Fir­me­za revo­lu­cio­na­ria- Manuel Tai­bo

La fir­me­za de volun­tad revo­lu­cio­na­ria es el secre­to de lle­var a cabo las empre­sas arduas; con esta fir­me­za comen­za­mos por domi­nar­nos a noso­tros mis­mos; pri­me­ra con­di­ción para domi­nar las ideas.

Todos expe­ri­men­ta­mos que en noso­tros hay dos suje­tos; uno inte­li­gen­te, acti­vo, de pen­sa­mien­tos ele­va­dos, de deseos nobles, con­for­mes a la razón, de pro­yec­tos arduos y gran­dio­sos; otro tor­pe, soño­lien­to, de miras mez­qui­nas, que se arras­tra por el pol­vo cual inmun­do rep­til, que suda de angus­tia al pen­sar que se le hace pre­ci­so levan­tar la cabe­za del sue­lo.

Para el segun­do no hay recuer­do de ayer, ni la pre­vi­sión de maña­na, no hay más que lo pre­sen­te, el goce de aho­ra, lo demás no exis­te; para el pri­me­ro hay la ense­ñan­za de lo pasa­do y la vis­ta del por­ve­nir, hay otros intere­ses que los del momen­to, hay una vida dema­sia­do anchu­ro­sa para limi­tar­la a lo que afec­ta en este ins­tan­te; para el segun­do el hom­bre es un ser que sien­te y goza; para el pri­me­ro el hom­bre es una cria­tu­ra racio­nal, que se des­de­ña de hun­dir su fren­te en el pol­vo, que la levan­ta con gene­ro­sa alti­vez hacia el fir­ma­men­to, que cono­ce toda su dig­ni­dad, que se pene­tra de la noble­za de su ori­gen y des­tino, que alza su pen­sa­mien­to sobre la región de las sen­sa­cio­nes, que pre­fie­re al goce el deber.

Para todo ade­lan­to sóli­do y esta­ble con­vie­ne desa­rro­llar al pue­blo noble y suje­tar y diri­gir al majun­chis­mo inno­ble con la fir­me­za de la volun­tad. Quien se ha domi­na­do a sí mis­mo domi­na fácil­men­te la polí­ti­ca y a los demás que en ella toman par­te. Por­que es cier­to que una volun­tad fir­me y cons­tan­te, ya por si sola y pres­cin­dien­do de las otras cua­li­da­des de quien la posea, ejer­ce pode­ro­so ascen­dien­te sobre los áni­mos y los sojuz­ga y ava­sa­lla.

La ter­que­dad de los majun­ches es, sin duda, un mal gra­ví­si­mo, por­que los lle­va a dese­char los con­se­jos de la Revo­lu­ción, afe­rrán­do­se en el dic­ta­men de los impe­ria­lis­tas y con­tra las con­si­de­ra­cio­nes de pru­den­cia y jus­ti­cia. De ellos debe­mos pre­ca­ver­nos cui­da­do­sa­men­te, por­que, tenien­do su raíz en el orgu­llo, es plan­ta que fácil­men­te se desa­rro­lla.

Sin embar­go, tal vez podría ase­gu­rar­se que su ter­que­dad no es tan común ni les aca­rrea tan­tos daños como la incons­tan­cia. Esta les hace inca­pa­ces de lle­var a cabo las empre­sas arduas y este­ri­li­za sus facul­ta­des, deján­do­las ocio­sas o apli­cán­do­las sin cesar a obje­tos dife­ren­tes y no per­mi­tién­do­les que les lle­guen ideas, impi­dién­do­les cose­char el fru­to de las tareas; ello los pone a la mer­ced de todas las pasio­nes, de todos los suce­sos, del recha­zo de todo el pue­blo que los rodean; ella los hace tam­bién ter­cos en el pru­ri­to de cam­bio y los hace desoír los con­se­jos de la jus­ti­cia, de la pru­den­cia y has­ta de sus más caros intere­ses.

Para lograr esta fir­me­za de volun­tad y pre­ca­ver­se con­tra la incons­tan­cia al majun­chis­mo le con­vie­ne for­mar­se con­vic­cio­nes fijas, pres­cri­bir­se un sis­te­ma de con­duc­ta, no obrar al aca­so. Es cier­to que la varie­dad de acon­te­ci­mien­tos y cir­cuns­tan­cias y la esca­sez de la pre­vi­sión los obli­gan con fre­cuen­cia a modi­fi­car los pla­nes con­ce­bi­dos; pero esto no impi­de que pue­dan for­mar­los, no auto­ri­za para entre­gar­se cie­ga­men­te al cur­so de las cosas y mar­char a la ven­tu­ra. ¿Para qué se nos ha dado la razón sino para valer­nos de ella y emplear­la como guía en nues­tras accio­nes?

Los revo­lu­cio­na­rios tene­mos por cier­to que quien recuer­de estas obser­va­cio­nes, quien pro­ce­da con sis­te­ma, quien obre con pre­me­di­ta­do desig­nio lle­va­rá siem­pre nota­ble ven­ta­ja sobre los que se con­duz­can de otra mane­ra; si son sus auxi­lia­res, natu­ral­men­te se los halla­rá pues­tos bajo sus órde­nes y se verá cons­ti­tui­do en su cau­di­llo, sin que ellos lo pien­sen ni el pro­pio lo pre­ten­da; si son sus adver­sa­rios o enemi­gos, los des­ba­ra­ta­rá, aun con­tan­do con menos recur­sos.

Con­cien­cia tran­qui­la, desig­nio pre­me­di­ta­do, volun­tad fir­me: he aquí las con­di­cio­nes para lle­var a cabo el socia­lis­mo. Esto exi­ge sacri­fi­cios, es ver­dad; esto deman­da que el pue­blo se ven­za a sí mis­mo, es cier­to; esto supo­ne mucho tra­ba­jo inte­rior, no cabe duda; pero en lo inte­lec­tual, como en lo moral, como en lo físi­co; en lo tem­po­ral, como en lo per­du­ra­ble, está orde­na­do que no alcan­za­rá la meta quien no arros­tra la lucha.

Más no debe creer­se que esta fir­me­za no pue­de tener en cier­tos casos ener­gía, ímpe­tu irre­sis­ti­ble; des­pués de espe­rar mucho el pue­blo tam­bién se impa­cien­ta, y una reso­lu­ción extre­ma es tan­to más temi­ble cuan­to es más pre­me­di­ta­da, más cal­cu­la­da. El pue­blo en apa­rien­cia frío, pero que en reali­dad abri­ga un fue­go con­cen­tra­do y com­pri­mi­do, es for­mi­da­ble cuan­do lle­ga el momen­to fatal y dice “aho­ra”…

¡Pa’lante Coman­dan­te! Lucha­re­mos. Vivi­re­mos y Ven­ce­re­mos.
Has­ta la vic­to­ria siem­pre y Patria socia­lis­ta.
¡Grin­gos Go Home!
¡Liber­tad para los cin­co héroes de la Huma­ni­dad!

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