La rebe­lión de las geishas- Car­lo Frabetti

Tras leer con gran inte­rés el recien­te artícu­lo de San­tia­go Alba Rico Sexo y pere­za (http://​www​.rebe​lion​.org/​n​o​t​i​c​i​a​.​p​h​p​?​i​d​=​1​4​8​877), me he acor­da­do de un chis­te galle­go y de un con­gre­so de lolitas.

Un encues­ta­dor le pre­gun­ta a un cam­pe­sino de la Gali­cia profunda:

-¿Qué pre­fie­res, mas­tur­bar­te o follar?

-Eu… pre­fi­ro follar ‑con­tes­ta el cam­pe­sino tras unos ins­tan­tes de vacilación.

-¿Por qué?

-Se cono­ce gente…

Has­ta aquí el chis­te, que en el Japón actual podría ser toda una decla­ra­ción de prin­ci­pios. En cuan­to al con­gre­so, tuvo lugar hace unos años en Colo­nia. Esta­ba yo admi­ran­do las dos torres de la cate­dral, que duran­te siglos fue­ron las más altas del mun­do, cuan­do de pron­to la pla­za empe­zó a lle­nar­se de loli­tas japo­ne­sas en sus dis­tin­tas varian­tes: góti­cas, clá­si­cas, pun­kis, ciber­lo­li­tas… No sé si la deci­sión de con­cen­trar­se fren­te a aque­llos enor­mes falos de pie­dra res­pon­dió a un pro­pó­si­to cons­cien­te de auto­afir­ma­ción; en cual­quier caso, para mí aque­lla explo­sión de femi­nei­dad orien­tal insu­mi­sa repre­sen­tó la segun­da caí­da de las torres gemelas.

Las loli­tas apa­re­cie­ron en Japón a fina­les de los años seten­ta, como expre­sión esté­ti­ca de una juven­tud feme­ni­na que que­ría des­mar­car­se de la ultra­con­ser­va­do­ra socie­dad japo­ne­sa tra­di­cio­nal, en la que la mujer que­da­ba rele­ga­da al papel de abne­ga­da espo­sa, físi­ca y men­tal­men­te some­ti­da al mari­do. Y aun­que empe­zó sien­do un movi­mien­to juve­nil, en la actua­li­dad es fre­cuen­te ver a muje­res de cua­ren­ta o cin­cuen­ta años ves­ti­das de lolitas.

A pri­me­ra vis­ta, el loli­tis­mo podría pare­cer una for­ma de hui­da hacia delan­te, en la medi­da en que poten­cia ‑o más bien exa­cer­ba- la ima­gen de la mujer muñe­ca (por no hablar de las con­no­ta­cio­nes feti­chis­tas y pedó­fi­las); pero su mis­ma exa­cer­ba­ción con­vier­te la pro­pues­ta esté­ti­ca ‑y eró­ti­ca- de las loli­tas en una impug­na­ción de lo esta­ble­ci­do; su exa­cer­ba­ción y su des­en­fa­da­do nar­ci­sis­mo, que no bus­ca la apro­ba­ción ni la gra­ti­fi­ca­ción de la mira­da masculina.

No es casual que el replie­gue sexual de los varo­nes japo­ne­ses haya coin­ci­di­do con la eclo­sión de las loli­tas y otras for­mas de auto­afir­ma­ción feme­ni­na. En su artícu­lo, San­tia­go Alba habla con toda pro­pie­dad de “sexo y pere­za” (esa pere­za que no es la madre de todos los vicios por­que les brin­de el tiem­po nece­sa­rio para su desa­rro­llo, como creen quie­nes con­fun­den el esfuer­zo con la vir­tud, sino por­que cons­ti­tu­ye su mate­ria pri­ma); pero habría que hablar tam­bién de sexo y mie­do. El galle­go del chis­te pre­fie­re follar por­que se cono­ce gen­te; por la mis­ma razón, el japo­nés del docu­men­tal al que alu­de Alba (y que yo tam­bién vi con una mez­cla de estu­por y des­aso­sie­go) pre­fie­re mas­tur­bar­se, pues no quie­re cono­cer gen­te: con­cre­ta­men­te, no quie­re “cono­cer” (y no deja de ser sig­ni­fi­ca­ti­vo el doble sen­ti­do del tér­mino) a una mujer que ya no es una geisha mode­la­da por y para el deseo masculino.

En últi­ma ins­tan­cia, el japo­nés que pre­fie­re mas­tur­bar­se tie­ne mie­do a la liber­tad; sobre todo a la liber­tad de la mujer, pero tam­bién a la pro­pia, que solo se pue­de ejer­cer real­men­te en el encuen­tro igua­li­ta­rio con los ‑y las- demás. Un mie­do que, como seña­ló Erich Fromm, es el heral­do negro del fas­cis­mo. Y en el caso de Japón, huel­ga decir­lo, una recaí­da podría ser mortal.

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