La rique­za mate­rial pue­de crear pobre­za huma­na- Mar­ce­lo Colus­si

carlos flores rico

Robar un ban­co es deli­to, pero más deli­to es fun­dar­lo.

Ber­tolt Brecht

Comen­ce­mos con una ima­gen visual de lo que que­re­mos trans­mi­tir: hoy día pasó a ser fre­cuen­te en todas par­tes del mun­do, borran­do dife­ren­cias socia­les, ver a la gen­te enfras­ca­da en la pan­ta­lla de su telé­fono móvil olvi­dán­do­se de todo lo que suce­de a su alre­de­dor. Para alguien de una épo­ca ante­rior, alguien de la déca­da del 70 del siglo pasa­do por ejem­plo, la esce­na sería incom­pren­si­ble: mul­ti­tu­des de per­so­nas que no se hablan entre sí pero que están fas­ci­na­das con la ima­gen con que se “comu­ni­can” con otros vir­tua­les. Esto lo podría­mos ampliar con los datos que arro­jó una recien­te inves­ti­ga­ción hecha en algún país cen­tro­ame­ri­cano: con­sul­ta­dos varios cien­tos de jóve­nes en rela­ción a qué con­duc­ta segui­rían si sue­na su telé­fono móvil cuan­do están hacien­do el amor, alre­de­dor de un ter­cio res­pon­dió que, ¡por supues­to con­tes­ta­rían! Para ese obser­va­dor de algu­nas déca­das atrás, la res­pues­ta podría pare­cer incom­pren­si­ble: ¿se pre­fie­re res­pon­der­le a una máqui­na a hacer el amor? ¿Qué que­re­mos decir con todo esto? Que la cul­tu­ra del con­su­mo de “cosas”, si bien por un lado pue­de abrir nue­vas e increí­bles posi­bi­li­da­des, tam­bién pue­de estar al ser­vi­cio de trans­for­mar­nos en unos sobe­ra­nos estú­pi­dos.

¿La huma­ni­dad es más “rica” aho­ra que hace 200, o 1.000, o 5.000 años? La pre­gun­ta pue­de dar para varios tomos de res­pues­ta, o inter­mi­na­bles miles de horas de dis­cu­sio­nes (o muchí­si­mos teraby­tes de alma­ce­na­mien­to de infor­ma­ción, debe­ría agre­gar­se para estar acor­de a los tiem­pos).

¿Esta­mos más ricos por­que dis­po­ne­mos cada vez más de bie­nes mate­ria­les? Esa podría ser una pri­me­ra línea, y podría­mos estar ten­ta­dos de creer que sí. Pero la rique­za no tie­ne que ver tan­to con la can­ti­dad de “cosas” que hay para repar­tir, sino la for­ma en que se repar­ten. Un monar­ca de cual­quier civi­li­za­ción de dos mil o tres mil años atrás sin dudas dis­po­nía de menos bie­nes mate­ria­les que cual­quier asa­la­ria­do de una ciu­dad indus­tria­li­za­da moder­na, pero en sus res­pec­ti­vos con­tex­tos es más rico el rey y no el tra­ba­ja­dor. Y hoy, dis­po­nien­do de la can­ti­dad fabu­lo­sa de bie­nes y ser­vi­cios que exis­te (inclu­yen­do allí una incon­men­su­ra­ble lis­ta de “cosas” don­de pue­de haber de todo: des­de muñe­cas infla­bles de sili­co­na has­ta psi­có­lo­gos para perros, etc., etc.) ¿real­men­te esta­mos más ricos? ¿Se es más rico por dis­po­ner de un telé­fono celu­lar que, en un ter­cio de casos, pue­de inte­rrum­pir­nos al estar hacien­do el amor? ¿Con qué cri­te­rios, enton­ces, medir la “rique­za”? Sin dudas, la tec­no­lo­gía va per­mi­tien­do mayo­res cuo­tas de como­di­dad en el dia­rio vivir, pero de ahí a la rique­za res­ta un paso.

Hoy, dada nues­tra incor­po­ra­da cul­tu­ra mer­can­ti­lis­ta y de con­su­mo exten­di­do, ten­de­mos a equi­pa­rar rique­za con pro­vi­sión de bie­nes mate­ria­les: se es más rico cuan­tas más cosas se tie­nen. Pero el mode­lo de desa­rro­llo que el capi­ta­lis­mo ha gene­ra­do tie­ne una doble limi­tan­te que lo inva­li­da: es injus­to, y es insos­te­ni­ble.

Es injus­to, aun­que qui­zá con eso no esta­mos ante nada nue­vo en la his­to­ria de la huma­ni­dad: todos los sis­te­mas cla­sis­tas habi­dos has­ta la fecha se han basa­do en la injus­ti­ta social, en la dife­ren­cia de explo­ta­do­res y explo­ta­dos. En esto, el actual sis­te­ma no es nove­do­so. Has­ta inclu­so podría decir­se que el repar­to de la ren­ta es más “demo­crá­ti­co” que en orga­ni­za­cio­nes pre­ce­den­tes. Si bien es cier­to que en la actua­li­dad el 6% de la pobla­ción mun­dial posee el 59% de la rique­za total del pla­ne­ta (agre­gan­do que el 98% de ese 6% de la pobla­ción vive en los paí­ses del Nor­te), sin dudas hay un mayor por­cen­ta­je de seres huma­nos con acce­so a bie­nes que lo que pre­sen­ta­ron socie­da­des escla­vis­tas, agra­rias, don­de sólo una redu­ci­dí­si­ma éli­te usu­fruc­tua­ba los exce­den­tes del tra­ba­jo colec­ti­vo. Hoy, al menos teó­ri­ca­men­te, cual­quie­ra pue­de ascen­der en la pirá­mi­de social y lle­gar a ser un millo­na­rio. Aun­que parez­ca mor­daz decir­lo así, ya no es un solo monar­ca, o una selec­ta cla­se sacer­do­tal la que mono­po­li­za la gran mayo­ría de los pro­duc­tos que crea la socie­dad; hoy, con el capi­ta­lis­mo, amplias masas tie­nen acce­so a sin­nú­me­ro de cosas. Insis­ta­mos con el ejem­plo: cual­quier tra­ba­ja­dor urbano hoy pue­de tener lava­do­ra de ropa o un horno de micro­on­das (y tam­bién la muñe­ca infla­ble, o man­dar su perro a un psi­có­lo­go canino), cosas que segu­ra­men­te no tenía el faraón egip­cio o el empe­ra­dor inca tiem­po atrás. ¿Es más rico por eso?

De todos modos, esa repar­ti­ción más “demo­crá­ti­ca” de nues­tro actual capi­ta­lis­mo sigue sien­do muy injus­ta: mien­tras a unos pocos les sobra todo, a gran­des mayo­rías les fal­ta casi todo. Con el desa­rro­llo con­tem­po­rá­neo de la pro­duc­ti­vi­dad ‑esto está dicho has­ta el har­taz­go- sobra­rían ali­men­tos para toda la pobla­ción pla­ne­ta­ria (se pro­du­ce apro­xi­ma­da­men­te un 50% más de lo nece­sa­rio); pero para­dó­ji­ca­men­te el ham­bre es el prin­ci­pal moti­vo de muer­te (un muer­to cada sie­te segun­dos a esca­la pla­ne­ta­ria). Mien­tras muchí­si­ma gen­te en el mun­do no tie­ne ali­men­to, ni acce­so a agua pota­ble, ni edu­ca­ción ele­men­tal, en los paí­ses opu­len­tos se gas­tan can­ti­da­des inima­gi­na­bles en cosas super­fluas o cues­tio­na­bles: 8.000 millo­nes de dóla­res anua­les en cos­mé­ti­cos en Esta­dos Uni­dos, 11.000 millo­nes en hela­dos en Euro­pa, 35.000 millo­nes en recrea­ción en Japón, 17.000 millo­nes en ali­men­to para mas­co­tas en Euro­pa y Esta­dos Uni­dos, 600.000 millo­nes en dro­gas ilí­ci­tas en todo el glo­bo, sin hablar de las líci­tas (el segun­do medi­ca­men­to más ven­di­do en el mun­do son las ben­zo­dia­ce­pi­nas: los tran­qui­li­zan­tes meno­res), más de un billón de dóla­res en arma­men­tos. ¿Es más rico el habi­tan­te del Nor­te que pue­de gas­tar men­sual­men­te para su mas­co­ta hoga­re­ña más de lo que un pobre del Sur no con­su­me en todo un año? ¿Es más rico quien dis­po­ne de tres telé­fo­nos celu­la­res que quien se sigue comu­ni­can­do por medio de tam­bo­res? ¿Es más rico quien com­pra las cami­sas por doce­nas que quien ela­bo­ra su ropa arte­sa­nal­men­te con el telar de cin­tu­ra?

Repi­tá­mos­lo: es muy pobre con­si­de­rar la rique­za a par­tir de la suma­to­ria de cosas dis­po­ni­bles en el mer­ca­do (bie­nes mate­ria­les y ser­vi­cios varios). Como se dijo más arri­ba: ese mode­lo de desa­rro­llo es tre­men­da­men­te pobre por­que, ade­más de su injus­ti­cia estruc­tu­ral, es insos­te­ni­ble en tér­mi­nos prác­ti­cos. La huma­ni­dad toda no pue­de repe­tir las pau­tas de con­su­mo que han esta­ble­ci­do los “ricos” del nor­te: los recur­sos natu­ra­les no dan para ello. Ade­más ese mode­lo es tre­men­da­men­te dañino, agre­si­vo para el medio ambien­te, y por tan­to para los seres que ahí vivi­mos. La cul­tu­ra del petró­leo, del plás­ti­co y de la indus­tria depre­da­do­ra a lar­go pla­zo crea más pobre­za que rique­za. La rique­za con­ce­bi­da como suma de obje­tos es posi­ble sólo para un gru­po de la huma­ni­dad; si toda la pobla­ción pla­ne­ta­ria repi­tie­ra los mode­los de los gru­pos pri­vi­le­gia­dos, la Tie­rra colap­sa­ría en un san­tia­mén.

Esta­mos así ante una tra­gi­có­mi­ca para­do­ja: lo que se pre­sen­ta como el máxi­mo de rique­za: la socie­dad del hiper con­su­mo, añe­ja en su seno la más gran­de pobre­za huma­na, éti­ca. Si la rique­za gene­ra­da por la espe­cie huma­na no sir­ve a toda la espe­cie huma­na, ¿es rique­za? ¿Pue­de hablar­se legí­ti­ma­men­te de rique­za si ella asien­ta en el ham­bre de su ver­da­de­ro pro­duc­tor: el que tra­ba­ja? ¿Pue­de ser rico un mode­lo indus­trial que hoy pro­du­ce esca­sez de agua y cán­cer de piel para el mediano pla­zo?

Por otro lado ‑cues­tión no menos impor­tan­te- ¿cuál es la rique­za de dis­po­ner de una bate­ría inter­mi­na­ble de artícu­los mate­ria­les que los pro­duc­to­res obli­gan a cam­biar cie­ga­men­te con velo­ci­dad cre­cien­te a los con­su­mi­do­res por medio de los meca­nis­mos de obso­les­cen­cia pro­gra­ma­da? ¿Se es más rico por­que se com­pra un vehícu­lo nue­vo cada año, por­que se tie­ne un tele­vi­sor más gran­de cada año o por­que los ador­nos del arbo­li­to de navi­dad que se com­pran son más fas­ci­nan­tes cada tem­po­ra­da?

El avan­ce de la pro­duc­ti­vi­dad huma­na es una bue­na noti­cia para la espe­cie: nos per­mi­te nive­les de vida cada vez más cómo­dos y segu­ros; pero el moderno mode­lo de desa­rro­llo que ha impues­to el capi­ta­lis­mo en estos últi­mos dos siglos ha crea­do el mito de la rique­za como acu­mu­la­ción de cosas. Y eso, por lo que decía­mos: por injus­to y por depre­da­dor, en vez de ser sinó­ni­mo de rique­za es su con­tra­rio, es la más pro­fun­da pobre­za huma­na (el ejem­plo del telé­fono celu­lar sonan­do duran­te el acto amo­ro­so podría ser su arque­ti­po).

“Los árbo­les no dejan ver el bos­que” reza la sabi­du­ría popu­lar. Ello es apli­ca­ble al tema que cues­tio­na­mos: la para­fer­na­lia de “cosas” con que la socie­dad capi­ta­lis­ta lle­na nece­si­da­des ‑pri­ma­rias o artificiosas‑, esa decla­ra­da rique­za que el “pro­gre­so” ha traí­do, ocul­ta la pobre­za, la pro­fun­da pobre­za que ani­da en su seno. Como dijo Jac­ques Lacan: “en el mun­do moderno lo que fal­ta es la fal­ta”. La feli­ci­dad está a cuen­ta de las cosas mate­ria­les que suplen todo (muñe­cas infla­bles de por medio). Pero ahí, en esa fal­sa sobre­abun­dan­cia, estri­ba el pro­ble­ma: se ofre­cen tele­vi­so­res con pan­ta­llas monu­men­ta­les de altí­si­ma defi­ni­ción… ¿para ver una pelí­cu­la de Holly­wood? ¿Dón­de está la rique­za? Se publi­ci­ta el auto­mó­vil indi­vi­dual como la revo­lu­ción de las comu­ni­ca­cio­nes… para lue­go tener un dete­rio­ro medioam­bien­tal que, de man­te­ner­se el actual mode­lo de desa­rro­llo, per­mi­te la vida sólo para un siglo más. ¿Esa es la rique­za? Los gran­des pode­res dis­po­nen de capa­ci­da­des tan des­truc­ti­vas que, como dijo Eins­tein, “de dar­se una Ter­ce­ra Gue­rra Mun­dial, la Cuar­ta será a garro­ta­zos”. ¿Eso es la rique­za? ¿Con­sis­te aca­so la rique­za en exhi­bir un reloj de oro o una tar­je­ta de cré­di­to que per­mi­te com­prar un super­mer­ca­do com­ple­to jun­to a los famé­li­cos que pulu­lan sin des­tino? ¿Pue­de ser eso la rique­za en una civi­li­za­ción que se pre­cia de ser cris­tia­na y que habla de la cari­dad?

Lle­ga­mos así a la para­do­ja que lo que el dis­cur­so del poder pre­sen­ta como rique­za es, en esen­cia, tre­men­da­men­te pobre. Si Home­ro Sim­pson, el per­so­na­je de la tra­di­cio­nal cari­ca­tu­ra crí­ti­ca de ori­gen esta­dou­ni­den­se, es el sím­bo­lo del ciu­da­dano medio de un país “desa­rro­lla­do”, ¿dón­de está la rique­za? Si lla­ma­mos ricas a las socie­da­des del Nor­te que cie­rran sus fron­te­ras a los “sucios y fora­ji­dos” inmi­gran­tes ile­ga­les, ¿pue­de seguir hablán­do­se con serie­dad de rique­za en aqué­llas? ¿Pode­mos decir­se sin ver­güen­za que alguien sea rico por­que pue­de dila­pi­dar miles de dóla­res en un casino? ¿No es, en todo caso, paté­ti­co lo que allí está en jue­go? ¿No es paté­ti­co que se siga con­si­de­ran­do que la rique­za se hace sobre la base de la explo­ta­ción de otro? ¿Pue­den con­si­de­rar­se ricos a seres huma­nos que des­pre­cian a otros por su color de piel? Aun­que lo digan exhi­bien­do su reloj de oro y des­pués de haber gas­ta­do for­tu­nas en una rule­ta, ¿no es con­mo­ve­do­ra­men­te pobre que suce­da eso? Pobre en tér­mi­nos huma­nos, que es, en defi­ni­ti­va, lo úni­co que impor­ta.

¿Y no es de la más ate­rro­ri­zan­te pobre­za huma­na que se nos quie­ra hacer creer a quie­nes no pen­sa­mos a favor de la corrien­te impues­ta, que la rique­za es tener una tar­je­ta de cré­di­to?

Con el mun­do moderno basa­do en la indus­tria capi­ta­lis­ta, si bien exis­te la posi­bi­li­dad de dar un sal­to hacia la jus­ti­cia uni­ver­sal tenien­do en cuen­ta que la rique­za pro­du­ci­da podría alcan­zar para pro­veer segu­ri­dad y con­fort a la pobla­ción toda del pla­ne­ta, en tan­to siga­mos con­fi­na­dos por estos mode­los de civi­li­za­ción mer­can­til y con­su­mis­ta, segui­re­mos en la más mons­truo­sa pobre­za huma­na. ¿No es enfer­mi­za­men­te pobre que esas mino­rías “ricas” hagan lo impo­si­ble, lle­gan­do a matar, tor­tu­rar, usar armas de des­truc­ción masi­va, enga­ñar y chan­ta­jear para man­te­ner su rique­za con­sis­ten­te en esa inter­mi­na­ble colec­ción de “cosas” mate­ria­les? “A veces la gue­rra está jus­ti­fi­ca­da para con­se­guir la paz”, pudo decir sin nin­gu­na ver­güen­za el coman­dan­te en jefe de las Fuer­zas Arma­das de Esta­dos Uni­dos al reci­bir, para­dó­ji­ca­men­te, el Pre­mio Nobel de la Paz en el 2009, el afro­des­cen­dien­te Barack Oba­ma. ¿Con qué auto­ri­dad moral pue­den decir que se es rico por­que se via­ja en limu­si­na? Ahí está la pobre­za, la más abyec­ta pobre­za, tor­pe e igno­ran­te.

Pro­ba­ble­men­te una socie­dad de la infor­ma­ción, del cono­ci­mien­to, una socie­dad que nos libe­re de las ata­du­ras ani­ma­les­cas del pobre con­su­mis­mo tor­pe que hoy nos mol­dea, pue­da enten­der que la rique­za no estri­ba en la suma­to­ria de cosas mate­ria­les. La tec­no­lo­gía no tie­ne la “cul­pa” de todo esto, obvia­men­te: es el pro­yec­to polí­ti­co que la imple­men­ta. Lo cual nos deja ver, con des­car­na­do pate­tis­mo, que ese pro­yec­to que bene­fi­cia a muy pocos no sir­ve a la huma­ni­dad en su con­jun­to. No que­da, enton­ces, otra alter­na­ti­va que cam­biar­lo.

Rebe­lion

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