Tho­mas Wol­fe : El niño per­di­do- Rafael Nar­bo­na

Tho­mas Wol­fe no lle­gó a cum­plir 38 años. La tubercu­losis inte­rrum­pió una obra en mar­cha, que ya había enca­de­na­do cua­tro nove­las, infi­ni­dad de cuen­tos, varias pie­zas dra­má­ti­cas y una dila­ta­da serie de frag­men­tos, que tras­cien­den su carác­ter embrio­na­rio, evi­den­cian­do que lo inaca­ba­do tam­bién es un géne­ro lite­ra­rio. Tho­mas Wol­fe nació en Ashe­vi­lle en 1900 y murió en Bal­ti­mo­re. Cono­ció una épo­ca con­vul­sa, lle­na de fati­gas y pena­li­da­des, que arrui­nó los sue­ños de su gene­ra­ción. Su lite­ra­tu­ra refle­ja esas ten­sio­nes con una pro­sa de un liris­mo des­bor­dan­te, refle­xi­va e inno­va­do­ra, que des­per­tó la admi­ra­ción de William Faulk­ner y Sin­clair Lewis.


El niño per­di­do es una nove­la bre­ve com­pues­ta y reela­bo­ra­da en las pos­tri­me­rías de su vida, que se divi­de en cua­tro secuen­cias de asom­bro­sa per­fec­ción for­mal. Ambien­ta­da en 1904 y con la Expo­si­ción Uni­ver­sal de Saint Louis como refe­ren­cia tem­po­ral y sim­bó­li­ca, recons­tru­ye la his­to­ria de la fami­lia Wol­fe. Hijo de un talla­dor de pie­dra que escul­pía lápi­das, Tho­mas cre­ció con sie­te her­ma­nos. Sus padres aca­ba­rían sepa­rán­do­se, pero antes se tras­la­da­ron a Saint Louis, don­de com­pra­ron una casa para con­ver­tir­la en alo­ja­mien­to para los visi­tan­tes de la Expo­si­ción. El cam­bio de resi­den­cia coin­ci­dió con la enfer­me­dad y muer­te de Gro­ver, un her­mano de doce años, cuya madu­rez y sen­si­bi­li­dad impri­mie­ron un recuer­do inde­le­ble en sus seres que­ri­dos. La narra­ción se divi­de en cua­tro voces, con­ce­dien­do alter­na­ti­va­men­te el pro­ta­go­nis­mo a Gro­ver, su madre, una her­ma­na y el pro­pio Tho­mas Wol­fe. La pers­pec­ti­va de Gro­ver es la de un niño atur­di­do por la belle­za y la cruel­dad del mun­do, que se detie­ne ante los esca­pa­ra­tes de su ciu­dad natal y que se com­pla­ce en la sole­dad, sin caer en el menos­pre­cio de sus seme­jan­tes. Sus sen­ti­dos le per­mi­ten cap­tar el mis­te­rio de las cosas, su des­aper­ci­bi­da elo­cuen­cia, su impa­cien­cia por exis­tir por sí mis­mas, sin preo­cu­par­se de su uti­li­dad o nece­si­dad. Gro­ver intu­ye la impo­ten­cia del len­gua­je para refle­jar el pro­di­gio de la vida. Wol­fe pre­su­po­ne que las pala­bras nun­ca podrán ser tan inci­si­vas como la mira­da febril de un niño de doce años con una man­cha de naci­mien­to en el cue­llo. Sólo unos ojos que con­ser­van una ino­cen­cia adá­mi­ca pue­den sen­tir la res­pi­ra­ción de una Pla­za, don­de se advier­te el lati­do del cen­tro de la Tie­rra. Tho­mas Wol­fe no uti­li­za la pri­me­ra per­so­na para recrear la pecu­liar inti­mi­dad del her­mano per­di­do. Un narra­dor imper­so­nal se limi­ta a mero­dear por un inte­rior que ha cono­ci­do tem­pra­na­men­te la fini­tud y el impa­ra­ble deve­nir de todo lo que exis­te, inclui­da una con­cien­cia abo­ca­da a disi­par­se pre­ma­tu­ra­men­te.

La voz de la madre es par­ti­cu­lar­men­te con­mo­ve­do­ra. Al evo­car el via­je hacia India­na, des­cu­bre que todo regre­sa con una ines­pe­ra­da niti­dez, disi­pan­do la nie­bla que ocul­ta­ba el pasa­do. La heri­da se abre al recor­dar a aquel niño “tan gra­ve, tan serio, tan pen­sa­ti­vo”, que obser­va­ba con un sereno ensi­mis­ma­mien­to los huer­tos y los man­za­nos, las gran­jas y los esta­blos, sus zapa­tos gas­ta­dos y el imper­cep­ti­ble ale­teo del Tiem­po. La voz de la her­ma­na no es menos dra­má­ti­ca, pero está lige­ra­men­te defor­ma­da por un estu­por que pro­du­ce una muer­te ines­pe­ra­da. “Sólo tenía doce años y qué adul­to nos pare­cía a todos… Todo vuel­ve como si hubie­ra ocu­rri­do ayer. Y enton­ces se va y pare­ce lejano y extra­ño como si hubie­ra ocu­rri­do en un sue­ño…”. Tho­mas Wol­fe se intro­du­ce en el rela­to, con una visi­ta a la Casa don­de murió Gro­ver. Enton­ces sólo tenía cua­tro años, pero ha cre­ci­do bajo el peso de su ausen­cia. Ape­nas han sobre­vi­vi­do unos pocos recuer­dos, imá­ge­nes incom­ple­tas y difu­sas de un her­mano con una “vie­ja y mal­tra­ta­da boi­na” y unas medias grue­sas a la altu­ra de los tobi­llos, que se extin­guió poco a poco, como el pábi­lo de una vela, reve­lan­do que el ser humano es una “cifra irri­so­ria”, “un áto­mo sin nom­bre”. La Amé­ri­ca de Tho­mas Wol­fe es ári­da, ingra­ta, poé­ti­ca, dolo­ro­sa, imper­fec­ta, un terri­to­rio casi infi­ni­to don­de el hom­bre sólo es un náu­fra­go a la deri­va. Des­pués de fina­li­zar El niño per­di­do, no apa­re­ce la sere­ni­dad, sino la aflic­ción. Todos somos niños per­di­dos, todos somos “extran­je­ros en la vida”, exi­lia­dos en un mun­do que dis­cu­rre ajeno a nues­tros deseos. La lite­ra­tu­ra nos devuel­ve fugaz­men­te lo vivi­do, pero sólo para recor­dar­nos que las pér­di­das son irre­ver­si­bles.

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