Pra­xis y vio­len­cia- Adol­fo Sánchez

La vio­len­cia como atri­bu­to humano

Toda pra­xis es pro­ce­so de for­ma­ción o, más exac­ta­men­te, de trans­for­ma­ción de una mate­ria. El suje­to, por un lado, impri­me una for­ma dada a la mate­ria des­pués de haber­la des­ar­ti­cu­la­do o vio­len­ta­do. En el cur­so de este pro­ce­so toma en cuen­ta la lega­li­dad del obje­to de su acción para poder des­ar­ti­cu­lar­lo y doble­gar­lo. Este últi­mo, por otro lado, sólo es obje­to de la acti­vi­dad trans­for­ma­do­ra del suje­to en cuan­to que pier­de su sus­tan­ti­vi­dad para con­ver­tir­se en otro. De este modo, es arran­ca­do a su pro­pia lega­li­dad, a la ley que lo rige, para suje­tar­se a la que esta­ble­ce el suje­to con su acti­vi­dad. El obje­to sufre así la inva­sión de una ley exte­rior, y en la medi­da en que acep­ta la lega­li­dad extra­ña que le es impues­ta, se trans­for­ma. Cla­ro está que esa lega­li­dad que le vie­ne de fue­ra no pue­de ser abso­lu­ta­men­te exte­rior, pues de otro modo encon­tra­ría una resis­ten­cia abso­lu­ta, irre­ba­sa­ble en el obje­to. Cier­tas pro­pie­da­des de éste, o cier­to nivel de su desa­rro­llo, han de ofre­cer deter­mi­na­das con­di­cio­nes de posi­bi­li­dad para su trans­for­ma­ción, pues, en caso con­tra­rio, la acti­vi­dad del suje­to sería nula, ya que la mate­ria al impo­ner un lími­te irre­ba­sa­ble haría impo­si­ble su trans­for­ma­ción en la direc­ción deseada.

Así, pues, la inte­rio­ri­dad del obje­to ha de estar abier­ta a la trans­for­ma­ción que el suje­to ini­cia des­de el exte­rior, y, que, en prin­ci­pio, como trans­for­ma­ción ideal deja toda­vía intac­to al obje­to. Aho­ra bien, la trans­for­ma­ción real, efec­ti­va, exi­ge que el obje­to sea for­za­do o vio­len­ta­do, pues sólo así las posi­bi­li­da­des de trans­for­ma­ción insi­tas en él, pue­den rea­li­zar­se. Pero esas posi­bi­li­da­des sólo exis­ten como tales para el suje­to de la pra­xis, y úni­ca­men­te se rea­li­zan median­te su acti­vi­dad real y objetiva.

Así, pues, la trans­for­ma­ción del obje­to exi­ge, por una par­te, el reco­no­ci­mien­to y some­ti­mien­to a su lega­li­dad, y, por otra, su alte­ra­ción o des­truc­ción. Cuan­do esta alte­ra­ción o des­truc­ción se ejer­ce sobre un obje­to real, físi­co, pode­mos cali­fi­car­la de vio­len­ta, y los actos rea­li­za­dos para alte­rar o des­truir su resis­ten­cia físi­ca pode­mos deno­mi­nar­los vio­len­tos. En cuan­to que la acti­vi­dad prác­ti­ca huma­na se ejer­ce sobre un obje­to físi­co, real y exi­ge la alte­ra­ción o des­truc­ción físi­ca de su lega­li­dad o de cier­tas pro­pie­da­des suyas, pue­de decir­se que la vio­len­cia acom­pa­ña a la pra­xis. La vio­len­cia se mani­fies­ta allí don­de lo natu­ral o lo humano ‑como mate­ria u obje­to de su acción- resis­te al hom­bre. Se da jus­ta­men­te en una acti­vi­dad huma­na que detie­ne, des­vía y final­men­te alte­ra una lega­li­dad natu­ral o social. En este sen­ti­do, la vio­len­cia es exclu­si­va del hom­bre en cuan­to que éste es el úni­co ser que para man­te­ner­se en su lega­li­dad pro­pia­men­te huma­na nece­si­ta vio­lar o vio­len­tar cons­tan­te­men­te una lega­li­dad exte­rior (la de la naturaleza).

En un mun­do esta­ble, inmu­ta­ble e idén­ti­co a sí mis­mo, no se cono­ce­ría la vio­len­cia, toda vez que está es pre­ci­sa­men­te alte­ra­ción de la esta­bi­li­dad, inmo­vi­li­dad o iden­ti­dad. Si el hom­bre vivie­ra en ple­na armo­nía con la natu­ra­le­za, o supe­di­ta­do pasi­va­men­te a ella, no recu­rri­ría a la vio­len­cia, ya que ésta es, por prin­ci­pio, la expre­sión de un des­ajus­te radi­cal. En este sen­ti­do, pode­mos decir que sólo el hom­bre pue­de ser vio­len­to. El ani­mal, inser­to pasi­va­men­te en un orden esta­ble­ci­do al que se some­te pasi­va­men­te, sin poder alte­rar­lo, no cono­ce la vio­len­cia. En cam­bio, las rela­cio­nes entre el hom­bre y la natu­ra­le­za, como vio­la­ción cons­tan­te de un orden natu­ral esta­ble­ci­do, se rigen siem­pre por la vio­len­cia. ¿No es hacer vio­len­cia a la natu­ra­le­za trans­for­mar­la, es decir, impri­mir­le una for­ma huma­na median­te la alte­ra­ción de su pro­pia lega­li­dad? La huma­ni­za­ción de la natu­ra­le­za no es sino un pro­ce­so por el cual la per­so­na le impo­ne una ley extra­ña a ella, una ley huma­na, for­zan­do o vio­len­tan­do su lega­li­dad natu­ral. La socie­dad huma­na es una vio­la­ción cons­tan­te de la naturaleza.

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“Filo­so­fía de la pra­xis“: Cap VI

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