De Goeb­bels de Fran­co a padre de la Tran­si­ción- Edi­to­rial de Gara

Manuel Fra­ga Iri­bar­ne ha muer­to. Plá­ci­da­men­te, en su casa, en la cama y en paz, como han muer­to en el Esta­do espa­ñol ‑con la excep­ción del almi­ran­te Carre­ro Blan­co, muer­to en aten­ta­do de ETA- todos los res­pon­sa­bles del fran­quis­mo. Como minis­tro de Infor­ma­ción y Turis­mo, fue máxi­mo cen­sor y pro­pa­gan­dis­ta ‑el Goeb­bels de Franco‑, y como minis­tro de la Gober­na­ción, res­pon­sa­ble últi­mo de la matan­za, entre otras, el 3 de mar­zo de 1976 en Gas­teiz, que aca­bó con la vida de cin­co tra­ba­ja­do­res vas­cos y dejó más de un cen­te­nar de heri­dos. Su par­ti­ci­pa­ción al más alto nivel en la maqui­na­ria fran­quis­ta que come­tió vir­tual­men­te un geno­ci­dio y crí­me­nes de lesa huma­ni­dad está fue­ra de toda duda. Pero nun­ca hizo una con­de­na expre­sa ni pidió per­dón. Al con­tra­rio, como «padre de la Cons­ti­tu­ción», dina­mi­zó la Tran­si­ción que cerró la puer­ta a una rup­tu­ra demo­crá­ti­ca e ins­tau­ró un mode­lo de esta­do sobre la impu­ni­dad y la amne­sia.

Tras la muer­te de Fra­ga no han fal­ta­do nota­bles pane­gí­ri­cos ensal­zan­do su figu­ra y su con­tri­bu­ción a la demo­cra­cia, elo­gios y ala­ban­zas por su com­pro­mi­so con el pue­blo espa­ñol, loas a quien algu­nos han defi­ni­do como «un hom­bre bueno». Este autén­ti­co ejer­ci­cio de apo­lo­gía y enal­te­ci­mien­to, en el que PSOE y PP han ido de la mano, hie­re la memo­ria colec­ti­va, hace san­grar las heri­das de miles de muer­tos por los que Fra­ga nun­ca ha ren­di­do cuen­tas. Y todo ello para hacer piña en la defen­sa de la sacro­san­ta tran­si­ción espa­ño­la.

Si, encar­na­da en la per­so­na y la obra de Fra­ga, la defen­sa a ultran­za de la la tran­si­ción pasa por hacer de gen­te así un para­dig­ma de demó­cra­ta y bon­da­do­so esta­dis­ta, no cabe sino coin­ci­dir con Jai­me Gil de Bied­ma cuan­do dejó escri­to que «de todas las his­to­rias de la His­to­ria, la más tris­te sin duda es la de Espa­ña, por­que ter­mi­na mal». Al menos, que­da el con­sue­lo de que la memo­ria de este país segui­rá per­si­guien­do en su muer­te a quien segó tan­tas vidas y tan­tas razo­nes.

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