Maras- Rafael Nar­bo­na

¿Cuán­tas veces se pue­de morir en un minu­to? ¿Cuán­ta muer­te se pue­de vivir en un día? ¿Cuán­to dura una hora, cuan­do el hori­zon­te es mirar y mirar y no con­tem­plar nada, sal­vo el llan­to de un vie­jo elec­tro­do­més­ti­co, ago­ni­zan­do en una esqui­na? ¿Cuán­tas veces mue­ren los ánge­les que se levan­tan en un barrio con estre­llas gotean­tes de mil des­en­ga­ños? ¿Cuán­tos nenú­fa­res pue­den bro­tar entre pro­me­sas con las meji­llas des­ho­ja­das? ¿Cuán­to cie­lo pue­de caer sobre tro­ci­tos de espe­ran­za aban­do­na­dos en un calle­jón sin sali­da? ¿Cuán­ta noche pue­den sopor­tar unos bra­zos con­fi­na­dos entre relo­jes con las mane­ci­llas dor­mi­das? ¿Cuán­tos ánge­les se con­ver­ti­rán en hom­bres impa­si­bles a los pai­sa­jes de la niñez? ¿Cuán­tos hom­bres deja­rán de ser hom­bres y se per­de­rán en un archi­pié­la­go de vio­len­cia y ansie­dad? ¿Cuán­tas lágri­mas enlo­que­ce­rán, inten­tan­do recor­dar su nom­bre? Mis besos res­ba­lan por vues­tras sie­nes. Sois los hijos que no he teni­do. No sen­tís mis cari­cias, pero yo noto vues­tra piel mal­tra­ta­da, pre­gun­tán­do­se si el maña­na sólo es un poe­ma que ya ha empe­za­do a des­na­cer.

Sois los ánge­les que deam­bu­lan por leja­nos arra­ba­les. Sois el vien­to ence­rra­do en un aulli­do de hor­mi­gón. Sois las pala­bras que gri­tan en un muro, retor­cién­do­se de impo­ten­cia por­que nadie escu­cha su cla­mor. Sois los men­sa­je­ros que anun­cian el fin de la ino­cen­cia. Os acer­cáis a los niños y susu­rráis en sus oídos que la cruel­dad sólo es una ama­po­la, con mie­do a res­pi­rar. Sois la casa que mue­re detrás de una male­za de olvi­dos, acu­na­da por el rumor de vie­jos tele­vi­so­res en blan­co y negro. Sois el cre­púscu­lo de una infan­cia pin­ta­da de atar­de­cer. Aún os pre­gun­táis si es posi­ble ente­rrar el sol en un ver­te­de­ro y escu­char su cora­zón pico­tea­do por una ban­da­da de cuer­vos. Sois el adiós que abra­za a una som­bra y no quie­re par­tir. Sois la penum­bra que llue­ve sobre un espe­jo, apa­ci­guan­do nues­tra sed de exis­tir. Sois la lla­ve de un secre­to que nadie desea des­ve­lar. Sois esa par­te de mí que me con­tem­pla des­de fue­ra, anhe­lan­do no ser. Noto vues­tras pisa­das en mi san­gre. Escu­cho vues­tras hogue­ras, asti­llan­do mis hue­sos. No me escon­de­ré detrás del poe­ma. Mis manos son dos astros que se enfrían. Mis manos quie­ren ser pie­dra. Os espe­ro con la luz encen­di­da, feliz de sen­tir que me rega­la­réis la oscu­ri­dad.

No pue­do repro­cha­ros nada. Nacis­teis en la hora más acia­ga. Nadie os lla­mó. Nadie os advir­tió que vues­tra vida sería relám­pa­go y des­tie­rro. Nadie os expli­có que el barro y los teja­dos de ura­li­ta roba­rían vues­tra niñez. Alguien des­li­zó una pis­to­la en vues­tras manos y apun­tas­teis al cie­lo, pen­san­do que el sol podría rodar has­ta vues­tros pies, con­ver­ti­do en una rosa de papel. Las pis­to­las no escu­pen balas, sino insom­nios y cel­das dimi­nu­tas, don­de se escri­be la locu­ra, con su minu­cio­so pal­pi­tar. Las pis­to­las son la ori­lla de un sue­ño que no cesa de morir. Las pis­to­las son la úni­ca cari­cia que cono­ce­réis. Vues­tras caras tatua­das son un madri­gal que nos habla de pér­di­das y des­con­sue­los. Vues­tras caras tatua­das son los colo­res de un juglar que ya no recuer­da nin­gún ver­so y ha deci­di­do ahor­car­se con las cuer­das de su laúd. Os lla­man ase­si­nos, pero yo creo que sois un deli­rio de cuchi­llos, huyen­do de un espe­jo que apu­ña­la los recuer­dos de un tiem­po sin agra­vios. Os lla­man ase­si­nos, pero la muer­te se ha tum­ba­do jun­to a un río y pro­nun­cia vues­tro nom­bre, con la voz de una madre que espe­ra tran­qui­la el regre­so de sus hijos. Os lla­man ase­si­nos, pero yo creo que sois un caba­llo chi­llan­do de espan­to, mien­tras se hun­de en el cieno. Habéis via­ja­do al ama­ne­cer de vues­tras venas y habéis bebi­do el vino de la ira, con sus espu­mas negras. La ira a veces dor­mi­ta bajo un sus­pi­ro, amor­da­za­da por unas pala­bras fal­sa­men­te com­pa­si­vas. La ira a veces se mar­cha con las nubes y se pin­ta el ros­tro de ceni­za para dego­llar a una estre­lla. La ira pue­de ser James Cag­ney, con las meji­llas sucias y una pis­to­la que tiem­bla de ansie­dad. La ira pue­de ser Humph­rey Bogart, barrien­do una lade­ra escar­pa­da con una Tommy Gun. La ira no res­pe­ta las reglas de nin­gún jue­go, pues todos los jue­gos la cor­te­jan, con sus cabe­lle­ras flo­tan­do sobre un des­ca­po­ta­ble azul celes­te y un oca­so rojo meta­li­za­do. La ira es una niña que se ríe sobre una silla eléc­tri­ca, con­tem­plan­do los ojos tris­tes del ver­du­go, dema­sia­do vie­jos para accio­nar el inte­rrup­tor y esca­par de las avis­pas que vomi­tan los enchu­fes.

¿Se pue­de hacer poe­sía con la ira? ¿Se pue­de hacer poe­sía con la rabia? ¿Se pue­de hacer poe­sía con los ojos tem­blan­do de odio? Sois el vómi­to de las gran­des ciu­da­des. Sois el peca­do de un mun­do des­al­ma­do. Sois los super­vi­vien­tes de un lar­go éxo­do. Sois los hijos del des­pre­cio. Sois los hijos de un tiem­po sin ter­nu­ra. A veces qui­sie­ra estar en vues­tra car­ne e incen­diar los cora­zo­nes que os han con­de­na­do a vagar entre la furia y el has­tío. A veces qui­sie­ra tener vues­tras manos y sem­brar el fue­go en las ave­ni­das que se ríen de vues­tra des­ven­tu­ra. A veces qui­sie­ra ser un sol­da­do y apun­tar mi fusil a las entra­ñas de vues­tros ver­du­gos, pero tal vez yo soy uno de ellos y me absuel­vo con estas pala­bras. Creo que sois el futu­ro, la auro­ra que redu­ci­rá a ceni­zas este pre­sen­te de som­bras. Sois el rumor que cre­ce hacia el cen­tro. Sois el estré­pi­to que aca­lla­rá el des­con­sue­lo. Sois la espe­ran­za, con su fie­re­za de dios anti­guo. Sois los bár­ba­ros que nos libe­ra­rán de nues­tros mie­dos. Algu­nos os temen, pero yo os espe­ro y os abri­ré la puer­ta, pen­san­do que tal vez mi muer­te sólo es el barro de una nue­va era.

RAFAEL NARBONA

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