[Video] Alí Pri­me­ra: la can­ción nece­sa­ria

Artícu­lo de Luis Roge­lio Nogue­ras (La Haba­na, 1944 – 1985) dedi­ca­do a Alí Pri­me­ra, músi­co, com­po­si­tor, poe­ta y acti­vis­ta polí­ti­co vene­zo­lano. (Coro, 31 de octu­bre de 1941 – Cara­cas, 16 de febre­ro de 1985) publi­ca­do en Bohe­mia (La Haba­na), año 77, no. 9, 1 de mar­zo de 1985, p.23

Los cables traen la tris­te noti­cia: Alí Pri­me­ra, el popu­lar can­tan­te y com­po­si­tor vene­zo­lano, per­dió la vida en uno de los cien­tos de acci­den­tes auto­mo­vi­lís­ti­cos que ocu­rren dia­ria­men­te en Cara­cas, ciu­dad de trá­fi­co infer­nal (con su más de medio millón de vehícu­los) a la que, con toda razón, algu­nos lla­man «el gara­je del mun­do». Tenía al morir 36 años y aca­ba­ba de gra­bar un dis­co de lar­ga dura­ción. Alí había alcan­za­do fama inter­na­cio­nal, sobre todo, con sus temas Casas de car­tón Can­ción boli­va­ria­na.

Algún día se escri­bi­rá la his­to­ria de la can­ción polí­ti­ca en Amé­ri­ca Lati­na. Alí, que echó su cora­zón y su voz en el gran río del pue­blo, y que hizo de la soli­da­ri­dad revo­lu­cio­na­ria una patria, ocu­pa­rá un lugar des­ta­ca­do en esa his­to­ria. «Si no hay ver­dad en los can­to­res», dijo en una oca­sión, «enton­ces no habrá ver­dad en el can­to ni en mí espe­ran­za». Uno de sus últi­mos LP se titu­la­ba Al pue­blo lo que es del César; allí se habla­ba de «la can­ción nece­sa­ria», que «tal vez no lle­gue a diri­gir los bata­llo­nes, pero ayu­da­rá a for­mar­los».

Me vie­ne a la memo­ria la céle­bre con­sig­na que lan­zó Pete See­ger en uno de sus mul­ti­tu­di­na­rios reci­ta­les neo­yor­qui­nos de media­dos de los años sesen­ta: «Si algu­na vez la plu­ma fue más fuer­te que la espa­da, hoy la gui­ta­rra pue­de más que La Bom­ba.» La orgu­llo­sa fra­se del gran artis­ta folk nor­te­ame­ri­cano, lo mis­mo que el epi­gra­má­ti­co comen­ta­rio del ecua­to­riano Mon­tal­vo cuan­do supo la muer­te del dic­ta­dor Gar­cía Moreno («mi plu­ma lo mató»), tie­ne, des­de lue­go, un carác­ter tras­la­ti­cio, meta­fó­ri­co: lo que ambos que­rían recor­dar­nos es que todo artis­ta que lo sea de veras debe luchar, con los medios que le son espe­cí­fi­cos (y por los diver­sos y a menu­do para­dó­ji­cos cami­nos que esco­ge el arte en bus­ca de su des­tino), para que la huma­ni­dad ten­ga un futu­ro, y para que ese futu­ro no sea ni una pesa­di­lla ni un ester­co­le­ro. (Aun así, a veces las metá­fo­ras san­gran: Víc­tor Jara can­tán­do­le a la vida a cin­co pasos de los fusi­les que un ins­tan­te des­pués iban a hun­dir­lo en la muer­te es un ejem­plo, y no el úni­co, de que hay «gui­ta­rras» y «plu­mas» capa­ces, lle­ga­do el momen­to, de poner­les pecho a las balas en el sen­ti­do más rec­to y dra­má­ti­co de la expre­sión…).

A fines de abril de 1983 via­jé a Vene­zue­la, vía Pana­má, para cola­bo­rar en un pro­yec­to cine­ma­to­grá­fi­co. Por razo­nes que aquí no vie­nen al caso, aquel via­je tenía para mí tin­tes sen­ti­men­ta­les. Y hubie­ra pasa­do las monó­to­nas horas de avión y la tedio­sa esca­la pana­me­ña con la bar­bi­lla apo­ya­da en los nudi­llos y la mira­da per­di­da detrás de ter­cos fan­tas­mas del pasa­do, si no hubie­ra teni­do la inmen­sa for­tu­na de encon­trar­me con Alí en Ran­cho Boye­ros: Alí, que retor­na­ba a su país des­pués de una estan­cia de diez días en esa nue­va Capi­tal de la Glo­ria, Mana­gua.

El tiem­po se nos fue —y nun­ca la fra­se hecha fue más exac­ta— volan­do. Entre cer­ve­zas y ciga­rros, habla­mos de poe­sía, sal­sa, cine, muje­res, ami­gos comu­nes, la nue­va can­ción, Nica­ra­gua, la últi­ma nove­la de Ote­ro Sil­va, los Andes (Méri­da era mi des­tino final), y has­ta de la tan lle­va­da y traí­da Repú­bli­ca del Este (ese non sanc­to san­tua­rio cara­que­ño del Johny Wal­ker don­de, entre agu­de­zas y sala­di­tos, algu­nos inte­lec­tua­les llo­ran lágri­mas de coco­dri­lo sobre sus velei­da­des revo­lu­cio­na­rias de la déca­da del sesen­ta)… Las car­ca­ja­das de Alí estre­me­cían peli­gro­sa­men­te los avio­nes, pri­me­ro el de Cuba­na y lue­go el de la aero­lí­nea vene­zo­la­na, cuan­do yo le paga­ba con algún chis­te de mi patio, los que él me hacía sobre mar­ga­ri­te­ños (imi­tan­do a la per­fec­ción, por cier­to, el habla rápi­da, bis­bi­sean­te y atro­pe­lla­da de los natu­ra­les de Isla Mar­ga­ri­ta).

Nos des­pe­di­mos en La Guai­ra, con un lar­go abra­zo y con­fia­dos «Nos vemos, vale», «Nos vemos, chi­co». Que­da­ba en pie una mutua pro­me­sa: tra­ba­jar en la idea de un docu­men­tal sobre la nue­va can­ción lati­no­ame­ri­ca­na. Alí sen­tía par­ti­cu­lar atrac­ción por el cine; des­pués de todo, como dijo humo­rís­ti­ca­men­te Woody Allen en alguno de sus libros, nin­gún ser humano esca­pa a la fas­ci­na­ción del lla­ma­do Sép­ti­mo Arte, excep­ción hecha de los cineas­tas, por­que ellos están obli­ga­dos a almor­zar y comer con y de él…

Duran­te varias gene­ra­cio­nes, la can­ción popu­lar lati­no­ame­ri­ca­na se ha hecho eco, y a veces ban­de­ra, de las aspi­ra­cio­nes socia­les y polí­ti­cas de nues­tros pue­blos. Empu­ña­da por tro­va­do­res tras­hu­man­tes, y de la mano de otras mani­fes­ta­cio­nes artís­ti­cas igual­men­te insur­gen­tes, como la poe­sía, la can­ción popu­lar man­tu­vo siem­pre entre noso­tros su inde­cli­na­ble voca­ción demo­crá­ti­ca. La Nue­va Can­ción Lati­no­ame­ri­ca­na —de la cual for­ma par­te el Movi­mien­to de la Nue­va Tro­va— here­dó, pues, una lar­ga tra­di­ción com­ba­tien­te.

Alí Pri­me­ra, una de las figu­ras más caris­má­ti­cas de ese nue­vo modo de can­tar —nue­vo, pero afin­ca­do en una tra­yec­to­ria de más de un siglo — , no se rin­dió al comer­cia­lis­mo. Jamás renun­ció a la incon­for­mi­dad; jamás dejó de con­de­nar la des­hu­ma­ni­za­ción del hom­bre en el capi­ta­lis­mo. A pesar de las jugo­sas ofer­tas que le hicie­ron para que dilu­ye­ra su arte en las ino­fen­si­vas aguas de la músi­ca faci­lo­na, Alí no se dejó poner jamás —como dicen los vene­zo­la­nos de aque­llos artis­tas y escri­to­res que no clau­di­can— «el bozal de are­pas».

Bob Dylan —que lue­go fue dige­ri­do por el sis­te­ma, y obli­ga­do a rene­gar de los valo­res que antes había subli­ma­do— le adver­tía a un can­tan­te cuya inte­gri­dad esta­ba sien­do res­que­bra­ja­da con dine­ro: «Creo que cuan­do lle­gue tu muer­te, /​encon­tra­rás que la pla­ta que hicis­te /​no te devol­ve­rá el alma…» Alí Pri­me­ra nun­ca fue rico, ni qui­so ser­lo. Su alma per­ma­ne­ció intac­ta: el dia­blo de la músi­ca amel­co­cha­da y las letras bana­les no pudo com­prar­la.

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