Faj­ri Bar­gu­ti, narrar una vida de lucha (33 años en las car­ce­les israe­líes)

Des­pués de 33 años en cau­ti­ve­rio, Faj­ri Bar­gu­ti regre­só con su gen­te y con su fami­lia el mes pasa­do en el mar­co del acuer­do Gilad Sha­lit. Ha com­par­ti­do con Al-Akh­bar los dolo­ro­sos recuer­dos de toda una vida de pér­di­da, lucha, espe­ran­za y resis­ten­cia.

Tou­fic Had­dad (TH): ¿Cómo se invo­lu­cró en el movi­mien­to nacio­nal? ¿Cuá­les fue­ron los fac­to­res moti­va­do­res que le con­du­je­ron a ele­gir esta vida?

Faj­ri Bar­gu­ti (FB): Nadie es en su ori­gen un entre­ga­do [a la cau­sa] nacio­nal. No es algo que ven­ga dado sino que suce­de poco a poco a tra­vés de la acu­mu­la­ción de expe­rien­cias, cuan­do emer­ge a la luz la con­cien­cia indi­vi­dual de la vida bajo la ocu­pa­ción.

Lo que sem­bró la pri­me­ra semi­lla en mi inte­rior fue la muer­te de mi her­mano Ribhi [uno de los feda­yi­nes pales­ti­nos esta­ble­ci­dos en Líbano que murió en el cur­so de la que se cono­ce como Bata­lla de Arqub, en 1970]. Por enton­ces, él había hecho pla­nes para casar­se con una chi­ca de nues­tro pue­blo. La noche en que ella se iba para casar­se cele­bra­mos la boda por­que la mayo­ría de los de nues­tro pue­blo no podría­mos asis­tir al casa­mien­to real; en nues­tra casa está­ba­mos ocu­pa­dos pre­pa­ran­do los fes­te­jos para su par­ti­da.

Yo tenía 16 años en aquel momen­to. Al atar­de­cer, lle­gó al pue­blo en su camio­ne­ta un ven­de­dor de ver­du­ras que por­ta­ba malas noti­cias pero se dio cuen­ta de que está­ba­mos cele­bran­do una boda. Sin­tió repa­ro de acer­car­se a nues­tra fami­lia direc­ta­men­te así que se diri­gió a un parien­te que vivía en una casa al lado de la nues­tra y les dijo que nues­tro her­mano había sido ase­si­na­do y que debía­mos de sus­pen­der la boda. No tenía sen­ti­do que la novia cru­za­se el puen­te a Jor­da­nia al día siguien­te si su novio esta­ba muer­to.

Esa expe­rien­cia ha per­ma­ne­ci­do gra­ba­da en mi memo­ria has­ta hoy mis­mo: mi her­ma­na se dio cuen­ta de que los veci­nos no esta­ban actuan­do con nor­ma­li­dad y que no hacían más que susu­rrar entre ellos. Se les acer­có y cuan­do esta­ba a pun­to de pre­gun­tar­les qué pasa­ba, lo nota­ron y fue­ron ellos los que se acer­ca­ron. Enton­ces ella per­ci­bió que se tra­ta­ba de algo que tenía que ver con nues­tra fami­lia, cuan­do una de las muje­res se armó de valor y se lo dijo.

Toda­vía pue­do oír sus gemi­dos y su llan­to. Fue una expe­rien­cia que pesó enor­me­men­te sobre nues­tra fami­lia. Mi padre, en par­ti­cu­lar, que­dó des­tro­za­do. Obvia­men­te, el tiem­po trans­cu­rrió pero él nun­ca se recu­pe­ró de ese tran­ce. Yo solía ayu­dar­le en el cam­po y de vez en cuan­do le sobre­ve­nía un arre­ba­to de tris­te­za que le supe­ra­ba. Yo tenía la sen­sa­ción de que no podía hacer nada para con­te­ner el dolor de nues­tra fami­lia. Por enton­ces, tenía otro her­mano en Líbano cuyo para­de­ro des­co­no­cía­mos, y se decía tam­bién que los israe­líes iban a venir a des­truir nues­tra casa por la acti­vi­dad mili­tan­te de mi her­mano, lo que vino a sumar­se al ya sobre­car­ga­do cora­zón de nues­tro padre.

En esa situa­ción se encon­tra­ba mi fami­lia, en una ines­ta­bi­li­dad cons­tan­te que comen­zó a desa­rro­llar­se tam­bién den­tro de mí. Empe­cé a sen­tir que de no haber sido por la ocu­pa­ción israe­lí y por todo lo que nos opri­mía —la for­ma en que se apo­de­ra­ban de nues­tras tie­rras, la for­ma en que dete­nían y ase­si­na­ban, cómo sus polí­ti­cas afec­ta­ban a vie­jos y jóve­nes por igual— nada de eso habría ocu­rri­do. Así fue como tomé con­cien­cia de la cues­tión nacio­nal y como lle­gué a con­si­de­rar­la como un medio para poder hacer algo al res­pec­to.

Empe­cé a par­ti­ci­par en diver­sas acti­vi­da­des nacio­na­lis­tas a menu­do rela­cio­na­das con con­me­mo­ra­cio­nes de acon­te­ci­mien­tos nacio­na­les, hacien­do lo que podía. Tenía un parien­te lla­ma­do Abu Assif [Omar Bar­gu­ti] con el que cre­cí y al que me sen­tía muy uni­do. Él me ayu­dó a encon­trar la mane­ra de ir a Líbano y reci­bir algo de for­ma­ción mili­tar con uno de los gru­pos que allí esta­ban. Allí fue don­de apren­dí lo que nece­si­ta­ba, y un año des­pués regre­sé a Pales­ti­na con cier­ta expe­rien­cia y con una orien­ta­ción más níti­da para la tarea. Comen­cé a tra­ba­jar de mane­ra más con­cer­ta­da en el plano social, crean­do aso­cia­cio­nes en coor­di­na­ción con sin­di­ca­tos y dife­ren­tes gru­pos.

En un momen­to dado deci­di­mos pasar a otro nivel y par­ti­ci­pé en una ope­ra­ción mili­tar en la que inter­vino una célu­la que mató a un ofi­cial de inte­li­gen­cia mili­tar israe­lí cer­ca de la aldea de Nabi Saleh [pró­xi­ma a Rama­la]. El ejér­ci­to cer­có todo el pue­blo y sobre él cayó todo el peso de la repre­sión, pues noso­tros nos había­mos escon­di­do en la male­za de los alre­de­do­res. Pero a medi­da que se hizo de noche y como era enero y esta­ba llo­vien­do, pudi­mos esca­par por­que el ejér­ci­to no pudo seguir nues­tra vía de esca­pe. Sali­mos y pudi­mos regre­sar a nues­tro pue­blo.

Des­pués de seis meses y otros varios acon­te­ci­mien­tos, nos detu­vie­ron: a Abu Assif, Abu Nur [Nail al-Bar­gu­ti] y a mí. Abu Assif fue con­de­na­do a cade­na per­pe­tua y a 48 años, mien­tras que a Abu Nur y a mí nos cayó una pena de cade­na per­pe­tua y otra de 17 años. Cuan­do fui dete­ni­do tenía 24 años [era 1978].

TH: ¿Pue­de des­cri­bir cómo cam­bió su vida? ¿Pen­só que podría pasar toda su vida en la cár­cel?

FB: Todo cam­bió. Era una nue­va vida, una nue­va for­ma de pen­sar. La vida coti­dia­na se trans­for­mó en la preo­cu­pa­ción de cómo sobre­vi­vir en las nue­vas con­di­cio­nes que impo­ne la pri­sión —la mane­ra de man­te­ner­se sano y la for­ma de ayu­dar a otros a enfren­tar la situa­ción. En tan­to que pre­sos polí­ti­cos, nece­si­tá­ba­mos ser capa­ces de per­ma­ne­cer uni­dos y cen­tra­dos y no per­mi­tir que rei­na­ra el caos, espe­cial­men­te entre los pre­sos nue­vos. No hay otra opción más que la de inten­tar man­te­ner­se fir­me y pre­ser­var­se uno mis­mo. Lo hici­mos orga­ni­zan­do sesio­nes edu­ca­ti­vas, esta­ble­cien­do una ruti­na de ejer­ci­cios físi­cos y a tra­vés de una ruti­na social para poder cono­cer a los demás pre­sos y escu­char sus inquie­tu­des.

No hay per­so­na que pue­da sobre­vi­vir en la cár­cel cre­yen­do que per­ma­ne­ce­rá en ella toda su vida sin tener espe­ran­za. Si uno pier­de la espe­ran­za, o se des­pi­de del mun­do col­gán­do­se del techo, o se vuel­ve loco. No hay otra opción. Por esa razón era impe­ra­ti­vo con­ser­var­me, pre­ser­var mi esta­do men­tal, pre­ser­var mi sen­ti­do del equi­li­brio para ase­gu­rar­me de no lle­gar a un esta­do de deses­pe­ra­ción. Por­que luchar por una cau­sa no es algo que se haga en un par de días. Tam­po­co es algo que úni­ca­men­te se pue­da hacer des­de un solo fren­te.

Cua­les­quie­ra que sean las cir­cuns­tan­cias, si se tie­ne fe, uno pue­de seguir luchan­do a pesar de esas cir­cuns­tan­cias. No es que al lle­gar a la cár­cel la lucha se aca­be. Aun­que no hay duda al res­pec­to: la cár­cel es difí­cil. Ima­gí­ne­se lo que sig­ni­fi­ca estar sin comer duran­te vein­te días y que todo lo que se tie­ne es un vaso de agua. Así es cuan­do uno está en huel­ga de ham­bre, como nos vimos for­za­dos a estar en muchas oca­sio­nes. Esa es una de las cosas más arduas de afron­tar para un ser humano —for­zar­se a sí mis­mo a no comer a pesar de que la admi­nis­tra­ción peni­ten­cia­ria te pone la comi­da delan­te. Es una for­ma de lucha mucho más com­ple­ja que la de estar en un fren­te acti­vo don­de se dis­pa­ra o no. Esa ha sido nues­tra vida y ha sido mucho más difí­cil que com­ba­tir en el exte­rior. Pero seguía sien­do par­te inte­gran­te de una lucha.

La cár­cel en aque­llos días resul­ta­ba muy dura por­que aún no había­mos con­se­gui­do muchos de los dere­chos más bási­cos que los reclu­sos gozan hoy en día. Dor­mía­mos en el sue­lo des­nu­do, sin man­tas. Cuan­do nos tra­je­ron man­tas y almoha­das no eran aptas ni para un perro. La pri­sión era muy fría y los pre­sos cosían bol­sas de nylon a su man­ta para tra­tar de mejo­rar su ais­la­mien­to. Cuan­do con­se­gui­mos el dere­cho a tener col­cho­nes —que en reali­dad no eran más que pri­mi­ti­vas lonas de cau­cho— sólo tras una huel­ga de pre­sos, nos sen­ti­mos como si nos hubie­ran traí­do una cama de matri­mo­nio.

El dere­cho a fumar cada ciga­rri­llo en la cár­cel solo se obtu­vo luchan­do. Hay que man­te­ner­se fir­me. Uno nece­si­ta pre­ser­var su dig­ni­dad no impor­ta lo que cues­te. Por­que si se pier­de, la dig­ni­dad no es una mer­can­cía que se pue­da recu­pe­rar. Si se pier­de la dig­ni­dad se pier­de todo. Así que toda la exis­ten­cia de uno en la cár­cel se orien­ta a no que­brar­se. Cuan­to más inten­ten ellos que­brar­te, tú resis­tes y pre­ser­vas tu dig­ni­dad y tu honor. Gra­cias a Dios, creo que fui capaz de hacer­lo así.

TH: ¿Pue­de hablar­nos de las trans­for­ma­cio­nes que tuvie­ron lugar en la cár­cel duran­te el lar­go perío­do que per­ma­ne­ció allí? ¿Cómo era la vida antes y des­pués del pro­ce­so de paz de Oslo?

FB: Has­ta alre­de­dor de 1990, la moral de los pri­sio­ne­ros era muy alta, lo que se medía por su dedi­ca­ción a la cau­sa y por su con­cien­cia de seguir auto orga­ni­za­dos. Pero cuan­do lle­gó Oslo y vino la direc­ción del extran­je­ro y la situa­ción polí­ti­ca pare­cía abrir­se, los pri­sio­ne­ros siguie­ron en la cár­cel. Ello cau­só un fuer­te impac­to entre noso­tros. Sen­ti­mos que, sien­do noso­tros quie­nes había­mos paga­do el pre­cio de su retorno, la direc­ción nos esta­ba aban­do­nan­do.

Todo el mun­do sabe que en situa­cio­nes de con­flic­to antes de que ten­ga lugar cual­quier nego­cia­ción tras el alto el fue­go, la pri­me­ra cues­tión que se plan­tea es la de los pri­sio­ne­ros. Nun­ca se deja en segun­do plano mien­tras se nego­cian las demás cues­tio­nes. Lo que esta­ba ocu­rrien­do con­tra­ve­nía todos los méto­dos cono­ci­dos de nego­cia­ción para una solu­ción polí­ti­ca. Enten­di­mos que se nos esta­ba subor­di­nan­do a otra cosa, y nos hicie­ron sen­tir como si no tuvié­ra­mos valor —ni como indi­vi­duos ni como per­so­nas que tenían fami­lias, ni como miem­bros y repre­sen­tan­tes de orga­ni­za­cio­nes polí­ti­cas que habían juga­do un papel al enviar­nos a nues­tras misio­nes.

Ello tuvo un fuer­te impac­to nega­ti­vo sobre los pre­sos y sobre su inte­rés por las orga­ni­za­cio­nes y por el jue­go polí­ti­co que se esta­ba desa­rro­llan­do en el exte­rior. Al mis­mo tiem­po, todos nece­si­tá­ba­mos ser capa­ces de con­ser­var­nos a noso­tros mis­mos y con­ser­var la heren­cia polí­ti­ca de la que pro­ce­día­mos y a la que repre­sen­tá­ba­mos. Por­que sin un mar­co polí­ti­co como par­te de nues­tra exis­ten­cia en la cár­cel, la vida se habría trans­for­ma­do en un infierno y hubie­ra sido muy difí­cil sobre­vi­vir. Como se sue­le decir, “el caos no gene­ra más que caos”.

Está­ba­mos pagan­do ya el pre­cio del sacri­fi­cio, así que no podía­mos per­mi­tir que los acon­te­ci­mien­tos se suce­die­sen con tan­ta faci­li­dad. Rea­li­za­mos una labor pacien­te para tra­tar de cal­mar la situa­ción entre los pri­sio­ne­ros y para miti­gar la reac­ción que los acuer­dos esta­ban pro­vo­can­do. Len­ta­men­te pero con fir­me­za, los pre­sos empe­za­ron a acep­tar que las cosas lle­va­rían su tiem­po. Y Oslo tra­jo con­si­go algu­nas excar­ce­la­cio­nes —alre­de­dor de 4.000 pri­sio­ne­ros. Sin embar­go, nin­guno de los libe­ra­dos inclu­yó a los que [Israel] se refe­ría en las nego­cia­cio­nes como “los que tie­nen las manos man­cha­das de san­gre” [acu­sa­dos​de haber par­ti­ci­pa­do en actos que cau­sa­ron heri­dos o muer­te].

Todo lo que quie­re aquel que es dete­ni­do es vol­ver a casa. Esa es la reac­ción emo­cio­nal. Pero si uno pien­sa racio­nal­men­te con res­pec­to a lo que suce­dió con Oslo, nadie con­ta­ba con que los pri­sio­ne­ros iban a ser olvi­da­dos del modo en que lo fue­ron. Y no se tra­ta­ba de que una o dos per­so­nas caye­ran en el olvi­do. Había entre 10.000 y 12.000 per­so­nas encar­ce­la­das a fina­les de la pri­me­ra Inti­fa­da, y la mayo­ría de ellas sim­ple­men­te fue­ron mar­gi­na­das e igno­ra­das.

TH: ¿Pue­de hablar de cómo la cár­cel ha afec­ta­do a su fami­lia per­so­nal­men­te?

FB: Me metie­ron en la cár­cel cuan­do mi hijo mayor, Sha­di, tenía 11 meses de edad y cuan­do mi segun­do hijo, Hadi, esta­ba en el vien­tre de su madre. Cuan­do lle­gó el ejér­ci­to para lle­var­me, regis­tra­ron la cuna don­de dor­mía Sha­di y revol­vie­ron toda la casa. La pre­sión fue inten­sa des­de el prin­ci­pio.

Los niños cre­cie­ron y Hadi se casó y tuvo dos hijos mien­tras yo esta­ba den­tro. A Sha­di lo he deja­do en la cár­cel. Los dos momen­tos más difí­ci­les de mi vida fue­ron cuan­do vi a mis dos hijos en la pri­sión des­pués de haber sido dete­ni­dos e inter­na­dos en la mis­ma cel­da que yo; y cuan­do tuve que decir adiós y dejar a Sha­di atrás.

La ver­dad es que cono­cí a mis hijos sien­do ya hom­bres y sólo des­pués de que se unie­ran a mí en la cár­cel, por­que des­pués de que ambos cum­plie­ran los 16 años de edad la pri­sión no les per­mi­tió venir a las visi­tas fami­lia­res. Una maña­na, a las 7.00, la admi­nis­tra­ción peni­ten­cia­ria se me acer­có y me dijo que mis dos hijos me harían com­pa­ñía a las cua­tro de la tar­de. Entre esas horas, el tiem­po se paró. Algu­nos pre­sos me pre­gun­ta­ban “¿cómo estás?”, y yo no que­ría res­pon­der por­que el dolor y la amar­gu­ra eran dema­sia­do inten­sos. Mis ner­vios esta­ban hiper­ac­ti­vos y mi cabe­za daba vuel­tas. ¿Cómo iba a reac­cio­nar? ¿Qué sen­ti­ría? Tra­té de con­tro­lar­me a mí mis­mo pero no pude hacer nada por­que los sen­ti­mien­tos me abru­ma­ban.

Cuan­do die­ron las cua­tro y oí a los guar­dias abrien­do la pri­me­ra puer­ta, fue mi cora­zón el que se abrió con ella. Cuan­do abrie­ron la segun­da puer­ta, mis ner­vios cedie­ron y me des­plo­mé per­dien­do toda posi­bi­li­dad de con­tro­lar­me a mí mis­mo. Sen­tí que esta­ba en medio de un char­co de agua por­que gotea­ba sudor. Los otros pri­sio­ne­ros tra­ta­ron de tran­qui­li­zar­me pero fue en vano. Todos los pre­sos de nues­tra divi­sión se echa­ron a llo­rar. Nadie podía sopor­tar la situa­ción. Fue muy, muy difí­cil. No me gus­ta hablar de ello, ni siquie­ra aho­ra, por­que per­so­nal­men­te creo que me afec­ta nega­ti­va­men­te… Antes de ese momen­to, no había vis­to a nin­guno de los dos en los seis años ante­rio­res, cuan­do les deja­ron venir a visi­tar­me.

Cuan­do lle­gó el momen­to de salir de la cár­cel, yo sabía que tenía que dejar a Sha­di allí [Sha­di cum­ple el octa­vo año de una con­de­na de 28 años, y está acu­sa­do de haber par­ti­ci­pa­do en un plan para cap­tu­rar un sol­da­do israe­lí a fin de uti­li­zar­lo en un inter­cam­bio de pri­sio­ne­ros; Hadi había sido libe­ra­do pre­via­men­te des­pués de tres años y medio de deten­ción]. Fue como si las cosas, en lugar de empe­zar de nue­vo por el prin­ci­pio, estu­vie­ran comen­zan­do por el final.

Cuan­do esta­ba a pun­to de ser pues­to en liber­tad y lle­gó el momen­to de decir­le adiós que­ría aca­bar de una vez rápi­da­men­te para poder man­te­ner el sen­ti­do del equi­li­brio. Así que inten­té abre­viar y él se puso a cami­nar con­mi­go los últi­mos 150 metros. No que­ría que cami­na­se con­mi­go pero lo hizo. Tra­té de man­te­ner­me fuer­te has­ta que lle­ga­mos a la puer­ta por la que tenía que salir. Ese fue el momen­to más difí­cil de mi vida. Se puso de rodi­llas y comen­zó a besar mis pies…

Cuan­do lle­gué por pri­me­ra vez a la cár­cel podía ver­los de vez en cuan­do en las visi­tas que les deja­ban hacer­me mien­tras eran peque­ños. Des­pués los vi estan­do en la cár­cel con­mi­go. Pero cuan­do esta­ba a pun­to de salir sen­tí que no vol­ve­ría a ver a Sha­di nun­ca más por­que sabía que se me prohi­bi­ría visi­tar­le. Temí que esa pudie­ra ser la últi­ma vez que lo veía… [llo­ra].

Cada ser humano tie­ne su pun­to débil… La esen­cia del ser humano es seguir sin­tien­do. Si uno no pue­de sen­tir por la fami­lia y por las per­so­nas más pró­xi­mas, ¿cómo pue­de sen­tir por los demás? Si una per­so­na per­mi­te que le qui­ten su capa­ci­dad de sen­tir, enton­ces deja de ser humano.

TH: ¿Cómo se sin­tió la pri­me­ra vez que oyó hablar de la ope­ra­ción mili­tar por la que la resis­ten­cia pudo cap­tu­rar a Gilad Sha­lit con vida? ¿Sin­tió que su tiem­po de pri­sión aca­ba­ría pron­to?

FB: Duran­te muchos años me dije a mi mis­mo que sabría que había sali­do cuan­do vol­vie­ra a casa. Pero no qui­se poner­me en esa tesi­tu­ra por no vivir en un esta­do de ines­ta­bi­li­dad pon­de­ran­do el des­tino del acuer­do Sha­lit y si yo iba a salir o no. Lo había hecho antes y resul­tó en vano. Por supues­to, todos los pre­sos habla­ban e inter­cam­bia­ban la infor­ma­ción que sabían acer­ca de quién esta­ba en la lis­ta de los pre­sos a ser libe­ra­dos y quién no. Pero yo solo oía y lo deja­ba pasar. No les decía “no me habléis de eso”; lo úni­co que decía era “vale”. Pero no dejé que el asun­to me preo­cu­pa­ra has­ta que estu­vo resuel­to.

Jus­to antes de que se cerra­ra el acuer­do reci­bí la noti­cia de que se había deci­di­do mi des­tino y el de Abu Nur. Ellos [Israel] que­rían que fué­se­mos expul­sa­dos​[de Pales­ti­na]. Pero al pare­cer, en las nego­cia­cio­nes se hizo gala de una fir­me deter­mi­na­ción para que se garan­ti­za­ra que podría­mos vol­ver a nues­tro pue­blo, gra­cias a la volun­tad de los nego­cia­do­res de Hamas y a los inter­me­dia­rios egip­cios. La ver­dad es que no sabía qué creer…Y des­de que estoy en liber­tad aún no me he con­ven­ci­do de que lo estoy.

TH: La pren­sa occi­den­tal e israe­lí se ha cen­tra­do esen­cial­men­te en la per­so­na de Gilad Sha­lit. ¿Qué opi­na de que se haya pres­ta­do tan­ta aten­ción a él, mien­tras que no se pres­ta una aten­ción com­pa­ra­ble a los pri­sio­ne­ros pales­ti­nos?

FB: El pue­blo pales­tino está bajo ocu­pa­ción. No me sor­pren­de que los medios de comu­ni­ca­ción no se hayan plan­tea­do la cues­tión de los miles de pre­sos y pre­sas que están en pri­sión. Nun­ca nos han valo­ra­do ni nos han teni­do en con­si­de­ra­ción. Sha­lit era el opri­mi­do. Él fue el que pagó el pre­cio. Todo el mun­do ha habla­do de Sha­lit. Pero nin­gún pue­blo pue­de ser vic­to­rio­so por siem­pre si no res­pe­ta el valor de un indi­vi­duo. Has­ta aho­ra, noso­tros no repre­sen­ta­mos nin­gún valor para la comu­ni­dad inter­na­cio­nal: son los occi­den­ta­les los “vale­ro­sos”.

Lamen­ta­ble­men­te, noso­tros tene­mos algo de cul­pa por­que no nos atre­ve­mos a plan­tear estas cues­tio­nes en las orga­ni­za­cio­nes inter­na­cio­na­les; inclu­so en las nego­cia­cio­nes que tie­nen que ver con los pre­sos todas estas cosas se igno­ran por­que con­si­de­ra­mos que es algo nor­mal que la gen­te vaya a la cár­cel. Si hubie­ra más res­pe­to por el valor del indi­vi­duo en nues­tra socie­dad, no sería posi­ble que esto ocu­rrie­se.

El ser humano debe ser ele­va­do al más alto valor. La tie­rra per­ma­ne­ce­rá inclu­so aun­que edi­fi­que­mos sobre ella. Pero el ser humano y los cam­bios que expe­ri­men­ta tie­nen mil aspec­tos: los de la edad, los psi­co­ló­gi­cos, los físi­cos… y todos se desa­rro­llan en un perío­do de tiem­po limi­ta­do, el perío­do de su pro­pia vida en la tie­rra. Así que tene­mos que apren­der a valo­rar más a nues­tro pue­blo.

A pesar de todo, la cáli­da bien­ve­ni­da que reci­bi­mos por nues­tra libe­ra­ción es edi­fi­can­te y sen­ti­mos que fue real­men­te sin­ce­ra. Hubo lágri­mas y las son­ri­sas eran radian­tes. Todo se mez­cló. Uno se sien­te feliz pero al mis­mo tiem­po tie­ne ganas de llo­rar. De hecho, en el auto­bús que nos lle­va­ba lejos de la pri­sión, la mayo­ría de los pre­sos llo­ra­ron en el camino a Rama­la. Lo mis­mo ocu­rrió cuan­do entra­mos en nues­tra aldea. Sen­ti­mos que la fies­ta y la cele­bra­ción de bien­ve­ni­da eran algo por lo que lle­var la cabe­za bien alta. Nos pro­du­jo una sen­sa­ción de apo­yo que nos res­pal­da­rá duran­te muchos años. Uno sen­tía que a pesar de los pro­ble­mas, de los erro­res y del olvi­do de nues­tro movi­mien­to, para la mayo­ría de nues­tro pue­blo, el pre­cio de Pales­ti­na vale la pena.

TH: El mun­do ára­be e islá­mi­co, jun­to con gran par­te del “ter­cer mun­do” apo­yan en gran medi­da la cau­sa pales­ti­na. Pero Occi­den­te no sabe mucho de la gen­te de aquí. ¿Cuál es su men­sa­je para ellos?

FB: No nos van a con­ten­tar con pala­bras vacías. No bas­ta con que el mun­do ára­be e islá­mi­co se soli­da­ri­ce con noso­tros en las pala­bras. La len­gua no libe­ra nada. Y la len­gua tam­bién tie­ne muchas doble­ces. Que­re­mos una posi­ción de los Esta­dos ára­bes y del pue­blo ára­be en gene­ral que res­pal­de los prin­ci­pios cla­ros, ori­gi­na­les e his­tó­ri­cos de nues­tro movi­mien­to como una cau­sa ára­be e islá­mi­ca, y que com­pro­me­ta su res­pon­sa­bi­li­dad en este sen­ti­do.

Los regí­me­nes ára­bes de hoy están todos preo­cu­pa­dos por man­te­ner­se en el poder y des­truir a sus opo­si­to­res —y eso no tie­ne nada que ver con tomar cual­quier posi­ción res­pec­to a nues­tra cau­sa, ya sea sobre una base nacio­na­lis­ta, islá­mi­ca o moral. Pero al final todos aca­ba­rán expul­sa­dos. Espe­re­mos que lo que lla­man la “pri­ma­ve­ra ára­be” lo logre.

En cuan­to a los regí­me­nes occi­den­ta­les, no hay nada peor. Por­que ellos saben la ver­dad, y no es como si fue­ran igno­ran­tes. Mire Gran Bre­ta­ña: son cons­cien­tes de lo que ha esta­do ocu­rrien­do aquí y de que ellos son la cau­sa ori­gi­nal de nues­tra situa­ción. Esta­dos Uni­dos tam­bién cono­ce al milí­me­tro lo que pasa aquí, inclu­so mejor que los pro­pios pales­ti­nos. Pero son ellos los que tie­nen inte­rés en que la situa­ción per­ma­nez­ca inva­ria­ble.

Por supues­to, a todos aque­llos que hablan de civi­li­za­ción y de dere­chos huma­nos, y a quie­nes piden que se pon­ga fin a la injus­ti­cia en el mun­do, les pedi­mos que estén con aque­llos cuyas tie­rras, cuya nacio­na­li­dad, y cuyos recur­sos les son roba­dos cada día. Les pedi­mos que se unan a noso­tros con el pro­pó­si­to de libe­rar­nos de esto. Por­que somos el últi­mo pue­blo de la tie­rra que está bajo ocu­pa­ción. Tie­nen que escu­char­lo y posi­cio­nar­se fir­me­men­te para poner fin a esta situa­ción.

(El pasa­do 14 de noviem­bre, 25 días des­pués de su libe­ra­ción, y en el trans­cur­so de una incur­sión antes del ama­ne­cer, las fuer­zas israe­líes alla­na­ron las casas de los sie­te pre­sos libe­ra­dos en vir­tud del acuer­do ‘Gilat Sahit’, según la agen­cia de noti­cias Maan. Faj­ri y Nail Bar­gu­ti esta­ban entre los otros cin­co ex dete­ni­dos que fue­ron cita­dos para ser inte­rro­ga­dos por la inte­li­gen­cia israe­lí des­pués de que sol­da­dos israe­líes regis­tra­ran sus casas en Kober. Las tro­pas israe­líes se apo­de­ra­ron de sus car­nés de iden­ti­dad y les exi­gie­ron a ambos que com­pa­re­cie­ran a decla­rar en el cuar­tel mili­tar israe­lí de Ofer en esa sema­na. Tan­to Nail como Faj­ri pidie­ron la inme­dia­ta inter­ven­ción de los media­do­res egip­cios que nego­cia­ron el inter­cam­bio de pri­sio­ne­ros para que se pon­ga fin a esta polí­ti­ca de aco­so a los ex pri­sio­ne­ros, según infor­ma Pales­ti­ne News Net­work).

*Tou­fic Had­dad es co-autor y edi­tor de Bet­ween the Lines: Readings in Israel, the Pales­ti­nians and the US ‘War on Terror’ (Hay­mar­ket Books, 2007). Actual­men­te es can­di­da­to a Doc­tor en Estu­dios del Desa­rro­llo en la Escue­la de Estu­dios Orien­ta­les y Afri­ca­nos de Lon­dres.

Fuen­te: http://​english​.al​-akh​bar​.com/​c​o​n​t​e​n​t​/​f​a​k​h​r​i​-​b​a​r​g​h​o​u​t​i​-​r​e​c​o​u​n​t​i​n​g​-​l​i​f​e​t​i​m​e​-​s​t​r​u​g​gle

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