La pia­ra en la mon­ta­ne­ra de Anda­lu­cía- Manuel F. Tri­llo

Es el cer­do un ani­mal hos­co, silen­cio­so, gru­ñón, esca­sa­men­te lim­pio y poco dado a las amis­ta­des si éstas no son de con­ve­nien­cia. El cer­do se come a sus pro­pias crías y no tie­ne empa­cho alguno en comer­se tam­bién las crías de los demás. Es indi­vi­dua­lis­ta en gra­do extre­mo sal­vo cuan­do for­ma pia­ra, y todos van a la mon­ta­ne­ra. Cla­ro que las mejo­res bello­tas las comen aque­llos que tie­nen los col­mi­llos más retor­ci­dos.

El cer­do se agru­pa para ata­car a quien pon­ga en peli­gro su des­ya­va (cal­do asque­ro­so hecho de res­tos de otras comi­das) y no le hace ascos a reba­ñar lo que que­de, siem­pre con el fin de man­te­ner­se a cos­ta de no tra­ba­jar, pues nada hace en pro­ve­cho de los demás. No sopor­ta que le lim­pien la pocil­ga y ata­ca a quien lo inten­ta.

Hay dis­tin­tas razas de cer­dos. Los hay que se man­tie­nen aga­za­pa­dos duran­te años a la som­bra de una enci­na (en algu­na cáma­ra); otros gru­ñen cuan­to pue­den para que en la dehe­sa don­de pas­tan admi­ren su viri­li­dad (sue­le ser un gru­ñi­do local); otros, cuya mez­quin­dad es tan ele­va­da que pasan inad­ver­ti­dos para la pia­ra, pero no han ceja­do en su empe­ño de des­truir la cose­cha del vecino, pues no se con­for­man con comer a cos­ta del tra­ba­jo de otro, sino que des­tro­zan toda la huer­ta don­de han entra­do a hozar sin per­mi­so, ellos no lo nece­si­tan por­que tie­nen los col­mi­llos de otros cer­dos cuyo tama­ño asus­ta a todos, a pro­pios y extra­ños. Éstos son los que guar­dan la pocil­ga, y cuan­do salen al cam­po cui­dan de que nadie les moles­te en su ese cami­nar can­sino. Den­tro de la pia­ra vigi­lan aten­ta­men­te que nadie le dis­pu­te la comi­da al jefe, pues depen­den del gra­do de satis­fac­ción de éste para man­te­ner ellos mis­mos su acce­so al duer­nu (come­de­ro de cer­dos).

Tie­nen lar­ga vida, y van engor­dan­do con el paso del tiem­po, y cuan­do lle­ga la mon­ta­ne­ra, se arre­mo­li­nan y se jun­tan gru­ñen­do todos a la vez. Nadie sabe qué sig­ni­fi­can esos gru­ñi­dos, si satis­fac­ción o ven­gan­za. Si se les obser­va dete­ni­da­men­te vere­mos que a ratos es de satis­fac­ción, a ratos es de odio y ven­gan­za hacia aque­llos que no les per­mi­tie­ron comer a pla­cer en los últi­mos años. Aun­que hay que decir que algu­nos com­par­tie­ron mesa y man­tel con otros cer­dos más lus­tro­sos, pues muchos lus­tros hace que acu­den al duer­nu lle­ván­do­se las mejo­res taja­das. Les gus­ta la músi­ca que los ensal­za y la músi­ca sor­da que emi­ten cuan­do cami­nan.

Hay cer­dos adul­tos, vie­jos, dema­sia­do vie­jos, gor­dos, con bigo­tes cano­sos. Los hay joven­ci­tos, que ape­nas han deja­do de ser lecho­nes e imi­tan mag­ní­fi­ca­men­te a sus ante­ce­so­res. Uno de ellos ha deja­do de ser lechón, ya tie­ne las patas cur­ti­das de las pata­das que ha dado en el camino, y por más que quie­ra imi­tar a un ser humano cada vez que abre su hoci­co es para empor­car­lo todo. Pro­pio de sus espe­cie. Los seres huma­nos no pue­den con­vi­vir con seme­jan­tes indi­vi­duos, así que dado que son legión, lo mejor es espe­rar­los tran­qui­la­men­te. Aca­ban de subir el valor del duer­nu, es más: tie­nen cua­tro duer­nos de gran­des dimen­sio­nes, y la comi­da que devo­ra­rán será –no la que ellos obtie­nen con su tra­ba­jo, ya hemos dicho que no tra­ba­jan- la que expro­pien a la comu­ni­dad de los huma­nos.

No olvi­de­mos que estos ele­men­tos son omní­vo­ros. No dis­tin­ga usted entre hem­bras y machos, pues ambos devo­ran a sus pro­pios hijos. No ten­ga con­mi­se­ra­ción con una cer­da pre­ña­da de ambi­ción, son peli­gro­sas, tan­to como el macho enfu­re­ci­do. En un tres por cua­tro le arran­can una pier­na o lo dejan seco de una den­te­lla­da. Así que cúi­de­se de que no le devo­ren. Mire siem­pre aten­ta­men­te en su derre­dor, no les per­mi­ta que se acer­quen a su casa, ni a su cuen­ta corrien­te, haga como que no les ha vis­to, pero man­ten­ga siem­pre pre­pa­ra­do el cuchi­llo corón, pues al final habrá que hacer­les un san­mar­tín.

Por últi­mo, recor­de­mos lo que decían los abue­los: el que nace lechón, mue­re cochino.

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