Leyen­do a Adam Smith para enten­der la situa­ción actual- Fede­ri­co Agui­le­ra Klink

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Decía en 1973 Gal­braith, un lúci­do eco­no­mis­ta de ori­gen cana­dien­se, que «Adam Smith es dema­sia­do sabio y entre­te­ni­do para rele­gar­lo entre los con­ser­va­do­res, pocos de los cua­les lo han leí­do algu­na vez» (Ana­les de un libe­ral impe­ni­ten­te). El pro­ble­ma es que pare­ce que tam­po­co lo han leí­do los que dicen no ser con­ser­va­do­res y así, en mi opi­nión, nos esta­mos per­dien­do a una per­so­na cuyas lúci­das y ati­na­das refle­xio­nes nos podrían ayu­dar a enten­der mejor qué es lo que está pasan­do a la vez que dis­fru­tar de su lec­tu­ra. Ade­más, Adam Smith pres­ta­ba aten­ción a las moti­va­cio­nes que podían expli­car el com­por­ta­mien­to de las per­so­nas, no tra­tan­do de eti­que­tar­las sino de enten­der­las para poder com­pren­der mejor en qué tipo de socie­dad se encuen­tra uno y qué pode­mos espe­rar de noso­tros y de los demás. Para empe­zar, y fren­te al cli­ché de que defen­día el egoís­mo cómo moti­vo fun­da­men­tal del com­por­ta­mien­to humano, creo que mere­ce la pena des­ta­car algu­nos párra­fos de su Teo­ría de los sen­ti­mien­tos mora­les, publi­ca­da ori­gi­nal­men­te en 1759.

El ser humano: egoís­mo y compasión

Así, en la pri­me­ra pági­na de este libro escri­be, “Por más egoís­ta que se pue­da supo­ner al hom­bre, exis­ten evi­den­te­men­te en su natu­ra­le­za algu­nos prin­ci­pios que le hacen inte­re­sar­se por la suer­te de otros, y hacen que la feli­ci­dad de éstos le resul­te nece­sa­ria, aun­que no deri­ve de ella nada más que el pla­cer de con­tem­plar­la. Tal es el caso de la lás­ti­ma o la com­pa­sión, la emo­ción que sen­ti­mos ante la des­gra­cia aje­na cuan­do la vemos o cuan­do nos la hacen con­ce­bir de for­ma muy vívi­da (…) este sen­ti­mien­to (…) no se halla en abso­lu­to cir­cuns­cri­to a las per­so­nas más vir­tuo­sas y huma­ni­ta­rias (…) no se halla des­pro­vis­to de él total­men­te ni el mayor mal­he­chor ni el más bru­tal vio­la­dor de las leyes de la socie­dad (…) Como care­ce­mos de la expe­rien­cia inme­dia­ta de lo que sien­ten las otras per­so­nas, no pode­mos hacer­nos nin­gu­na idea de la mane­ra en que se ven afec­ta­das, sal­vo que pen­se­mos cómo nos sen­ti­ría­mos noso­tros en su mis­ma situa­ción (…) nos vemos afec­ta­dos por lo que sien­te la per­so­na que sufre, al poner­nos en su lugar”.

Es muy intere­san­te ver que estas refle­xio­nes intui­ti­vas basa­das en la obser­va­ción y hechas hace más de dos siglos coin­ci­den, bási­ca­men­te, con lo que actual­men­te se sabe sobre el com­por­ta­mien­to humano. Así, Frans de Waal, en El mono que lle­va­mos den­tro (2005) defien­de que somos “monos bipo­la­res” y que “la visión que nos retra­ta como egoís­tas y mez­qui­nos, con una mora­li­dad ilu­so­ria, debe revi­sar­se. Si somos esen­cial­men­te antro­poi­des (…) o al menos des­cen­dien­tes de antro­poi­des, enton­ces nace­mos con una gama de ten­den­cias, des­de las más bási­cas has­ta las más nobles. Lejos de ser un pro­duc­to de la ima­gi­na­ción, nues­tra mora­li­dad es el resul­ta­do del mis­mo pro­ce­so de selec­ción que con­for­mó nues­tro lado com­pe­ti­ti­vo y agresivo”.

Por eso, somos egoís­tas y, a la vez, com­pa­si­vos. Y por eso, Smith estu­dia el egoís­mo y tam­bién la com­pa­sión o la empa­tía. Es decir, la capa­ci­dad de poner­nos en el lugar de los demás es una de las cues­tio­nes a las que Smith le dedi­ca una gran aten­ción, lle­gan­do a pre­ci­sar que hay otro sis­te­ma que “inten­ta expli­car el ori­gen de nues­tros sen­ti­mien­tos mora­les a tra­vés de la com­pa­sión pero que es dife­ren­te del que he pro­cu­ra­do expo­ner ya que defien­de que la vir­tud con­sis­te en la utilidad”.

Eco­no­mía, jus­ti­cia y prudencia

Es decir, Smith se des­mar­ca de la uti­li­dad como base de un com­por­ta­mien­to vir­tuo­so o desea­ble e insis­te en que “el hom­bre pru­den­te mejo­ra lo pro­pio sólo cuan­do no afec­ta injus­ta­men­te a los demás”, hacien­do de la jus­ti­cia la base de todo el sis­te­ma. Por eso lle­ga a afir­mar que “en la carre­ra hacia la riqueza…él podrá correr con todas sus fuer­zas (…) Pero si empu­ja o derri­ba a alguno, la indul­gen­cia de los espec­ta­do­res se esfu­ma. Se tra­ta de una vio­la­ción del jue­go lim­pio, que no podrán acep­tar (…) la socie­dad nun­ca pue­de sub­sis­tir entre quie­nes están cons­tan­te­men­te pres­tos a herir y dañar a otros (…) La bene­fi­cien­cia, por tan­to, es menos esen­cial para la exis­ten­cia de la socie­dad que la jus­ti­cia. La socie­dad pue­de man­te­ner­se sin bene­fi­cien­cia, aun­que no es la situa­ción más con­for­ta­ble; pero si pre­va­le­ce la injus­ti­cia, su des­truc­ción será com­ple­ta (…) La beneficiencia…es el adorno que embe­lle­ce el edificio….La jus­ti­cia, en cam­bio, es el pilar fun­da­men­tal en el que se apo­ya todo el edi­fi­cio. Si des­apa­re­ce, enton­ces el inmen­so teji­do de la socie­dad humana…en un momen­to será pul­ve­ri­za­da en áto­mos”. Esta dis­tin­ción entre bene­vo­len­cia, o cari­dad, y jus­ti­cia es, des­de mi pun­to de vis­ta, de una gran rele­van­cia en un momen­to en el que se ha defi­ni­do a la fami­lia como una ONG y en el que pare­ce que la “soli­da­ri­dad” está muy bien para “tapar” u ocul­tar la injus­ti­cia intrín­se­ca a un sis­te­ma eco­nó­mi­co y la injus­ti­cia de una situa­ción defi­ni­da como cri­sis pero que en un len­gua­je más pre­ci­so no es nada más que un saqueo de lo públi­co y de los dere­chos socia­les y huma­nos por par­te de los empre­sa­rios, algo que tam­po­co es ajeno a lo que ya obser­va­ba Adam Smith en su épo­ca. La dife­ren­cia con­sis­te en que aho­ra se uti­li­za una supues­ta situa­ción “demo­crá­ti­ca” para “legi­ti­mar” el cita­do saqueo, “por el bien de todos”.

Los efec­tos dañi­nos de los bene­fi­cios elevados

Qui­zás sea esa insis­ten­cia en la impor­tan­cia de los “sen­ti­mien­tos mora­les” y su eno­jo con el com­por­ta­mien­to de los empre­sa­rios la que le hace expre­sar­se con una viru­len­cia que, des­de mi pun­to de vis­ta, refle­ja la enor­me luci­dez que no se ha que­ri­do ver en el Smith “eti­que­ta­do” como el “inven­tor” de la mano invi­si­ble. En este sen­ti­do sus refle­xio­nes sobre el com­por­ta­mien­to de los empre­sa­rios, reco­gi­das en La rique­za de las nacio­nes, publi­ca­do en 1776, son anto­ló­gi­cas y de una enor­me actua­li­dad. Por ejem­plo, es poco cono­ci­da su crí­ti­ca a los empre­sa­rios por que­jar­se éstos habi­tual­men­te de que la eco­no­mía vaya mal debi­do, según ellos, a los altos sala­rios, excu­sa que se sigue repi­tien­do una y otra vez en una situa­ción cuya cau­sa ori­gi­nal nada tie­ne que ver con sala­rios ele­va­dos, por lo que no están dis­pues­tos a reco­no­cer que los ele­va­dos bene­fi­cios pue­den ser un pro­ble­ma más serio. “Nues­tros comer­cian­tes e indus­tria­les se que­jan mucho de los efec­tos per­ju­di­cia­les de los altos sala­rios, por­que suben los pre­cios y por ello res­trin­gen la ven­ta de sus bie­nes en el país y en el exte­rior. Nada dicen de los efec­tos dañi­nos de los bene­fi­cios ele­va­dos. Guar­dan silen­cio sobre las con­se­cuen­cias per­ni­cio­sas de sus pro­pias ganancias”.

¿Les sue­na esto? Pare­ce muy apro­pia­do para con­tex­tua­li­zar las recien­tes refor­mas labo­ra­les, inclui­da la de Zapa­te­ro. De hecho, da la impre­sión de que no es nece­sa­rio saber nada de eco­no­mía pues, sea cual sea la cau­sa del pro­ble­ma a resol­ver, la solu­ción impues­ta por los dife­ren­tes gobier­nos (da igual que sea el PSOE, el PP o las posi­bles com­bi­na­cio­nes de cual­quie­ra de ellos con los par­ti­dos lla­ma­dos nacio­na­lis­tas) siem­pre con­sis­te en bajar los sala­rios y las pen­sio­nes. ¿A qué gobierno le intere­sa deba­tir y pro­fun­di­zar hones­ta­men­te sobre las cau­sas del saqueo pudien­do bajar sala­rios y pensiones?

El con­trol de los sala­rios (y del Par­la­men­to) por los empresarios 

¿Y cómo se for­man los sala­rios? ¿Tie­nen algo que ver con la pro­duc­ti­vi­dad? No es eso lo que pare­ce pen­sar Smith pues “los patro­nos están siem­pre y en todo lugar en una espe­cie de acuer­do, táci­to pero cons­tan­te y uni­for­me, para no ele­var los sala­rios sobre la tasa que exis­te en cada momen­to. Vio­lar este con­cier­to es en todo lugar el acto más impo­pu­lar, y expo­ne al patrono que lo come­te al repro­che entre sus veci­nos y sus pares. Es ver­dad que rara vez oímos hablar de este acuer­do, por­que es el esta­do de cosas usual, y uno podría decir natu­ral, del que nadie oye hablar jamás (…) Los patro­nos a veces entran en unio­nes par­ti­cu­la­res para hun­dir los sala­rios por deba­jo de esa tasa. Se urden siem­pre con el máxi­mo silen­cio y secre­to has­ta el momen­to de su eje­cu­ción, y cuan­do los obre­ros, como a veces ocu­rre, se some­ten sin resis­ten­cia, pasan com­ple­ta­men­te desapercibidas.”

Por otro lado, sabe que el Par­la­men­to está al ser­vi­cio de los empre­sa­rios. “Los tra­ba­ja­do­res desean con­se­guir tan­to, y los patro­nos entre­gar tan poco, como sea posi­ble. No resul­ta difí­cil pre­ver cuál de las dos par­tes se impon­drá habi­tual­men­te en la puja, y for­za­rá a la otra a acep­tar sus con­di­cio­nes. Los patro­nos, al ser menos, pue­den aso­ciar­se con más faci­li­dad; y la ley, ade­más, auto­ri­za o al menos no prohí­be sus aso­cia­cio­nes, pero sí prohí­be las de los tra­ba­ja­do­res (…) No tene­mos leyes del Par­la­men­to con­tra las unio­nes que pre­ten­den reba­jar el pre­cio del tra­ba­jo; pero hay muchas con­tra las unio­nes que aspi­ran a subir­lo (…) Ade­más, en todos estos con­flic­tos los patro­nos pue­den resis­tir duran­te mucho más tiempo”.

Los intere­ses empre­sa­ria­les, las reglas y los intere­ses sociales

Y tam­po­co que­dan muchas dudas sobre lo que según él pode­mos espe­rar de las regu­la­cio­nes y leyes pro­pues­tas por los empre­sa­rios como hipo­té­ti­cos intere­sa­dos en el bien común. Al con­tra­rio, lo habi­tual es espe­rar de ellos enga­ños y opre­sión. En una sabia viñe­ta de El Roto, un polí­ti­co le dice a otro: “Ya no se creen las men­ti­ras“ y el otro le con­tes­ta: “Así no se pue­de gober­nar”. Y, efec­ti­va­men­te, Smith escri­bió: “ Cual­quier pro­pues­ta de una nue­va ley o regu­la­ción comer­cial que ven­ga de esta cate­go­ría de per­so­nas (los empre­sa­rios) debe siem­pre ser con­si­de­ra­da con la máxi­ma pre­cau­ción, y nun­ca debe ser adop­ta­da sino des­pués de una inves­ti­ga­ción pro­lon­ga­da y cui­da­do­sa, desa­rro­lla­da no sólo con la aten­ción más escru­pu­lo­sa, sino tam­bién con el máxi­mo rece­lo. Por­que pro­ven­drá de una cla­se de hom­bres cuyos intere­ses nun­ca coin­ci­den exac­ta­men­te con los de la socie­dad, que tie­nen gene­ral­men­te un inte­rés en enga­ñar e inclu­so opri­mir a la comu­ni­dad, y que de hecho la han enga­ña­do y opri­mi­do en nume­ro­sas opor­tu­ni­da­des”. Más cla­ro pare­ce que no se pue­de decir y, sin embar­go, en Lec­cio­nes de juris­pru­den­cia, que cons­ti­tu­yen los apun­tes toma­dos por uno de sus estu­dian­tes en el cur­so 176263, lle­ga a afir­mar de mane­ra más con­tun­den­te aún, y posi­ble­men­te siguien­do a Tomás Moro en la par­te final de su Uto­pía, que “las leyes y el gobierno pue­den ser con­si­de­ra­dos…, en todos los casos, como una coa­li­ción de los ricos para opri­mir a los pobres y man­te­ner en su pro­ve­cho la des­igual­dad de bie­nes que, de otra for­ma, no tar­da­ría en ser des­trui­da por los ata­ques de los pobres”.

Des­de lue­go estas citas no se corres­pon­den con el Adam Smith que se “des­pa­cha” como ese supues­to acé­rri­mo defen­sor del supues­to mer­ca­do libre que, supues­ta­men­te, guia­ba la mano invi­si­ble. Como decía Gal­braith refi­rién­do­se a Smith, “pocos escri­to­res jamás, y cier­ta­men­te nin­gún eco­no­mis­ta des­de enton­ces, han sido tan diver­ti­dos, lúci­dos o ricos en recur­sos, o, según el caso, tan devas­ta­do­res (…) Con su des­pre­cio por los sub­ter­fu­gios teó­ri­cos y su vivo inte­rés por las cues­tio­nes prác­ti­cas, hubie­ra teni­do difi­cul­ta­des para obte­ner una cáte­dra con titu­la­ri­dad ple­na en una uni­ver­si­dad moder­na de pri­mer ran­go”. Por eso ani­mo a leer­lo, a dis­fru­tar de su sabi­du­ría y a no dejár­se­lo a aque­llos que lo mani­pu­lan, bien des­pre­cián­do­lo o bien apro­pián­do­se­lo, eso sí, sin haber­lo leí­do en nin­gún caso.

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