma­ción cien­tí­fi­ca y tra­ba­jó con la inten­ción de recons­truir un perío­do de la his­to­ria cuba­na. En cam­bio, mi pun­to de par­ti­da fue mucho más inge­nuo. Yo par­tí del asom­bro polí­ti­co que, como comu­nis­ta extran­je­ro en Pra­ga, expe­ri­men­té al enfren­tar­me con un pano­ra­ma ideo­ló­gi­co que no espe­ra­ba encon­trar en un país que lle­va­ba vein­te años de socia­lis­mo. Ade­más, la expe­rien­cia del socia­lis­mo que yo tenía era la cuba­na, don­de el sen­ti­do de lo heroi­co, el fer­vor de la revo­lu­ción, el orgu­llo de ser comu­nis­ta y revo­lu­cio­na­rio, eran des­de lue­go el pan de cada día para la juven­tud; en cam­bio, la pro­ble­má­ti­ca plan­tea­da por los jóve­nes pra­guen­ses, era una mes­co­lan­za de mis­ti­cis­mo, reli­gio­si­dad, anti­co­mu­nis­mo, esno­bis­mo, nihi­lis­mo; o sea una can­ti­dad de for­mas ideo­ló­gi­cas que el impe­ria­lis­mo expor­ta para el con­su­mo de los pue­blos que él mis­mo se encar­ga de opri­mir.

Ya sé que hay inevi­ta­bles dis­tor­sio­nes de la memo­ria, y no me refie­ro a ellas cuan­do te hago la pre­gun­ta: ¿nun­ca pusis­te en boca de los jóve­nes algu­na expre­sión inven­ta­da?

-Prác­ti­ca­men­te no inven­té nada. Cla­ro que en la labor de mon­ta­je hubo algu­nos giros com­ple­men­ta­rios. Y eso daba la con­ti­nui­dad de un pen­sa­mien­to a otro. A veces, ante la pers­pec­ti­va de que un pen­sa­mien­to pudie­ra ser mejor enten­di­do con el agre­ga­do de una metá­fo­ra, hice ano­ta­cio­nes en ese sen­ti­do. Por ejem­plo, hay un momen­to en que hablan de Áfri­ca en una for­ma un poco des­pec­ti­va. Enton­ces cons­tru­yo una metá­fo­ra car­ga­da de ese con­te­ni­do de menos­pre­cio, y pon­go en boca de uno de los mucha­chos estas pala­bras: “Áfri­ca, ese mer­ca­do negro”. Nadie las dijo nun­ca en la taber­na, pero son un afi­na­mien­to de lo que que­rían decir.

La sec­ción che­ca del libro, ¿fue escri­ta antes o des­pués de los acon­te­ci­mien­tos de agos­to de 1968?

-Fue escri­ta en los años 1966 y 1967, o sea cuan­do viví en Pra­ga.

Me pare­ce impor­tan­te des­ta­car­lo, por­que los suce­sos de 1968 pue­den car­gar tus poe­mas de un sen­ti­do muy par­ti­cu­lar.

-Des­de lue­go. Mis poe­mas repre­sen­tan la visión de un lati­no­ame­ri­cano, en esos años, o sea cuan­do se esta­ban ges­tan­do muchos de los con­flic­tos de hoy. La par­te che­ca es la sec­ción final del libro. La par­te inter­me­dia es una visión de mi país, a par­tir de una mira­da extran­je­ra. Otra vez una poe­sía de per­so­na­jes. Pon­go a hablar a los inte­gran­tes de una fami­lia ingle­sa, muy deca­den­te y aris­to­crá­ti­ca, que lle­ga a El Sal­va­dor con el obje­to de reha­cer su for­tu­na, per­di­da en Ingla­te­rra, y que se enfren­ta a las con­di­cio­nes de un país sub­de­sa­rro­lla­do, con la acti­tud de la aris­to­cra­cia ingle­sa veni­da a menos.

«Tuve noti­cias de esa fami­lia por expre­sio­nes que le oí a mi padre (quien, como sabes, era nor­te­ame­ri­cano), refi­rién­do­se a la total incom­pren­sión con que esos ingle­ses mira­ban el país. Esbo­cé esos per­so­na­jes melan­có­li­cos, y cons­truí una serie de poe­mas que son una mane­ra de reír­nos los lati­no­ame­ri­ca­nos de la visión que de noso­tros tie­nen los euro­peos. Por últi­mo, y ya que segui­mos un orden inver­so, la par­te intro­duc­to­ria del libro está com­pues­ta por una colec­ción de poe­mas sin mayor uni­dad, acer­ca de temas varios».

Y la línea amo­ro­sa, que ha sido bas­tan­te impor­tan­te en tu poe­sía, ¿pro­si­gue en este libro?

-Sí. Pro­si­gue en todos los nive­les; tan­to en los poe­mas suel­tos, don­de hay pro­ble­mas amo­ro­sos per­so­na­les, como en los refe­ren­tes a la fami­lia ingle­sa, don­de se tie­ne en cuen­ta el con­flic­to amo­ro­so deca­den­te. Por últi­mo, están pre­sen­tes algu­nos aspec­tos del amor en el seno de una socie­dad socia­lis­ta, cuan­do el amor y la socie­dad se enfren­tan des­de el pun­to de vis­ta de una con­cien­cia defor­ma­da. Es el caso de la decan­ta­ción del amor sobre la base de una vida común, cimen­ta­da en fal­sos valo­res. Hay un poe­ma que se titu­la “His­to­ria de un amor” y que está inte­gra­do por una serie de docu­men­tos sobre el des­tino trá­gi­co de una pare­ja, for­ma­da por un extran­je­ro y una mucha­cha che­ca que se casan en Pra­ga y empie­zan a vivir fal­sa­men­te el socia­lis­mo; final­men­te, el matri­mo­nio se des­tru­ye de la mane­ra más bur­gue­sa posi­ble.

Por los frag­men­tos que conoz­co de tu libro, y por lo que aho­ra me cuen­tas, veo que podría ser con­si­de­ra­do como poe­sía com­pro­me­ti­da. Aho­ra bien, ¿qué sen­ti­do le das al com­pro­mi­so?

-Me pare­ce que para noso­tros, lati­no­ame­ri­ca­nos, ha lle­ga­do el momen­to de estruc­tu­rar lo mejor posi­ble el pro­ble­ma del com­pro­mi­so. En mi caso par­ti­cu­lar, con­si­de­ro que todo lo que escri­bo está com­pro­me­ti­do con una mane­ra de ver la lite­ra­tu­ra y la vida a par­tir de nues­tra más impor­tan­te labor como hom­bres: la lucha por la libe­ra­ción de nues­tros pue­blos. Sin embar­go, no debe­mos dejar que este con­cep­to se con­vier­ta en algo abs­trac­to. Yo creo que está liga­do con una vía con­cre­ta de la revo­lu­ción, y que esa vía es la lucha arma­da.

«A este nivel, entien­do que nues­tro com­pro­mi­so es irre­duc­ti­ble, y que todos los otros nive­les del com­pro­mi­so teó­ri­co y meto­do­ló­gi­co de la lite­ra­tu­ra con el mar­xis­mo, con el huma­nis­mo, con el futu­ro, con la dig­ni­dad del hom­bre, etc., deben dis­cu­tir­se y ampliar­se, a fin de acla­rar­los para quie­nes van a rea­li­zar prác­ti­ca­men­te ese com­pro­mi­so en su obra y en su vida; pero en noso­tros, escri­to­res lati­no­ame­ri­ca­nos que pre­ten­de­mos ser revo­lu­cio­na­rios, el pro­ble­ma del com­pro­mi­so de nues­tra lite­ra­tu­ra debe con­cre­tar­se hacia una deter­mi­na­da for­ma de lucha».

Den­tro de esa acep­ción, ¿qué lugar dejas a aque­llos auto­res que escri­ben cuen­tos fan­tás­ti­cos, o cuen­tos rea­lis­tas no refe­ri­dos a una con­cre­ta reali­dad polí­ti­ca, y que en su acti­tud per­so­nal tie­nen en cam­bio una mili­tan­cia?

-No creo que este pro­ble­ma se resuel­va a nivel de géne­ros. Un com­ba­tien­te revo­lu­cio­na­rio pue­de hacer mag­ní­fi­ca lite­ra­tu­ra inme­dia­tis­ta, e inclu­so pan­fle­ta­ria si le vie­ne en gana o si las nece­si­da­des de la lucha coti­dia­na así se lo exi­gen; pero tam­bién sir­ve a la revo­lu­ción si es un exce­len­te escri­tor de cien­cia-fic­ción, ya que la lite­ra­tu­ra, entre otras fun­cio­nes, cum­ple la de ampliar los hori­zon­tes del hom­bre. En la medi­da en que el pue­blo pue­de cap­tar los sig­ni­fi­ca­dos, últi­mos o inme­dia­tos, de una gran lite­ra­tu­ra de fic­ción, esta­rá más cer­ca de nues­tra lucha, y más toda­vía si es capaz de ana­li­zar la ena­je­na­ción que el enemi­go le impo­ne.

«Por eso no vemos razo­nes para plan­tear la obli­ga­ción de que el escri­tor mili­tan­te se reduz­ca gené­ri­ca o temá­ti­ca­men­te a una línea muy estre­cha. Par­ta­mos mejor del otro extre­mo, o sea de su acti­tud ante la lucha revo­lu­cio­na­ria. Una vez que este pro­ble­ma está resuel­to, el asun­to de los géne­ros y del rum­bo lite­ra­rio ser­vi­rán para enri­que­cer la línea revo­lu­cio­na­ria que ha esco­gi­do en su vida. Por otra par­te, y tal como lo cita la últi­ma decla­ra­ción del comi­té de cola­bo­ra­ción de la revis­ta Casa de las Amé­ri­cas, en la lucha de cla­ses se cum­ple tam­bién el papel de arre­ba­tar­le a la bur­gue­sía el pri­vi­le­gio de la belle­za, como lo sos­tie­ne Regis Debray. En el terreno lite­ra­rio, las rela­cio­nes entre la mili­tan­cia y la lite­ra­tu­ra como resul­ta­do de la crea­ción de un revo­lu­cio­na­rio, solo pue­den ser posi­ti­vas.

«Hay otro terreno en el que sí podría haber con­flic­to, y es a nivel ideo­ló­gi­co. En la medi­da en que, a tra­vés de la lite­ra­tu­ra, se plan­tea­ran ideo­ló­gi­ca­men­te posi­cio­nes que estu­vie­ran en con­tra­dic­ción con la mili­tan­cia revo­lu­cio­na­ria, se ori­gi­na­ría un con­flic­to, del cual no tie­ne cul­pa la lite­ra­tu­ra corno tal; se tra­ta­ría más bien de un pro­ble­ma ideo­ló­gi­co del escri­tor. Ahí es don­de cabe situar el pro­ble­ma de las famo­sas “des­ga­rra­du­ras” entre el poe­ta y el mili­tan­te polí­ti­co, cuan­do ambos son la mis­ma per­so­na. “Des­ga­rra­du­ra” es un tér­mino que se ha acui­ta­do para ocul­tar que se tra­ta de un pro­ble­ma ideo­ló­gi­co; si se le quie­re seguir lla­man­do así, habrá que decir que se tra­ta de una des­ga­rra­du­ra ideo­ló­gi­ca, y que por tan­to debe solu­cio­nar­se a nivel ideo­ló­gi­co».

En tu caso per­so­nal, ¿ha habi­do con­flic­to entre tu mili­tan­cia polí­ti­ca y tu cali­dad de escri­tor?

-En algu­na oca­sión me han pre­gun­ta­do eso, y muy a la lige­ra he dicho que no. Lo que he que­ri­do decir es que para mí ha sido posi­ble estruc­tu­rar mi obra poé­ti­ca en el seno de una vida de mili­tan­cia polí­ti­ca, o sea que me acos­tum­bré a escri­bir en la clan­des­ti­ni­dad, en con­di­cio­nes difí­ci­les. Pero evi­den­te­men­te exis­te otro nivel, He teni­do con­flic­to cuan­do he teni­do pro­ble­mas ideo­ló­gi­cos. Cada vez que he expe­ri­men­ta­do una des­ga­rra­du­ra, ha sido por­que se me plan­tea­ba una con­tra­dic­ción entre una posi­ción polí­ti­ca y una posi­ción ideo­ló­gi­ca expre­sa­da en mi lite­ra­tu­ra. En la medi­da en que pude supe­rar mis debi­li­da­des en este terreno, di pasos hacia ade­lan­te; en la medi­da en que no los pude supe­rar, ten­go aún con­flic­tos.

«Hay una serie de aspec­tos de la revo­lu­ción, muchos de ellos plan­tea­dos a esca­la mun­dial, fren­te a los cua­les yo posi­ble­men­te no ten­go con­cep­tos muy cla­ros, y por lo tan­to sien­to que me afec­tan; pero, como te decía antes, son cues­tio­nes abso­lu­ta­men­te reso­lu­bles en el plano ideo­ló­gi­co».

Como sabes, hace tiem­po que me vie­nen preo­cu­pan­do los pro­ble­mas deri­va­dos de las rela­cio­nes entre el inte­lec­tual y el socia­lis­mo, entre el escri­tor y la revo­lu­ción. Muchas veces juz­ga­mos esa rela­ción en base a pre­jui­cios peque­ño­bur­gue­ses y a un con­cep­to libe­ral de cier­tas pala­bras cla­ves; tam­bién en otras épo­cas fue­ron pro­pues­tos como solu­cio­nes cier­tos méto­dos rela­cio­na­dos con el esta­li­nis­mo. Per­so­nal­men­te creo que la ver­da­de­ra solu­ción no está en nin­guno de esos plan­teos. Qui­zá deba­mos crear una nue­va rela­ción entre el escri­tor y la revo­lu­ción. O aca­so inven­tar­la. Me gus­ta­ría cono­cer tu opi­nión sobre esto.

-Bueno, tú par­tes de reali­da­des con­cre­tas que nos aho­rran defi­ni­cio­nes. Por un lado, pre­jui­cios peque­ño­bur­gue­ses que se inter­po­nen entre el escri­tor y las ins­ti­tu­cio­nes del socia­lis­mo, entre el artis­ta y la revo­lu­ción en el poder; y por otra par­te las meto­do­lo­gías, des­ti­na­das a resol­ver este tipo de rela­cio­nes, que otor­ga­ra el esta­li­nis­mo en el pasa­do. Creo tam­bién que usas­te una pala­bra jus­ta para hacer la pro­po­si­ción: hablas­te de inven­tar nue­vos méto­dos y nue­vos con­te­ni­dos en la rela­ción del escri­tor con el socia­lis­mo ins­ti­tu­cio­na­li­za­do.

«Des­de lue­go, se tra­ta de una labor muy amplia, que debe ser de inven­ción común, en la cual par­ti­ci­pen los crea­do­res, los hom­bres de cul­tu­ra, el Esta­do, las ins­ti­tu­cio­nes del socia­lis­mo, pero todos en rela­ción con el pue­blo, que en defi­ni­ti­va es el des­ti­na­ta­rio últi­mo y el pro­duc­tor pri­ma­rio de toda la mate­ria cul­tu­ral, en cuya ela­bo­ra­ción no somos sino inter­me­dia­rios. En las gran­des pers­pec­ti­vas de esta inven­ción no deben por lo tan­to inter­po­ner­se pro­po­si­cio­nes según las cua­les los crea­do­res sea­mos sim­ples dic­ta­do­res de vie­jas opi­nio­nes, ni tam­po­co que se intro­duz­can por algún res­qui­cio los méto­dos esta­li­nis­tas que sen­ta­ron juris­pru­den­cia para resol­ver deter­mi­na­dos pro­ble­mas en este terreno.

«La cues­tión es ver­da­de­ra­men­te pro­fun­da y tie­ne que ver con los fines últi­mos de la revo­lu­ción. En la actua­li­dad hay que dar­le par­ti­cu­lar impor­tan­cia a este pro­ble­ma; todos esta­mos obli­ga­dos a par­ti­ci­par en su solu­ción, así como a ini­ciar la dis­cu­sión con un nue­vo esti­lo, dis­pues­tos a lla­mar a los pro­ble­mas por su nom­bre y a no per­der jamás la obje­ti­vi­dad. Debe­mos hacer­lo con un cri­te­rio revo­lu­cio­na­rio, mar­xis­ta, cien­tí­fi­co, ape­ga­do a la expe­rien­cia his­tó­ri­ca y a las pers­pec­ti­vas con­cre­tas del futu­ro, tal como se tra­ba­ja cuan­do se pla­ni­fi­ca una zafra, la aper­tu­ra de una nue­va rama indus­trial o las rela­cio­nes inter­na­cio­na­les de un Esta­do. Entien­do que pode­mos ver estas posi­bi­li­da­des con opti­mis­mo. En nues­tros paí­ses, sobre todo en el lugar don­de el socia­lis­mo se ha encar­na­do real­men­te en nues­tro hemis­fe­rio (me refie­ro a Cuba), se abren reales posi­bi­li­da­des de una ins­tau­ra­ción de nue­vas rela­cio­nes y de inven­tar­las con auda­cia (pre­ci­sa­men­te la auda­cia ha sido una carac­te­rís­ti­ca de esta revo­lu­ción), con la mira­da pues­ta en Amé­ri­ca Lati­na, ya que Cuba es el ini­cio de la revo­lu­ción lati­no­ame­ri­ca­na».

Men­cio­nas­te la dimen­sión his­tó­ri­ca, y tam­bién la auda­cia de la expe­rien­cia cuba­na. Me pare­ce que si a esa auda­cia agre­ga­mos una modes­tia ver­da­de­ra por par­te del crea­dor, tal vez encon­tre­mos los ele­men­tos para resis­tir a dos de las más ries­go­sas ten­ta­cio­nes que pade­ce hoy el inte­lec­tual: ser fis­cal de la his­to­ria, o ser víc­ti­ma de ella.

-Tocas un pro­ble­ma impor­tan­te. Los inte­lec­tua­les ten­dría­mos que con­cu­rrir a la ela­bo­ra­ción del nue­vo tipo de rela­cio­nes entre el artis­ta y la revo­lu­ción, con abso­lu­ta con­cien­cia de ese tipo de peli­gros. La últi­ma expe­rien­cia his­tó­ri­ca nos demues­tra que, pre­ci­sa­men­te por nues­tras debi­li­da­des ideo­ló­gi­cas, por nues­tros pre­jui­cios peque­ño­bur­gue­ses, por el tipo de socie­dad en la que hemos esta­do inmer­sos y que tan­to nos ha defor­ma­do, tra­ta­mos de pre­ser­var nues­tra indi­vi­dua­li­dad has­ta terri­to­rios que con­tra­di­cen las raí­ces mis­mas de nues­tros idea­les huma­nis­tas.

«¿Qué les ha pasa­do a los gran­des poe­tas que han tra­ta­do de con­ver­tir­se en fis­ca­les into­ca­bles de la vida públi­ca, o a los escri­to­res que, en nom­bre de una supues­ta liber­tad into­ca­ble, tra­tan de con­ver­tir­se en víc­ti­mas de la his­to­ria? A pesar de lo con­mo­ve­do­res que pue­dan pare­cer­nos sus ava­ta­res, debe­mos reco­no­cer que uno a uno han ido cayen­do y han ter­mi­na­do por incor­po­rar­se, muchas veces a pesar suyo, a la gran indus­tria del espec­tácu­lo edi­to­rial, del gran show edi­to­rial que, detrás de su apa­rien­cia lumi­no­sa, tie­ne intere­ses con­cre­tos que pue­den res­pon­der al enemi­go.

«Cuan­do una per­so­na­li­dad que mane­ja los pro­ble­mas de la con­cien­cia, de la his­to­ria, de la cul­tu­ra, y que muchas veces ha sido por­ta­voz de gran­des inquie­tu­des de nues­tras masas, cuan­do un poe­ta a quien el pue­blo le ha dado su calor, cae en la indus­tria del espec­tácu­lo a que alu­do, se con­vier­te de inme­dia­to en un ele­men­to más de la ena­je­na­ción de nues­tras masas popu­la­res y por lo tan­to pasa a cum­plir una labor his­tó­ri­ca fran­ca­men­te nega­ti­va, reac­cio­na­ria. Nin­guno de noso­tros está libre de caer en ese ries­go, y por eso la vigi­lan­cia sobre noso­tros mis­mos y sobre nues­tros com­pa­ñe­ros debe man­te­ner­se, en un sen­ti­do revo­lu­cio­na­rio, a pesar de que los evi­den­tes erro­res come­ti­dos en el pasa­do por par­te de ins­ti­tu­cio­nes de esta­dos socia­lis­tas, nos pon­gan muchas veces en guar­dia con­tra cier­tas pala­bras.

«Esta­mos entre revo­lu­cio­na­rios y deja­ría­mos de ser­lo en el momen­to en que entre­gá­se­mos las armas de la crí­ti­ca; pero no sim­ple­men­te como escri­to­res, sino tam­bién como ciu­da­da­nos de un país, como revo­lu­cio­na­rios de fila. Ade­más, como escri­to­res, tene­mos dere­cho a la crí­ti­ca, y a plan­tear los pro­ble­mas en el nivel que sea, y con la pro­fun­di­dad que nos impon­ga nues­tra con­cien­cia. Sin embar­go, debe­mos estar vigi­lan­tes con res­pec­to a la otra situa­ción: sea­mos res­pon­sa­bles ante noso­tros mis­mos de esos peli­gros que tú has seña­la­do, en la medi­da en que este­mos dis­pues­tos a no ofen­der­nos por lla­mar­nos ser­vi­do­res de nues­tros pue­blos. Si hay escri­to­res a quie­nes les pare­ce deni­gran­te ser­vir al pue­blo, fran­ca­men­te no vale la pena que hable­mos de ellos».

Así como decía­mos que con­vie­ne estu­diar la rela­ción entre el escri­tor y el socia­lis­mo, den­tro de un esta­do socia­lis­ta, creo que tam­bién debe­ría­mos estu­diar los pro­ble­mas deri­va­dos de la pre­sen­cia de un escri­tor revo­lu­cio­na­rio den­tro de una socie­dad de impron­ta capi­ta­lis­ta, o sea den­tro de un mer­ca­do de con­su­mo.

-Cuan­do apun­tá­ba­mos que un escri­tor inser­to en un país socia­lis­ta pue­de caer en la ten­ta­ción de la indus­tria mun­dial del espec­tácu­lo edi­to­rial, o sea la indus­tria que per­si­gue la ena­je­na­ción de las masas popu­la­res, está­ba­mos seña­lan­do un peli­gro real pero tam­bién excep­cio­nal. En cam­bio, el escri­tor que tra­ba­ja en el mun­do capi­ta­lis­ta, vive inmer­so n una situa­ción pre­si­di­da por un gran apa­ra­to que por lo gene­ral está al ser­vi­cio de la ideo­lo­gía del enemi­go, y por lo tan­to corre el ries­go de con­ver­tir­se en su víc­ti­ma inme­dia­ta. Aun el escri­tor que se rebe­la, aun el escri­tor que es digno de su papel y lucha con­tra la ena­je­na­ción, pue­de ser una víc­ti­ma de ese apa­ra­ta­je y ser alu­di­do des­de dife­ren­tes nive­les.

Algo así como una “ope­ra­ción seduc­ción”.

-O una “ope­ra­ción soborno”, que inclu­ye manio­bras des­ti­na­das a dotar­lo de, una bue­na con­cien­cia a pesar de las con­ce­sio­nes que poco a poco se le pue­dan arran­car. Todo está des­ti­na­do a un fin últi­mo: asi­mi­lar­lo al gran apa­ra­to de ena­je­na­ción, mon­ta­do en con­tra de nues­tras masas popu­la­res.

El mero hecho de neu­tra­li­zar­lo, ¿no es aca­so un buen divi­den­do para el enemi­go?

-Des­de lue­go, en este aspec­to el enemi­go ejer­ce una acción coti­dia­na, cos­to­sí­si­ma, que se mani­fies­ta en todos los órde­nes de la vida cul­tu­ral: edi­cio­nes lujo­sas, exce­len­te pro­mo­ción del libro, glo­ria efí­me­ra, la posi­bi­li­dad de con­ver­tir­se en una suer­te de pros­ti­tu­ta inte­lec­tual, muy bien paga­da, o un paya­so sim­pá­ti­co, al ser­vi­cio de los intere­ses más incon­fe­sa­bles, aun­que a veces, en los mejo­res y más ino­cen­tes de los casos, no se ten­ga con­cien­cia de ello. Lo que me pro­du­ce preo­cu­pa­ción es que tales manio­bras de seduc­ción alcan­cen a muchos de nues­tros com­pa­ñe­ros y que estos no advier­tan que al caer en la fal­ta de serie­dad, en la paya­sa­da, o en, las con­ce­sio­nes direc­tas al enemi­go, están con­tri­bu­yen­do a crear en los pue­blos la ima­gen de que al inte­lec­tual pro­me­dio solo le intere­sa la fri­vo­li­dad, la publi­ci­dad, la ton­te­ría.

Por eso men­cio­na­ba la modes­tia. Den­tro de la ope­ra­ción-seduc­ción, uno de los ele­men­tos que mejor mane­ja el enemi­go es un fino tra­ta­mien­to de la vani­dad. Fren­te a la modes­tia ver­da­de­ra, una modes­tia que es tam­bién orgu­llo, el impe­ria­lis­mo se sien­te des­ar­ma­do. Aho­ra, vol­vien­do a tu poe­sía, ¿cómo crees que este libro que aca­ba de ser pre­mia­do, y tu poe­sía en gene­ral, se inser­tan en la lite­ra­tu­ra sal­va­do­re­ña?

-Los orí­ge­nes cul­tu­ra­les de mi pro­duc­ción, y el hecho de tra­tar, por medio de la lite­ra­tu­ra, de vol­ver a mi país, con una visión tal vez enri­que­ci­da por la expe­rien­cia del exi­lio, son en reali­dad con­tri­bu­cio­nes de mi país a lo que yo hago. Hay ade­más cier­tos esque­mas men­ta­les, cier­tas estruc­tu­ras de len­gua­je, que des­de lue­go son abso­lu­ta­men­te sal­va­do­re­ñas. Pero en lo que se refie­re a mi obra poé­ti­ca, no creo que sea con­ti­nua­ción, o que haya reci­bi­do influen­cia deci­si­va, de quie­nes han escri­to poe­sía en El Sal­va­dor. Por el con­tra­rio, en un por­cen­ta­je bas­tan­te alto he par­ti­do de un recha­zo con res­pec­to a la poe­sía que ante­rior­men­te se había escri­to en mi país, poe­sía muchas veces ino­fen­si­va, que rara vez ha ido al fon­do. Y esto no es solo una apre­cia­ción per­so­nal, sino que es tam­bién lo que dice la crí­ti­ca sal­va­do­re­ña res­pec­to de lo que allí se cono­ce de mi poe­sía. Pre­ci­sa­men­te se ha seña­la­do su carác­ter de rup­tu­ra.

¿De cuál de los nue­vos poe­tas sal­va­do­re­ños te sien­tes más cer­ca?

-Fun­da­men­tal­men­te, de Man­lio Argue­ta. Es un poe­ta de mi edad, que por cier­to se ha con­ver­ti­do últi­ma­men­te en un nove­lis­ta muy valio­so. La poe­sía de Argue­ta está den­tro de una línea muy reno­va­do­ra: es des­en­fa­da­da, de gran ampli­tud temá­ti­ca. Hay tam­bién un mucha­cho nue­vo, muy joven: Alfon­so Qui­ja­da. No ha publi­ca­do nin­gún libro, pero conoz­co poe­mas suel­tos que reve­lan un autén­ti­co talen­to. Tam­bién un poe­ta cató­li­co, David Esco­bar Galin­do, muy joven tam­bién pero con gran­des posi­bi­li­da­des de desa­rro­llo. Y des­de lue­go, Rober­to Armi­jo, de mi pro­mo­ción: no solo como poe­ta, tam­bién como ensa­yis­ta nos ha ayu­da­do mucho a todos en el plan­teo de pro­ble­mas sobre nues­tra cul­tu­ra nacio­nal.

Está asi­mis­mo tu inser­ción en la poe­sía lati­no­ame­ri­ca­na actual. Algu­na vez escri­bí que había dos fami­lias de poe­tas lati­no­ame­ri­ca­nos, la fami­lia Neru­da y la fami­lia Valle­jo. ¿A cuál de ellas sien­tes que per­te­ne­ces?

-Mira, yo qui­sie­ra ser uno de los nie­tos de Valle­jo. Con la fami­lia Neru­da no ten­go nada que ver. Hemos roto nues­tras rela­cio­nes hace tiem­po. De todos aque­llos que sur­gi­mos impul­sa­dos por el cli­ma de Valle­jo (aun­que a esta altu­ra no sé si que­da­rá algún ras­tro en nues­tra expre­sión for­mal), des­car­na­do y humano, me sien­to cer­ca de poe­tas lati­no­ame­ri­ca­nos como Juan Gel­man, Enri­que Lihn, Fer­nán­dez Reta­mar, Ernes­to Car­de­nal.

Y apar­te de los lati­no­ame­ri­ca­nos, ¿cuá­les son tus poe­tas mayo­res?

-Tal vez un gru­po de poe­tas fran­ce­ses, muy disí­mi­les entre sí. De cada uno he toma­do algo. Pien­so en Hen­ri Michaux, Jac­ques Pre­vert, y (a pesar de que nadie me crea) Saint John Per­se. Los leí casi simul­tá­nea­men­te y ejer­cie­ron una nota­ble influen­cia sobre mí. Tam­bién algu­nos poe­tas de len­gua ingle­sa, como Eliot o Pound. Sin embar­go, creo que mi poe­sía, sobre todo a par­tir de «El turno del ofen­di­do», se nutrió de otros géne­ros en mayor gra­do que de la poe­sía. Por ejem­plo: la nove­la, el cuen­to, y has­ta el cine. Cons­cien­te­men­te tra­té de pro­pi­ciar­me cli­mas gene­ra­do­res de una acti­vi­dad poé­ti­ca.

¿Y cuá­les serían esos nove­lis­tas?

-En el caso de «El turno del ofen­di­do», hay cone­xión (tes­ti­mo­nia­da a veces por epí­gra­fes) con la nove­lís­ti­ca de Faulk­ner, e inclu­so con la de Heming­way, a pesar de que por su seque­dad no pare­ce el más indi­ca­do para dar­le a uno alien­to poé­ti­co. Qui­zá ello se haya debi­do a que ya por ese enton­ces me esta­ba orien­tan­do hacia una poe­sía de ideas, y lo que encon­tra­ba en los nove­lis­tas eran pre­ci­sa­men­te ideas. Creo que esa fue la mecá­ni­ca de la influen­cia. Y lue­go la nove­la lati­no­ame­ri­ca­na, con la que me he sen­ti­do espe­cial­men­te a gus­to en los últi­mos tiem­pos. Aque­llos escri­to­res que hicie­ron nove­la en tan­to poe­tas, como es el caso de mi ex-ami­go Miguel Ángel Astu­rias, nun­ca ejer­cie­ron influen­cia sobre mí. Yo leía las nove­las de Astu­rias como gran­des poe­mas surrea­lis­tas. Dis­tin­ta es la rela­ción con los nove­lis­tas actua­les. Para mí ha sido muy esti­mu­lan­te la nove­lís­ti­ca de Julio Cor­tá­zar, con la cual siem­pre me enten­dí muy bien. Sobre todo por­que Cor­tá­zar tie­ne una lite­ra­tu­ra de infan­cia, que de algún modo se unía con mis viven­cias. A pesar de haber naci­do en El Sal­va­dor, yo cre­cí en la órbi­ta del fút­bol, de El Grá­fi­co, Boro­co­tó, Rico Tipo, César Bru­to, etc.; así que pude com­pren­der muy bien esa zona del mun­do Cor­tá­zar.

¿Qué impor­tan­cia han teni­do, para tu vida y para tu obra, tus pro­lon­ga­das resi­den­cias en Cuba?

-La expe­rien­cia cuba­na ha sido para mí deci­si­va en muchos aspec­tos. Creo que ha sido la expe­rien­cia más impor­tan­te de mi vida. Al prin­ci­pio, por­que fue la pri­me­ra oca­sión que tuve de vivir la cons­truc­ción del socia­lis­mo. En las tem­po­ra­das inol­vi­da­bles de 1962 y 1963, tuve el pri­vi­le­gio de com­par­tir con el pue­blo cubano el dra­ma­tis­mo y la gran­de­za de aquel momen­to, y apren­dí albo­ro­za­do que nues­tros pue­blos peque­ños pue­den ser capa­ces de un des­tino mun­dial extra­or­di­na­rio. Como poe­ta, fue en Cuba don­de adqui­rí con­cien­cia de lo que sig­ni­fi­ca escri­bir en serio, de ser (para emplear una pala­bra ya vie­ja) un escri­tor pro­fe­sio­nal, alguien que esco­ge la lite­ra­tu­ra como ofi­cio. No sé si ello acon­te­ció por­que era sim­ple­men­te un nivel de desa­rro­llo o por­que aquí se die­ron las con­di­cio­nes de liber­tad (mate­rial y espi­ri­tual) impres­cin­di­bles para poder expre­sar toda una gama de pro­ble­mas que nun­ca hubie­ra podi­do enca­rar en mi país.

«Cuba sigue sien­do una expe­rien­cia defi­ni­ti­va y defi­ni­to­ria para mí, ya que lue­go me fue posi­ble vivir en otros sec­to­res del socia­lis­mo, y por con­si­guien­te com­pa­rar, sacar mis con­clu­sio­nes, y en ese sen­ti­do Cuba ha ser­vi­do para que yo orga­ni­za­ra mejor mis pro­pó­si­tos acer­ca de la revo­lu­ción en Amé­ri­ca Lati­na y con­cre­ta­men­te en mi país. Ha sido la viven­cia cuba­na la que me ha dado los ele­men­tos fun­da­men­ta­les para tomar una pers­pec­ti­va, un dis­tan­cia­mien­to (para decir­lo a la mane­ra brech­tia­na) por cier­to muy útil para apre­ciar el pro­ble­ma con­cre­to de la revo­lu­ción en mi país».

El Pre­mio Casa ha teni­do este año un colo­ri­do espe­cial que lo dife­ren­cia de años ante­rio­res. Por otra par­te, fue mucho mayor la con­cu­rren­cia de obras pre­ce­den­tes de Amé­ri­ca Lati­na. ¿Crees que tales deta­lles tie­nen algo que ver con una nue­va acti­tud del escri­tor lati­no­ame­ri­cano, o con nue­vos aspec­tos de la reali­dad con­ti­nen­tal?

-En pri­mer lugar, este nue­vo colo­ri­do, este nue­vo nivel de cali­dad revo­lu­cio­na­ria del Pre­mio Casa, está esplén­di­da­men­te sin­te­ti­za­do en el pre­mio de ensa­yo que le fue­ra otor­ga­do a Héc­tor Bejar, pre­so en las cár­ce­les perua­nas. Quie­ro decir­te tam­bién que yo aso­cié muy curio­sa­men­te el pre­mio a dos nom­bres: el de Regis Debray (fue en la Casa de las Amé­ri­cas don­de nos encon­tra­mos varias veces) y el de mi que­ri­do e inol­vi­da­ble her­mano, Otto René Cas­ti­llo, gue­rri­lle­ro gua­te­mal­te­co, ase­si­na­do por el gobierno de su país des­pués de haber sido cap­tu­ra­do heri­do en la mon­ta­ña. Los poe­mas de Cas­ti­llo me lle­ga­ron pre­ci­sa­men­te el día siguien­te a la otor­ga­ción de los pre­mios. Por eso uno al nom­bre de Béjar, al de Regis Debray y al recuer­do de Otto René Cas­ti­llo, el sig­ni­fi­ca­do del pre­mio Casa.

«Cuan­do me dices que en este año han par­ti­ci­pa­do más obras lati­no­ame­ri­ca­nas que en años ante­rio­res, inter­pre­to ese hecho como una seña­la­ble radi­ca­li­za­ción de los escri­to­res revo­lu­cio­na­rios de Amé­ri­ca Lati­na, que sub­ra­yan su adhe­sión a Cuba debi­do a que ven en ella la encar­na­ción de sus espe­ran­zas y del futu­ro de sus pue­blos. Tam­bién es un modo indi­rec­to de apo­yar una línea polí­ti­ca de la revo­lu­ción lati­no­ame­ri­ca­na: la lucha arma­da.

«Por eso me pare­ce impor­tan­te el sig­ni­fi­ca­do del ensa­yo de Béjar. Según los extrac­tos de su libro, apa­re­ci­dos des­pués del pre­mio, Béjar (no se tra­ta de una cita tex­tual sirio de su sen­ti­do esen­cial) des­de la cár­cel tra­ta de expre­sar que nos encon­tra­mos en un momen­to cru­cial del pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio, y al enviar su ensa­yo a la Casa de las Amé­ri­cas, inten­ta sub­ra­yar la posi­bi­li­dad, la urgen­cia, la impor­tan­cia defi­ni­ti­va y la ver­da­de­ra nece­si­dad his­tó­ri­ca, de impul­sar y desa­rro­llar la línea de lucha gue­rri­lle­ra en Amé­ri­ca Lati­na».

¿Y qué estás pre­pa­ran­do aho­ra?

-Tra­ba­jo en un lar­go poe­ma, “Los hon­gos”, que de algu­na mane­ra enfo­ca la pug­na que exis­tió en mi juven­tud entre la con­cien­cia revo­lu­cio­na­ria y la con­cien­cia cris­tia­na, resuel­ta (con una mane­ra has­ta un poco joy­cea­na) en el cen­tro de un cole­gio jesui­ta. Tra­ta de ser una lar­ga car­ta a mi pro­fe­sor de filo­so­fía en ese cole­gio. En otro terreno, he ter­mi­na­do un ensa­yo sobre las tesis enun­cia­das por Regis Debray en “¿Revo­lu­ción en la revo­lu­ción?”. Ese ensa­yo pre­ten­de en gran par­te ser una defen­sa y una actua­li­za­ción de tales tesis fren­te a las posi­cio­nes de cier­tas orga­ni­za­cio­nes de izquier­da lati­no­ame­ri­ca­nas, como por ejem­plo los par­ti­dos comu­nis­tas argen­tino y vene­zo­lano. Lue­go hago un balan­ce obje­ti­vo de lo que ha sig­ni­fi­ca­do el libro de Debray para la teo­ría revo­lu­cio­na­ria en Amé­ri­ca Lati­na, y tam­bién algu­nas apre­cia­cio­nes crí­ti­cas sobre cier­tos aspec­tos del tex­to de Debray.

No sé si cono­ces el recien­te libro de Jor­ge Abe­lar­do Ramos, que con­clu­ye con un lar­go ata­que a la teo­ría del foco y otros plan­teos de Debray.

-Sí, lo conoz­co. Me pare­ce un libro intere­san­te, bri­llan­te y muy ágil. Es cla­ro que estoy en com­ple­to des­acuer­do en cuan­to a sus con­clu­sio­nes sobre la lucha revo­lu­cio­na­ria y sobre la meto­do­lo­gía de la acti­vi­dad revo­lu­cio­na­ria, no solo por­que pare­ce evi­den­te que el autor des­co­no­ce las reali­da­des actua­les de esa lucha a nivel con­ti­nen­tal, sino tam­bién por­que hace dema­sia­das con­ce­sio­nes a su pro­pia bri­llan­tez y a su pro­pia iro­nía, olvi­dán­do­se del aná­li­sis con­cre­to de las posi­bi­li­da­des y de la rela­ción entre las teo­rías pro­pues­tas y las reali­da­des de nues­tros paí­ses. Muchas veces se limi­ta a dejar cons­tan­cia de sus chis­tes. Con esa acti­tud no me pare­ce que lle­gue­mos a nin­gu­na par­te. Ata­car por ejem­plo el foco gue­rri­lle­ro, redu­cién­do­lo a un gru­po de atle­tas que apren­den a sobre­vi­vir en la sel­va a la mane­ra de Tar­zán, me pare­ce una reduc­ción al absur­do de las posi­bi­li­da­des de una polé­mi­ca seria sobre mate­ria tan com­ple­ja.

«En mi libro sobre Debray tomo una posi­ción con­tra­ria a las con­clu­sio­nes de Ramos. Es curio­so ano­tar cómo, en los hechos, hay una coin­ci­den­cia casi abso­lu­ta entre las posi­cio­nes de Jor­ge Abe­lar­do Ramos y las que, fren­te al libro de Debray, ha expre­sa­do el Par­ti­do Comu­nis­ta argen­tino. Tam­bién sobre estas me per­mi­to dis­cre­par. Por otra par­te, la ena­je­na­ción de Ramos al pro­ble­ma del anti­es­ta­li­nis­mo, le impi­de alcan­zar con­clu­sio­nes vale­de­ras con res­pec­to a la polé­mi­ca sobre la lucha arma­da. Uno de los exabrup­tos más típi­cos de los plan­tea­mien­tos de Ramos, es su con­clu­sión de que el foco gue­rri­lle­ro ven­dría a ser la revi­ta­li­za­ción del esta­li­nis­mo en Amé­ri­ca Lati­na».

Una últi­ma pre­gun­ta. Es fre­cuen­te que en entre­vis­tas como esta, se con­clu­ya por pre­gun­tar­le al entre­vis­ta­do qué con­se­jos daría a los escri­to­res jóve­nes. Pero yo quie­ro salir de esa ruti­na, y más bien me gus­ta­ría saber qué con­se­jos les darías a los escri­to­res vie­jos.

-No soy ami­go de dar con­se­jos. Pero ya que me lo pre­gun­tas, me per­mi­ti­ría acon­se­jar a los escri­to­res vie­jos solo dos cosas. A los que pue­dan, que reju­ve­nez­can lo antes posi­ble; a los que sean hones­tos, que sigan sién­do­lo, ya que de ese modo nos segui­rán ense­ñan­do. Pien­so en un escri­tor a quien cono­cí cuan­do era rela­ti­va­men­te hones­to, aun­que ya bas­tan­te vie­jo: Miguel Ángel Astu­rias. Ya que a esta altu­ra no podría con­se­guir ni la juven­tud ni la abso­lu­ta hones­ti­dad, qui­sie­ra acon­se­jar­le que renun­cie a la emba­ja­da de Gua­te­ma­la en París. Qui­zá así podría con­ser­var por lo menos un poqui­to del deco­ro que Sar­tre otor­gó al pre­mio más muni­ci­pal de la tie­rra.

La Haba­na, febre­ro 14 de 1969.

Publi­ca­do ori­gi­nal­men­te en la revis­ta Casa de las Amé­ri­cas, no. 54, may.-jun., 1969, pp. 145 – 153.

http://​laven​ta​na​.casa​.cult​.cu


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