Peter Ackroyd : Dic­kens, el ober­va­dor soli­ta­rio- Rafael Nar­bo­na

Char­les Dic­kens comen­zó a tra­ba­jar con doce años en una fábri­ca de betún. Con su padre en la cár­cel por deu­das impa­ga­das, des­cu­brió pre­ma­tu­ra­men­te la aspe­re­za de un mun­do poco com­pa­si­vo con la debi­li­dad y la pobre­za.

Peter Ackroyd ha com­pues­to una bio­gra­fía rigu­ro­sa, que recons­tru­ye la vida del pro­lí­fi­co autor, evi­tan­do los aca­de­mi­cis­mos y las fati­go­sas notas a pie de pági­na. En la mejor tra­di­ción de la alta divul­ga­ción anglo­sa­jo­na, Ackroyd logra impri­mir a su estu­dio la flui­dez de una nove­la, pero sin incu­rrir en el rela­to nove­la­do, don­de a veces nau­fra­ga la obje­ti­vi­dad y se abre paso lo mera­men­te espe­cu­la­ti­vo. Nie­to de unos cria­dos e hijo de un fun­cio­na­rio que des­pil­fa­rra­ba el dine­ro com­pul­si­va­men­te, la infan­cia iti­ne­ran­te de Char­les le abas­te­ció de esce­na­rios para sus futu­ras nove­las. Su paso por Porst­mouth, Chat­man y Lon­dres le fami­lia­ri­zan con el cam­po, los gran­des espa­cios urba­nos y la alga­ra­bía de los puer­tos marí­ti­mos. De niño, leyó a De Foe, Fiel­ding, Cer­van­tes y Sha­kes­pea­re y no tar­dó en pisar los tea­tros, emo­cio­nán­do­se con los dra­mas isa­be­li­nos. Ackroyd recons­tru­ye la niñez de Dic­kens con enor­me talen­to y sen­si­bi­li­dad, mos­tran­do cómo su espon­ta­nei­dad ini­cial se trans­for­ma en reser­va y su ale­gría devie­ne melan­co­lía. Duran­te un par de años, fre­cuen­ta una escue­la don­de no apren­de nada, según con­fe­sión pro­pia. Char­les es un auto­di­dac­ta, que se inter­na por su cuen­ta en la gra­má­ti­ca lati­na. Su nece­si­dad de pros­pe­rar social­men­te le empu­ja a apren­der taqui­gra­fía. Duran­te un tiem­po, tra­ba­ja en un des­pa­cho de abo­ga­dos, pero sus jefes vati­ci­nan que no sopor­ta­rá duran­te mucho tiem­po una tarea ruti­na­ria. Su carre­ra lite­ra­ria comien­za con for­ma de cró­ni­cas par­la­men­ta­rias. Trans­for­ma­do en corres­pon­sal del Mor­ning Chro­ni­cle y tras malo­grar­se de for­ma pue­ril su debut como actor tea­tral (una gri­pe frus­tra su subi­da al esce­na­rio), en 1883 se deci­de a enviar anó­ni­ma­men­te su pri­mer rela­to al Monthy Maga­zi­ne, que lo publi­ca, con­si­guien­do des­per­tar el inte­rés de los lec­to­res. Ani­ma­do por el éxi­to, Dic­kens acu­mu­la un cuen­to tras otro, has­ta con­se­guir que en 1836 se publi­quen en for­ma de libro con el títu­lo Sket­ches by Boz. Ese mis­mo año, apa­re­cen Los pape­les pós­tu­mos del Club Pick­wick, una sáti­ra de la filan­tro­pía con momen­tos ver­da­de­ra­men­te hila­ran­tes, que sig­ni­fi­ca­rá la defi­ni­ti­va con­sa­gra­ción. En la deci­mo­quin­ta edi­ción, los cua­tro­cien­tos ejem­pla­res ini­cia­les se han trans­for­ma­do en 40.000.

El 2 de abril de 1836 se casa con Cathe­ri­ne Thom­pson Hogarth, una mujer de carác­ter difí­cil con la que man­ten­drá una con­vi­ven­cia lle­na de con­flic­tos, ten­sio­nes y sos­pe­chas. Poco des­pués, publi­ca por entre­gas Oli­ver Twist y su fama se con­so­li­da. Su segun­da nove­la acen­túa los con­tras­tes entre el cam­po y la ciu­dad. Acrkoyd seña­la que el cam­po repre­sen­ta para Dic­kens el paraí­so per­di­do, una niñez dicho­sa y sin ame­na­zas, mien­tras que la ciu­dad reúne en sus malo­lien­tes calle­jo­nes todos los vicios huma­nos: corrup­ción, ava­ri­cia, per­ver­si­dad. El acen­to social de la nove­la no impli­ca una posi­ción polí­ti­ca. De hecho, Oli­ver es un ejem­plo de lucha y supera­ción, que sim­bo­li­za la posi­bi­li­dad del ascen­so social y no la rebel­día de un revo­lu­cio­na­rio. Gra­cias a la ven­ta de sus libros, Dic­kens se tras­la­da a Blooms­bury y empie­za una vida fami­liar que inclui­rá diez hijos y un pro­fun­do afec­to hacia su cuña­da Mary Hogarth. Su ines­pe­ra­da muer­te con sólo die­ci­séis años le deja pro­fun­da­men­te aba­ti­do. El taquí­gra­fo par­la­men­ta­rio que ha cono­ci­do en poco tiem­po la glo­ria atra­vie­sa una épo­ca de oscu­ri­dad y des­alien­to. Escri­be La tien­da de anti­güe­da­des, don­de cana­li­za su pena median­te el per­so­na­je de la peque­ña Nelly, cuya muer­te recrea la pér­di­da de Mary, y en 1842 rea­li­za su pri­mer via­je a Esta­dos Uni­dos. Su deseo de cono­cer el país levan­ta­do sobre los valo­res de la Revo­lu­ción fran­ce­sa desem­bo­ca en una dolo­ro­sa decep­ción. Des­pués de reco­rrer Nue­va York y cono­cer de cer­ca la mise­ria del barrio de Five Points, tan simi­lar a la de las zonas más depri­mi­das de Lon­dres, mani­fies­ta su opo­si­ción a la escla­vi­tud en varias con­fe­ren­cias, lo cual le atrae la anti­pa­tía de muchos nor­te­ame­ri­ca­nos, un sen­ti­mien­to que no se apa­ci­gua­rá has­ta 1867, cuan­do visi­te el país por segun­da vez. Sus Notas ame­ri­ca­nas per­du­ra­rán como una cró­ni­ca magis­tral de una poten­cia en cier­nes, don­de la ambi­ción exclu­ye muchas veces la com­pa­sión hacia la inadap­ta­ción y el fra­ca­so.

En 1843, apa­re­ce Can­ción de Navi­dad, posi­ble­men­te uno de los rela­tos que ha ins­pi­ra­do más ver­sio­nes y recrea­cio­nes de la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra y que tal vez debe­ría con­ver­tir­se en lec­tu­ra obli­ga­to­ria en todas las Bol­sas de Valo­res para adver­tir sobre los ries­gos de la codi­cia. No hay que esfor­zar­se dema­sia­do para ima­gi­nar­se al señor Scroo­ge con tiran­tes y son­ri­sa de tibu­rón finan­cie­ro. En 1846, Dic­kens modi­fi­ca su méto­do de tra­ba­jo. Reem­pla­za la impro­vi­sa­ción y la intui­ción por una pla­ni­fi­ca­ción meticu­losa, que mejo­ra­rá nota­ble­men­te el resul­ta­do final, pero la popu­la­ri­dad le pasa fac­tu­ra. Ago­ta­do por el tra­ba­jo, rom­pe con sus edi­to­res e ini­cia un via­je por Ita­lia, Sui­za y Fran­cia. Ackroyd reco­ge su esta­do de áni­mo, don­de con­vi­ven la reser­va y un exce­so de emo­ti­vi­dad, el ensi­mis­ma­mien­to y la con­cien­cia social, la nece­si­dad de com­pro­me­ter­se y la fan­ta­sía de recluir­se en una inti­mi­dad al mar­gen de las con­tin­gen­cias del mun­do. Su peri­plo, que inclu­ye entre­vis­tas con Ale­jan­dro Dumas y Julio Ver­ne, ins­pi­ra sus Estam­pas ita­lia­nas, un deli­cio­so libro de via­jes. De regre­so fun­da el Daily News y empie­za a ofre­cer con­fe­ren­cias sobre temas polí­ti­cos y lite­ra­rios. Se opo­ne a la pena de muer­te y defien­de los dere­chos de las pros­ti­tu­tas. En 1850, apa­re­ce David Cop­per­field, par­cial­men­te auto­bio­grá­fi­ca e indu­da­ble­men­te su nove­la más per­fec­ta. Es la apo­teo­sis del narra­dor omnis­cien­te que no deja nin­gún hilo suel­to. En 1858, Dic­kens se sepa­ra de su mujer. Sur­gen rumo­res sobre un idi­lio con una cuña­da y una joven actriz. Se mar­cha a casa de su extra­va­gan­te ami­go Wil­kie Collins, come­dor de opio y excep­cio­nal nove­lis­ta. Sus ten­den­cias depre­si­vas se agu­di­zan des­pués de un acci­den­te ferro­via­rio. Comien­za a rea­li­zar lec­tu­ras públi­cas sobre frag­men­tos de sus libros, logran­do pro­vo­car lágri­mas, car­ca­ja­das e inclu­so des­ma­yos. Su talen­to crea­dor decli­na, pese a lo cual publi­ca la nota­ble His­to­ria de dos ciu­da­des. Le reci­be la Rei­na Vic­to­ria I, gran admi­ra­do­ra de su obra. La muer­te se pre­sen­ta en for­ma de apo­ple­jía el 9 de junio de 1870. Es ente­rra­do en la “Esqui­na de los poe­tas” de la Aba­día de West­mins­ter, res­pe­tán­do­se su deseo de una cere­mo­nia dis­cre­ta.

La bio­gra­fía de Ackroyd no inclu­ye gran­des reve­la­cio­nes, pero logra un retra­to veraz, mati­za­do y com­ple­jo del escri­tor, des­cri­bien­do con enor­me pers­pi­ca­cia su evo­lu­ción espi­ri­tual y psi­co­ló­gi­ca. En sus pri­me­ras nove­las, Dic­kens dis­tri­bu­ye el bien y el mal entre sus per­so­na­jes, sin con­tem­plar la posi­bi­li­dad de su coexis­ten­cia en un mis­mo carác­ter. Sus últi­mas crea­cio­nes rom­pen esa divi­sión, mos­tran­do la ambi­güe­dad del ser humano, don­de la mise­ria y la gran­de­za pue­den con­vi­vir de for­ma para­dó­ji­ca. El pate­tis­mo y el mora­lis­mo del pri­mer Dic­kens se con­vier­ten en angus­tia vital en Casa deso­la­da (1852), don­de la evo­ca­ción de la cár­cel pre­fi­gu­ra las pará­bo­las de Kaf­ka. En esa mis­ma nove­la, apa­re­ce uno de los pri­me­ros detec­ti­ves de la lite­ra­tu­ra, el señor Buc­ket. Gran­des espe­ran­zas (1861) nos mues­tra a un Dic­kens imbui­do de pesi­mis­mo exis­ten­cial, que des­con­fía de la moral y la fe. La bio­gra­fía de Ackroyd es una refe­ren­cia obli­ga­da para todos los que deseen cono­cer al ver­da­de­ro Dic­kens, un hom­bre con un des­tino: fabu­lar sobre la des­di­cha huma­na y no per­der la con­vic­ción sobre la nece­si­dad de un futu­ro con paz, ter­nu­ra y fra­ter­ni­dad.

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