Se cum­plen 50 años del blo­queo esta­dou­ni­den­se con­tra Cuba

Patria Gran­de

La pro­cla­ma 3447 con la que el enton­ces pre­si­den­te de Esta­dos Uni­dos, John Ken­nedy, for­ma­li­zó el blo­queo eco­nó­mi­co, comer­cial y finan­cie­ro con­tra Cuba, cum­ple este vier­nes 50 años, lejos de su obje­ti­vo de frus­trar la ges­tión de la Revo­lu­ción isle­ña y con un uná­ni­me repu­dio de la comu­ni­dad inter­na­cio­nal.

El 3 de febre­ro de 1962 Ken­nedy decre­tó la Pro­cla­ma 3447, que de algu­na mane­ra hizo más visi­ble una polí­ti­ca de hos­ti­ga­mien­to que EEUU ya venía lle­van­do a la prác­ti­ca des­de el triun­fo mis­mo de la Revo­lu­ción, el 1 de enero de 1959.

La excu­sa ini­cial fue repli­car las expro­pia­cio­nes que las fla­man­tes auto­ri­da­des isle­ñas dis­pu­sie­ron sobre bie­nes y empre­sas esta­dou­ni­den­ses.

Nue­ve admi­nis­tra­cio­nes, repu­bli­ca­nas y demó­cra­tas, man­tu­vie­ron y has­ta agu­di­za­ron la medi­da, que Washing­ton se empe­ña en lla­mar “embar­go” y limi­tar a una cues­tión bila­te­ral.

Des­de la rup­tu­ra uni­la­te­ral de las rela­cio­nes, el 3 enero de 1961, la polí­ti­ca de enfren­ta­mien­to de las auto­ri­da­des esta­dou­ni­den­ses había teni­do su pun­to más alto en abril de ese mis­mo año, con el frus­tra­do inten­to de inva­sión con el des­em­bar­co en Pla­ya Girón.

El blo­queo gene­ró ya un daño eco­nó­mi­co que las auto­ri­da­des de la isla esti­man en 975 mil millo­nes de dóla­res, si se tie­ne en cuen­ta la depre­cia­ción del dólar fren­te al oro.

Entre Pla­ya Girón y la ofi­cia­li­za­ción del blo­queo, Washing­ton logró con pre­sio­nes y chan­ta­jes, el 31 de enero de 1962, la exclu­sión de Cuba de la OEA, duran­te la 8va. Reu­nión de Con­sul­ta del orga­nis­mo, rea­li­za­da en la uru­gua­ya Pun­ta del Este.

Esa exclu­sión bus­có ser repa­ra­da en el 2009 en San Pedro Sula, Hon­du­ras, don­de se dejó sin efec­to la reso­lu­ción de 1962 con la idea de “repa­rar una injus­ti­cia his­tó­ri­ca” y pro­pi­ciar “una rei­vin­di­ca­ción al pue­blo de Cuba y a los pue­blos de Amé­ri­ca”.

La Haba­na, con todo, comu­ni­có que no vol­ve­ría al orga­nis­mo, a la que con­si­de­ró “una orga­ni­za­ción con un papel y una tra­yec­to­ria que repu­dia”. Pero esta his­to­ria es dema­sia­do recien­te.

En 1962, ape­nas un día des­pués de dis­pues­to el blo­queo, el 4 de febre­ro, más de un millón de per­so­nas ‑la mayor con­cu­rren­cia públi­ca efec­tua­da en la isla has­ta ese momento‑, vito­reó y aplau­dió el céle­bre docu­men­to titu­la­do Segun­da Decla­ra­ción de La Haba­na.

La Decla­ra­ción denun­cia­ba no solo la manio­bra agre­si­va con­tra Cuba y el gra­do de depen­den­cia de otros paí­ses lati­no­ame­ri­ca­nos, sino tam­bién “la esen­cia de la domi­na­ción esta­dou­ni­den­se y la explo­ta­ción y mise­ria de millo­nes de hijos de Nues­tra Amé­ri­ca”.

La pro­cla­ma 3447 for­ma­li­za­ba una deci­sión que, en los hechos, regía ya al menos des­de el 4 de sep­tiem­bre de 1961, cuan­do el Con­gre­so auto­ri­zó el cese de todo comer­cio con la isla.

Varios años des­pués de esta­ble­ci­do el embar­go y pese a las suce­si­vas vota­cio­nes en la ONU en con­tra de la medi­da, Esta­dos Uni­dos endu­re­ció las cosas con la lla­ma­da Ley Torri­ce­lli ‑pro­mul­ga­da en 1992 por Geor­ge Bush‑, que cer­ce­nó el comer­cio de medi­ci­nas y ali­men­tos cuba­nos con las sub­si­dia­rias de com­pa­ñías esta­dou­ni­den­ses con base en ter­ce­ros paí­ses.

Unos años des­pués, en 1996, la pre­si­den­cia de William Clin­ton agu­di­zó el embar­go al poner en vigor la Ley Helms-Bur­ton, que esta­ble­cía que empre­sas no esta­dou­ni­den­ses podían ser some­ti­das a repre­sa­lias lega­les y sus repre­sen­tan­tes impe­di­do de entrar a EEUU si comer­cia­ban con Cuba.

Des­de hace 20 años, la Asam­blea Gene­ral de la ONU vota en for­ma con­se­cu­ti­va una con­de­na al embar­go. De aque­lla pri­me­ra vota­ción en 1992, que ter­mi­nó con 59 votos a favor de la con­de­na, 3 en con­tra y 71 abs­ten­cio­nes, se lle­gó a la del año pasa­do, cuan­do los núme­ros fue­ron, res­pec­ti­va­men­te, 186, 2 y 3.

Los dos votos en con­tra fue­ron los de Esta­dos Uni­dos e Israel y las abs­ten­cio­nes de Islas Marshall, Micro­ne­sia y Palau, lo que, pare­ce cla­ro, habla del repu­dio que gene­ra en el mun­do la san­ción de estas carac­te­rís­ti­cas más exten­sa en la his­to­ria moder­na.

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