Así no es, San­tos…- Timo­león Jime­nez, coman­dan­te de las FARC

Todos tene­mos que morir­nos, San­tos, todos. De eso no va a esca­par­se nadie. Unos de un modo y otros de otro. Unos por una cau­sa y otros por otra. Algu­nos esco­gen una muer­te heroi­ca, glo­rio­sa, pro­fun­da­men­te con­mo­ve­do­ra. Otros pre­fie­ren morir­se de vie­jos, de un infar­to o dia­be­tes, tras una lar­ga enfer­me­dad en una cama o endro­ga­dos en medio de un bur­del.

Es como la vida, unos pre­fie­ren pasar­la hacien­do dine­ro y engor­dan­do como cer­dos, o prac­ti­cán­do­se ciru­gías para con­ser­var­se jóve­nes, piso­tean­do a los demás y dán­do­se ínfu­las. Otros esco­gen cami­nos más nobles. Y son muy feli­ces así. Es un asun­to de con­cien­cia. Pre­ten­der inti­mi­dar­los para que acep­ten vivir como los pri­me­ros es un error.

Y toda­vía más gra­ve es matar­los. Pre­ten­der exhi­bir­se como mode­lo de civi­li­za­ción y decen­cia dan­do la orden de des­pe­da­zar­los a pun­ta de bom­bas, plo­mo y metra­lla. O como sea. Por ejem­plo, de dos bala­zos por la espal­da cuan­do se lle­ga en la noche a casa. O moli­dos a gol­pes en una cel­da. O des­mem­bra­dos con una moto­sie­rra. O con la cabe­za mocha­da a mache­te.

Al expre­sar el dolor que la tor­tu­ra­ba por la muer­te de su Jefe, decía una gue­rri­lle­ra que hom­bres como él que­da­rán para la pos­te­ri­dad y el pue­blo los recor­da­rá como lo que fue­ron, inmor­ta­les. Otro envia­ba una nota a sus man­dos dicien­do, aquí esta­mos para ayu­dar en todas las tareas que uste­des nos orien­ten. Les brin­da­mos nues­tra soli­da­ri­dad en este momen­to.

Yo no sé. Pero eso de osten­tar poder y mos­trar­se ame­na­zan­te y bru­tal, no pue­de ganar las sim­pa­tías de nadie. De nadie que no sea osten­to­so y bru­tal como el que lo hace. La his­to­ria nos ense­ña que a la inmen­sa mayo­ría de seres huma­nos les repug­na ese tipo de fan­fa­rro­na­das. De niños apren­de­mos que sólo los ogros más mal­va­dos sue­len actuar de ese modo.

Y con el tiem­po apren­de­mos a aso­ciar esas con­duc­tas a los seres más per­ver­sos. Matar sal­va­je­men­te a un ser humano, con méto­dos noto­ria­men­te des­pro­por­cio­na­dos, para parar­se sobre su cadá­ver y seña­lar a otros que les tie­ne reser­va­do el mis­mo tra­ta­mien­to, tie­ne la vir­tud de pro­du­cir un efec­to con­tra­rio. Nin­gún hom­bre se deja­rá humi­llar de ese modo.

Home­ro fue un maes­tro en des­en­tra­ñar el alma. Tras dia­lo­gar con Pría­mo, Aqui­les com­pren­de la dimen­sión de los tro­ya­nos y la baje­za de la cau­sa grie­ga. Asu­me lo mise­ra­ble de haber pasea­do el cadá­ver de Héc­tor, ata­do a su carro, fren­te a sus seres que­ri­dos y su pue­blo. Por eso deci­de inmo­lar­se en la refrie­ga, para no apa­re­cer como ven­ce­dor con ese ejér­ci­to.

Son los ges­tos de gran­de­za moral los que hacen impe­re­ce­de­ros a los hom­bres. Sólo las men­tes más enfer­mas y ena­je­na­das pue­den sen­tir algu­na sim­pa­tía por Adol­fo Hitler. Aun­que en su momen­to muchos lo hubie­ran aplau­di­do. El tiem­po ter­mi­nó por ubi­car­lo en el infa­me lugar que le corres­pon­día. Creo que a los San­tos y Pin­zo­nes les reser­va una suer­te simi­lar el des­tino.

No pue­de ser de otro modo. El gra­do de ruin­dad moral que exhi­ben horro­ri­za al más sano de los jui­cios. Muy poca gen­te cono­ce en el rei­na­do de cuál empe­ra­dor romano fue cru­ci­fi­ca­do Jesús. Pero creo que por enci­ma de las pro­pias creen­cias, en todas par­tes se pro­fe­sa el más ele­va­do res­pe­to por él. Por­que pre­fi­rió el supli­cio y la cruz antes que renun­ciar a sus ideas.

Y por­que esas ideas abri­ga­ban un altí­si­mo gra­do de huma­ni­dad. Eran bue­nas, bus­ca­ban la feli­ci­dad gene­ral, ensal­za­ban a los pobres e inclu­so fus­ti­ga­ban a los ricos, pro­cla­ma­ban que todos los hom­bres eran igua­les. Sólo pro­po­nía a hom­bres y muje­res que lo aban­do­na­ran todo y lo siguie­ran en la pro­pa­ga­ción de esa fe, de esa ver­dad, decía.

Pero lo coro­na­ron de espi­nas, lo abo­fe­tea­ron, lo cru­ci­fi­ca­ron y lan­cea­ron. Se bur­la­ron de él. Habían pre­fe­ri­do libe­rar en su lugar al peor de los cri­mi­na­les. Sin embar­go fue ese Cris­to el que los sobre­vi­vió a todos. Pese a que hubie­ran per­se­gui­do por siglos a sus segui­do­res. De nada sir­vió arro­jar­los a los leo­nes ante la acla­ma­ción gene­ral de la ple­be en el cir­co.

Esta gen­te lle­va medio siglo en esto, San­tos. Algu­nos, de cabe­za blan­ca, cuen­tan his­to­rias de sus días en Mar­que­ta­lia. Otros hablan de los años en el Gua­ya­be­ro, de los pri­me­ros diá­lo­gos cuan­do Beli­sa­rio. Has­ta afir­man que si enton­ces el gobierno hubie­ra pen­sa­do mejor, las cosas en el país hubie­ran sido muy dis­tin­tas. La sober­bia ha podi­do más que la razón.

Muchos cuen­tan expe­rien­cias de la gue­rra inte­gral de Gavi­ria y su crea­ción de las bri­ga­das móvi­les. Y muchí­si­mos más vivie­ron aquí lo del Caguán. Una enor­me masa lle­gó des­pués a estas filas. En ese deve­nir, segu­ra­men­te, se han pre­sen­ta­do múl­ti­ples deser­cio­nes y trai­cio­nes. Pero no ha sido lo deter­mi­nan­te. Son más y más los revo­lu­cio­na­rios y cua­dros con­ven­ci­dos.

Esta gen­te ha cons­trui­do una epo­pe­ya sin ante­ce­den­tes en nin­gún lugar ni épo­ca his­tó­ri­ca. No hubie­ra sido posi­ble sin el más extra­or­di­na­rio altruis­mo. Ni siquie­ra las fuer­zas espe­cia­les del Ejér­ci­to pudie­ron ope­rar en el terri­ble invierno de esas abrup­tas cor­di­lle­ras gue­rri­lle­ras. Pero allá mis­mo viven ellos, aman, sue­ñan un mun­do mejor y luchan por con­se­guir­lo.

Pri­me­ro, entre gro­se­ros chis­tes, exhi­bie­ron el cuer­po des­pe­da­za­do de Raúl Reyes. Des­pués reco­gie­ron exul­tan­tes la mano arran­ca­da a Iván Ríos. Rugie­ron orgu­llo­sos más tar­de cuan­do con tone­la­das de bom­bas qui­ta­ron la vida al Mono. Aho­ra, llo­ran­do de feli­ci­dad, dan el par­te ensan­gren­ta­do sobre Alfon­so. Maca­bro ros­tro el de esa bella demo­cra­cia.

La cabe­za de José Anto­nio Galán, así como cada una de sus extre­mi­da­des, exhi­bi­das a mane­ra de escar­mien­to para evi­tar otro alza­mien­to comu­ne­ro, no logra­ron impe­dir la ges­ta por la inde­pen­den­cia. Ni su triun­fo. El pue­blo empe­ñó en ello miles de muer­tos y heri­dos, gran rui­na y enor­mes sufri­mien­tos. Hubie­ra sido mejor de otra mane­ra, pero la Coro­na no qui­so.

Las FARC son miles y miles de revo­lu­cio­na­rios que sopor­tan las más duras con­di­cio­nes por­que creen fir­me­men­te en su cau­sa. No ganan un solo cen­ta­vo, no poseen nada mate­rial, el movi­mien­to les da lo que nece­si­tan. Y el movi­mien­to son todos ellos. Son una impre­sio­nan­te crea­ción his­tó­ri­ca, aquí, en Colom­bia, ante nues­tros ojos. Así no es San­tos, así no es.

Timo­león Jimé­nez
Coman­dan­te del Esta­do Mayor Cen­tral FARC-EP
Noviem­bre 2011»

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