“Marx, la cri­sis y los Grun­dris­se”- Mar­ce­llo Mus­to

En 1848 Euro­pa es sacu­di­da por nume­ro­sas insu­rrec­cio­nes popu­la­res ins­pi­ra­das en los prin­ci­pios de liber­tad polí­ti­ca y jus­ti­cia social. La debi­li­dad de un movi­mien­to obre­ro que aca­ba­ba de nacer, el aban­dono por par­te de la bur­gue­sía de los idea­les que al prin­ci­pio com­par­tía con ella, la repre­sión mili­tar y la vuel­ta de la pros­pe­ri­dad eco­nó­mi­ca, lle­van por todas par­tes a la derro­ta de estas insu­rrec­cio­nes, de mane­ra que la reac­ción vuel­ve a coger las rien­das del poder. Marx apo­ya los movi­mien­tos revo­lu­cio­na­rios a tra­vés del dia­rio Neue Rhei­nis­che Zei­tung: Organ der Demo­kra­tie, del que él es fun­da­dor y redac­tor en jefe. En las colum­nas de este perió­di­co, Marx pro­si­gue una labor inten­sa de agi­ta­ción apo­yan­do la cau­sa de los insur­gen­tes e inci­tan­do al pro­le­ta­ria­do a pro­cla­mar “la revo­lu­ción social y repu­bli­ca­na”.

Duran­te este perio­do vive entre Bru­se­las, París y Colo­nia, pasa por Ber­lín, Vie­na, Ham­bur­go y muchas otras ciu­da­des ale­ma­nas, esta­ble­cien­do por todos estos luga­res con­tac­tos para desa­rro­llar las luchas en cur­so. Fue a cau­sa de esta ince­san­te acti­vi­dad mili­tan­te por lo que fue dete­ni­do pri­me­ro en Bél­gi­ca y des­pués en Pru­sia y median­te un decre­to de expul­sión, sien­do Luis Napo­león Bona­par­te pre­si­den­te de la Repú­bli­ca, el gobierno fran­cés le obli­ga a salir de París. Marx deci­de tras­la­dar­se a Ingla­te­rra cru­za el canal de la Man­cha en el verano de 1849, con 31 años de edad, y se ins­ta­la en Lon­dres.

Con­ven­ci­do al prin­ci­pio de que no iba a ser más que una bre­ve estan­cia, allí se que­da­rá para el res­to de sus días, como un apá­tri­da.

CITA CON LA REVOLUCIÓN

Los pri­me­ros años de su exi­lio inglés están mar­ca­dos por la más negra mise­ria y las enfer­me­da­des que pro­vo­ca­ron la muer­te de tres de sus hijos. Aun­que Marx nun­ca cono­ció la abun­dan­cia, esta fase repre­sen­ta sin lugar a dudas el peor momen­to de su exis­ten­cia. De diciem­bre de 1850 a sep­tiem­bre de 1856, vive con su fami­lia en un apar­ta­men­to de dos habi­ta­cio­nes en el núme­ro 28 de Dean Street, en el Soho, uno de los barrios más pobres y más rui­no­sos de la capi­tal. En oto­ño de 1856, el matri­mo­nio Marx, sus tres hijas Jenny, Lau­ra y Elea­nor, jun­to con su fiel sir­vien­ta Hélè­ne Demuth con­si­de­ra­ra par­te de la fami­lia, se ins­ta­lan en la zona nor­te de Lon­dres, en el núme­ro 9 de Graf­ton Terra­ce, don­de los alqui­le­res eran más bara­tos. Des­pués de la muer­te del tío y de la madre de Jenny von Westpha­len, su espo­sa, la doble heren­cia le per­mi­tió dete­ner el círcu­lo vicio­so de la deu­da, la recu­pe­ra­ción en el mon­te de pie­dad de algu­nos ves­ti­dos y efec­tos per­so­na­les, así como cam­biar de vivien­da.

El edi­fi­cio en el que los Marx habi­tan has­ta 1864 se encon­tra­ba en una zona de recien­te urba­ni­za­ción, sin vías ade­cen­ta­das que la unie­ran al cen­tro y sumi­da por la noche en la ple­na oscu­ri­dad. Sin embar­go, la fami­lia vive en una ver­da­de­ra casa, míni­mo requi­si­to para tener “al menos una apa­rien­cia de res­pe­ta­bi­li­dad”.

Duran­te el año 1856, Marx aban­do­na com­ple­ta­men­te sus estu­dios de eco­no­mía polí­ti­ca, pero el resur­gi­mien­to de la cri­sis finan­cie­ra inter­na­cio­nal cam­bia com­ple­ta­men­te la situa­ción. En una atmós­fe­ra de gran incer­ti­dum­bre, que se trans­for­ma en páni­co gene­ral para aca­bar pro­vo­can­do quie­bras por todas par­tes, Marx sien­te que hay que pasar a la acción y, en pre­vi­sión de los desa­rro­llos futu­ros de la rece­sión, escri­be a Frie­drich Engels: “no creo que poda­mos que­dar como espec­ta­do­res por más tiempo”3. Éste últi­mo, por su par­te, está des­bor­dan­te de opti­mis­mo y des­cri­be a su ami­go el futu­ro esce­na­rio: “Esta vez va a ser un jui­cio final sin pre­ce­den­tes, toda la indus­tria euro­pea está arrui­na­da, todos los mer­ca­dos están satu­ra­dos […], todas las cla­ses aco­mo­da­das están sien­do arras­tra­das a la rui­na, va a haber una ban­ca­rro­ta com­ple­ta de la bur­gue­sía, la gue­rra y la anar­quía en gra­do sumo. Yo tam­bién creo que todo se cum­pli­rá a lo lar­go de 1857”.

Al cabo de una déca­da mar­ca­da por el reflu­jo del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio y en el cur­so de la cual ellos no pudie­ron jugar un papel acti­vo en el con­tex­to polí­ti­co euro­peo, los dos ami­gos vol­vie­ron a inter­cam­biar­se men­sa­jes de con­fian­za en el futu­ro. La cita con la revo­lu­ción, tan­to tiem­po espe­ra­da, pare­cía ya muy pró­xi­ma y ofre­ce a Marx una prio­ri­dad urgen­te: reto­mar la redac­ción de su “Eco­no­mía” y aca­bar­la lo más pron­to posi­ble.

Tra­duc­ción: José Mª Fdez. Cria­do
Equi­po de tra­duc­ción de Red Roja

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