Que­ri­do Anni­bal Lec­ter- Rafael Narbona

Te han con­ver­ti­do en un villano, pero yo sé que eres el mejor de los hom­bres. Tú sí que eres un alma gran­de y no el idio­ta de Gandhi, que ayu­na­ba para pro­mo­ver la paz. Tú no ayu­nas por los demás. Haces algo mucho más valio­so. Te los comes. No eres un caní­bal, sino un filán­tro­po que ha con­ver­ti­do la gas­tro­no­mía en una lec­ción de filosofía.


Te comes a los necios, los puri­ta­nos y los into­le­ran­tes. No sien­tes nin­gún res­pe­to por la ley y no te preo­cu­pa la moral. Eres un espí­ri­tu libre, como Dió­ge­nes de Síno­pe. Sin embar­go, nun­ca vivi­rías des­nu­do en un tonel. Eres un dan­di, un cor­sa­rio de guan­te ama­ri­llo, que ha leí­do a Tho­mas De Quin­cey y ha des­cu­bier­to que el ase­si­na­to es una de las bellas artes. Pue­des emo­cio­nar­te escu­chan­do a Maria Callas, sin que eso te impi­da des­cuar­ti­zar tran­qui­la­men­te a un ser humano. Eres tan refi­na­do como el divino Oscar Wil­de y tu ter­nu­ra es dig­na de la madre Tere­sa de Cal­cu­ta, que son­reía de feli­ci­dad en com­pa­ñía de los Duva­lier, la entra­ña­ble fami­lia de dic­ta­do­res que sem­bró el terror en Hai­tí, ase­si­nan­do a 30.000 ino­cen­tes. Tu inte­li­gen­cia sobre­pa­sa la de los cien­tí­fi­cos del Pro­yec­to Manhat­tan, que logra­ron cha­mus­car a casi 200.000 per­so­nas con sus bom­bas, trans­for­mán­do­las en oscu­ras ceni­zas vol­cá­ni­cas o en espec­tra­les silue­tas blan­cas. Hay una indu­da­ble belle­za en esa ope­ra­ción, pero tú res­pe­tas dema­sia­do a tus víc­ti­mas para des­pa­char­las con una muer­te imper­so­nal. Tú las matas con la pasión del escul­tor que se enfren­ta a la pie­dra sin labrar, encen­di­do por la pers­pec­ti­va de hallar la for­ma que las res­ca­te de su dolo­ro­sa inde­fi­ni­ción. Tus pode­ro­sos dien­tes son el cin­cel que desa­fía a la eter­ni­dad, engen­dra­do lo inau­di­to. Tus mor­dis­cos son pirue­tas de una batu­ta que inter­pre­ta a Mozart, insi­nuan­do que la ale­gría pue­de bro­tar del espan­to. Tu furia es dig­na de Medea, la hechi­ce­ra des­pe­cha­da que mató a sus pro­pios hijos.

No eres Nor­man Bates, que se dis­fra­za­ba de mujer para apu­ña­lar a sus víc­ti­mas. Ni siquie­ra nece­si­tas un cuchi­llo de coci­na. Tu man­dí­bu­la es más letal que la de Scar y tus manos tan impla­ca­bles como las de Espe­ran­za Agui­rre, recor­tan­do los pre­su­pues­tos de edu­ca­ción y sani­dad. No nece­si­tas libros de auto­ayu­da para man­te­ner o res­tau­rar tu auto­es­ti­ma. Sabes que eres un genio de la talla de Wit­kin y Sid Vicious. No eres un cri­mi­nal, sino un edu­ca­dor que invi­ta a las nue­vas gene­ra­cio­nes a suble­var­se con­tra la hipo­cre­sía y la medio­cri­dad. ¿Aca­so no es cier­to que sepul­ta­mos y silen­cia­mos nues­tros deseos en nom­bre de una moral que nos des­vía de nues­tras ten­den­cias natu­ra­les? ¿Quién no ha soña­do con incen­diar su ins­ti­tu­to o su cen­tro de tra­ba­jo? ¿Quién no ha fan­ta­sea­do con levan­tar una hor­ca para los patro­nes que explo­tan a la cla­se tra­ba­ja­do­ra? ¿Quién no ha desea­do apa­lear a los mer­ce­na­rios que eje­cu­tan las órde­nes de jue­ces des­al­ma­dos, desahu­cian­do a fami­lias aco­sa­das por la pobre­za? ¿Quién no ha expe­ri­men­ta­do la ten­ta­ción de asal­tar la Bol­sa o el Par­la­men­to con una antor­cha, incen­dian­do unas pare­des atur­di­das por el enga­ño y la mentira?


¿Por qué repri­mi­mos esos impul­sos, que sólo expre­san una legí­ti­ma ambi­ción de liber­tad? ¿Por qué no reco­no­ce­mos que el AK-47 es la van­guar­dia de un futu­ro sin impe­rios ni oli­gar­quías? Las bru­jas de Mac­beth se rego­ci­ja­rían des­de su pára­mo, si con­tem­pla­ran Wall Street en lla­mas. Han­ni­bal Lec­ter es el moderno Teseo, que inten­ta matar al Mino­tau­ro, pero el Mino­tau­ro ya no es una cria­tu­ra de aspec­to terro­rí­fi­co, sino un mer­ca­der que tra­fi­ca con la espe­ran­za aje­na, pro­pi­cian­do cata­clis­mos finan­cie­ros. Sus ges­tos de vie­jo caba­lle­ro inglés nos reve­lan que la ele­gan­cia no es incom­pa­ti­ble con el radi­ca­lis­mo anti­sis­te­ma. Han­ni­bal nun­ca se com­pra­ría un tra­je en El Cor­te Inglés, pues con­si­de­ra que los gran­des alma­ce­nes no mere­cen otro des­tino que el bun­ker de Adolf Hitler, redu­ci­do a escom­bros por el glo­rio­so Ejér­ci­to Rojo.


Pocos lo saben, pero Han­ni­bal Lec­ter es comu­nis­ta. No es un comu­nis­ta que ha acep­ta­do el jue­go par­la­men­ta­rio, sino un gue­rri­lle­ro embos­ca­do en el car­na­val de la vida y la muer­te por el que nos des­li­za­mos con pasos de borra­cho, pre­gun­tán­do­nos si esta­mos extra­via­dos o si es absur­do bus­car un camino, pues vivir sig­ni­fi­ca avan­zar hacia nin­gu­na par­te. Han­ni­bal Lec­ter aho­ra se pasea por San Fer­nan­do de Hena­res (Madrid), pre­pa­ran­do una ven­gan­za dig­na de un con­do­tie­ro vene­ciano. Han pin­ta­rra­jea­do la facha­da del Ins­ti­tu­to Rey Fer­nan­do, con el pro­pó­si­to de ofen­der a uno de sus pro­fe­so­res. En la ave­ni­da de Irún, en el muro que bor­dea el par­que Dolo­res Iba­rru­ri, han escri­to: “¡RAFA NARBONA, COMUNISTA!”. Rafa Nar­bo­na está per­ple­jo, pues nun­ca ha ocul­ta­do su mili­tan­cia. De hecho, le pro­du­ce un ínti­mo rego­ci­jo corrom­per men­tes ado­les­cen­tes en un cen­tro con las ven­ta­nas abier­tas sobre un par­que con el nom­bre de la Pasio­na­ria, madre de todos los anti­fas­cis­tas que aún no se han ren­di­do a las hues­tes del inmun­do neo­li­be­ra­lis­mo.

Rafa Nar­bo­na leyó la pin­ta­da y lla­mó a Han­ni­bal Lec­ter. El pers­pi­caz psi­quia­tra diag­nos­ti­có de inme­dia­to: “Es la obra de unos cer­dos”. Des­pués, demos­tran­do su gran­de­za moral y su exqui­si­to sen­ti­do de la amis­tad, aña­dió: “¡Son cosa mía!”. Es cues­tión de tiem­po. Han­ni­bal Lec­ter es minu­cio­so y per­fec­cio­nis­ta. Apa­re­ce de repen­te, como si bro­ta­ra de la nada. Sabe que su pre­sen­cia des­ata el páni­co y siem­bra una angus­tia dura­de­ra. Des­pués, se esfu­ma, fin­gien­do que ha per­di­do la pis­ta. Final­men­te, se aba­te sobre la pre­sa y, sin per­der la cor­te­sía ni el humor, pone a prue­ba los lími­tes del cuer­po y la men­te para sopor­tar las for­mas más insi­dio­sas de sufri­mien­to. Augu­ro a los auto­res de la pin­ta­da una pro­lon­ga­da ago­nía y un insó­li­to via­je por el esó­fa­go, el estó­ma­go, los intes­ti­nos y el rec­to de Han­ni­bal Lec­ter. Vues­tros res­tos flo­ta­rán entre las espu­mas de un inodo­ro y se dis­per­sa­rán por cañe­rías y cloa­cas. Tal vez des­em­bo­quen en el Valle de los Caí­dos y sien­tan que al fin ha vuel­to a reír la pri­ma­ve­ra. Den­tro de poco, Espa­ña vol­ve­rá a des­fi­lar al paso ale­gre de la paz y el águi­la impe­rial exten­de­rá sus obs­ce­nas alas sobre el rojo y gual­da, recor­dan­do que nues­tra boni­ta demo­cra­cia siem­pre estu­vo tute­la­da por un inep­to Bor­bón coro­na­do por un mata­ri­fe baji­to y con voz de cas­tra­ti. Cuan­do lle­gue ese acia­go momen­to, Han­ni­bal Lec­ter y yo nos arro­ja­re­mos a la calle para levan­tar barri­ca­das y agi­tar ban­de­ras rojas y repu­bli­ca­nas. Madrid será otra vez la tum­ba del fas­cis­mo y Aznar se con­ver­ti­rá en un pla­to com­bi­na­do, acom­pa­ña­do de vino bara­to y una ración de Jimé­nez Losan­tos. ¿Hay algo más civi­li­za­do que comer­se al adver­sa­rio? Han­ni­bal Lec­ter no es Yoda ni Obi Wan Keno­bi, pero es nues­tra úni­ca espe­ran­za. Si no lo creéis, des­li­za­ros en la cama y apa­gad la luz de vues­tra alco­ba. Pen­sad un minu­to en su son­ri­sa y nota­réis que comien­za a pal­pi­tar la oscu­ri­dad. Sen­ti­réis que el mie­do os impi­de res­pi­rar, pero yo os pido que no alber­guéis nin­gún temor. Han­ni­bal Lec­ter sólo se come a los malos y los pri­me­ros de la lis­ta son los insen­sa­tos que escri­ben en las pare­des, olvi­dan­do que ser comu­nis­ta debe­ría ser un orgu­llo en San Fer­nan­do de Hena­res, un muni­ci­pio que ha home­na­jea­do a Fede­ri­co Gar­cía Lor­ca, Rafael Alber­ti y Dolo­res Iba­rru­ri, Pasio­na­ria, sím­bo­los de una Espa­ña que no fue, pero que aún sue­ña con el vien­to del pue­blo y con el cora­zón de los poe­tas que ama­ron a los niños yun­te­ros.

RAFAEL NARBONA

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