El Peque­ño Adolf y los ase­si­nos neo­na­zis- Juan Gómez

A las cin­co de la tar­de aún era de día en Kas­sel, pero nadie vio huir al pis­to­le­ro que dis­pa­ró en la cara de Halit Yoz­gat, un chi­co de 21 años. Solo uno de los cua­tro clien­tes que usa­ban los orde­na­do­res de la tras­tien­da escu­chó un “rui­do fuer­te” al que no dio mayor impor­tan­cia. Así que a Ismail Yoz­gat le tocó des­cu­brir el cuer­po de su hijo ago­ni­zan­do entre los locu­to­rios del ciber­ca­fé fami­liar. Los tes­ti­gos que pudo reu­nir la poli­cía recor­da­ban a otro clien­te con gafas, alto, rubio y for­ni­do. Las hue­llas del ADN per­mi­tie­ron la deten­ción de quien resul­tó ser un agen­te de los ser­vi­cios secre­tos iden­ti­fi­ca­do como Andreas T. y cono­ci­do en su pue­blo por el sobre­nom­bre de Peque­ño Adolf. Lo sol­ta­ron por fal­ta de pruebas.

Este suce­so de 2006 ha vuel­to esta sema­na al pri­mer plano de la actua­li­dad, al cono­cer­se que aque­lla efí­me­ra deten­ción coin­ci­dió con el final de una bru­tal cam­pa­ña terro­ris­ta: al menos 10 ase­si­na­tos racis­tas, dos aten­ta­dos con bom­ba y una serie de 14 atra­cos come­ti­dos por una ban­da auto­de­no­mi­na­da Resis­ten­cia Nacio­nal­so­cia­lis­ta (NSU). Lo peor del pasa­do de Ale­ma­nia ha vuel­to a los titulares.

El joven Halit Yoz­gat, al que dis­pa­ra­ron a boca­ja­rro, fue la nove­na y últi­ma víc­ti­ma de la serie de ase­si­na­tos xenó­fo­bos come­ti­dos por los nacio­nal­so­cia­lis­tas, que un año des­pués mata­ron a una agen­te de poli­cía. El silen­cio se hizo sobre estas muer­tes y sus auto­res has­ta que, el pasa­do 4 de noviem­bre, los neo­na­zis Uwe Böhnhardt y Uwe Mund­los fue­ron halla­dos muer­tos en una cara­va­na en lla­mas. Aca­ba­ban de atra­car un ban­co. La Fis­ca­lía afir­ma que se sui­ci­da­ron, pero hay serias dudas. Un par de horas más tar­de del hallaz­go de los cadá­ve­res, la novia de Mund­los, Bea­te Zschä­pe, voló el piso que los tres com­par­tían en la idí­li­ca Zwic­kau (Sajo­nia). Ella se entre­gó a la poli­cía dicien­do: “Soy la que bus­can”. El trío de neo­na­zis lle­va­ba en la clan­des­ti­ni­dad des­de 1998. Los hallaz­gos no para­ron aquí: en la cara­va­na incen­dia­da se encon­tró la pis­to­la regla­men­ta­ria de una agen­te de poli­cía ase­si­na­da a tiros en 2007. Y entre los escom­bros del piso vola­do esta­ba el arma que mató a los nue­ve inmigrantes.

Nadie se atri­bu­yó en su día estos crí­me­nes. Has­ta que hace un par de sema­nas el par­ti­do La Izquier­da (Die Lin­ke) reci­bió un vídeo rei­vin­di­ca­ti­vo de la ban­da: un cíni­co mon­ta­je que com­bi­na dibu­jos ani­ma­dos de la Pan­te­ra Rosa con imá­ge­nes reales de los nue­ve ase­si­na­tos racis­tas y de otros dos aten­ta­dos con bom­ba del mis­mo signo. Son 15 minu­tos de humor gro­tes­co en los que mues­tran los cadá­ve­res ensan­gren­ta­dos y se mofan de las víc­ti­mas. Lo lla­man “la gira ale­ma­na de NSU”. Solo envia­ron un par de copias, que lle­ga­ron a su des­tino cuan­do Mund­los y Böhnhardt ya habían muer­to. Uno de los sobres iba diri­gi­do al par­ti­do de izquier­da PDS, que no exis­te des­de que se fun­dó Die Lin­ke en 2007. Otro ejem­plar lle­gó al buzón del dia­rio báva­ro Nürn­ber­ger Nachrich­ten en un sobre sin fran­quear: alguien lo había lle­va­do personalmente.

El balan­ce de la cam­pa­ña terro­ris­ta neo­na­zi com­pren­de nue­ve hom­bres muer­tos, ocho de ascen­den­cia tur­ca y un grie­go, entre 2000 y 2006; ade­más de una agen­te de poli­cía ase­si­na­da y dece­nas de heri­dos en dos aten­ta­dos con bom­ba. Ale­ma­nia des­cu­bre aho­ra que el trío de terro­ris­tas neo­na­zis han vivi­do impu­ne­men­te en la clan­des­ti­ni­dad casi 14 años, sin que nadie los vin­cu­la­ra con los aten­ta­dos ni con los 14 atra­cos que per­pe­tra­ron. La his­to­ria se coro­na con los dos extra­ños sui­ci­dios, así como la mis­te­rio­sa pre­sen­cia de un agen­te de los ser­vi­cios secre­tos de ideo­lo­gía ultra, el Peque­ño Adolf, en el esce­na­rio del noveno crimen.

¿Quién com­po­nía el trío de neo­na­zis? El asis­ten­te social Tho­mas Grund los cono­ció ya en 1991, cuan­do tenían entre 15 y 20 años de edad. Grund, que se acer­ca hoy a los 60, sigue diri­gien­do un cen­tro juve­nil en una de las colo­nias de torres resi­den­cia­les típi­cas de la anti­gua Repú­bli­ca Demo­crá­ti­ca Ale­ma­na (RDA). En el cemen­to de aque­llosplat­ten­bau­ten, la ideo­lo­gía y la moda neo­na­zis encon­tra­ron un enor­me eco. Entre muchos jóve­nes, que aca­ba­ban de pre­sen­ciar el cata­clis­mo del régi­men comu­nis­ta en el que nacie­ron, cun­dió la idea de que la nue­va Ale­ma­nia era solo un paso inter­me­dio hacia un Cuar­to Reich.

Mien­tras, la dra­má­ti­ca recon­ver­sión indus­trial lle­na­ba de para­dos los terri­to­rios de la anti­gua RDA. En aquel tiem­po era fácil que un foras­te­ro encon­tra­ra acti­tu­des hos­cas o abier­ta­men­te hos­ti­les en las calles del este de Ale­ma­nia. Esta­ban a la orden del día los ata­ques a extran­je­ros y a per­so­nas cuyo aspec­to sugi­rie­ra otras dife­ren­cias: izquier­dis­tas, men­di­gos, homo­se­xua­les. Aque­lla agre­si­vi­dad cris­ta­li­zó en varios ata­ques xenó­fo­bos a gran esca­la. El de Ros­tock-Lich­tenha­gen, en 1992, tomó el cariz de un autén­ti­co pogro­mo cuan­do cien­tos de veci­nos se acer­ca­ron a jalear a los neo­na­zis que habían incen­dia­do una resi­den­cia de refu­gia­dos polí­ti­cos extranjeros.

“La ultra­de­re­cha mili­tan­te”, recuer­da Grund, “esta­ba for­ma­da por gru­pos redu­ci­dos y bien reco­no­ci­bles”. Zschä­pe, que es la úni­ca super­vi­vien­te del trío en cues­tión, era una de las pocas chi­cas que “se jun­ta­ba como uno más entre los cabe­ci­llas”. Los dos chi­cos pasea­ban “toda la para­fer­na­lia” de la moda neo­na­zi-skin: botas, caza­do­ras bom­ber, cabe­zas rapa­das, todo ello muy en boga en el este de Ale­ma­nia duran­te los años pos­te­rio­res a la caí­da del Muro. Zschä­pe, en cam­bio, no adop­tó el esti­lo nazi feme­nino (pelo cor­to, fle­qui­llo con fle­cos lar­gos a los lados). Mund­los era el mayor de los tres, “el líder del gru­po”. Böhnhardt, cre­ci­do en orfa­na­tos, solía ir arma­do con un cuchi­llo. Man­te­nían con­tac­tos con noto­rios neo­na­zis de la región, don­de “muchos jóve­nes les tenían mie­do”. Las difi­cul­ta­des para encon­trar más tes­ti­mo­nios de quie­nes los cono­cie­ron en la épo­ca sugie­ren que ese mie­do permanece.

Hacia 1996, dece­nas de neo­na­zis de la región se arti­cu­la­ron en una orga­ni­za­ción que lla­ma­ron Defen­sa Patrió­ti­ca de Turin­gia (THS). Man­te­nían con­tac­tos con otras orga­ni­za­cio­nes ultras y con el par­ti­do NPD. Mund­los evo­lu­cio­nó hacia “una acti­tud de fal­sa man­se­dum­bre, para apa­ren­tar que era un joven bur­gués cual­quie­ra”, recuer­da Grund. El trío esta­ba meti­do has­ta el cue­llo en las redes neo­na­zis de Jena, una ciu­dad de 100.000 habi­tan­tes, has­ta que pasa­ron a la clan­des­ti­ni­dad en 1998. Jus­to cuan­do la poli­cía iba a dete­ner­los como sos­pe­cho­sos de fabri­car bom­bas. Una vez sumer­gi­da, la Defen­sa Patrió­ti­ca de Turin­gia se con­vir­tió en la Resis­ten­cia Nacio­nal­so­cia­lis­ta, bajo cuya mar­ca come­tie­ron al menos 12 aten­ta­dos y 14 atracos.

¿Qué hacía el Peque­ño Adolf? Este hom­bre, del que solo se cono­ce su nom­bre pro­pio y la ini­cial de su ape­lli­do, Andreas T., era fun­cio­na­rio de los ser­vi­cios secre­tos ale­ma­nes, la lla­ma­da Ofi­ci­na Fede­ral para la Pro­tec­ción de la Cons­ti­tu­ción (BFV). Cuan­do lo detu­vie­ron como sos­pe­cho­so del ase­si­na­to de Halit Yiz­mal en 2006, el agen­te ase­gu­ró que esta­ba “por casua­li­dad” en el lugar del cri­men, vien­do por­no­gra­fía en uno de los orde­na­do­res de la tras­tien­da. Ron­da­ba los 40 años. En el des­ván de sus padres, la poli­cía encon­tró sím­bo­los nazis que había gra­ba­do en las vigas cuan­do era un ado­les­cen­te al que ya todos en su pue­blo cono­cían como Peque­ño Adolf. En su resi­den­cia de adul­to encon­tra­ron muni­ción ile­gal, pis­to­las con licen­cia, manus­cri­tos ultra­de­re­chis­tas de su puño y letra y un ejem­plar de Mi Lucha, la auto­bio­gra­fía de Adolf Hitler prohi­bi­da en Ale­ma­nia. Así que el Peque­ño Adolf leía al ver­da­de­ro Hitler. Dece­nas de perio­dis­tas han sitia­do estos días su casa en Hof­geis­mar, muy cer­ca de Kas­sel, don­de tra­ba­ja en una ofi­ci­na del Gobierno regio­nal a la que fue rele­ga­do en 2007. Judi­cial­men­te no se le acu­sa de nada, aun­que fue some­ti­do a un nue­vo inte­rro­ga­to­rio el lunes pasado.

¿Por qué tan­to secre­tis­mo? A la reser­va habi­tual que obser­van siem­pre los ser­vi­cios de infor­ma­ción hay que aña­dir, en el caso ale­mán, que la BFV está divi­di­da en 16 jefa­tu­ras dife­ren­tes, una por cada Esta­do fede­ra­do. Andreas T. cap­ta­ba infor­man­tes para el ser­vi­cio secre­to del Esta­do de Hes­se. Pagan a sus topos con fon­dos reser­va­dos y los pro­veen de pape­les fal­sos cuan­do los nece­si­tan. Las auto­ri­da­des de Hes­se brin­da­ron en los noven­ta “ayu­da sig­ni­fi­ca­ti­va” a la veci­na Turin­gia para orga­ni­zar su ser­vi­cio de infor­ma­ción tras la caí­da del Muro. Al menos uno de los topos cap­ta­dos y man­te­ni­dos por Andreas T. par­ti­ci­pó en mani­fes­ta­cio­nes de la Defen­sa Patrió­ti­ca de Turin­gia, la red neo­na­zi de don­de salie­ron los terroristas.

Un tipo estra­fa­la­rio y dere­chis­ta, Hel­mut Roe­wer, diri­gió los ser­vi­cios secre­tos de Turin­gia entre 1994 y 2000. Este caba­lle­ro, encau­sa­do por corrup­ción, invir­tió cien­tos de miles de euros en pagar a infor­man­tes de orga­ni­za­cio­nes radi­ca­les. Noto­rios neo­na­zis como Tho­mas Die­nel o Wolf­gang Frenz, des­pués fun­cio­na­rios del par­ti­do ultra NPD, han pre­su­mi­do de que muchos infor­man­tes des­ti­na­ban par­te de su paga al man­te­ni­mien­to o amplia­ción de estruc­tu­ras de ultra­de­re­cha. A cam­bio, ofre­cían a los ser­vi­cios secre­tos con­fe­sio­nes inven­ta­das o resú­me­nes de infor­ma­cio­nes ya publi­ca­das por la pren­sa. Fue bajo el man­da­to de Roe­wer cuan­do des­apa­re­ció del mapa el trío neo­na­zi que inte­gró la ban­da NSU. El ser­vi­cio secre­to los vigi­la­ba, pero no evi­tó que huye­ran jus­to a tiem­po. El trío pasó casi 14 años en la clan­des­ti­ni­dad con unos docu­men­tos per­so­na­les bien falsificados.

El pre­si­den­te del Sin­di­ca­to de la Poli­cía (GDP), Bernhard Witthaut, cree que esos docu­men­tos eran pape­les fal­sos “lega­les”; es decir, de los que se usan para pro­te­ger a tes­ti­gos y a infor­man­tes. Al comi­sa­rio Witthaut le moles­ta en par­ti­cu­lar que Roe­wer acu­se aho­ra a la poli­cía del monu­men­tal error que supu­so la hui­da del trío. Entre los poli­cías ale­ma­nes, dice, cre­ce la “cons­ter­na­ción por las posi­bles impli­ca­cio­nes del ase­si­na­to de una cole­ga de ser­vi­cio”, en refe­ren­cia a Michè­le Kie­se­wet­ter, déci­ma víc­ti­ma de NSU, que fue tiro­tea­da jun­to a su com­pa­ñe­ro de patru­lla en 2007. Entre los cas­co­tes del piso vola­do en Zwic­kau esta­ba el arma uti­li­za­da en ese cri­men y las espo­sas de ambos agen­tes. El comi­sa­rio Witthaut expli­ca que “un poli­cía de a pie tie­ne que pre­gun­tar­se cómo ha sido posi­ble que huye­ran y que se escon­die­ran por tan­to tiempo”.

Aque­lla hui­da con­vir­tió al trío en ído­los de los ultras de Turin­gia, don­de inclu­so les dedi­ca­ron can­cio­nes de rock radi­cal. Se decía que esta­ban en Sue­cia, en Sudá­fri­ca o en Holan­da y que man­te­nían con­tac­to con este o aquel neo­na­zi. Los rumo­res fue­ron pues­tos en cir­cu­la­ción por anti­guos cama­ra­das de la Defen­sa Patrió­ti­ca de Turin­gia, como Tino Brandt, un nazi muy cono­ci­do, que tam­bién esta­ba en la nómi­na ocul­ta de los ser­vi­cios secre­tos. Mien­tras, los terro­ris­tas seguían impu­ne­men­te con su serie de ase­si­na­tos a per­so­nas de ascen­den­cia extran­je­ra, casi todos peque­ños propietarios.

Como Enver Sim­sek, que aten­día un pues­to de flo­res en Núrem­berg (Bavie­ra) cuan­do fue tiro­tea­do con dos pis­to­las dife­ren­tes, hace aho­ra 11 años. En los seis años siguien­tes tam­bién murie­ron a manos de los terro­ris­tas un sas­tre, dos fru­te­ros, un ven­de­dor de kebab, un hos­te­le­ro, un cerra­je­ro, un quios­que­ro y, por últi­mo, el joven Halit en Kas­sel. Todos menos uno, que era grie­go, tenían ascen­den­cia tur­ca. Pero la poli­cía des­car­tó des­de el prin­ci­pio la posi­bi­li­dad de un móvil ideo­ló­gi­co de la des­con­cer­tan­te serie de crí­me­nes y la atri­bu­yó a oscu­ras mafias extran­je­ras. La guin­da racis­ta la puso quien bau­ti­zó la cam­pa­ña terro­ris­ta como “los ase­si­na­tos del kebab”.

El domin­go pasa­do fue dete­ni­do otro mili­tan­te neo­na­zi lla­ma­do Hol­ger G., el cuar­to sos­pe­cho­so de cola­bo­ra­ción con la ban­da. Alqui­ló vehícu­los para ellos y les pres­tó pape­les. Todo apun­ta a que el trío con­tó con una amplia red de cóm­pli­ces o ayu­dan­tes. El pro­pio Hol­ger G. era un vie­jo cono­ci­do de las auto­ri­da­des de Baja Sajo­nia, cuyos ser­vi­cios secre­tos lo vigi­la­ron por su supues­ta com­pli­ci­dad con el trío des­pa­re­ci­do; pero él siguió ayu­dán­do­les sin que nadie se lo impidiera.

La san­gre fría de los ase­si­nos casa muy bien con la ideo­lo­gía nazi, que des­hu­ma­ni­za al con­tra­rio. Des­de este pun­to de vis­ta no sor­pren­de que nadie rei­vin­di­ca­ra los aten­ta­dos en su día: se tra­ta de exter­mi­nar al adver­sa­rio, como hacía la SS de Hitler en los cam­pos de con­cen­tra­ción. Pero, si se acep­ta esa expli­ca­ción, no se entien­de para qué hicie­ron el vídeo de la Pan­te­ra Rosa. Hay que ali­near ese inte­rro­gan­te en una lar­ga fila: ¿De qué vivió el trío duran­te 14 años? ¿De dón­de sacó las armas? ¿Cómo supie­ron que los iban a dete­ner en 1998? ¿Se sui­ci­da­ron real­men­te dos de ellos? ¿Qué papel juga­ron los ser­vi­cios secre­tos y el Peque­ño Adolf?

Los ser­vi­cios secre­tos ale­ma­nes, tan­to los inter­nos (BFV) como los exter­nos (BND), tie­nen una lar­ga tra­di­ción de cegue­ra del ojo dere­cho. En la pos­gue­rra ali­men­ta­ron sus filas con anti­guos nazis. Caí­do el Muro, y sin per­der del todo sus obse­sio­nes por la izquier­da, los inves­ti­ga­do­res reem­pla­za­ron el vie­jo enemi­go comu­nis­ta por la fla­man­te ame­na­za islamista.

La ultra­de­re­cha se ha cobra­do muchas más vidas en Ale­ma­nia que cual­quier otro tipo de terro­ris­mo. La fun­da­ción anti­rra­cis­ta Ama­deu Anto­nio cuen­ta 182 víc­ti­mas mor­ta­les de agre­sio­nes de ultra­de­re­cha des­de la uni­fi­ca­ción de Ale­ma­nia en 1990. La can­ci­ller Ange­la Mer­kel pro­me­tió el lunes pasa­do “el escla­re­ci­mien­to inme­dia­to y com­ple­to” de los 10 últi­mos ase­si­na­tos. El comi­sa­rio Witthaut tam­bién espe­ra que se logre, pero aña­de al telé­fono un resig­na­do: “A lo mejor”.

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