Mue­re Vaclav Havel, el disi­den­te tuer­to del ojo dere­cho- Rafael Poch

Vaclav Havel, vein­te años disi­den­te y tre­ce pre­si­den­te, pri­me­ro de la Che­cos­lo­va­quia post­co­mu­nis­ta y lue­go de la Repú­bli­ca Che­ca, siem­pre dra­ma­tur­go y acti­vis­ta de los dere­chos huma­nos, se fue ayer de este mun­do en su resi­den­cia vaca­cio­nal de Hra­de­cek, en el este de Bohe­mia. Tenía 75 años de edad, había pade­ci­do un cán­cer de pul­món y esta­ba deli­ca­do del cora­zón.

Loa­do como para­dig­ma de la Euro­pa de los dere­cho huma­nos, Havel se va entre el gene­ral elo­gio de los jefes de Esta­do y de gobierno; des­de Ange­la Mer­kel has­ta Nico­las Sar­kozy, pasan­do por David Came­ron, Barack Oba­ma, Bill Clin­ton y la ex secre­ta­ria de Esta­do Made­lei­ne Albright, una ami­ga per­so­nal. Hacía pocos días que había sido visi­ta­do por el Dalai Lama.

Pocas per­so­na­li­da­des fue­ron en vida más pre­mia­das, cele­bra­das y obje­to de home­na­je que Vaclav Havel. Reci­bió todos los pre­mios occi­den­ta­les posi­bles –no así el Pre­mio Nóbel, una rareza‑, era miem­bro hono­rí­fi­co de mul­ti­tud de orga­ni­za­cio­nes y reci­bió dece­nas de con­de­co­ra­cio­nes, entre ellas las más altas de Esta­dos Uni­dos. En 2005, la revis­ta bri­tá­ni­ca Pros­pect lo situó en el cuar­to pues­to de su lis­ta de los «cien prin­ci­pa­les inte­lec­tua­les del mun­do». En 2008, Havel ocu­pó el pues­to 26 de la mis­ma lis­ta. Naci­do en 1936 en el seno de una fami­lia bur­gue­sa, sus raí­ces impi­die­ron que cur­sa­ra estu­dios de huma­ni­da­des en la Che­cos­lo­va­quia esta­li­nis­ta, y le obli­ga­ron a des­viar­se a otras opcio­nes. Des­pués de 1968 sufrió otros impe­di­men­tos, pero en 1977, tras la fir­ma del his­tó­ri­co mani­fies­to Car­ta 77, cuan­do se con­vir­tió en un disi­den­te noto­rio y mar­ca­do por el régi­men. Pasó cua­tro años encar­ce­la­do, des­de 1979 a 1984. En 1984, al poco de salir de la cár­cel, le entre­vis­té en su piso moder­nis­ta del cen­tro de Pra­ga. De todos los gran­des disi­den­tes de la Euro­pa del Este del perio­do que va de 1968 a los ochen­ta, un colec­ti­vo ideo­ló­gi­ca­men­te vario­pin­to, Havel era lo más pare­ci­do a un con­ser­va­dor occi­den­tal sin fisu­ras.

En la épo­ca en la que regí­me­nes patro­ci­na­dos por Esta­dos Uni­dos eli­mi­na­ban a 200.000 per­so­nas en Amé­ri­ca Cen­tral, Havel se con­fe­sa­ba admi­ra­dor de Ronald Reagan por el lan­za­mien­to de su enér­gi­ca ofen­si­va ideo­ló­gi­ca con­tra la Urss. Mien­tras la mayo­ría de sus com­pa­ñe­ros, no sólo en Pra­ga sino tam­bién en Var­so­via, Buda­pest y Ber­lín Este, admi­tían cier­ta res­pon­sa­bi­li­dad com­par­ti­da en la esca­la­da arma­men­tís­ti­ca, Havel frun­cía el ceño: en el mun­do no había más mal que el de aque­llos regí­me­nes social-dic­ta­to­ria­les del Este y sus saté­li­tes. Inte­rro­gar­le sobre la suer­te de los otros disi­den­tes, los que des­apa­re­cían o eran arro­ja­dos al mar des­de heli­cóp­te­ros, en el Cono Sur o Cen­troa­mé­ri­ca, por lo mis­mo, o menos, de lo que él había osa­do desa­fiar, no lle­vó a nin­gu­na par­te. Aquel hom­bre vale­ro­so de Pra­ga, tenía el piñón fijo. Y lo tuvo toda su vida.

Su acción en pro de los dere­chos huma­nos se cir­cuns­cri­bió a adver­sa­rios de Occi­den­te. Cuba siem­pre en el cen­tro, con aper­tu­ras a Vene­zue­la y Boli­via. Siem­pre regí­me­nes adver­sa­rios. Y lo mis­mo en Orien­te Medio, don­de Pales­ti­na no exis­tió, o en Asia y en los Bal­ca­nes, don­de Havel fue, con Ber­nard Henry Levy, Michael Igna­tieff y otros, un abo­ga­do del mili­ta­ris­mo huma­ni­ta­rio.

Ese doble estan­dar­te no glo­sa, por su pues­to, todo el per­fil polí­ti­co de Havel, pero es el ras­go que hoy todos igno­ran al hacer su obi­tua­rio. El líder de la «revo­lu­ción de ter­cio­pe­lo» no fue un hom­bre de poder. Se con­vir­tió en Pre­si­den­te casi a su pesar y gra­cias a un rega­lo de la peres­troi­ka de la que nun­ca se fió.

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