La bue­na lite­ra­tu­ra es siem­pre revo­lu­cio­na­ria

con­ver­san­do con gerar­do fulle­da león
Helen H. Hor­mi­lla, Mabel Macha­do y Abel Sán­chez • La Haba­na
En 1961, cuan­do Edi­cio­nes El Puen­te era solo un pro­yec­to, Gerar­do Fulle­da León estu­dia­ba en un semi­na­rio de Dra­ma­tur­gia en la Pla­za de la Revo­lu­ción. Allí estre­chó por pri­me­ra vez la mano de algu­nos de los inte­gran­tes del gru­po. Y fue jus­to en ese ins­tan­te, sin tener con­cien­cia de ello, que su vida cam­bió para siem­pre.

Des­pués ven­drían las prue­bas de gale­ra, la publi­ca­ción de sus poe­mas, cier­ta foto en la calle Obis­po, los libros, los paseos por la Ram­pa, el fee­lling, los jar­di­nes de la UNEAC, la Cine­ma­te­ca, los ver­sos arro­ja­dos al mar des­de el Male­cón de madru­ga­da, la son­ri­sa cóm­pli­ce de Vir­gi­lio, los due­los a tin­ta y siem­pre, a pesar de todo, la poe­sía.

Hoy, lue­go de cin­co déca­das, en su casa de sobrio deco­ra­do y moti­vos afro­cu­ba­nos, mes­ti­za como él mis­mo, Fulle­da (dra­ma­tur­go, inves­ti­ga­dor y direc­tor tea­tral, Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas en 1989) acce­de a con­ver­sar sobre aque­llos cua­tro años, qui­zá los más inten­sos de su vida. Sobre lo que fue, más que un sello edi­to­rial, un gru­po de jóve­nes que tuvo una voz común, por diver­sa; autó­no­ma, por com­pro­me­ti­da; y, por su mira­da dife­ren­te de una reali­dad con­vul­sa, en muchos casos incom­pren­di­da.

¿Exis­tía una con­cien­cia de gru­po entre los miem­bros de El Puen­te?

Creo que se fue for­man­do. Había una nece­si­dad de expre­sión de sus dos prin­ci­pa­les fun­da­do­res: la narra­do­ra Ana María Simo y el poe­ta José Mario Borre­ro. Por otra par­te, una nece­si­dad de dar voz y espa­cio a los jóve­nes crea­do­res. No que­ría decir que no exis­tían otros luga­res que esta­ban pro­pi­cian­do esto, como Pren­sa Libre, don­de yo había publi­ca­do poe­mas, y el suple­men­to Lunes de Revo­lu­ción, don­de esta­ban a la cabe­za, entre otros, Cabre­ra Infan­te y Vir­gi­lio Piñe­ra, quien creó un espa­cio para el cual publi­qué sin cono­cer toda­vía El Puen­te. El perió­di­co Hoy había comen­za­do a inte­re­sar­se tam­bién por los jóve­nes, mien­tras que, Emma Pérez, una inte­lec­tual anti­iz­quier­dis­ta, lo hacía tam­bién des­de Bohe­mia.

En ese momen­to yo lim­pia­ba pisos en la Esta­ción Expe­ri­men­tal Agró­no­ma, mi pri­mer tra­ba­jo con el esta­do, pero escri­bía poe­mas y, embu­lla­do por unos ami­gos los envié a Lunes. Cuan­do me publi­ca­ron la obra de tea­tro, esta­ba muy con­ten­to, lle­vé el perió­di­co al tra­ba­jo y un estu­dian­te de inge­nie­ría, Her­nán­dez Sabio —quien lue­go estu­dia­ría dra­ma­tur­gia— me habló del Semi­na­rio de Dra­ma­tur­gia del Tea­tro Nacio­nal que habían orga­ni­za­do Mir­ta Agui­rre y Fer­mín Torres. Allí cono­cí a varios de los miem­bros de El Puen­te: a José Mario, a José R. Bre­ne, Euge­nio Her­nán­dez. Les lla­mó la aten­ción que yo había publi­ca­do en Lunes, por­que casi todos ellos eran iné­di­tos. José Mario enton­ces me habló de su pro­yec­to para edi­tar.

La Biblio­te­ca Nacio­nal se con­vir­tió en el cen­tro de reu­nión y el lugar don­de se comen­zó a enca­mi­nar el pro­yec­to de José Mario y los otros jóve­nes, quie­nes no esta­ban con­for­mes sim­ple­men­te con la exis­ten­cia de aque­llos pocos espa­cios en la pren­sa. Con algún dine­ro pro­ve­nien­te de la ferre­te­ría de su padre y otro de las obras infan­ti­les que ya escri­bía José Mario para un tea­tro de Maria­nao, empe­zó las publi­ca­cio­nes. Yo, que había comen­za­do a estu­diar en el Ins­ti­tu­to de La Víbo­ra, y tenía aho­rra­do un dine­ri­to del tra­ba­jo, le di a José Mario 80 pesos para la publi­ca­ción de mis poe­mas, aun­que él me insis­tió en que no hacía fal­ta.

Empe­za­mos a reu­nir­nos en cual­quier lugar, en la Unión, por ejem­plo, que se había fun­da­do des­pués del I Con­gre­so. Con­ver­sá­ba­mos, dis­cu­tía­mos Mario Bal­ma­se­da, Euge­nio Her­nán­dez, Ana Jus­ti­na Cabre­ra y los otros. Del gru­po de quie­nes había­mos obte­ni­do las becas del Semi­na­rio de Dra­ma­tur­gia tam­bién se fue­ron inte­gran­do algu­nos. El víncu­lo nació orgá­ni­ca­men­te, de la pujan­za, la liber­tad y la posi­bi­li­dad de expre­sar­nos que sen­tía­mos con la Revo­lu­ción. No tenía­mos idea pre­ci­sa sobre lo que que­ría­mos pero ante suce­sos como los de Viet­nam, todos que­ría­mos que nos die­ran un fusil para irnos a la gue­rra.

En cuan­to a la lite­ra­tu­ra, lo que pre­ten­día­mos sen­ci­lla­men­te era expre­sar­nos. No pue­do afir­mar que tenía­mos un cla­ro con­cep­to de lo que que­ría­mos decir, sino el deseo de refle­jar la reali­dad, lo que está­ba­mos vivien­do, nues­tros intere­ses y aspi­ra­cio­nes. Entre noso­tros, Ana María, perio­dis­ta, una mujer muy cla­ra, era quien tenía una for­ma­ción más sóli­da que la de la mayo­ría de noso­tros, pues muchos cur­sá­ba­mos toda­vía el bachi­lle­ra­to.

Comen­za­mos a leer, sobre todo lo suge­ri­do a par­tir del semi­na­rio de Dra­ma­tur­gia, don­de impar­tían cla­ses Reta­mar, Car­pen­tier y una lis­ta de pro­fe­so­res increí­bles. Nos fui­mos moti­van­do en serio, y leía­mos como locos. En el Semi­na­rio yo gana­ba 132 pesos por estu­diar y ade­más de com­prar­me ropa nue­va todos los meses, lle­né mi casa de libros. El deseo de leer nacía a bor­bo­to­nes y a la vez nos íba­mos a la biblio­te­ca, a con­cier­tos y expo­si­cio­nes, íba­mos a escu­char a Bola y Ele­na a El gato tuer­to, nos reu­nía­mos en las con­cen­tra­cio­nes popu­la­res, como aque­lla en la que se decla­ró el carác­ter socia­lis­ta de la Revo­lu­ción. En Bellas Artes, Gui­ller­mo Cabre­ra Infan­te dic­ta­ba con­fe­ren­cias sobre cine, y allá íba­mos cada sába­do, por­que que­ría­mos absor­ber­lo todo.

En medio de esto, evi­den­te­men­te, comen­za­ron las pri­me­ras dis­cu­sio­nes, los deba­tes sobre los prin­ci­pa­les este­tas y pen­sa­do­res que nos impre­sio­na­ron: Fanon, Césai­re, Mar­cu­se, Fidel y el Che. Deba­tía­mos, inter­cam­biá­ba­mos, y eso nos fue for­man­do. No éra­mos tan inge­nuos, pero sí un poco idea­lis­tas al creer que la Revo­lu­ción era la vari­ta mági­ca que ven­dría a arre­glar­lo todo, que tenía­mos el cetro en la mano. No se pue­de decir que fui­mos inso­len­tes, pero sí que éra­mos poco cons­cien­tes de lo que está­ba­mos vivien­do. Tra­tá­ba­mos de dis­fru­tar de aquel momen­to en todas las for­mas, has­ta las más inima­gi­na­bles. En medio de eso, de aque­llas reunio­nes has­ta las madru­ga­das en cual­quier lugar de La Haba­na, de las lec­tu­ras —que podían lle­gar a 50 o 60 libros al mes — , de los inter­cam­bios de tex­tos para publi­car, se fue crean­do la con­cien­cia, el sen­ti­do de crí­ti­ca, supera­ción y desa­rro­llo.

Pró­xi­ma­men­te sal­drá un tra­ba­jo en la revis­ta Unión, de José Mario, muy inge­nuo, pero a la vez tan her­mo­so y revo­lu­cio­na­rio, que pue­de dar una idea más jus­ta de El Puen­te, tenien­do en cuen­ta todo el deba­te que se gene­ró con pos­te­rio­ri­dad. Tam­bién está el Mani­fies­to, que expre­sa el carác­ter abier­ta­men­te revo­lu­cio­na­rio del pro­yec­to, pero a la vez con un sen­ti­do tan libe­ral que, por supues­to, lle­vó a El Puen­te a una serie de con­tra­dic­cio­nes y con­tra­tiem­pos.

A esto se unió la pre­sen­cia del Black Power en EE.UU. A pesar de que nos intere­sa­ba mucho lo que esta­ba pasan­do en ese país, no que­ría­mos tras­la­dar el Black Power a Cuba, y pare­ce que eso no se enten­dió. Lo que nun­ca hubo entre noso­tros fue dis­tin­gos por la pro­ce­den­cia: Geor­gi­na Herre­ra era negra, lim­pia­ba en una casa, pero lle­vó unos poe­mas increí­bles que nos des­lum­bra­ron a todos, como los de Rei­nal­do Feli­pe o Nancy More­jón. Nues­tras pro­ce­den­cias, cri­te­rios y color eran dife­ren­tes, pero lo que impor­ta­ba era la juven­tud, el talen­to y el deseo de tra­ba­jar por for­mar un movi­mien­to de crea­do­res que estu­vie­ran por la Revo­lu­ción.

El Puen­te qui­zá haya sido una de las expe­rien­cias más inclu­si­vas de la cul­tu­ra cuba­na en aquel momen­to. ¿Cómo fun­cio­na­ba entre uste­des ese res­pe­to a la diver­si­dad?

Muy joven, en San­tia­go de Cuba, supe qué era la dis­cri­mi­na­ción. Lo sen­tía des­de que era niño, por­que com­par­tía la mesa de la escue­la con un galle­gui­to que me decía “negro de mier­da” cuan­do nos fajá­ba­mos. No sabía lo que era el racis­mo, pero podía per­ci­bir­lo. Recuer­do una con­ver­sa­ción con un ami­go que no qui­so ir a la fies­ta de 15 de una mucha­cha que juga­ba siem­pre con noso­tros, por­que no nos habían invi­ta­do al res­to por ser negros. Con 13 años comen­cé a tener una idea de lo que sig­ni­fi­ca­ba la dis­cri­mi­na­ción.

Pero entre la gen­te de El Puen­te nun­ca me sen­tí dife­ren­te. Tal vez era una cues­tión de con­di­ción huma­na y de la situa­ción que esta­ba vivien­do el país. Las dife­ren­cias que podían dar­se entre noso­tros tenían que ver con la can­ti­dad de libros que leía­mos, la can­ti­dad de pelí­cu­las que veía­mos, o que alguno tenía más con­di­cio­nes que otro para el tea­tro. Dife­ren­cias eró­ti­cas exis­tían toda­vía menos, cada cual tenía su vida amo­ro­sa como que­ría o podía.

Tenía­mos una con­cien­cia muy gran­de de la diver­si­dad, por­que creía­mos que la Revo­lu­ción se había hecho para eso, para que cada cual se mani­fes­ta­ra y ocu­pa­ra el lugar que le corres­pon­día en la socie­dad. Eso lo defen­día­mos a capa y espa­da, tan­to es así que en el pri­mer núme­ro de la revis­ta que íba­mos a publi­car apa­re­cía, por pri­me­ra vez en Cuba, una tra­duc­ción de Gins­berg. Su libro Aulli­do era exce­len­te, pero a la vez un bofe­tón para la épo­ca por el len­gua­je que uti­li­za­ba.

El Puen­te se iba de un lado al otro. En esa mis­ma revis­ta iba a publi­car­se “La nue­ve en pan­ta­lo­nes”, un poe­ma de Maia­kosv­ki. No había cen­su­ra, sino que se creía nece­sa­rio abrir el dia­pa­són para hablar y mos­trar lo que suce­día en el mun­do del arte. Tal vez, mirán­do­lo con dis­tan­cia, des­pués que ha pasa­do el tiem­po, aque­lla volun­tad de El Puen­te era dema­sia­do osa­da. No obs­tan­te, se tra­ta­ba de una elec­ción y una decan­ta­ción natu­ral, y uno publi­ca­ba cosas que aho­ra que­rría des­apa­re­cer, pero en ese enton­ces todo era muy espon­tá­neo.

Nin­guno de mis poe­mas apa­re­ció en la pri­me­ra anto­lo­gía de El Puen­te, aun­que muchos no se lo expli­ca­ron nun­ca. José Mario, que era un gran ami­go, decía que yo nece­si­ta­ba más entre­na­mien­to. En el año 64, él mis­mo me dijo que me inclui­ría en la segun­da anto­lo­gía. Le ense­ñé un libro de poe­mas en el hotel Haba­na Libre, él selec­cio­nó dos, y sali­mos. Dejé el libro olvi­da­do allí, y cuan­do regre­sé a reco­ger­lo, había des­apa­re­ci­do. Eso fue una adver­ten­cia para no seguir escri­bien­do poe­mas y dedi­car­me defi­ni­ti­va­men­te al tea­tro, por­que en mi gene­ra­ción había exce­len­tes poe­tas, mucho mejo­res.

No tenía sen­ti­do enton­ces dis­tin­guir a El Puen­te por su com­po­si­ción racial…

Noso­tros siem­pre estu­vi­mos cons­cien­tes de que en Cuba no vivi­mos en gue­tos. En Coco­so­lo, Pogo­lot­ti o en San­tia­go de Cuba don­de yo vivía, había gen­te de todas las razas. El úni­co gue­to que exis­tía era por un pro­ble­ma social, no racial. No fue igual que en EE.UU. Aho­ra, sí nos pare­cía que el pen­sa­mien­to, por ejem­plo, de Césai­re, del pro­pio Fanon, podría ser­vir­nos de algu­na mane­ra para cono­cer nues­tros ante­ce­den­tes. Aquí no exis­tió el Ku Klux Klan, sin embar­go, exis­tió la Gue­rri­ta del 12 y mucho antes la Cons­pi­ra­ción de la Esca­le­ra. Hubo un gru­po de gen­te, no de El Puen­te, pero sí cer­ca­nos, que que­rían imi­tar el movi­mien­to del Black Power de EE UU.

¿Y por qué escri­bí Plá­ci­do? Por­que sabía que la Revo­lu­ción no era una vari­ta mági­ca, el pre­jui­cio racial no se aca­ba­ría ni hoy ni maña­na ni den­tro de 40 años, sino que va trans­for­mán­do­se poco a poco. Siem­pre que haya un pro­ble­ma eco­nó­mi­co muy serio, apa­re­cen los valo­res de la dife­ren­cia. Cuan­do hay mucha dis­tan­cia entre los indi­vi­duos, se empie­zan a valo­rar las dife­ren­cias, que pue­den ser racia­les, mora­les y demás. Pero nun­ca viví en gue­tos. Y como me acos­tum­bré a no vivir en gue­tos nun­ca creí que el Black Power fue­ra el camino. No tenía­mos men­ta­li­dad de gue­tos. Muchos tenía­mos pare­jas que eran blan­cas, negras, indis­tin­ta­men­te, no selec­cio­ná­ba­mos por la raza. No me intere­sa­ba hacer un Black Power, no que­ría todo el poder para los negros, ade­más, no lo quie­ro.

Empe­cé a pre­gun­tar­me de dón­de había naci­do esto y me acor­dé de la Cons­pi­ra­ción de la Esca­le­ra. El maes­tro José Luciano Fran­co, cuan­do supo lo que esta­ba escri­bien­do, me mos­tró una de las dela­cio­nes que fir­mó Plá­ci­do. Me con­mo­ví leyen­do aque­llo y fue mi pri­me­ra lec­ción de his­to­ria, Luciano Fran­co seña­ló unas man­chas en el papel y me dijo: “¿Usted sabe qué es eso? Es san­gre, así fue como logra­ron la dela­ción, tor­tu­rán­do­lo”. Enton­ces, con esa obra, tra­té de ver cuá­les eran las raí­ces del pre­jui­cio racial en nues­tra socie­dad. Con esa obra com­pren­dí que la liber­tad del ser humano está con­di­cio­na­da por la socie­dad en que vive, en cual­quier lugar. Si no estás de acuer­do con ella, pue­des luchar y tra­tar de obte­ner mayo­res cuo­tas de liber­tad, o te vas, como hicie­ron muchos, y en aquel momen­to deci­dí que­dar­me. Tenía que ser uno más en la cons­truc­ción de la reali­dad. El hom­bre es escla­vo de su cir­cuns­tan­cia, es una escla­vi­tud que pade­ce­mos todos. Si quie­res ser alguien en tu tiem­po tie­nes que res­pon­der a él, en pro o en con­tra. Los que están en con­tra por lo gene­ral se van, yo me que­dé.

¿Cómo era la rela­ción de los miem­bros del gru­po con inte­lec­tua­les de otras gene­ra­cio­nes como Leza­ma, Vir­gi­lio, Reta­mar, Car­pen­tier…?

Vir­gi­lio fue un bene­fac­tor de los jóve­nes; aun­que no fui­mos ami­gos, debo agra­de­cér­se­lo siem­pre. Él, Reta­mar, Gui­llén, Pablo Arman­do Fer­nán­dez y Leza­ma siem­pre nos con­si­de­ra­ron. A Leza­ma lo cono­cí en Pala­bras a los Inte­lec­tua­les.

Ese día esta­ba con Ser­gio Vitier, menor que yo, pero ambos muy joven­ci­tos. No pue­do decir que fui ami­go de Leza­ma, solo con­ver­sé con él dos o tres veces. La amis­tad es otra cosa. Tam­bién fui­mos alum­nos de Car­pen­tier en el Semi­na­rio de Dra­ma­tur­gia, que impar­tía unas cla­ses fabu­lo­sas de tres horas sobre la his­to­ria de la lite­ra­tu­ra. Y de Reta­mar y José Bre­ne.

Ellos tenían siem­pre un asom­bro hacia noso­tros y una mira­da que yo diría con­des­cen­dien­te y amis­to­sa. Para un gru­po de inte­lec­tua­les no éra­mos adver­sos.

Y esta­ban los anti­iz­quier­dis­tas como Emma Pérez, que cual­quier cosa que fue­ra en apo­yo de la Revo­lu­ción lo con­si­de­ra­ban bajo y pedes­tre. Noso­tros no éra­mos hiper­ra­bio­sos revo­lu­cio­na­rios; pero sen­tía­mos el pro­ce­so cada uno en su medi­da.

Era un momen­to muy con­tra­dic­to­rio. Había muchos vasos comu­ni­can­tes entre gene­ra­cio­nes, mucha diver­si­dad y se entre­mez­cla­ban todas las ten­den­cias. No quie­re decir que hubie­ra igual­dad de cri­te­rios, algo que suce­de en nues­tra crí­ti­ca hoy, sobre todo en la tea­tral. No se pue­de ser reduc­cio­nis­ta por­que todo reduc­cio­nis­mo es limi­tan­te. En los más de 30 libros publi­ca­dos por El Puen­te exis­tía de todo.

¿Qué pasa­ba con otros escri­to­res de su mis­ma gene­ra­ción?

En la anto­lo­gía de poe­sía que hici­mos en El Puen­te apa­re­cía Gui­ller­mo Rodrí­guez Rive­ra. Wichy Nogue­ras había empe­za­do a entre­gar y recuer­do que José Mario me habla­ba mucho de él y me dijo que para una ter­ce­ra iría tam­bién Exci­lia Sal­da­ña.

El Cai­mán… mar­có una ten­den­cia que no fue tan espon­tá­nea como la nues­tra. Fue algo que se pro­pi­ció como una for­ma de excluir­nos, por­que no se pue­de negar que duran­te mucho tiem­po noso­tros no podía­mos publi­car ni estre­nar obras de tea­tro. Por supues­to, eran jóve­nes con valo­res y tam­bién revo­lu­cio­na­rios. Algu­nos tenían nues­tra edad, pero era otra eta­pa.

Lue­go Jesús Díaz publi­có un tra­ba­jo sobre noso­tros casi insul­tan­te. Años des­pués, cuan­do gané el Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas en el 89, él esta­ba en la entre­ga. Casi a las tres de la maña­na sali­mos Nancy, Miguel y yo de la Casa y él vino por detrás, nos pasó el bra­zo y nos dijo: “Dis­cúl­pen­me, yo sé que come­tí un error con uste­des”. Noso­tros no res­pon­di­mos nada, segui­mos cami­nan­do. Pero tiró a matar. Ahí están sus pala­bras dicien­do que no éra­mos polí­ti­ca­men­te correc­tos, que tenía­mos que des­apa­re­cer. Él se fue y algu­nos de noso­tros tuvie­ron que irse por otras cau­sas, pero la mayo­ría esta­mos aquí. ¡Qué iro­nía, ver­dad!

Una de las prin­ci­pa­les acu­sa­cio­nes que pesa­ron sobre los auto­res de El Puen­te es que su poe­sía era dema­sia­do inti­mis­ta y exis­ten­cia­lis­ta. ¿Cómo dia­lo­ga­ban esas mira­das en una épo­ca en que el espí­ri­tu era dife­ren­te, que se pro­po­nía otra esté­ti­ca?

Eso moles­ta­ba, pero no es total­men­te cier­to que todos fué­ra­mos así. Se publi­ca­ba tex­tos de José Mario, de Ángel Ruiz, de Mano­lo Gra­na­dos y los míos que tenían una inten­ción revo­lu­cio­na­ria, y que alguien ven­ga a demos­trar­me lo con­tra­rio. Lo que ocu­rre es que tam­bién salió una poe­sía ama­to­ria de Lina de Feria, Nancy More­jón y Geor­gi­na Herre­ra, quie­nes tenían poe­mas muy sen­si­bles sobre cues­tio­nes huma­nas; pero eso no era un deno­mi­na­dor común. Ahí están los de Miguel Bar­net. Tenía­mos una mira­da sobre todo hacia la ciu­dad, y al com­po­nen­te humano de la ciu­dad.

Se espe­ra­ba que hicié­ra­mos otra poe­sía, pero un poe­ma no sale por­que uno se lo pro­pon­ga, ni por­que alguien te lo diga. La lite­ra­tu­ra es otra cosa y siem­pre que sea bue­na es revo­lu­cio­na­ria. Revo­lu­cio­na­ria por­que tra­ta de cri­te­rios de la exis­ten­cia y de cómo trans­for­mar­la, aun­que no hable solo de la Revo­lu­ción.

No vivía­mos aje­nos a la reali­dad. Es ver­dad que José Mario publi­có dema­sia­do y noso­tros mis­mos lo cri­ti­cá­ba­mos por eso, por­que a todos nos pare­cía que podría ser mejo­ra­ble. De ahí salie­ron las pri­me­ras con­tra­dic­cio­nes. Ana María era una mujer muy lúci­da que res­pe­ta­ba la indi­vi­dua­li­dad, pero pen­sa­ba que la lite­ra­tu­ra era algo más serio que un sim­ple des­aho­go espi­ri­tual. Ahí tuvie­ron las pri­me­ras con­fron­ta­cio­nes inter­nas y Ana María renun­ció. La difun­ta Ana Jus­ti­na y yo fui­mos los edi­to­res de El Puen­te por dos o tres sema­nas. Ense­gui­da José Mario vol­vió a coger la direc­ción, por­que él era un ser mara­vi­llo­so pero se que­ría salir siem­pre con la suya. Ana María se apar­tó y él vol­vió a sacar los últi­mos libros, uno de ellos de Mano­lo Balla­gas, con cuen­tos eró­ti­cos muy can­den­tes. Aho­ra alguien lo ve y le sor­pren­de­ría por qué se horro­ri­za­ron.

El ero­tis­mo cam­bia según los tiem­pos. Más impor­tan­te que lo que se ve es lo que se expre­sa. El arte no es una repro­duc­ción banal ni lite­ral de la exis­ten­cia, es una inter­pre­ta­ción refle­xi­va de la reali­dad. El pro­ble­ma no es solo des­per­tar sen­sa­cio­nes, sino des­per­tar cri­te­rios y for­mas de ver la reali­dad.

Para demos­trar cosas escri­ben los filó­so­fos. Un poe­ta, un nove­lis­ta, un dra­ma­tur­go escri­be para des­cu­brir. Si des­pués que le pon­go el pun­to final a una obra no sé un poco más de la con­di­ción huma­na, de mis seme­jan­tes, no valió la pena.

No hay una obra que haga una revo­lu­ción ni que la tum­be. Nin­gu­na obra de arte logra eso. Noso­tros pode­mos inci­dir en el ser humano, hacer­lo pen­sar. Estoy en con­tra de cual­quier cosa que sea un pan­fle­to. El arte no se pue­de con­for­mar con mos­trar ni las esen­cias ni las apa­rien­cias, sino la con­tra­dic­ción que se mani­fies­ta entre ambas.

¿Cuá­les fue­ron las con­tra­dic­cio­nes que a su jui­cio sur­gie­ron alre­de­dor de El Puen­te?

Las inter­nas eran más bien esté­ti­cas, y con res­pec­to a la for­ma de con­du­cir El Puen­te. Con la reali­dad eran otras y con la gen­te de El Cai­mán… tam­bién. Éra­mos abo­rre­ci­bles, éra­mos la per­di­ción, éra­mos noci­vos e inne­ce­sa­rios. Así lo escri­bie­ron.

Por otra par­te, invi­tan a Allen Gins­berg. Él había habla­do muy bien de la Revo­lu­ción. Todo el mun­do sabía lo que él era, pero Gins­berg tuvo pro­ble­mas aquí y le dije­ron que se fue­ra. Los de El Puen­te lo cono­ci­mos una tar­de en la Unión de Escri­to­res. Des­de la pri­me­ra vez que lo vi, no me gus­tó su apa­rien­cia, pero era uno de los más gran­des poe­tas de la len­gua ingle­sa.

Ade­más del pro­ble­ma con Gins­berg, tam­bién hubo una situa­ción con el libro de Mano­li­to Balla­gas, que ya esta­ba en la impren­ta, era bas­tan­te atre­vi­do para el momen­to por­que habla­ba de su expe­rien­cia con su novie­ci­ta. Ima­gi­nen eso com­bi­na­do con aque­llos que abo­ga­ban por el Black Power. Todo coad­yu­vó a la des­apa­ri­ción de El Puen­te.

Nancy estu­vo mucho tiem­po sin publi­car, yo no estre­né has­ta entra­dos los 70, a José Mario se lo lle­va­ron para la UMAP y el gru­po se desin­te­gró. Ana María se fue del país, pero vino a Cuba hace dos años y sigue sien­do revo­lu­cio­na­ria, tie­ne un pen­sa­mien­to de izquier­das y era total­men­te anti Bush.

¿Cómo es la rela­ción actual entre los anti­guos miem­bros del gru­po que se que­da­ron aquí y los que se fue­ron?

Ana María es mi her­ma­na, yo la quie­ro mucho. En reali­dad es más joven que yo, pero es como si fue­ra mi her­ma­na mayor por­que es una mujer de una inte­li­gen­cia supre­ma y le debo muchas cosas. Ante­rior­men­te hice un inten­to de publi­car aquí a algu­nos de esos miem­bros de El Puen­te, aho­ra va a salir un libro de José Mario, se van a publi­car otros tex­tos. A Rei­nal­do Feli­pe no he podi­do ver­lo, aun­que vino a Cuba y estu­ve allá en Con­nec­ti­cut, pero no lo vi. Mer­ce­des Cor­tá­zar tenía inten­ción de venir. Isel Rive­ro aun tie­ne resen­ti­mien­tos, igual que Mano­lo Balla­gas, algo que me da mucha pena.

Las cosas que se están publi­can­do y lo que se está hacien­do aquí, de algu­na for­ma ha crea­do una dis­ten­sión y muchos de ellos quie­ren cola­bo­rar. En otro momen­to, cuan­do les pedí poe­mas a Rei­nal­do y a Lilliam Moro, muy fina­men­te me die­ron excu­sas y se nega­ron. Cuan­do le escri­bí a Mano­lo Balla­gas tam­po­co estu­vo de acuer­do. Y algu­nos cri­ti­can el libro de Bar­quet. Pero el resen­ti­mien­to no lle­va a nin­gún lugar. Hay algo siem­pre por enci­ma de uno, que es el bien­es­tar de con­cien­cia, tener con­cien­cia de que uno ha ser­vi­do para algo. Y si uno tie­ne eso, no se encas­qui­lla en odios y ren­ci­llas, por­que serías un ser muy amar­ga­do. Ya ha llo­vi­do dema­sia­do y hemos per­di­do muchas cosas, hemos gana­do otras, pero hemos per­di­do muchas para dar­nos el lujo de seguir per­dien­do. Como dice Mar­ta Val­dés, nin­gún amor es infi­ni­to. Eso mis­mo suce­de con el odio, nin­guno pue­de ser infi­ni­to. Hay que apren­der a per­der, a veces per­dien­do se gana. Y creo que he gana­do bas­tan­te en la vida.

¿En su opi­nión cuál fue la tras­cen­den­cia de El Puen­te?

Creo que dejó un sedi­men­to que aho­ra se está valo­ran­do, tan­to afue­ra como aquí, y hay muchos inves­ti­ga­do­res y per­so­nas que han escri­to libros tra­tan­do de ver la reali­dad de una mane­ra más amplia, más con­tem­po­rá­nea, de una mane­ra crea­ti­va y, ¿por qué no?, refle­xi­va y revo­lu­cio­na­ria.

¿Qué cree de las lec­tu­ras que, des­de el pre­sen­te, se le hacen al fenó­meno de El Puen­te?

Nadie tie­ne la ver­dad abso­lu­ta. Creo, y esto lo apren­dí estu­dian­do His­to­ria con la doc­to­ra Pichar­do, que los que ven­gan van a saber más acer­ca de noso­tros que noso­tros mis­mos. Eso es lo bueno que tie­ne este libro (el de Bar­quet) y cual­quier otra inves­ti­ga­ción que se haga. Por­que al vivir en el tiem­po de la mis­ma reali­dad que pre­ten­des ana­li­zar, por muy lúci­do que seas, siem­pre corres el ries­go de tener inter­pre­ta­cio­nes no ple­nas. El tiem­po va decan­tan­do y trans­for­man­do. Es lo que pasa con El Puen­te, como con muchos otros fenó­me­nos, que se fue­ron decan­tan­do de mane­ra natu­ral y con el tiem­po se pue­de ana­li­zar mejor.

Sobre El Puen­te me sor­pren­de mucho la narra­ti­va que aho­ra está hacien­do Alber­to Abreu, que tie­ne razón en las cosas que dice. O lo que des­cu­brió Bar­quet, a pesar de que todos noso­tros siem­pre diji­mos que la aver­sión hacia el gru­po fue por pre­jui­cios mora­les, cuan­do en reali­dad estu­vo todo mez­cla­do, pero en ese momen­to no lo vimos. Veía­mos aque­llo que más peso tenía. Suce­dió como con el ice­berg, que solo se ve la pun­ta, pero no siem­pre se pue­de ver lo que está bajo la super­fi­cie, hay quien es capaz de intuir­lo, nada más. Creo que se segui­rá hablan­do duran­te algún tiem­po y ven­drán nue­vas inter­pre­ta­cio­nes, nue­vos des­cu­bri­mien­tos, nue­vos cono­ci­mien­tos. Por­que tal vez algu­nas viven­cias se pier­dan, pero a lo mejor otros ele­men­tos que inci­die­ron en el fenó­meno sean des­cu­bier­tos por otros que ven­gan y escri­ban. Serán ellos quie­nes lo hagan, yo sola­men­te tra­to de vivir mi tiem­po e inten­to refle­xio­nar sobre él, pero no soy un genio ni pien­so lle­gar más allá, eso le toca a otro.

BIOGRAFIA DE GERARDO FULLEDA

Nació en San­tia­go de Cuba el 12 de febre­ro del año 1942. Dra­ma­tur­go, inves­ti­ga­dor y direc­tor tea­tral. Licen­cia­do en His­to­ria en la Uni­ver­si­dad de La Haba­na, fun­da­dor y Sub­di­rec­tor de las edi­cio­nes “El Puen­te”. Gra­dua­do del pri­mer Semi­na­rio de Dra­ma­tur­gia del Con­se­jo Nacio­nal de Cul­tu­ra en 1961 – 1964, alumno de Lui­sa Jose­fi­na Her­nán­dez y Osval­do Dra­gún. Labo­ra en la Com­pa­ñía Tea­tral Rita Mon­ta­ner des­de 1964. Posee la cate­go­ría docen­te de Pro­fe­sor Titu­lar Adjun­to, otor­ga­da por el Ins­ti­tu­to Supe­rior de Arte de La Haba­na (ISA).

Entre sus obras se encuen­tra “Cal en las Tum­bas” (1961), Ter­cer Pre­mio en el Pri­mer Cur­so Nacio­nal de Tea­tro Cubano del CNC (1962); “Aquel verano” (1962), Men­ción en el mis­mo cur­so; “Plá­ci­do” (1967−1975), Pre­mio Con­cur­so Tea­tro Estu­dio (1982), lle­va­do al cine con el mis­mo títu­lo por el rea­li­za­dor Ser­gio Giral; “Ruan­di” (1977), Men­ción Con­cur­so La Edad de Oro (1978), Pre­mio UNEAC al mis­mo tex­to, (1985), Pre­mio “Rubén Mar­tí­nez Ville­na” (1986); “La que­ri­da de Enra­ma­da” (1981); «Cha­go de Gui­sa» (1989), Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas (1989); “Pro­vin­cia­na” (1983), Pre­mio La Edad de Oro del año 1984, y Pre­mio La Rosa Blan­ca en 1985; “ Remien­dos” (1993); “Len­gua de coco” (1994); y “Remo­lino en las aguas” (1996). Algu­nas de ellas han sido lle­va­das al cine, la T.V. y la radio.

De sus pues­tas en esce­na como direc­tor se des­ta­can “Llé­va­me a la pelo­ta”, de Igna­cio Gutié­rrez (1972), “Los pro­fa­na­do­res” de Gerar­do Fulle­da León (1979), “Zoo­ló­gi­co de cris­tal” de T. Williams (1981), “El pei­ne y el espe­jo” de A. Esto­rino (1982), “La pie­dra de Elliot” de Elai­ne Cen­teno (1993), “Noches de Satín Regio” de José Gabriel Núñez (1996), “Réquiem por Yari­ni”, de Car­los Feli­pe (1999), «Fal­sa alar­ma», de Vir­gi­lio Piñe­ra (2001).

Se ha desem­pe­ña­do como jura­do de diver­sos con­cur­sos orga­ni­za­dos por Casa de las Amé­ri­cas, y la Unión Nacio­nal de Escri­to­res y Artis­tas de Cuba (UNEAC), así como en otros, como el Pre­mio La Edad de Oro. Ha hecho la dra­ma­tur­gia de más de 70 obras tea­tra­les y tam­bién para dos pelí­cu­las. Ha impar­ti­do semi­na­rios de dra­ma­tur­gia y actua­ción en la ASSITEJ de Cuba, en la Com­pa­ñía Tea­tral Rita Mon­ta­ner y en cur­sos de verano de la Uni­ver­si­dad de La Haba­na; tam­bién en Sue­cia y en la Uni­ver­si­dad de Tucu­mán, Argen­ti­na, y en la de Zurich, Sui­za. Ha publi­ca­do poe­mas, obras de tea­tro y crí­ti­ca lite­ra­ria y tea­tral en revis­tas lite­ra­rias y tea­tra­les como Lunes de Revo­lu­ción, El Corno Emplu­ma­do, Pren­sa Libre, Gace­ta de Cuba, Revis­ta UNEAC, Revis­ta Tablas, Revo­lu­ción y Cul­tu­ra, Reso­nan­cias, Cine Cubano, En Julio como en Enero, Revis­ta Con­jun­to, etc. Posee una amplia biblio­gra­fía pasi­va, en revis­tas y perió­di­cos nacio­na­les y extran­je­ros.

Ha edi­ta­do “Algo en la nada” (1961), poe­mas Ed. El Puen­te; “Algu­nos dra­mas de la colo­nia” (1984), Ed. Letras Cuba­nas; “Ruan­di” (1986) Ed. Gen­te Nue­va; “Pro­vin­cia­na” (1989) Ed. Gen­te Nue­va; “La que­ri­da de Enra­ma­da” (1989), Ed. Unión; “Cha­go de Gui­sa” (1990), en la Colec­ción Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas 1989; y “Betún”, Revis­ta Tablas (1997).

Sus obras han sido repre­sen­ta­das en Colom­bia, Esta­dos Uni­dos, Hon­du­ras, Repú­bli­ca Domi­ni­ca­na, Sue­cia, Vene­zue­la, Sui­za y Espa­ña.

Pro­mo­tor y fun­da­dor del even­to “Rito y Repre­sen­ta­ción”, pro­mo­vi­do por la Fun­da­ción “Fer­nan­do Ortiz”, don­de en con­fe­ren­cias, talle­res y una mues­tra artís­ti­ca se valo­ra la cul­tu­ra tea­tral basa­da en la trans­cul­tu­ra­ción de pre­sen­cia afri­ca­na en Cuba.

Fulle­da es uno de esos artis­tas que se ins­cri­ben en lo que se ha lla­ma­do Cul­tu­ra Popu­lar. Par­te su dis­cur­so de una con­tra­cul­tu­ra igno­ra­da e infe­rio­ri­za­da por el dis­cur­so hege­mó­ni­co, pero que vie­ne recla­man­do sus fue­ros. Él es de los que siguien­do la tra­di­ción de un Nico­lás Gui­llén, un Fer­nan­do Ortiz o un Ale­jo Car­pen­tier, entre otros, ha ayu­da­do a devol­ver, a reser­var, a res­ca­tar y reafir­mar la legi­ti­mi­dad de las expre­sio­nes de la vida espi­ri­tual del pue­blo”, ha dicho la inves­ti­ga­do­ra Inés M. Mar­tia­tu.

Pre­si­den­te de la Sec­ción de Dra­ma­tur­gia, de la Unión Nacio­nal de Escri­to­res y Artis­tas de Cuba (UNEAC).

Osten­ta la Dis­tin­ción Raúl Gómez Gar­cía con más de 25 años de labor des­ta­ca­da en el sec­tor del tea­tro. Le ha sido otor­ga­da la Dis­tin­ción por la Cul­tu­ra Nacio­nal. En el año 2001 le fue otor­ga­da la Meda­lla “Ale­jo Car­pen­tier”.

Des­de 1988 es el Direc­tor Gene­ral de la Com­pa­ñía Tea­tral «Rita Mon­ta­ner».

En febre­ro de 2007 su obra Remien­dos ganó el Pre­mio de Dra­ma­tur­gia (mejor tex­to) del 3er. Fes­ti­val del Monó­lo­go Cubano y Pre­mio Terry, en la ciu­dad de Cien­fue­gos.


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