De la ata­ra­xia a la cris­pa­ción- Anto­nio Alva­rez-Solis

Mi ya lar­ga vida, que se ha con­ver­ti­do en casi resig­na­da sobre­vi­ven­cia, faci­li­ta algu­na que otra satis­fac­ción que es difí­cil expe­ri­men­tar en la juven­tud o aún en la madu­rez. Por ejem­plo vivir con una cier­ta ata­ra­xia, pala­bra grie­ga que sig­ni­fi­ca al mis­mo tiem­po, o a la vez, tran­qui­li­dad, sere­ni­dad, imper­tur­ba­bi­li­dad, pacien­cia y enten­di­mien­to. Más o menos. Es decir, una deter­mi­na­da mode­ra­ción de las pasio­nes que no se debe solo a la volun­tad sino que tam­bién la impo­nen la men­gua hor­mo­nal y una razón qui­zá un poco fati­ga­da. Es tér­mino asi­mis­mo muy teo­lo­gal. En suma, que cuan­do se encres­pan las olas uno ama­rra su bar­ca y pro­ce­de a entre­te­ner­se con un anís. Pero en la socie­dad actual sue­le durar poco este bené­fi­co esta­do de ata­ra­xia. Alguien o algu­na cosa nos saca de qui­cio dia­ria­men­te y reapa­re­ce esa des­gra­cia­da irri­ta­ción que nos devuel­ve a un pen­sa­mien­to des­or­de­na­do y agre­si­vo.

A mí hace poco que me alte­ró bas­tan­te el pre­si­den­te Oba­ma con su dis­cur­so ante la anual reu­nión del Comi­té de Acción Polí­ti­ca Ame­ri­cano-Israe­lí. El Sr. Oba­ma no qui­so enfren­tar­se con el pode­ro­so lobby sio­nis­ta y sub­ra­yó que «no duda­ría en usar la fuer­za» con­tra Irán si este país insis­te en robus­te­cer su apa­ra­to nuclear, lo que supon­dría un peli­gro para Israel. Por aho­ra el pre­si­den­te Oba­ma no cree que Tehe­rán ten­ga armas nuclea­res, pero insis­te en que Nor­te­amé­ri­ca con­ti­nua­rá nego­cian­do aun­que «con un garro­te en la mano». Este len­gua­je es el que ha enca­po­ta­do mi ata­ra­xia. Esta­dos Uni­dos está reple­to de armas ató­mi­cas, Chi­na dis­po­ne de oji­vas de gran poten­cia, Rusia inyec­ta nove­da­des a su arse­nal nuclear, Fran­cia cuen­ta con bom­bas muy efec­ti­vas, Israel posee una fuer­za inmen­sa, Ingla­te­rra pue­bla los mares con navíos pre­pa­ra­dos para una agre­sión de este carác­ter… Dada esta reali­dad, uno se pre­gun­ta por qué Irán ha de ser some­ti­do uni­la­te­ral­men­te a una ame­na­za cons­tan­te si se atre­ve a embu­tir áto­mos en sus cohe­tes.

Cons­te que a mí me pere­ce cri­mi­nal que alguien posea este tipo de dia­bó­li­cos inge­nios de des­truc­ción, que debie­ran estar ya inac­ti­va­dos no solo por el pro­fun­do daño que pro­du­cen sino tam­bién por la inaca­ba­ble dura­ción de ese daño. Pero esta irri­ta­ción mía no fun­cio­na solo esti­mu­la­da por­que los más pode­ro­sos cohí­ban a los que tie­nen menos poder. Pen­sar des­de esta ópti­ca resul­ta­ría de una ele­men­ta­li­dad cla­mo­ro­sa y, sobre todo, pro­fun­da­men­te inú­til. Siem­pre el Impe­rio, todo Impe­rio, ha asfi­xia­do a los que se opo­nen a él aun­que sea poten­cial­men­te. No se impe­ra mer­ced a una cali­dad moral, por vir­tud de una supe­rio­ri­dad éti­ca, sino que se dic­ta esgri­mien­do la fuer­za más repug­nan­te. Es decir, no se uti­li­za la ener­gía para pro­te­ger una liber­tad igual, sino para lucrar posi­cio­nes de domi­nio o ampa­rar intere­ses obs­ce­nos. Un indi­ca­dor de lo que digo: el mis­mo pre­si­den­te Oba­ma des­ta­có, en el dis­cur­so que pro­nun­ció ante el lobby israe­li­ta, que Irán había empe­za­do a enca­re­cer el petró­leo al res­trin­gir el sumi­nis­tro de estos hidro­car­bu­ros a quie­nes le some­ten a duras san­cio­nes. El lobo aso­ma su pata enha­ri­na­da deba­jo de la puer­ta. La pos­tu­ra ante Irán recuer­da los pasos ini­cia­les del con­flic­to en Irak y con los mis­mos obje­ti­vos bási­cos. Pero esta vez EEUU deja­rá la ini­cia­ti­va a Israel. Es el talan­te de Oba­ma.

Reto­me­mos el hilo pri­me­ro de esta cavi­la­ción. Lo que irri­ta a cual­quier ser defen­sor de una moral sen­ci­lla y de una polí­ti­ca deco­ro­sa no es que, como que­da dicho, los que dis­fru­tan del poder ame­dren­ten a los que no lo poseen. Esto inclu­so sus­ci­ta admi­ra­ción entre la tur­ba de los necios. El poder tien­de a una prác­ti­ca incle­men­te de la coac­ción. (un inci­so: me gus­ta­ría ver a Oba­ma hacer un dis­cur­so de esta mis­ma fac­tu­ra fren­te a Chi­na). Lo que exci­ta y eno­ja a los seres de lógi­ca sen­ci­lla es que se haga jiro­nes la demo­cra­cia por quie­nes dicen repre­sen­tar­la en su máxi­ma pure­za. La demo­cra­cia, cuan­do es cier­ta o al menos tien­de a la cer­te­za, sir­ve para que todos lo pue­blos pue­dan sen­tir­se igua­les en un mar­co de liber­ta­des esen­cia­les. Es más, cuan­do alguien posee pode­res carac­te­ri­za­dos por su capa­ci­dad de domi­nio y exclu­sión deja de ser suje­to demo­crá­ti­co. Esto vale en el cam­po de la eco­no­mía, de la gober­na­ción, de la poli­cía, de las finan­zas, de la reli­gión. Por cier­to, la demo­cra­cia alo­ja, qui­zá, un sen­ti­mien­to reli­gio­so de res­pe­to, que siem­pre com­pro­me­te hacia la hones­ti­dad. Los pode­ro­sos sue­len ser blas­fe­mos. El poder úni­ca­men­te es jus­to cuan­do se enfren­ta a la des­igual­dad y a la injus­ti­cia. No hay que com­pli­car más el corres­pon­dien­te dis­cur­so. El gran ins­ti­tu­cio­na­lis­ta fran­cés Mau­ri­ce Hau­riou escri­bía que «el Gobierno es una libre ener­gía que mer­ced a su supe­rio­ri­dad moral asu­me el poder median­te la crea­ción con­ti­nua del orden y del dere­cho». Cla­ro que aquí y aho­ra ¿es esto ver­dad?

Podría ser des­ar­ma­do Irán de un arma­men­to terri­ble, como es el nuclear, si pro­ce­die­ran con­tra él quie­nes han renun­cia­do a esas armas. Es decir, por quie­nes encar­nan «esa supe­rio­ri­dad moral» de que habla Hau­riou. Y no vale esgri­mir que Nor­te­amé­ri­ca o los paí­ses nuclea­ri­za­dos mili­tar­men­te poseen una fuer­za nuclear que no emplean si no es para el bien. El con­cep­to del bien siem­pre es oscu­ro y con­fu­so. Leyen­do hace unos días a Mario Zubia­ga se lle­ga a la con­clu­sión de que el bien es una sus­tan­cia moral que se des­ve­la y reve­la como tal en la corres­pon­dien­te polí­ti­ca. El bien resul­ta lumi­no­so cuan­do cons­ti­tu­ye una entre­ga o un ejer­ci­cio polí­ti­ca­men­te acep­ta­ble en el seno de la igual­dad. Ya sé que se pue­de argu­men­tar en con­tra­rio que es nece­sa­rio que el poder esté arma­do has­ta los dien­tes a fin de garan­ti­zar­nos la segu­ri­dad y la demo­cra­cia, pero un suma­rio repa­so de la his­to­ria sue­le lle­var­me a la con­clu­sión de que el poder arma­do has­ta los dien­tes es un poder voraz has­ta la auto­fa­gia, un poder que aca­ba afir­mán­do­se en la divi­sión entre bue­nos y malos.

De la mis­ma for­ma que esa mis­ma his­to­ria posee tam­bién ejem­plos de lo que gene­ra en moral y con­for­ta­bi­li­dad éti­ca un poder que se bau­ti­ce coti­dia­na­men­te con el ejem­plo de la con­cor­dia, del «do ut des», aun­que hay que afi­nar lo nece­sa­rio para que esta locu­ción lati­na no se con­vier­ta en una raquí­ti­ca y sos­pe­cho­sa for­ma de inter­cam­bio. Sí, me ha irri­ta­do el dis­cur­so del Sr. Oba­ma. No es el dis­cur­so de alguien que lle­ga al gobierno des­de una negri­tud ejem­pla­ri­zan­te. Tal vez el Sr. Oba­ma pien­se en su inti­mi­dad que sin judíos no hay Amé­ri­ca posi­ble. Pero eso no con­tri­bu­ye a la amis­tad hacia los pro­ta­go­nis­tas del sio­nis­mo. Pre­ci­sa­men­te la entra­ña del sio­nis­mo que­da­ba al des­cu­bier­to cuan­do en la reu­nión ya cita­da el Sr. Peres, pre­si­den­te de Israel, alzó una voz mesiá­ni­ca para pro­cla­mar que «la paz es siem­pre la opción que poten­cia­re­mos, pero si nos vemos obli­ga­dos a entrar en com­ba­te, créan­me, ven­ce­re­mos». Y aña­dió lo que reve­la un sio­nis­mo peno­so: «Hemos lucha­do en seis gue­rras en las últi­mas seis déca­das y las hemos gana­do todas». Sr. Oba­ma ¿cree usted que pue­de com­pro­me­ter a Esta­dos Uni­dos con esta cla­se de alia­dos? ¿No cree usted que resul­ta estre­me­ce­dor para el mun­do apo­yar a un esta­do que pro­cla­ma por boca de su pre­si­den­te que la paz de Israel con los pales­ti­nos que Tel Aviv tan­to anhe­la, al pare­cer, se con­ver­ti­ría «en una pesa­di­lla para Irán»? ¿Es con­gruen­te con el espí­ri­tu de la paz que ésta sus­ci­te pesa­di­llas en otra nación? ¿Qué paz es esa; la tan­tas veces men­cio­na­da pax roma­na?

Ten­go para mí que una de las gran­des cues­tio­nes a resol­ver para recon­du­cir al mun­do hacia un hori­zon­te de sere­ni­dad es la cues­tión de la fal­sa lógi­ca, redu­ci­da a una ecua­ción que for­mu­lan los pode­ro­sos a fin de con­ver­tir en razo­na­ble el ejer­ci­cio de su des­pia­da­do domi­nio. Nece­si­ta­mos un razo­na­mien­to sóli­do y lim­pio.

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