Kukutza y el tene­bro­so cur­so de nues­tros tiem­pos- Igor Ahedo

Kukutza era un can­to a la vida y a la dig­ni­dad. Hoy, el solar que ocu­pa­ba el cora­zón de Rekal­de es el tes­ti­go de la ver­güen­za. Este solar es un can­to a la des­truc­ción, a la muerte.

Curio­sa­men­te, el últi­mo camión que car­ga­ba los escom­bros de Kukutza aban­do­nó Rekal­de en el 75 ani­ver­sa­rio de famo­sa fra­se que ensal­za la decen­cia y el cora­je de uno de nues­tros más ilus­tres veci­nos. “Ven­ce­réis pero no con­ven­ce­réis. Ven­ce­réis por­que tenéis sobra­da fuer­za bru­ta, pero no con­ven­ce­réis por­que con­ven­cer sig­ni­fi­ca per­sua­dir” espe­tó Una­muno al Coro­nel Gene­ral de la Legión José Millán Astray el 12 de octu­bre de 1936. “Viva la muer­te” con­tes­tó éste, para aca­bar gri­tan­do “Aba­jo la inteligencia”

75 años des­pués, Kukutza ha mos­tra­do una sen­da cada vez más difí­cil de ven­cer. Una sen­da car­ga­da de espe­ran­za. Una sen­da que con­ven­ce. Una sen­da a la que cada vez nos uni­mos más per­so­nas que ama­mos la vida. Esta­mos con­de­na­dos a la vic­to­ria. Nun­ca ago­ta­rán nues­tras fuer­zas. Al fin y al cabo, ellos lo hacen por dine­ro. “Noso­tras por placer”.

Decía Bour­dieu que la labor del soció­lo­go era con­tra­dic­to­ria por defi­ni­ción, ya que éste tenía la obli­ga­ción de ejer­cer de uto­pis­ta en la mis­ma medi­da en que debía asu­mir el papel de agua­fies­tas. Uto­pis­ta, mar­can­do el camino del “deber ser”, de lo posi­ble; agua­fies­tas, des­en­mas­ca­ran­do el cur­so del “ser”, de lo real.

Noso­tras por placer…

Des­gra­cia­da­men­te, no pare­ce que estos sean bue­nos tiem­pos para los sue­ños. Tam­po­co son bue­nos tiem­pos para lo Polí­ti­co, enten­di­do como el arte de hacer posi­ble lo impo­si­ble; para la polí­ti­ca enten­di­da como el úni­co recur­so para la ges­tión públi­ca de unos con­flic­tos deri­va­dos de la des­igual­dad, que sin esta media­ción que­dan a expen­sas de la maqui­na­ria impo­si­ti­va que se escon­de detrás de la ley del más fuer­te. Lo Polí­ti­co, seña­la Iris Young “aspi­ra a poner las bases que per­mi­tan supe­rar las nece­si­da­des y los sufri­mien­tos pri­va­dos median­te la crea­ción de leyes e ins­ti­tu­cio­nes que dan for­ma a la vida colec­ti­va, regu­lan los con­flic­tos y con­fi­gu­ran sus narra­ti­vas” (Young, 1999: 693).

Cuan­do Young, siguien­do la reco­men­da­ción de Bor­dieu, defi­ne a la polí­ti­ca como aspi­ra­ción, nos remi­te al deber ser, asu­mien­do los pos­tu­la­dos de Han­nah Arendt, en cuya pers­pec­ti­va la polí­ti­ca es la expre­sión más noble de la vida huma­na, por ser la más libre y ori­gi­nal. La polí­ti­ca, a jui­cio de Arendt, en cuan­to vida colec­ti­va, impli­ca que la gen­te se dis­tan­cie de sus nece­si­da­des y sufri­mien­tos par­ti­cu­la­res para crear un uni­ver­so com­par­ti­do en el que cada cual apa­re­ce ante los demás en su espe­ci­fi­ci­dad, pero todos y todas uni­das en lo públi­co. Cier­ta­men­te, como nos recuer­da Young, para Arendt, “la vida social se ve sacu­di­da por la cruel com­pe­ten­cia por el poder, por los con­flic­tos y pri­va­cio­nes, por la vio­len­cia que siem­pre ame­na­zan con des­truir el espa­cio públi­co”. Sin embar­go, afor­tu­na­da­men­te, “la acción polí­ti­ca revi­ve de cuan­do en cuan­do, y gra­cias al recuer­do del ideal de la anti­gua polis, con­ser­va­mos la visión de la liber­tad y la noble­za huma­nas como acción polí­ti­ca par­ti­ci­pa­ti­va” (Arendt, 2003).

Este tipo de apro­xi­ma­cio­nes pro­pias del uto­pis­ta dejan de lado las ambi­güe­da­des: lo Polí­ti­co nun­ca pue­de ser un recur­so de sos­te­ni­mien­to del sta­tu quo. Lo polí­ti­co siem­pre debe tener como refe­ren­cia el deber ser. Y en el fon­do, remi­ten a una con­cep­ción del poder que se vin­cu­la más con la rela­ción o con la inter­ac­ción igua­li­ta­ria que con la domi­na­ción. Efec­ti­va­men­te, para Arendt es la Polí­ti­ca en tér­mi­nos de par­ti­ci­pa­ción igua­li­ta­ria, la que debe domes­ti­car un poder enten­di­do como domi­na­ción, como vio­len­cia, que sacu­de la vida social. Esta con­cep­ción públi­ca de la polí­ti­ca entien­de, en con­se­cuen­cia, que lo Polí­ti­co “es siem­pre esen­cial­men­te el comien­zo de algo nue­vo”. Y comen­zar algo nue­vo, nos recuer­da Arendt, es “la ver­da­de­ra esen­cia de la liber­tad huma­na”. Más aún, la Polí­ti­ca, enten­di­da como par­ti­ci­pa­ción igua­li­ta­ria fren­te a un poder basa­do en la domi­na­ción –que, insis­ti­mos, Arendt sepa­ra de lo Polí­ti­co y lo enmar­ca en la violencia‑, es la fuen­te de feli­ci­dad. Y es que, como seña­la, “no se pue­de lla­mar feliz a quien no par­ti­ci­pa en las cues­tio­nes públi­cas; nadie es libre si no cono­ce por expe­rien­cia lo que es la liber­tad públi­ca y nadie es libre ni feliz si no tie­ne nin­gún poder, es decir, nin­gu­na par­ti­ci­pa­ción en el poder público”.

Ellos por dinero…

Pero, si en para­le­lo al de uto­pis­ta, asu­mi­mos el papel de agua­fies­tas que nos enco­mien­da Bour­dieu, vemos que fren­te al “deber ser”, la imper­ti­nen­cia de “lo real” se impo­ne con des­ca­ro. Así, la prác­ti­ca polí­ti­ca de nues­tros tiem­pos, lejos de guiar­se por el prin­ci­pio rec­tor de “hacer posi­ble lo impo­si­ble”, está escle­ro­ti­za­da en una apues­ta mio­pe: “hacer plau­si­ble solo lo posi­ble”. La polí­ti­ca ya hace tiem­po que dejó de ser un “arte” para con­ver­tir­se, en el mejor de los casos, en un asun­to de mera “ges­tión”. Peor aún, actual­men­te, has­ta la polí­ti­ca como ges­tión se difu­mi­na en la bru­ma vis­co­sa de un pro­yec­to que reclu­ye lo públi­co en las maz­mo­rras de las rare­zas de la his­to­ria, entro­nan­do a lo pri­va­do en el pedes­tal de los Dio­ses de nues­tro tiem­po. La polí­ti­ca se reti­ra y se pone al ser­vi­cio de los intere­ses pri­va­dos, ampa­ra­da en una lega­li­dad ‑y este es el segun­do de los vec­to­res de nues­tra deri­va hacia la nada- que da la espal­da a su úni­co fun­da­men­to: la legitimidad.

Pero, un mun­do en el que lo pri­va­do fago­ci­ta lo públi­co, en el que lo legal se abs­trae de lo legí­ti­mo, es tam­bién un mun­do lleno de ten­sio­nes, lleno de frus­tra­cio­nes, lleno de ries­gos que tie­nen que ser con­ju­ra­dos con antí­do­tos efec­ti­vos. Máxi­me aho­ra que ya no se pue­de recu­rrir ni a los Dio­ses, como anta­ño, ni al más recien­te mito del “pro­gre­so”, de la con­ti­nua mejo­ra, del avan­ce si fin. Esta­mos en una épo­ca para­dó­ji­ca en la que el indi­vi­duo trasn­mu­ta en Dios, pero en un con­tex­to mar­ca­do por la cri­sis, la rece­sión, la incer­ti­dum­bre res­pec­to del futu­ro. Por eso, el mie­do es el gran exor­cis­ta de los ries­gos del poder como domi­na­ción en estas socie­da­des. Mie­do al otro. Mie­do al maña­na. Mie­do al cam­bio. Mie­do a comen­zar algo nue­vo. Mie­do, en defi­ni­ti­va, al prin­ci­pio rec­tor de la liber­tad. Mie­do a la liber­tad; un mie­do del que, ya hace medio siglo, Erich Fromm advir­tió que era la simien­te del fascismo.

Un cru­ce de caminos

No nos enga­ñe­mos. Hemos lle­ga­do a un cru­ce de cami­nos en la his­to­ria de la huma­ni­dad, en el que las poten­cia­li­da­des para el bien­es­tar alcan­za­das gra­cias al desa­rro­llo tec­no­ló­gi­co, cul­tu­ral y social con­tras­tan con la dura reali­dad. Esta­mos ante un cru­ce de cami­nos en el que debe­mos optar entre dos sen­das cla­ra­men­te defi­ni­das. Una comien­za en el Olim­po de museos ilu­mi­na­dos, cen­tros comer­cia­les reple­tos, “no luga­res” ama­bles, para con­du­cir inexo­ra­ble­men­te al Hades. Esta es, sin embar­go, una sen­da que aban­do­na pron­to las auto­pis­tas y las luces de neón para, inexo­ra­ble­men­te, aca­bar des­cen­dien­do por pasa­di­zos sub­te­rrá­neos mor­te­ci­na­men­te ilu­mi­na­dos, que vis­lum­bran tenue­men­te una úni­ca cer­te­za: que el final de nues­tro reco­rri­do con­clu­ye en unas maz­mo­rras en las que se aís­la uno a uno a una mayo­ría de indi­vi­duos que lamen sus lla­gas lace­ran­tes sin espe­ran­za, mien­tras escu­chan, leja­nas pero cla­ras, las risas gro­tes­cas de sus can­cer­be­ros, de esos pocos, de ese 1% que sabo­rea las mie­les de la glo­ria. Otra vía, sin embar­go, ascien­de por una sinuo­sa y empi­na­da pen­dien­te, lle­na de incer­ti­dum­bres; una pen­dien­te que ago­ta por el tra­ba­jo que supo­ne des­bro­zar y recons­truir una sen­da aho­ra poco tran­si­ta­da, pero que sabe­mos que duran­te siglos fue reco­rri­da por miles de per­so­nas que per­mi­tie­ron que la his­to­ria avan­za­ra, y con ellos unos dere­chos, unas espe­ran­zas, unas ilu­sio­nes que siem­pre tuvie­ron como hori­zon­te la res públi­ca, la “cosa pública”.

El desa­rro­llo de los acon­te­ci­mien­tos que han fina­li­za­do con el derri­bo de Kukutza mues­tran a las cla­ras los con­tor­nos de ambos sen­de­ros. Y sobre todo, refle­jan de for­ma des­car­na­da la per­ver­sión de lo polí­ti­co que sub­ya­ce a la pri­me­ra de las alter­na­ti­vas. Una per­ver­sión que se sir­ve del tita­nio del Gug­genheim, de la pla­ci­dez de los paseos en bici­cle­ta por Aban­doi­ba­rra, de los con­cur­sos para aña­dir nue­vas meda­llas al mode­lo de ges­tión de lo urbano, de las txi­re­na­das eli­tis­tas de líde­res reden­to­res que nos rega­lan “impe­ca­bles” ges­tio­nes para lograr una ciu­dad esca­pa­ra­te para mode­lar bil­baí­nos com­pla­cien­tes (bil­baí­nos y bil­baí­nas a los que les ate­rre rebus­car en los tras­te­ros que ocul­tan la mise­ria, el aban­dono, la deja­dez de los barrios… que son­rían como ánge­les des­ce­re­bra­dos sin repa­rar en los ester­co­le­ros huma­nos que este mode­lo siem­bra por doquier, no vaya a ser que se rom­pa la magia, que se des­ve­le la fal­se­dad de esta supues­ta “vie est belle”). Líde­res sal­va­do­res que com­bi­nan la ges­tión de car­tón pie­dra con­ve­nien­te­men­te recu­bier­ta de celo­fan, con la mano dura que diri­gen al otro, al “débil”, al tra­ba­ja­dor del metro al que se le nie­ga el dere­cho a la huel­ga, a la com­par­se­ra a la que se la nin­gu­nea des­pués de déca­das de ser­vi­cio públi­co, al acti­vis­ta de la lega­li­za­ción de las dro­gas que se con­fun­de con nar­co­tra­fi­can­te, a la indig­na­ción que crea huer­tos que se des­man­te­lan y con­ta­bi­li­zan en tone­la­das de basu­ra o cam­pa­men­tos para sin techo que trasn­mu­tan en focos de infec­ción y delin­cuen­cia. Mano dura para el otro, para el débil, ese “mise­ra­ble” inmi­gran­te, perro­flau­ta, puta o home­less, cuya pre­sen­cia moles­ta. Mano dura para el débil que con­ju­ra nues­tro sen­ti­mien­to de orfan­dad. Mano dura para ese otro que, en su des­gra­cia, hace sen­tir más lle­va­de­ra la nues­tra. Sobre todo si nues­tros impul­sos sádi­cos se com­bi­nan con el impul­so maso­quis­ta a some­ter­nos a líde­res popu­lis­tas que nos apor­tan segu­ri­dad, como des­cri­bía Fromm para com­pren­der las bases psi­co­ló­gi­cas que per­mi­tie­ron que el mons­truo del fas­cis­mo ger­mi­na­se en nues­tras sociedades.

Y mano dura, sobre todo, con­tra el que quie­re demos­trar que exis­te otra sen­da dife­ren­te. Mano dura a la com­par­se­ra. Mano dura al mili­tan­te veci­nal. Mano dura a la mala­ba­ris­ta. Mano dura. Mano dura des­car­na­da. Mano dura sin con­tem­pla­cio­nes. Mano dura ejemplarizante.

Kukutza debía ser cas­ti­ga­da. Debía des­apa­re­cer. Pero no silen­cio­sa­men­te, ocul­ta­men­te, sino de for­ma ejem­plar. Debía des­apa­re­cer ante las cáma­ras, ante unas cáma­ras que no ocul­ta­sen las lágri­mas de los veci­nos y veci­nas, la per­ple­ji­dad de los niños y niñas, la memo­ria de barrio cas­ti­ga­do revi­vi­da en los y las mayo­res. Kukutza debía des­apa­re­cer de for­ma ejem­plar, a den­te­lla­das de una impo­nen­te grúa que lle­gó al barrio escol­ta­da por el Sép­ti­mo de Caba­lle­ría. Debía des­apa­re­cer ante los ojos de quie­nes la pre­ten­dían defen­der. Kukutza debía des­apa­re­cer en el “tea­tro públi­co”, retrans­mi­ti­do en direc­to, sin maqui­lla­je, sin celo­fán… Sin con­tem­pla­cio­nes. Sien­do ejem­pla­res. Dejan­do cla­ro a todo el mun­do que para ellos, nues­tros sue­ños, solo tie­nen una alter­na­ti­va: enfren­tar­se a su infierno. Enfren­tar­se a un infierno que debía aho­gar el gri­to de “más cul­tu­ra y menos poli­cía” con el atro­na­dor rui­do de las sire­nas, el soni­do hue­co de los pelo­ta­zos a que­ma­rro­pa, el cru­jir de los cuer­pos apo­rrea­dos a dies­tro y sinies­tro. Sin contemplaciones.

Un cora­zón con­tra tres Goliats

El final de Kukutza, en defi­ni­ti­va, no es más que una con­se­cuen­cia de su éxi­to. Kukutza mos­tró que era posi­ble otra sen­da. Kukutza enrai­zó en Rekal­de por­que res­pe­tó al barrio. Enrai­zó en Rekal­de por­que con­den­sa­ba la memo­ria de un barrio cuyos habi­tan­tes están orgu­llo­sos de ser Rekal­de­ta­rras por­que, como reza la pin­ta­da de la Pla­za de Rekal­de, “todo lo que tene­mos lo hemos con­se­gui­do luchan­do”. Pero Kukutza era más. Y era más, por­que no solo mos­tró que era posi­ble un solo camino, sino un camino de esfuer­zo… y pla­cer. Un camino que con las son­ri­sas de las galas de cir­co, con el esfuer­zo de los y las esca­la­do­ras, con la ilu­sión de los niños y niñas que apren­dían mala­ba­res, con la expe­rien­cia de las amatxus que hacían manua­li­da­des, con la sen­sua­li­dad de quie­nes apren­dían dan­za, con la inno­va­ción de quie­nes fabri­ca­ban cer­ve­za arte­sa­nal… con pla­cer, son­ri­sas, ilu­sio­nes y sue­ños lle­nó de vida un espa­cio aban­do­na­do para la muer­te. Con­vir­tió esa fábri­ca en el cora­zón de Rekal­de. El pla­cer se con­ju­ró con el amor: Rekal­de x Kukutza, Bil­bo x Kukutza.

Y lo hizo enfren­tán­do­se a los tres acto­res prin­ci­pa­les de una tra­ge­dia que con­du­ce a la nada. Se enfren­tó al capi­tal, oku­pan­do una fábri­ca aban­do­na­da por espe­cu­la­do­res vin­cu­la­dos a tra­mas corrup­tas. Se enfren­tó a una judi­ca­tu­ra que pri­ma la defen­sa de lo pri­va­do, en este caso de la pro­pie­dad pri­va­da, miran­do hacia otro lado cuan­do se tra­ta de defen­der lo públi­co, en este caso el dere­cho a la cul­tu­ra, en otros el dere­cho a la vivien­da. Y se enfren­tó a un Ayun­ta­mien­to que con­den­sa en su prác­ti­ca una con­cep­ción de lo polí­ti­co basa­do en la ges­tión apa­ren­te­men­te impe­ca­ble pero que seca la san­gre de esa ciu­dad que bebien­do vinos, en las taber­nas, en la calle, can­tan­do, tra­ba­jan­do “era cono­ci­da has­ta por el Papa”. Hoy has­ta las pla­zas se hacen sin ban­cos. O con ban­cos “autis­tas” para un indi­vi­duo solo, para que no se hable, para que no se cons­pi­re. Hoy las orde­nan­zas muni­ci­pa­les has­ta impi­den can­tar. Hoy Bil­bao es gran­de, ya se ve en el mapa, nos cono­cen en los cate­cis­mos urba­nos de nues­tros tiem­pos, las guías turís­ti­cas, pero se le está dese­can­do la vida. Una polí­ti­ca urba­na vam­pi­ri­zan­te ha chu­pa­do nues­tra san­gre, nues­tra ale­gría, nues­tra ten­den­cia a la trans­gre­sión con la tira­nía de un “ciu­da­da­nis­mo” en el que no se pue­den tirar cás­ca­ras de pipas a la calle, por­que la ensu­cian, no se pue­de can­tar por­que moles­ta, no se pue­de besar por­que da mal ejem­plo. Los besos en casa. El amor y el pla­cer tam­bién debe ser pri­va­do. La ciu­dad es dema­sia­do bella como para afear­la con tan­tas mues­tras de cari­ño. Se ha logra­do la cua­dra­tu­ra del círcu­lo de lo polí­ti­co como “arte de hacer posi­ble lo plau­si­ble”. Y con mayo­ría abso­lu­ta. La ciu­dad, pien­san que es suya. Y lo deben dejar cla­ro. Esta­ba mucho en jue­go. El pla­cer y la espe­ran­za, el amor de un barrio que aco­ge un pro­yec­to alter­na­ti­vo en su cora­zón se podían impo­ner al dine­ro y a la des­truc­ción que guía la lógi­ca de los tres Goliats. Debía que­dar cla­ro quién manda.

Des­en­mas­ca­ran­do las mentiras

Pero, hay moti­vos para la espe­ran­za. Kukutza, ha mos­tra­do que era posi­ble “lo impo­si­ble”: no solo lle­nar de vida 6.000 metros cua­dra­dos con­de­na­dos a ser alber­gue de ratas y muer­tos vivien­tes engan­cha­dos a la heroí­na, sino sobre todo lograr que el barrio arro­pa­se un pro­yec­to que nace de los már­ge­nes de la lega­li­dad, en los már­ge­nes de la ciu­dad, en los már­ge­nes de lo cul­tu­ral. Y mos­tran­do que otra sen­da es posi­ble, ha des­en­mas­ca­ra­do las men­ti­ras sobre las que se sus­ten­ta el poder como domi­na­ción. El poder que, de acuer­do con Arendt, no es Polí­ti­ca, sino sim­ple violencia.

La pri­va­ti­za­ción de lo público

Ha des­en­mas­ca­ra­do la per­ver­sión de una acción polí­ti­ca que renie­ga de sí, que se inmo­la a sí mis­ma, con­vir­tien­do los pro­ble­mas socia­les en pri­va­dos. Ha des­en­mas­ca­ra­do, en defi­ni­ti­va, la tram­pa que el avan­ce de la demo­cra­cia creía haber des­te­rra­do para siem­pre, pero que en estos tiem­pos resu­ci­ta con fuer­za: la pri­va­ti­za­ción de lo polí­ti­co. Cual­quier manual de cien­cia polí­ti­ca iden­ti­fi­ca que el motor de lo polí­ti­co y en con­se­cuen­cia, el motor de la his­to­ria de los dere­chos socia­les, cul­tu­ra­les, polí­ti­cos, eco­nó­mi­cos, sexua­les, urba­nos, los que sean, es pre­ci­sa­men­te el trán­si­to de lo públi­co a lo pri­va­do. Sólo cuan­do las muje­res de Rekal­de se die­ron cuen­ta en los años 60 que el que sus hijos no tuvie­ran acce­so a la edu­ca­ción no era un pro­ble­ma pri­va­do, que en con­se­cuen­cia reque­ría de solu­cio­nes pri­va­das (léa­se una aca­de­mia para quien podía, la calle para quien no), solo cuan­do se die­ron cuen­ta de que la no esco­la­ri­za­ción de los niños y niñas de Rekal­de res­pon­día a una situa­ción de des­igual­dad estruc­tu­ral en la que los hijos de los obre­ros eran ciu­da­da­nos de segun­da, solo enton­ces hicie­ron un trán­si­to de lo pri­va­do a lo polí­ti­co que las lle­vó a orga­ni­zar­se, a movi­li­zar­se, a rea­li­zar deman­das, a arran­car, final­men­te, el Plan de Escue­las para la pro­vin­cia de Biz­kaia que per­mi­ti­ría que Javier de Iba­rra pasa­ra a la his­to­ria como “el padre de la edu­ca­ción”. Sin embar­go, los y las Rekal­de­ta­rra sabe­mos que las ver­da­de­ras pro­ta­go­nis­tas, las reales, no fue­ron polí­ti­cos de ros­tro hie­rá­ti­co que nun­ca supie­ron lo que sig­ni­fi­ca­ba que un niño no supie­ra leer, polí­ti­cos cuyas bio­gra­fías y cua­dros deco­ran los pasi­llos muni­ci­pa­les o las estan­te­rías de las biblio­te­cas, sino esas muje­res cuyo ejem­plo de lucha, 50 años des­pués, late en nues­tros corazones.

Y es que la his­to­ria de todos los dere­chos es, pre­ci­sa­men­te, la his­to­ria de la poli­ti­za­ción, de la asun­ción de la rele­van­cia públi­ca de pro­ble­mas pre­via­men­te inter­pre­ta­dos como pri­va­dos. Ese fue el gran éxi­to de Kukutza: mos­trar que los y las rekal­de­ta­rras tenía­mos el dere­cho a la cul­tu­ra que duran­te 40 años ha nega­do una admi­nis­tra­ción muni­ci­pal ausen­te, que ni siquie­ra se ha moles­ta­do en hacer un Cen­tro Cívi­co. Kukutza mos­tró que el aban­dono cul­tu­ral de Rekal­de no era un asun­to pri­va­do, sino un dere­cho públi­co que los y las rekal­de­ta­rras podía­mos arran­car con nues­tro pro­pio esfuer­zo. Por eso, cuan­do des­de el Ayun­ta­mien­to se seña­ló que la posi­ble demo­li­ción de Kukutza era un asun­to pri­va­do, se des­en­mas­ca­ró la estra­te­gia muni­ci­pal que renie­ga de su obli­ga­ción de defen­der, por enci­ma de todo, los dere­chos públi­cos de los rekal­de­ta­rras. Por eso, pen­sa­ron que todo se podía solu­cio­nar ofre­cien­do un alqui­ler en otro local. Por­que des­de una con­cep­ción pri­va­ti­za­do­ra de lo públi­co se pue­de lle­gar a la locu­ra de plan­tear inclu­so que el dere­cho a la cul­tu­ra “se pue­de alqui­lar”. Por eso Kukutza y el movi­mien­to veci­nal recha­zó esta pro­pues­ta enve­ne­na­da. Por­que la polí­ti­ca no es una agen­cia de alqui­ler. Al con­tra­rio, la obli­ga­ción de lo polí­ti­co es pre­ci­sa­men­te dar una sali­da públi­ca a las deman­das de los y las ciu­da­da­nas. Y esa sali­da públi­ca no era otra que un acuer­do que res­pe­ta­ra los dere­chos del pro­pie­ta­rio, pero que tam­bién reco­no­cie­ra el tra­ba­jo de los y las veci­nas en la recu­pe­ra­ción de un edi­fi­cio que lle­na­ron de vida, y que debía man­te­ner­se lleno de vida.

La lega­li­dad sin legitimidad

La segun­da men­ti­ra que ha que­da­do des­en­mas­ca­ra­da es la que con­tra­po­ne la lega­li­dad y la legi­ti­mi­dad. Kukutza nace en los már­ge­nes de la lega­li­dad, pre­ci­sa­men­te por­que la polí­ti­ca ins­ti­tu­cio­nal se abs­trae de estar don­de debía estar. Nace en los már­ge­nes de la lega­li­dad como siem­pre ha suce­di­do cuan­do los ges­to­res de lo polí­ti­co miran para otro lado. ¿Exis­te un solo dere­cho que no haya naci­do por­que alguien lo recla­mó des­de los már­ge­nes de la lega­li­dad? ¿Cum­plía Rosa Parks la lega­li­dad cuan­do, negán­do­se a levan­tar­se para ceder el asien­to a un blan­co ini­ció una diná­mi­ca de movi­li­za­ción por los dere­chos de los afro­ame­ri­ca­nos que ha per­mi­ti­do que medio siglo des­pués un pre­si­den­te haya sido negro? ¿Cum­plían con la lega­li­dad los insu­mi­sos que se nega­ron a par­ti­ci­par en el ser­vi­cio mili­tar obli­ga­to­rio? ¿Cum­plían la lega­li­dad las amatxus que en pleno fran­quis­mo ini­cia­ron la sen­da de las ikas­to­las? Por supues­to que no. Sim­ple­men­te, ampa­ra­dos en la legi­ti­mi­dad de una ciu­da­da­nía que los apo­ya­ba, des­de los már­ge­nes de la lega­li­dad, obli­ga­ron a las ins­ti­tu­cio­nes a cam­biar la lega­li­dad. Eso esta­ba en jue­go en Kukutza. Un pro­yec­to legi­ti­ma­do en el barrio, por artis­tas, por res­pon­sa­bles ins­ti­tu­cio­na­les, por par­ti­dos polí­ti­cos de espec­tros incom­pa­ti­bles, por movi­mien­tos socia­les, sin­di­ca­tos, medios de comu­ni­ca­ción, per­so­nas de todo el pla­ne­ta… que apos­ta­ba por una solu­ción polí­ti­ca que pasa­ra por el man­te­ni­mien­to de su acti­vi­dad, de su lógi­ca auto­ges­tio­na­da y popu­lar, pero al ampa­ro de un acuer­do que supu­sie­ra su reco­no­ci­mien­to polí­ti­co. El buen hacer de las gen­tes de Kukutza mos­tró que la oku­pa­ción podía legi­ti­mar­se social­men­te. Y en con­se­cuen­cia, obli­ga­ba a los res­pon­sa­bles polí­ti­cos a optar entre asu­mir su res­pon­sa­bi­li­dad u ocul­tar­la. Asu­mir su res­pon­sa­bi­li­dad encon­tran­do un aco­mo­do que, res­pe­tan­do los dere­chos del pro­pie­ta­rio, sobre todo supu­sie­ra un reco­no­ci­mien­to y un ampa­ro de la admi­nis­tra­ción al tra­ba­jo veci­nal. U ocul­tar su responsabilidad.

La vio­len­cia descarnada

Entra en jue­go, en con­se­cuen­cia, la ter­ce­ra de las men­ti­ras que Kukutza ha des­ve­la­do: la que des­en­mas­ca­ra al poder cuan­do se le aco­rra­la; a ese poder que cuan­do se le cues­tio­na, olvi­da las pala­bras boni­tas y recu­rre de for­ma qui­rúr­gi­ca al mie­do. Era tal la legi­ti­mi­dad de Kukutza, era tal la deman­da de reco­no­ci­mien­to públi­co que cla­ma­ba en los des­pa­chos ins­ti­tu­cio­na­les, que no bas­ta­ba con ampa­rar­se en el man­tra de la lega­li­dad o de la pri­va­ti­za­ción de los asun­tos socia­les para salir airo­sos. Sobre todo cuan­do lle­ga­ba la hora de la ver­dad. Cuan­do la sen­ten­cia esta­ba dic­ta­da y debía ser eje­cu­ta­da. Con­de­na a muer­te. Con­de­na ejem­pla­ri­zan­te. Con­de­na expe­di­ti­va. Pero, ¿cómo cum­plir la con­de­na sabien­do de ante­mano que miles de per­so­nas tra­ta­rían de impe­dir­lo pací­fi­ca­men­te? ¿Cómo hacer cum­plir una lega­li­dad ile­gí­ti­ma que legí­ti­ma­men­te se pide modi­fi­car? ¿Cómo eje­cu­tar a un reo para el que el pue­blo exi­ge cle­men­cia? ¿cómo cum­plir con­de­na a un pro­yec­to que la his­to­ria ya había absuel­to? Con vio­len­cia. Con una vio­len­cia des­car­na­da. Con una vio­len­cia orien­ta­da a cas­ti­gar al que osó tran­si­tar otra sen­da, con­tra el disi­den­te. Pero tam­bién, con una vio­len­cia orien­ta­da a ate­rro­ri­zar a quien se atre­vió a apo­yar a la disi­den­te, orien­ta­da a ate­mo­ri­zar a ese barrio que des­de el pri­mer momen­to arro­pó a Kukutza, que lo cobi­jó en su cora­zón. Y final­men­te, con una vio­len­cia orien­ta­da a bus­car res­pues­ta, por muy tími­da que fue­ra, por muy tar­día que fue­ra, esa res­pues­ta que per­mi­te que el fue­go de los con­te­ne­do­res al final del camino ocul­te un reco­rri­do ate­rra­dor que dejó 200 heri­dos, car­gas en mani­fes­ta­cio­nes auto­ri­za­das reple­tas de niños y niñas, irrup­cio­nes poli­cia­les en el ambu­la­to­rio, imá­ge­nes de poli­cías apun­tan­do a las ven­ta­nas, des­tro­zos en comer­cios, pelo­ta­zos, miles de pelo­ta­zos que comen­za­ron a sonar a las 05:30horas de la maña­na del miér­co­les 21 de sep­tiem­bre y que no encon­tra­ron nin­gu­na res­pues­ta vio­len­ta has­ta las 19h del vier­nes 23 de sep­tiem­bre. Miles de pelo­ta­zos que tra­ta­ban de apa­gar los ecos de gri­tos que pedían más cul­tu­ra. Miles de pelo­ta­zos con­tra per­so­nas que mos­tra­ban pací­fi­ca­men­te su recha­zo al derri­bo con los bra­zos levan­ta­dos. Miles de pelo­ta­zos, man­dí­bu­las frac­tu­ra­das, ambu­la­to­rios reple­tos, olor a goma, rui­do de sire­nas duran­te 70 horas… has­ta que arde un con­te­ne­dor, y lue­go otro y lue­go otro.

Pelo­ta­zos para cas­ti­gar. Pelo­ta­zos para ate­rro­ri­zar a un barrio espe­ran­do que el cuer­po del vecino o la veci­na tiem­ble solo de pen­sar en que “qui­zá el mes que vie­ne esos cha­va­les que tan­to bien hacían por el barrio lo inten­ten de nue­vo y vol­va­mos a pasar mie­do, páni­co”. Pelo­ta­zos para con­ver­tir la soli­da­ri­dad en incer­ti­dum­bre, la con­fian­za en des­con­fian­za. Y pelo­ta­zos, más pelo­ta­zos, para que alguien responda.

De esta for­ma, los ausen­tes, esos miles de ciu­da­da­nos de bue­na fe que no estu­vie­ron en Rekal­de duran­te 70 horas en las que la úni­ca vio­len­cia fue la ins­ti­tu­cio­nal, esos ciu­da­da­nos ausen­tes que asis­tie­ron a los enfren­ta­mien­tos que se tras­la­da­ron a Bil­bao, esos ciu­da­da­nos ausen­tes que abrie­ron estu­pe­fac­tos unos perió­di­cos que el sába­do 24 de sep­tiem­bre habían con­ver­ti­do nues­tra ciu­dad en Bag­dag, esos ciu­da­da­nos ausen­tes podían ser ali­nea­dos con la lógi­ca del poder. Qui­zá al comien­zo del con­flic­to pen­sa­ron que no esta­ba bien derri­bar Kukutza. Por eso debía pro­gra­mar­se la anes­te­sia, el man­tra que con­vier­te a los y las apa­lea­dos en “nos­tál­gi­cos de la kale borro­ka, anti-sis­te­mas y delin­cuen­tes comu­nes que que­rían sem­brar el caos”. Qui­zá si esos ausen­tes hubie­ran esta­do en Rekal­de entre las 05:30 del miér­co­les y las 17h del vier­nes habrían vis­to con sus ojos que nadie res­pon­dió vio­len­ta­men­te, que la úni­ca vio­len­cia fue la ins­ti­tu­cio­nal. Si hubie­ran esta­do en Rekal­de la tar­de noche del vier­nes sabrían que solo una mino­ría uti­li­zó la vio­len­cia, que la mayo­ría de quie­nes que­rían pro­tes­tar lo úni­co que hacían era correr despavoridos.

A pesar de todo, pre­ci­sa­men­te por­que no esta­ban allí, quie­nes en todo momen­to pedi­mos que no se calle­ra en pro­vo­ca­cio­nes ni se uti­li­za­ra la vio­len­cia, debe­mos refle­xio­nar. Tene­mos moti­vos para el orgu­llo, por­que dece­nas de miles de per­so­nas logra­mos una resis­ten­cia pací­fi­ca duran­te 70 horas. Pero debe­mos refle­xio­nar por­que, aun­que lo inten­ta­mos, mien­tras nos refu­giá­ba­mos de los pelo­ta­zos con nues­tros hijos e hijas, no logra­mos con­te­ner las redu­ci­das (aun­que muy visua­les y tam­bién peli­gro­sas) expre­sio­nes de vio­len­cia que se die­ron en la noche del vier­nes. Y aun­que las rechaz­mos antes, duran­te y des­pués de pro­du­cir­se, debe­mos refle­xio­nar por­que en par­te fra­ca­sa­mos. Fra­ca­sa­mos por­que sabía­mos que los res­pon­sa­bles del atro­pe­llo que ha supues­to el derri­bo de Kukutza se escon­de­rían tras ellas para ocul­tar su pro­yec­to exclu­yen­te. A pesar de todo, la men­ti­ra cada vez es más fácil de des­en­mas­ca­rar. Las dece­nas de vídeos exis­ten­tes en inter­net dejan a las cla­ras de qué lado cayó la res­pon­sa­bi­li­dad de la vio­len­cia pla­ni­fi­ca­da, sis­te­má­ti­ca y des­car­na­da. El solar de la ver­güen­za que aho­ra es Kukutza III nos recuer­da quien voci­fe­ró y sigue voci­fe­ran­do el “Viva la muerte”.

No hay alternativa

Una últi­ma men­ti­ra ha sido des­ve­la­da. Kukutza ha demos­tra­do que las cosas se pue­den cam­biar. Que otra sen­da es posi­ble. Que sí hay futu­ro. Cier­ta­men­te, su vio­len­to, ejem­plar y bru­tal final tam­bién mues­tran la otra cara de la mone­da. Que el poder enten­di­do como vio­len­cia en los tér­mi­nos defi­ni­dos por Arendt, nos lo pon­drá difí­cil si tra­ta­mos de recu­pe­rar el sen­ti­do de lo polí­ti­co como “la bús­que­da del comien­zo de algo nuevo”.

La his­to­ria del Rey Transparente

Esta­mos obli­ga­dos a con­ti­nuar esa “bús­que­da del comien­zo de algo nue­vo”, sino que­re­mos que nos suce­da como le suce­dió a un rei­no muy lejano, cuyo dra­ma nos narra Rosa Mon­te­ro, de for­ma magis­tral, en su nove­la La His­to­ria del Rey Transparente.

Es ésta una his­to­ria, la de un Rey ni bueno ni malo, que comien­za cuan­do éste cele­bra el naci­mien­to de su desea­do vás­ta­go. El Rey, para fes­te­jar la mag­na noti­cia de la con­ti­nui­dad de su des­cen­den­cia, invi­ta a todas las hadas del rei­no, excep­to a una de ellas, la más mal­va­da. Pero ésta hace acto de pre­sen­cia y con­ce­de al hijo del sobe­rano un don espe­cial: la capa­ci­dad de que todo lo que diga sea creí­do. El padre con­si­de­ra que se tra­ta de una opor­tu­ni­dad irre­cha­za­ble que ensal­za­ría la glo­ria de su reto­ño, y acep­ta hon­ro­so. A su muer­te, el hijo comien­za a ejer­cer de Rey, obser­van­do pron­to las vir­tu­des de su don. Pero tam­bién des­cu­bre que más allá de las bon­da­des, su capa­ci­dad de con­ver­tir en ver­dad cual­quier cosa con solo nom­brar­la es una herra­mien­ta que acre­cien­ta su poder más allá de lo ima­gi­na­do. Y así hace y des­ha­ce con el úni­co obje­ti­vo de man­te­ner su domi­nio sobre sus súb­di­tos. Estos, al ver que el monar­ca había abier­to la veda a la men­ti­ra, deci­den hacer lo mis­mo. Pron­to, ese rei­no, ni rico ni pobre, gober­na­do des­de siglos por una fami­lia de reyes, ni bue­nos ni malos, se con­vier­te en un rei­no podri­do por la men­ti­ra. Una maña­na, el Rey otea des­de la ata­la­ya de su cas­ti­llo los con­fi­nes de su rei­no y, horro­ri­za­do, los ve difu­mi­nar­se. Sor­pren­di­do, obser­va las alme­nas de su for­ta­le­za y las ve diluir­se ante sus ojos. Abru­ma­do, alza las manos al cie­lo, pero per­ci­be cómo éstas comien­zan a hacer­se trans­pa­ren­tes. Inca­paz de com­pren­der qué es lo que suce­de, el Rey acu­de a la sabi­du­ría del vie­jo dra­gón, que som­no­lien­to, tras escu­char las preo­cu­pa­cio­nes del sobe­rano, res­pon­de con un acer­ti­jo a la pre­gun­ta de cómo evi­tar que el rei­no siga des­apa­re­cien­do ante sus ojos: “cuan­do me men­cio­nas, ya no exis­to”, sen­ten­cia el ani­mal. Su úni­ca sali­da era el silencio.

La men­ti­ra con­vir­tió a un Rey, ni bueno ni malo, en un monar­ca des­pó­ti­co que aca­bó vien­do, no solo cómo su rei­no, sino él mis­mo, se hacía trans­pa­ren­te. Desaparecía.

La cla­se polí­ti­ca, hoy en día, pue­de obser­var cómo su rei­no se des­com­po­ne. Por­que, como el ante­rior, éstos, nues­tros Reyes trans­pa­ren­tes, han basa­do su poder en la men­ti­ra. La men­ti­ra de que los polí­ti­cos se pre­sen­ten como sim­ples ges­to­res, media­do­res de asun­tos pri­va­dos que, nos dicen, no pue­den cam­biar una reali­dad que les vie­ne dada. Nues­tros Reyes trans­pa­ren­tes se han sus­ten­ta­do en la men­ti­ra de que la pri­va­ti­za­ción de lo públi­co es bue­na para todas, en la men­ti­ra en que es nece­sa­ria la des­re­gu­la­ción del libre mer­ca­do. Como hemos vis­to, estas men­ti­ras han per­mi­ti­do que una cua­dri­lla de ladro­nes se enri­que­cie­ra gro­se­ra­men­te jugan­do con el dine­ro y las espe­ran­zas de miles de tra­ba­ja­do­res en la rule­ta rusa del mer­ca­do. Y cuan­do todo se ha hun­di­do, nues­tros Reyes Trans­pa­ren­tes recu­rren a la men­ti­ra de que no hay alter­na­ti­va: que debe­mos ser los ciu­da­da­nos y ciu­da­da­nas quie­nes pague­mos las con­se­cuen­cias de una cri­sis que otros ‑de su mano- han pro­vo­ca­do, enri­que­cién­do­se antes y aho­ra, con su bene­plá­ci­to. Su rei­no se des­com­po­ne, la cri­sis se impo­ne, la ines­ta­bi­li­dad tam­bién, las calles arden en Fran­cia, Lon­dres. La rabia se extien­de y las alter­na­ti­vas exclu­yen­tes en for­ma de inte­gris­mos, xeno­fo­bias y sec­ta­ris­mos se difun­den como una pan­de­mia. El rei­no se les dilu­ye en los mer­ca­dos de deu­da, en la obli­ga­ción d

e ges­tio­nar una con­flic­ti­vi­dad social cre­cien­te en socie­da­des indi­vi­dua­li­za­das a las que se ha adoc­tri­na­do para con­ju­rar toda sali­da comu­ni­ta­ria. Inclu­so ellos se dilu­yen cuan­do son reem­pla­za­dos por tec­nó­cra­tas que nadie ha elegido.

Pero, sobre todo recien­te­men­te, el rei­no se les dilu­ye por­que la indig­na­ción se alza; por­que miles de Kukutzas resu­ci­tan en todos los rin­co­nes; por­que la gen­te comien­za a decir bas­ta a tan­ta mentira.

Han basa­do su rei­no en la men­ti­ra. Su poder en la men­ti­ra. Por eso no pue­den seguir el con­se­jo del Dra­gón. Por­que la solu­ción entra­ña el peor de los dile­mas al que se pue­den enfren­tar. Si siguen min­tien­do, su rei­no segui­rá des­apa­re­cien­do. Si callan, per­de­rán el poder.

Sólo hay una solu­ción. Des­en­mas­ca­ré­mos­les. Hagá­mos­les callar. Con la pala­bra y con la prác­ti­ca. Rei­vin­di­can­do el pla­cer fren­te al dine­ro. Recu­pe­ran­do lo polí­ti­co como “arte de hacer posi­ble lo impo­si­ble”. Recu­pe­ran­do la polí­ti­ca como “crea­ción de lo nue­vo”, como fun­da­men­to de la liber­tad. Crean­do en todos los rin­co­nes nue­vos Kukutzas.

Pre­pa­rán­do­nos para que nos los sigan des­tru­yen­do, sabien­do que cada vez les resul­ta­rá más difí­cil. Por­que, como se recor­dó en la mani­fes­ta­ción en defen­sa de Kukutza el 16 de julio, ante miles de mani­fes­tan­tes que aba­rro­ta­ban Rekal­de, “somos muchos más de cuan­do empezamos”.

Y sobre todo por­que quie­nes hemos asis­ti­do impo­ten­tes, quie­nes hemos llo­ra­do y hemos vis­to sufrir a nues­tros hijos y veci­nos al ver cómo derri­ba­ban esa fábri­ca, sabe­mos a cien­cia cier­ta de que esas lágri­mas, nues­tras lágri­mas, ger­mi­na­rán nue­vos sueños.

Kukutza era eso, una fábri­ca de sue­ños. La han derri­ba­do, pero han crea­do un sím­bo­lo, una guía, una espe­ran­za para sor­tear el tene­bro­so cur­so de nues­tros tiempos.

El libro Kukutza Gaz­tetxea. Ellos por dine­ro, noso­tras por pla­cer fina­li­za recor­dan­do que Kukutza es “un ejem­plo, una lec­ción gra­ba­da a fue­go, una pági­na más en la lucha de un pue­blo que quie­re ser libre, y que no entien­de ni enten­de­rá otra mane­ra de vivir. Aho­ra, al igual que la vida sigue, la lucha sigue. Espe­ra­mos haber encen­di­do muchos cora­zo­nes y haber reavi­va­do muchos más”.

Así ha sido. Eske­rrik asko!

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