La vio­len­cia con­tra las muje­res es un pro­ble­ma polí­ti­co- Lily Muñoz

Casi siem­pre que se habla de la vio­len­cia con­tra las muje­res, en la opi­nión públi­ca pre­do­mi­na la idea de un pro­ble­ma domés­ti­co, intra­fa­mi­liar, del ámbi­to pri­va­do. Por eso, pare­ce que la solu­ción es tan sen­ci­lla como sen­si­bi­li­zar a los hom­bres para que no sean tan machis­tas y vio­len­tos y tra­ba­jar con las muje­res para que conoz­can sus dere­chos.

Pero esa es una con­cep­ción muy reduc­cio­nis­ta del pro­ble­ma que no lle­ga a exa­mi­nar su raíz. Ence­rrar el pro­ble­ma de la vio­len­cia con­tra las muje­res entre las cua­tro pare­des de la casa no sólo es un error, sino que es tam­bién una tram­pa. Por­que esa es sólo una par­te del pro­ble­ma, que en reali­dad está pre­sen­te en las vidas de las muje­res en la casa, en los luga­res de tra­ba­jo, en la calle, en las vere­das y cami­nos, en los cen­tros de estu­dio, en las fin­cas, en las igle­sias, en la orga­ni­za­ción y en todos los sitios don­de las muje­res nos move­mos en nues­tro día a día.

Y es que la vio­len­cia con­tra las muje­res tie­ne muchas caras. La vio­len­cia físi­ca, la vio­len­cia psi­co­ló­gi­ca, la vio­len­cia ver­bal, el inces­to, la vio­la­ción sexual, el aco­so sexual, la por­no­gra­fía infan­til, la explo­ta­ción sexual y/​o labo­ral de las niñas y las muje­res, la hete­ro­se­xua­li­dad obli­ga­to­ria, el emba­ra­zo for­za­do, el abor­to for­za­do, las rela­cio­nes sexua­les obli­ga­das, la tra­ta y el trá­fi­co de muje­res con fines de explo­ta­ción sexual o labo­ral, la expro­pia­ción de bie­nes, el no acce­so a la pro­pie­dad, los femi­ci­dios, las vio­la­cio­nes y abu­sos sexua­les come­ti­dos por los mili­ta­res y para­mi­li­ta­res duran­te la épo­ca del geno­ci­dio, la vio­len­cia sexual come­ti­da por las fuer­zas de segu­ri­dad en el mar­co de las luchas por la defen­sa del terri­to­rio y los recur­sos natu­ra­les, son las caras más visi­bles de la vio­len­cia patriar­cal con­tra las muje­res en nues­tra socie­dad.

Pero invi­si­bi­li­zar, negar o recha­zar la par­ti­ci­pa­ción de las muje­res en la his­to­ria, en la polí­ti­ca, en la cien­cia, en la filo­so­fía, en la cul­tu­ra, en la eco­no­mía y en todos los ámbi­tos de la vida social, tam­bién es ejer­cer vio­len­cia con­tra ellas. La uti­li­za­ción de imá­ge­nes o dis­cur­sos que deni­gran a las muje­res en los medios de comu­ni­ca­ción, en las vallas y demás medios publi­ci­ta­rios, es vio­len­cia sim­bó­li­ca con­tra ellas, al igual que el uso gene­ra­li­za­do del aco­so dis­fra­za­do de “piro­pos”, los insul­tos, los chis­tes, las bro­mas y las can­cio­nes que ofen­den la dig­ni­dad de las muje­res o repro­du­cen los este­reo­ti­pos y pre­jui­cios que refuer­zan y jus­ti­fi­can la opre­sión y la dis­cri­mi­na­ción de las muje­res en la socie­dad.

Si la vio­len­cia con­tra las muje­res tie­ne tan­tas caras, tan­tos vic­ti­ma­rios y tan­tos luga­res comu­nes, es por­que no se tra­ta de un pro­ble­ma de los indi­vi­duos sino de un pro­ble­ma social. Por eso he dicho antes que enten­der el pro­ble­ma de la vio­len­cia con­tra las muje­res como un pro­ble­ma pri­va­do es una tram­pa. Por­que en reali­dad, es un pro­ble­ma estruc­tu­ral, un pro­ble­ma del sis­te­ma patriar­cal en el que vivi­mos, un sis­te­ma que cons­tru­ye rela­cio­nes des­igua­les de poder entre las muje­res y los hom­bres, per­mi­tien­do que las muje­res viva­mos en situa­cio­nes de opre­sión y dis­cri­mi­na­ción, y los hom­bres, inde­pen­dien­te­men­te de la cla­se social y de la etnia a la que per­te­nez­can, siem­pre ten­gan el poder sobre las muje­res. Aun entre los gru­pos socia­les más empo­bre­ci­dos, es evi­den­te que a las muje­res siem­pre les toca la peor par­te, sufrien­do has­ta tri­ple opre­sión, como en el caso de las muje­res indí­ge­nas empo­bre­ci­das. Es por eso que la auto­ra mexi­ca­na Adria­na Car­mo­na afir­ma que la estruc­tu­ra patriar­cal es una estruc­tu­ra de vio­len­cia que se apren­de en la fami­lia, se refuer­za en la socie­dad civil y se legi­ti­ma en el Esta­do [1]. Eso sig­ni­fi­ca que todas las per­so­nas par­ti­ci­pa­mos en la repro­duc­ción social del patriar­ca­do en los dis­tin­tos espa­cios socia­les.

Sig­ni­fi­ca tam­bién que la vio­len­cia patriar­cal con­tra las muje­res es tam­bién un pro­ble­ma polí­ti­co. La filó­so­fa ale­ma­na Han­nah Arendt escri­bió que el poder nun­ca es pro­pie­dad de un indi­vi­duo, [pues] per­te­ne­ce a un gru­po y sigue exis­tien­do mien­tras que el gru­po se man­ten­ga uni­do [2]. El sis­te­ma patriar­cal se ha man­te­ni­do por lar­gos siglos, gra­cias a la for­ma en que ha sido estruc­tu­ra­do y a una serie de estra­te­gias que ha uti­li­za­do para per­pe­tuar­se, entre ellas, la vio­len­cia patriar­cal con­tra las muje­res.

Por eso, para erra­di­car la vio­len­cia patriar­cal con­tra las muje­res, es nece­sa­rio avan­zar hacia el des­man­te­la­mien­to del sis­te­ma patriar­cal y en la cons­truc­ción de una nue­va orga­ni­za­ción social, polí­ti­ca, eco­nó­mi­ca y cul­tu­ral, con jus­ti­cia e igual­dad para todas y todos.

Notas:

[1] La dis­cri­mi­na­ción de géne­ro en la impar­ti­ción de jus­ti­cia en Ciu­dad Juá­rez, Chihuahua (UNAM, 2004).

[2] Sobre la vio­len­cia (Alian­za Edi­to­rial, 2006).

Lily Muñoz es Inves­ti­ga­do­ra Aso­cia­da de la Aso­cia­ción para el Avan­ce de las Cien­cias Socia­les en Gua­te­ma­la –AVANCSO.

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