Matar cuan­do la gue­rra ya no tie­ne sen­ti­do- Jon Lee Anderson

Todo indi­ca que los mili­ta­res nor­te­ame­ri­ca­nos y sus alia­dos de la OTAN no sólo han sobre­pa­sa­do su esta­día en Afga­nis­tán, sino tam­bién el pun­to en el que su pre­sen­cia es otra cosa que tóxi­ca. Mien­tras que los deta­lles exac­tos del inci­den­te son toda­vía poco cla­ros, es sabi­do que, tem­prano en la maña­na del domin­go (11 de mar­zo de 2012), un sol­da­do nor­te­ame­ri­cano apa­ren­te­men­te ase­si­nó a san­gre fría a 16 civi­les afga­nos en el dis­tri­to Panj­wai de la pro­vin­cia de Kan­dahar. Nue­ve de las víc­ti­mas, se infor­mó, eran niños. Este es mera­men­te el últi­mo esla­bón en una cade­na de epi­so­dios en los que los sol­da­dos nor­te­ame­ri­ca­nos –pese a las inten­cio­nes posi­ti­vas de la abru­ma­do­ra mayo­ría de ellos — han mos­tra­do des­pre­cio, fal­ta de res­pe­to y, cada vez más y en for­ma trá­gi­ca, odio por la gen­te del país que los alberga.

Dos sema­nas atrás fue la que­ma acci­den­tal de ejem­pla­res del Corán y otros tex­tos sagra­dos en una base mili­tar nor­te­ame­ri­ca­na –la noti­cia lle­vó a furio­sos moti­nes en todo Afga­nis­tán y a la muer­te de al menos trein­ta per­so­nas, inclu­yen­do a seis sol­da­dos nor­te­ame­ri­ca­nos. En enero, fue un video, fil­ma­do por los pro­pios sol­da­dos nor­te­ame­ri­ca­nos, que mos­tra­ba a cua­tro mari­nes ori­nan­do sobre los cadá­ve­res de varios afga­nos, sos­pe­cha­dos de ser par­te de los tali­bán, a los que habían mata­do. En 2010, en Mai­wand, una pro­vin­cia del sur –no lejos del dis­tri­to Panj­wai — , un gru­po de sol­da­dos nor­te­ame­ri­ca­nos empren­dió el “ase­si­na­to depor­ti­vo” de civi­les afga­nos: se toma­ron fotos posan­do con sus víc­ti­mas y reco­lec­ta­ron par­tes de sus cuer­pos como trofeos.

Tales inci­den­tes no son des­co­no­ci­dos para los nor­te­ame­ri­ca­nos –o no debe­rían ser­lo. Tam­bién ocu­rrie­ron en Irak. Hubo las igno­mi­nias de Abu Ghraib y la masa­cre de Haditha, y miles de inci­den­tes meno­res, a veces no repor­ta­dos, en los que los sol­da­dos humi­lla­ron, mata­ron o abu­sa­ron de civi­les ira­quíes por razo­nes que tenían menos que ver con sus posi­bles inten­cio­nes hos­ti­les y más con sus pro­pios mie­dos y odios. En el verano de 2003, en Fallujhan, cono­cí a un sol­da­do nor­te­mae­ri­cano que se vana­glo­rió ante mí de haber “que­ma­do” a vehícu­los civi­les que se acer­ca­ban por el camino entre Baso­ra y Bag­dad por­que no esta­ba segu­ro de quién esta­ba en ellos. En ese momen­to, dijo, había pare­ci­do más pru­den­te matar­los que dejar­los vivir, sólo por la posi­bi­li­dad de que pudie­ran ser hos­ti­les. El modo en que me con­tó sus expe­rien­cias, sin embar­go, deja­ba vis­lum­brar una reali­dad que a pocos sol­da­dos les gus­ta dis­cu­tir: que a veces matan por­que la opor­tu­ni­dad está allí y por­que, en ese momen­to, a algu­nos de ellos les resul­ta diver­ti­do. Sie­te años des­pués, ese mis­mo sol­da­do me con­tac­tó por car­ta para decir, arre­pen­ti­do, que era muy dife­ren­te de aquel joven que había cono­ci­do. Tuve la sen­sa­ción de que bus­ca­ba algu­na cla­se de expia­ción por las cosas que había hecho, pero tam­bién que­ría mi com­pren­sión. Expre­sa­ba un cla­ro sen­ti­do de auto­con­cien­cia y me pre­gun­tó adón­de lo lle­va­ría. Dos gene­ra­co­nes atrás, antes de Twit­ter y You­Tu­be y de celu­la­res con cáma­ra, los sol­da­dos nor­te­ame­ri­ca­nos en Viet­nam demos­tra­ban ruti­na­ria­men­te su odio hacia el pue­blo del país que los hos­pe­da­ba de modos a menu­do peo­res y mucho más fre­cuen­te­men­te que en Afga­nis­tán. En esos días, lle­vó mucho más tiem­po al públi­co nor­te­ame­ri­cano des­cu­brir cada uno de los epi­so­dios –más de un año en el caso de la masa­cre de My Lai, en 1968. “Nadie que­ría ser el pri­me­ro en publi­car­la”, escri­bió recien­te­men­te Sey­mour Hersh, quien sacó la his­to­ria a la luz.

En My Lai, entre 375 y 520 civi­les viet­na­mi­tas, en su mayo­ría muje­res y niños, fue­ron masa­cra­dos a san­gre fría por sol­da­dos nor­te­ame­ri­ca­nos que, en su mayo­ría, se calla­ron. Fue des­pués de que apa­re­cie­ra el pri­mer artícu­lo de Hersh que se publi­ca­ron foto­gra­fías de la masa­cre –toma­das, mien­tras ocu­rría, por un fotó­gra­fo del Ejér­ci­to nor­te­ame­ri­cano que esta­ba en el lugar— en los dia­rios y en la revis­ta Life. Dada la tec­no­lo­gía actual y la febril cul­tu­ra mediá­ti­ca de últi­mo minu­to, pare­ce impro­ba­ble que algo de esa esca­la pudie­ra ocu­rrir hoy y ser encubierto.

Pero el hecho de que menos civi­les –y tam­bién sol­da­dos — mue­ran en las gue­rras de hoy no miti­ga los espan­to­sos horro­res de sus accio­nes o redu­ce el daño polí­ti­co en Afga­nis­tán. Los alia­dos de la OTAN están bus­can­do salir­se con algo de gra­cia y dig­ni­dad de una situa­ción que se ha vuel­to fea y en la cual su enemi­go desig­na­do, los Tali­bán, no sólo ha gana­do terreno, sino que luce como pro­ba­ble recon­quis­ta­dor del poder una vez que esa sali­da final se produzca.

En el oto­ño (boreal) de 2010, visi­té al Mullah Zaeef, un ex envia­do de impor­tan­cia de los Tali­bán y pri­sio­ne­ro de Guan­tá­na­mo des­pués del 11 de sep­tiem­bre de 2011, quien, des­de su libe­ra­ción y retorno a Afga­nis­tán, ha vivi­do en una villa de Kabul con guar­dias pro­vis­tos por el pre­si­den­te Hamid Kar­zai. Aun­que for­mal­men­te evi­ta todo con­tac­to con sus cama­ra­das tali­bán de anta­ño que toda­vía están en la pelea, Zaeef con­ser­va, cla­ra­men­te, el rol de inter­me­dia­rio; Kar­zai y muchos ofi­cia­les mili­ta­res y de inte­li­gen­cia nor­te­ame­ri­ca­nos y de la OTAN lo ven, cier­ta­men­te, como un posi­ble enla­ce con los tali­bán moderados.

Zaeef dijo que le diver­tía haber­se vuel­to obje­to de aten­ción de tan­tos fun­cio­na­rios occi­den­ta­les. Pero, en pri­mer lugar, no esta­ba segu­ro de quié­nes podían ser esos tali­bán “mode­ra­dos”. En cuan­to al valor de nego­cia­cio­nes futu­ras, son­rió cor­tan­te y dijo lo úni­co que los tali­bán podrían estar dis­pues­tos a con­ver­sar con los nor­te­ame­ri­ca­nos y sus alia­dos son las con­di­cio­nes de su reti­ra­da total del país. Un acuer­do tal podría deter­mi­nar si deja­rán Afga­nis­tán con algu­na apa­rien­cia de dig­ni­dad o no, afirmó.

La sen­sa­ción de inevi­ta­bi­li­dad sólo se ha inten­si­fi­ca­do des­de enton­ces. Últi­ma­men­te, los tali­bán han esta­do refre­gán­do­lo en la cara de las fuer­zas occi­den­ta­les. En dece­nas de inci­den­tes, los sol­da­dos del gobierno afgano, y a veces sus ofi­cia­les, han vuel­to sus armas, cada vez más, sobre sus sor­pren­di­dos alia­dos mili­ta­res nor­te­ame­ri­ca­nos y euro­peos. Usual­men­te, des­pués del hecho, los tali­bán afir­man que los asal­tan­tes eran miem­bros de su gru­po, inser­ta­dos secre­ta­men­te entre sus enemi­gos, espe­ran­do el momen­to para gol­pear, y es posi­ble que algu­nos de ellos lo fue­ran –pero no todos. Así como hay nor­te­ame­ri­ca­nos que –qui­zás abru­ma­dos por la futi­li­dad de su misión y su inca­pa­ci­dad para com­pren­der­la, y tam­bién por sus odios— “pier­den la cabe­za” y matan a fami­lias afga­nas en la oscu­ri­dad de la noche, hay afga­nos que matan nor­te­ame­ri­ca­nos en lo que con­ci­ben como un acto de auto-res­pe­to. La gue­rra tie­ne su modo de hacer posi­ble toda cla­se de matanza.

Fuen­te: http://​www​.new​yor​ker​.com/​o​n​l​i​n​e​/​b​l​o​g​s​/​n​e​w​s​d​e​s​k​/​2​0​1​2​/​0​3​/​m​a​s​s​a​c​r​e​-​i​n​-​k​a​n​d​a​h​a​r​.​h​tml

Tra­du­ci­do por El Puer­coes­pín

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