No hay futu­ro…- Jon Odriozola

Para las masas que no pase por la revo­lu­ción, pala­bra ana­cró­ni­ca que me colo­ca en el pleis­to­ceno o en el cre­tá­ci­co, épo­ca de los dino­sau­rios. Y toda­vía lo habrá menos ‑futu­ro- sin una esco­ba revo­lu­cio­na­ria que des­pa­che a toda esta cater­va de vivi­do­res y pará­si­tos al museo de la His­to­ria jun­to con la rue­ca. Y aún lo habrá menos ‑futu­ro- sin una van­guar­dia que orga­ni­ce y diri­ja el pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio y a las cla­ses tra­ba­ja­do­ras. ¿Me con­ver­ti­rá esto en un visio­na­rio? ¿Soy yo el anti­guo o lo es este podri­do sis­te­ma capi­ta­lis­ta en com­ple­ta descomposición?

Le lla­man demo­cra­cia y no lo es. Le dicen «refor­ma labo­ral» y es una per­ma­nen­te con­tra­rre­for­ma que aten­ta a los dere­chos socia­les bási­cos de la ciu­da­da­nía con­quis­ta­dos a base de san­gre, sudor y lágri­mas. Nos hablan de «cri­sis» cuan­do bajo el capi­ta­lis­mo lo nor­mal es la cri­sis estruc­tu­ral y la excep­ción perio­dos cor­tí­si­mos de vacas gor­das (cuan­do no nos aco­jo­nan con «vacas locas»). Ya no exis­ten las clá­si­cas y deci­mo­nó­ni­cas cri­sis cícli­cas del capi­tal de sobre­pro­duc­ción don­de se des­truían mer­can­cías para dar paso a nue­vas acu­mu­la­cio­nes de capital.

Eso sí que es his­to­ria. Nun­ca ha habi­do tan­tas gue­rras como en la actua­li­dad. Mue­ren ase­si­nan­do pue­blos, como ayer en Libia, ante­ayer en Irak o Afga­nis­tán, hoy en Siria y maña­na, si pue­den, en Irán. Es como la fábu­la de la tor­tu­ga y el escor­pión vadean­do el río. Este últi­mo pro­me­te no picar con su mor­tí­fe­ra cola a la tor­tu­ga si le pasa de una ori­lla a la otra, pero, a mitad del lecho flu­vial, le pin­cha y, antes de hun­dir­se los dos, el que­lo­nio le pre­gun­ta al ala­crán (como si fue­ra Mou­rinho): ¿por qué? Y el escor­pión res­pon­de: va en mi natu­ra­le­za. El impe­ria­lis­mo pro­ce­de igual. No es que sea intrín­se­ca­men­te per­ver­so: es que no pue­de actuar de otra mane­ra si no quie­re sui­ci­dar­se, algo que nun­ca hará, aun­que ande con rue­das cua­dra­das. Es como el rey espa­ñol y sus cace­rías y saraos: un Bor­bón no pue­de actuar de otra mane­ra, va en sus genes, se diría hoy.

O como la Ertzain­tza cuan­do dis­pa­ra a dies­tro y sinies­tro, a man­sal­va e indis­cri­mi­na­da­men­te, que eso es el terro­ris­mo, oca­sio­nan­do el homi­ci­dio de un hin­cha de un equi­po de fút­bol que solo fes­te­ja­ba el pase…¡y nada más! Es con­sus­tan­cial a su pro­pia natu­ra­le­za: repri­mir, están adies­tra­dos para eso, como un refle­jo pavlo­viano. Inclu­so el cinis­mo ver­gon­zan­te insul­ta a la inte­li­gen­cia del pue­blo tra­tan­do de tras­la­dar el deba­te a si deben emplear­se pelo­tas de goma o no obvian­do quién las dis­pa­ra y, sobre todo, quién orde­na apun­tar: la cul­pa la tuvo la esco­pe­ta y no quien apre­tó el gati­llo y man­dó per­cu­tir. Solo les fal­tó decir que la cul­pa la tuvo la víc­ti­ma por estar don­de no debía.

Se dice que se está aca­ban­do con el Esta­do de Bien­es­tar. Es cier­to. Ocu­rre que el capi­ta­lis­mo está en un pun­to de no retorno y no hay sali­da sal­vo para él mis­mo y no para la gen­te. ¿Seré yo un apo­ca­líp­ti­co? Tal vez pero, des­de lue­go, no un inte­gra­do que coad­yu­ve a sos­te­ner este car­co­mi­do y corrup­to y depre­da­dor sis­te­ma. Ah, ¡viva el 1º de Mayo!, que es hoy.

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